Peligro, ¡italiano suelto! Capítulo 21
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Capítulo 21

La comida supuso una nueva oportunidad para descubrir que el gran capitán no recordaba dónde guardó los cubiertos. Registró tres compartimentos, encontró un destornillador, varias bengalas y un paquete de cartas, pero ni un solo tenedor.

—¿No revisaste el barco? —le pregunté.

—Revisé las cosas importantes.

—Comer es importante.

—Podemos utilizar las manos.

—No pienso comer pasta fría con las manos.

Terminamos utilizando unas cucharas pequeñas de café.

Enzo intentó partir la tortilla con una de ellas y la mitad acabó sobre su bañador.

Me reí tanto que derramé mi bebida, y durante varios minutos convertimos la comida en una competición para decidir quién conseguía mantener más alimentos dentro del plato.

Después nos tumbamos bajo la sombra del toldo. El barco se mecía con suavidad y el sol arrancaba destellos de la superficie. Apoyé la cabeza sobre el pecho de Enzo mientras él recorría mi espalda con los dedos.

—¿Por qué aprendiste a navegar? —le pregunté.

—Mi padre me enseñó. Un amigo suyo tenía un barco pequeño y salíamos algunos fines de semana.

—¿Te llevabas bien con él?

—Sí. Murió cuando yo tenía veintidós años.

Levanté la cabeza.

—Lo siento.

—Fue hace mucho tiempo. Durante varios años no volví a subir a un velero. Después comprendí que dejar de hacerlo no iba a devolvérmelo.

—¿Y ahora sales cada verano?

—Siempre que puedo. Aquí es el único lugar donde consigo desconectar de verdad.

—¿Por eso querías traerme?

Enzo me miró.

—Quería compartir contigo algo que no tuviera relación con el escenario ni con el hotel.

—Pensaba que navegar era tu manera de conquistar mujeres.

—Nunca traje a ninguna.

—¿En serio?

—En serio.

—¿Ni a Luna?

La pregunta salió antes de que pudiera frenarla. Enzo no apartó la mirada.

—No.

—Perdona. No debería haberla mencionado.

—Puedes preguntar lo que quieras.

—No quiero estropear el día.

—No lo has estropeado.

Besó mi frente y me acomodé de nuevo contra su pecho. La respuesta me tranquilizó.

Pasamos la tarde entre baños, bromas y pequeños intentos de enseñarme a navegar. Enzo me dejó sostener el rumbo durante más tiempo cuando abandonamos la cala. Yo empecé a llamarle capitán cada vez que daba una orden y él respondía asignándome tareas cada vez más ridículas.

—Marinera Zoe, compruebe la posición del sol.

Me cuadré delante de él.

—El sol está arriba, mi capitán.

—Informe sobre el estado del mar.

—Está mojado, mi capitán.

—¿Alguna embarcación a la vista?

Miré alrededor.

—Una a la derecha, mi capitán.

—Estribor.

—No le he preguntado su nombre.

—Estribor es la derecha.

—Entonces hemos aprendido algo los dos.

Enzo se tapó los ojos con una mano.

—Mi padre estaría avergonzado de mí.

—Su hijo ha elegido una tripulación deficiente.

—Mi tripulación tiene otras virtudes.

—¿Cuáles?

Me atrajo por la cintura.

—Insiste y te las enumero.

Al atardecer llegamos a una cala más amplia y protegida donde pasaríamos la noche. Había dos embarcaciones fondeadas lejos de nosotros, pero poco después levantaron el ancla y se marcharon. Enzo eligió una zona segura, comprobó varias veces la posición del barco y preparó la pequeña luz de fondeo.

El sol descendió tras la costa y tiñó el cielo de tonos rosados y dorados.

Abrimos una botella de vino, sacamos queso, pan, tomates y fruta, y cenamos en la parte exterior.

Yo llevaba el vestido rojo que Camila insistió en incluir.

Enzo me miró durante tanto tiempo al verme salir de la cabina que terminé extendiendo los brazos.

—¿Qué?

—Camila hizo bien en intervenir en esto.

—¿Por qué lo dices?

—Porque tú no te habrías traído ese vestido sin saber adónde venías.

—Ha dicho que, si terminábamos en el campo, impresionaría a las vacas.

—Camila es una mujer sabia.

—No se te ocurra subirle más el ego.

Cenamos mientras desaparecía la última luz.

Enzo encendió unas pequeñas lámparas de cubierta y puso música baja en un altavoz.

El barco se balanceaba bajo nosotros, rodeado por un mar oscuro y sereno.

A lo lejos se distinguían algunas luces de la costa, pero aquella cala parecía separada del resto de la isla.

—¿Bailas? —me preguntó.

—¿Aquí?

—¿Tienes miedo de caerte?

—Tengo miedo de que tú caigas sobre la mesa.

Enzo apartó los platos, se levantó y me ofreció la mano.

—Confía en el capitán.

—Eso empieza a convertirse en una frase peligrosa.

Acepté y me llevó hacia la parte despejada de la cubierta. No había espacio suficiente para movernos demasiado, así que me rodeó la cintura y yo apoyé los brazos sobre sus hombros. Bailamos muy despacio, con los pies descalzos y el leve movimiento del barco alterando el equilibrio.

—No estamos siguiendo el ritmo —murmuré.

—El mar tiene otro.

—Qué poético.

—El vino está haciendo efecto.

—Solo has bebido una copa.

—Entonces eres tú.

Le miré.

—¿Yo qué?

—Tú me haces decir cosas que antes me parecían ridículas.

—Eso es preocupante.

—Mucho.

Seguimos bailando hasta que la canción terminó. Enzo no me soltó. Sus ojos recorrieron mi rostro y se detuvieron en mis labios. Yo sentía el calor de sus manos incluso a través del vestido.

—Gracias —le dije.

—Aún no ha terminado la sorpresa.

—¿Hay más?

—Toda la noche.

Me besó bajo una luna que empezaba a elevarse sobre el agua.

El beso nació despacio, con la dulzura de la cena y el vino, pero pronto recuperó la intensidad que siempre terminaba apoderándose de nosotros.

Enzo deslizó las manos por mi espalda desnuda y yo me pegué a su cuerpo.

El vestido era una barrera demasiado ligera.

Notaba cada músculo de su pecho, su respiración y el deseo que crecía entre ambos.

—Zoe —murmuró contra mi boca—. Dentro tenemos una cama.

—Aquí tenemos la luna.

—Y una cubierta dura.

—¿El capitán teme hacerse daño?

—El capitán intenta cuidar de su tripulación.

—Su tripulación quiere quedarse aquí.

Me observó, comprobando que hablaba en serio. Después miró alrededor, hacia las embarcaciones que ya desaparecieron y las rocas oscuras de la costa. El barco permanecía bien fondeado y la cala estaba desierta.

—Quédate —le pedí.

Su boca volvió a la mía.

Extendió una manta gruesa y varios cojines sobre la zona más protegida de la cubierta. Yo permanecí junto a la borda, contemplando la luna reflejada en el mar, hasta que él se acercó por detrás. Apartó mi pelo y besó la piel de mi cuello. Sus manos encontraron la cremallera del vestido.

—¿Estás segura? —me preguntó.

—Sí.

La cremallera descendió despacio. La tela se aflojó alrededor de mi cuerpo y Enzo apartó primero un tirante, después el otro.

El vestido cayó a mis pies y la brisa nocturna rozó mi piel desnuda.

No llevaba sujetador, tal y como Camila previó al elegirlo, y los pechos se me erizaron por el aire y por la mirada de Enzo.

Me volví hacia él.

Sus ojos recorrieron mis hombros, mis pechos y la curva de mi cintura con una intensidad que hizo que me ruborizara incluso después de las noches que compartimos.

—¿Todavía te da vergüenza que te mire? —me preguntó.

—Cuando lo haces así, sí.

—¿Así cómo?

—Parece que quieras memorizarme.

—Eso intento.

Se quitó la camisa y la dejó junto a mi vestido. Pasé las manos por su torso y descendí hasta su abdomen, siguiendo las líneas firmes de los músculos. Enzo cerró los ojos un instante. Después me atrajo y el contacto de nuestros cuerpos desnudos de cintura para arriba terminó de borrar el frío.

Le desabroché los pantalones. Él hizo lo mismo con la última prenda que me cubría y, poco a poco, la ropa quedó abandonada sobre la cubierta. La luz de la luna delineaba nuestras siluetas y convertía la piel húmeda por la brisa en una superficie plateada.

Enzo me levantó entre sus brazos y me llevó hasta la manta. Se arrodilló frente a mí, recorrió mis piernas con las manos y separó las rodillas con una caricia lenta. No existía prisa en sus movimientos. Me besó los tobillos, ascendió por las piernas y se detuvo sobre la curva de mis caderas.

Me incorporé para buscar su boca.

Nos tumbamos juntos. El cielo se extendía sobre nosotros, repleto de estrellas, y el mar golpeaba con suavidad el casco. Enzo cubrió mi cuerpo con el suyo, aunque sostuvo parte del peso sobre los brazos. Sentí su pecho contra mis pechos, el calor de su piel y el movimiento de su respiración.

—Nunca imaginé que mi primera travesía terminaría así —murmuré.

—¿Cómo la imaginabas?

—Vomitando por la borda.

Soltó una carcajada y escondió el rostro en mi cuello.

—No deberías hacerme reír ahora.

—Tú me has preguntado.

—Capitana insoportable.

—Soy marinera.

—Acabas de ascender.

—¿Qué méritos he hecho?

Le rodeé la cintura con las piernas y su sonrisa desapareció poco a poco.

—Ese, por ejemplo.

Volvió a besarme. Sus labios descendieron por mi cuello, alcanzaron mis pechos y se entretuvieron en ellos hasta que mi cuerpo empezó a responder a cada roce.

Pasé los dedos por su cabello, incapaz de apartar la mirada del cielo y de él al mismo tiempo.

La luna iluminaba uno de sus hombros y la sombra ocultaba parte de su rostro.

Cuando me penetró, el movimiento del barco se mezcló con el nuestro. Al principio permanecimos muy cerca, adaptándonos a aquella superficie y al balanceo de la embarcación. Después encontramos un ritmo lento, profundo, guiado por nuestros cuerpos y por el agua que nos sostenía.

Mis manos recorrieron su espalda y se aferraron a sus hombros.

Él pronunció mi nombre junto a mi oído y aumentó la intensidad sin perder el compás.

Cada movimiento nos acercaba más. El mar, la brisa y la luna entraron a formar parte de la sensación, de aquella libertad que solo experimentaba con él.

Enzo me miraba. No apartó los ojos cuando el placer empezó a vencerme ni cuando mi respiración se rompió. Me sostuvo, me besó y continuó moviéndose hasta que la oleada nos alcanzó a los dos.

Permanecimos abrazados sobre la manta, con la piel aún caliente y el cielo abierto encima. Yo tenía una pierna entrelazada con las suyas y escuchaba su corazón bajo la palma.

—¿Sigue pareciéndote peligroso navegar conmigo? —me preguntó.