Capítulo 20
Enzo me despertó a las seis y media de la mañana golpeando la puerta de mi habitación, en la que dormía plácidamente.
No llamó con los nudillos, sino con una cadencia extraña que empezó despacio, aumentó de velocidad y terminó pareciéndose al redoble de un tambor. Camila se incorporó sobresaltada, agarró la almohada y la lanzó hacia la puerta.
—¡Sea quien sea, espero que esté muriéndose!
—Soy yo —respondió Enzo desde el pasillo.
—Eso no descarta que te estés muriendo.
Me tapé la cabeza con la sábana. Nuestro día libre acababa de empezar y yo tenía intención de celebrarlo durmiendo hasta una hora incompatible con el desayuno.
—Zoe —insistió él—. Levántate.
—No.
—Tienes diez minutos.
Saqué la cara de debajo de la sábana.
—¿Para qué?
—Es una sorpresa.
Camila se dejó caer sobre el colchón.
—Si la sorpresa no incluye un café, un coche con conductor y una cama nueva al final del trayecto, vuelve a una hora civilizada.
—Incluye café —prometió Enzo.
Mi amiga levantó un pulgar.
—En ese caso, puedes llevártela.
Me puse una camiseta y abrí la puerta con el pelo revuelto y los ojos medio cerrados. Enzo ya estaba preparado. Llevaba unas bermudas en color caqui, una camisa blanca abierta sobre una camiseta y unas gafas de sol colgadas del cuello. Una mochila descansaba a sus pies y sostenía dos cafés.
—Te odio —le dije.
—Buenos días.
—Aún no.
Me tendió uno de los vasos.
—Bebe.
Probé el café. Estaba caliente, llevaba exactamente la cantidad de leche que me gustaba y tenía canela espolvoreada por encima.
—Te odio un poco menos.
—Recoge lo necesario para dos días.
Le miré por encima del vaso.
—¿Dos días?
—Hoy y mañana. Volveremos por la tarde.
—Tenemos ensayo mañana.
—Ya no.
—Rebeca no suspende ensayos por sorpresa.
—Le he pedido permiso para que faltemos.
—¿Y te lo ha dado?
—Después de preguntarme si había perdido la cabeza, sí.
—¿Qué le has prometido?
—Que trabajaríamos el doble cuando volviéramos.
—Entonces no es un regalo. Es una emboscada laboral con café.
—También le he prometido que cuidaré de ti.
Camila volvió a incorporarse.
—No necesita que la cuides.
—Gracias —dije.
—Pero si consigues que regrese relajada y deje de dar vueltas en la cama, te estaré muy agradecida.
—Tú roncas —le recordé.
—Mis ronquidos son sonidos de indignación. Ya lo aclaramos.
Enzo me indicó que todavía me quedaban nueve minutos. Tomé un sorbo de café y empecé a sacar ropa del armario sin saber adónde íbamos. Cada vez que preguntaba qué debía llevarme, él respondía desde el pasillo con instrucciones cada vez menos útiles.
—¿Vestido?
—Puede.
—¿Zapatillas?
—Puede.
—¿Bañador?
—Definitivamente.
—¿Abrigo?
—Estamos en pleno verano, Zoe.
—No sé si pretendes secuestrarme y llevarme a otro país.
—Para eso necesitarías el pasaporte, caso de salir de la Unión Europea.
Me detuve con una sandalia en cada mano.
—¿Necesito el pasaporte?
—Te quedan siete minutos.
Terminé metiendo en una bolsa dos bikinis, ropa interior, un vestido, pantalones cortos, camisetas y un neceser. Camila siguió mis movimientos desde la cama y ofreció sugerencias que no solicité.
—Llévate el vestido rojo.
—No sé adónde voy.
—Precisamente.
—¿Y si vamos a caminar por el campo?
—Entonces las vacas quedarán impresionadas.
—No pienso ponerme un vestido rojo para ir al campo.
—También puedes no ponerte nada. La última sorpresa de Enzo terminó así.
Le lancé la sandalia que aún sujetaba. Camila la esquivó y señaló el cajón del protector solar.
—Eso sí, llévatelo. Quiero que vuelvas enamorada, no carbonizada.
Enzo se negó a decirme nuestro destino durante todo el trayecto. Condujo hacia la costa mientras yo enumeraba posibilidades y él las descartaba sin ofrecer ninguna pista.
—¿Un balneario?
—No.
—¿Una excursión a caballo?
—No.
—¿Una casa rural?
—No.
—¿Has alquilado una caravana?
—¿Por qué iba a hacer eso?
—Porque tienes ideas así, rollo naturales. Hace unos días te disfrazaste de gaviota.
—Eso no fue idea mía.
—Pero te entregaste al personaje.
—La gaviota forma parte de mi pasado. Déjala descansar.
Vi los mástiles antes de que el coche alcanzara la entrada del club náutico.
Decenas de embarcaciones se alineaban frente a los pantalanes y sus velas recogidas dibujaban líneas blancas sobre el cielo.
Había pequeños barcos de pesca, lanchas, catamaranes y varios veleros mucho mayores de lo que imaginaba.
Me volví hacia Enzo.
—¿Vamos a navegar?
—Esa es la idea.
Una emoción infantil desplazó el sueño. Salí del coche antes de que apagara el motor y me acerqué al paseo que rodeaba el puerto. El agua reflejaba las embarcaciones, el cielo estaba completamente despejado y una brisa suave movía las banderas del club.
—Esto es un sueño —dije—. No he navegado nunca.
—Entonces ya era hora.
—¿Cuál es el barco?
Sacó las mochilas del maletero y señaló un velero blanco amarrado al final de uno de los pantalanes. No era enorme, pero sí lo bastante grande para disponer de una pequeña cabina, una zona exterior en la popa y espacio para pasar la noche. En el costado podía leerse Alba en letras azules.
—Es precioso.
—Tiene dos camarotes, cocina y todo lo necesario para estar fuera hasta mañana.
Recorrí el pantalán a su lado, contemplando la embarcación con una mezcla de entusiasmo y respeto. Al llegar junto al velero, busqué alrededor.
—¿Dónde está el capitán?
Enzo dejó las bolsas sobre la cubierta.
—Aquí.
Miré hacia la cabina.
—No veo a nadie.
—Me estás viendo a mí.
—Ya. ¿Y el capitán?
Enzo se quitó las gafas.
—Yo soy el capitán.
Me eché a reír.
Él no lo hizo.
—Hablas en serio.
—Completamente.
Retrocedí un paso.
—No me subo ni de coña.
—Acabas de decir que es un sueño.
—Porque pensaba que el barco lo dirigiría alguien que supiera hacerlo.
—Yo sé hacerlo.
—Tú sabes bailar, quitarte la camiseta ante mil personas y disfrazarte de ave marina. Ninguna de esas habilidades te capacita para manejar un velero.
—Tengo licencia.
—La habrás falsificado.
—¿Cuándo crees que he tenido tiempo?
—No lo sé. Parece que tu pasado está lleno de misterios. Hasta hace nada ignoraba que tuvieras una prima capaz de provocar un conflicto internacional.
Enzo abrió un compartimento de la mochila y sacó una cartera con documentación. Me enseñó una licencia náutica italiana y varios documentos del alquiler.
—¿Quieres llamar a las autoridades?
Cogí la licencia y observé la fotografía. Aparecía varios años más joven, muy serio y con el cabello mucho más corto.
—Podría ser falsa.
—¿Qué tendría que hacer para convencerte?
—Que aparezca un capitán.
—Ya ha aparecido.
—Uno de verdad.
Enzo guardó la documentación.
—Puedes quedarte en tierra.
—¿Y tú vas a marcharte sin mí?
—He pagado dos días.
—Eso sería horrible.
—Más horrible sería navegar con un capitán que no te inspira confianza.
Cruzó los brazos y trató de sostener una expresión solemne, pero distinguí la diversión en sus ojos. Le empujé suavemente.
—Eres un manipulador.
—Y tú tienes miedo.
—No tengo miedo. Poseo instinto de supervivencia.
—Pues utiliza tu instinto para subir antes de que perdamos el mejor viento de la mañana.
Subí con excesiva cautela y me agarré a cuanto encontré. El velero apenas se movía, aunque mis piernas interpretaron cada oscilación como el comienzo de un naufragio.
Enzo saltó detrás de mí con mucha más soltura.
—Lo primero es explicarte las normas de seguridad —apuntó.
—Lo primero es que me prometas que volveremos vivos.
—No puedo prometerte algo que depende en parte de que hagas lo que te digo.
—Empiezas fatal como capitán.
Me enseñó dónde estaban los chalecos, la radio, el botiquín y los elementos de emergencia. Después me explicó qué partes de la cubierta debía evitar mientras maniobraba y me pidió que no tocara ningún cabo sin saber para qué servía.
—¿Cabo no es la punta de una isla? —le pregunté.
—También se llaman así las cuerdas.
—¿Por qué no las llamáis cuerdas?
—Porque estamos en un barco.
—Una respuesta muy técnica.
—Esto será una travesía larga.
Antes de zarpar, apareció un trabajador del club y revisó con Enzo varios documentos. Aproveché para preguntarle si mi supuesto capitán sabía lo que hacía.
El hombre sonrió.
—Ha alquilado barcos aquí otros veranos. Puede estar tranquila.
—¿Ves? —dijo Enzo—. Un testigo independiente.
—Puede que le hayas pagado.
—Cierra el pico, Zoe.
Me situé delante de él, junté los pies y llevé una mano a la frente.
—Te recuerdo que la gaviota eres tú.
—¿Algo más que añadir?
—Sí, mi capitán.
Enzo me miró desde arriba.
—No hagas eso.
—¿El qué, mi capitán?
—Llamarme así con esa cara —le dije mientras me cuadraba delante de él, haciendo el saludo militar.
—¿Qué cara?
—La que utilizas cuando quieres provocarme.
Mantuve la postura.
—Esperando órdenes, mi capitán.
Él se inclinó hasta acercar los labios a mi oído.
—Continúa y la primera orden será que te quites la ropa.
Bajé la mano.
—Eso no parece una norma náutica.
—En mi barco sí.
Zarpamos poco después. Enzo abandonó las bromas mientras salíamos del puerto y se concentró en las maniobras. Sus movimientos eran seguros, comprobaba cada detalle y respondía a mis preguntas sin perder la paciencia.
Yo le observaba desde una zona protegida de la cubierta, sorprendida por la facilidad con que asumió aquella faceta desconocida.
Cuando dejamos atrás el club náutico, desplegó las velas. El motor se apagó y el barco continuó avanzando impulsado por el viento. La costa empezó a alejarse, el mar se volvió de un azul más profundo y todo cuanto nos rodeaba pareció ensancharse.
—¿Quieres llevar el timón? —me preguntó.
—No.
—Ven.
—He dicho que no.
—No voy a soltarte sola.
Me colocó delante de él y guio mis manos hasta la rueda. Su pecho rozaba mi espalda y sus brazos me rodeaban para ayudarme a mantener el rumbo.
—Mira hacia el punto que he señalado —me indicó—. No hagas movimientos bruscos.
—Estamos girando.
—Porque tú estás girando el timón.
—No estoy haciendo nada.
—Precisamente. Devuélvelo un poco hacia la derecha.
Moví las manos y el barco respondió. La sensación de conducirlo, con el viento sobre el rostro y el cuerpo de Enzo protegiéndome por detrás, borró buena parte del temor.
—Lo estoy haciendo.
—Yo también.
—No. Has soltado las manos.
Me volví alarmada y la embarcación se desvió.
—¡Enzo!
Él recuperó el timón riéndose.
—Lo hacías bien hasta que dejaste de mirar al frente.
—No vuelvas a soltarme sin avisar.
—No pensaba que la gran protagonista de Marea de luz fuera tan cobarde.
—La gran protagonista actúa sobre suelo firme.
—Tu suelo se mueve todos los días.
—Filosofía de capitán de gaviotas.
Navegamos durante varias horas siguiendo la costa a suficiente distancia para contemplar sus perfiles sin distinguir lugares concretos.
Enzo me enseñó a reconocer la dirección del viento, aunque yo confundía una y otra vez sus explicaciones.
Cada vez que utilizaba una palabra técnica, le pedía que la tradujera al idioma de las personas normales.
A media mañana fondeamos en una cala rodeada de roca. No había edificios ni otras embarcaciones cerca. Comprobó el ancla y la profundidad antes de permitirme acercarme a la plataforma de baño.
El agua era tan transparente que podía verse el fondo.
—¿Nos bañamos? —me preguntó.
—¿Hay tiburones?
—No.
—Eso mismo diría alguien que quiere que me coma un tiburón.
—También puedes quedarte arriba preparando la comida —me provocó.
—¿Qué comida?
Enzo abrió una nevera y me mostró varios recipientes.
—Ensalada, pasta fría, fruta, queso, pan y una tortilla que ha preparado María.
—¿María sabía lo de la sorpresa?
—Todos lo sabían.
—Camila no me contó nada.
—La amenacé.
—¿Con qué?
—Con revelar que apostó cincuenta euros a que haríamos el amor durante la primera noche.
—¿Cincuenta?
—Confía mucho en nosotros.
Me quité la camiseta y los pantalones cortos. Llevaba debajo uno de los bikinis que guardé a toda prisa en la bolsa. Enzo dejó de preparar las cosas y se quedó mirándome.
—¿Qué ocurre, capitán?
—Estoy evaluando las condiciones.
—¿Y?
—Creo que el baño puede ser peligroso.
—¿Por los tiburones?
—Por mi falta de concentración.
Se quitó la camisa y las bermudas. Volví a descubrir aquel cuerpo que todavía conseguía sorprenderme. La luz del día marcaba la anchura de sus hombros, la firmeza del abdomen y las largas líneas musculosas de sus piernas.
Enzo bajó primero por la escalera. Yo me senté en la plataforma y metí los pies en el agua.
—Está fría.
—No está fría.
—Tú eres italiano. No sé si compartimos temperatura corporal.
—Somos humanos.
—Todavía no tengo pruebas suficientes.
Me agarró de los tobillos y tiró con cuidado.
—No te atrevas.
—Salta.
—Te odio.
—Eso ya lo dijiste esta mañana.
Me sumergí entre gritos y le golpeé el hombro cuando salí a la superficie. Enzo rio, me sujetó por la cintura y me mantuvo cerca hasta que me acostumbré al agua.
Nadamos alrededor del barco y utilizamos unas gafas para observar los peces. Cada vez que me alejaba, él comprobaba dónde estaba. Yo me burlaba de su exceso de vigilancia, pero su atención me hacía sentir segura.
Al regresar a la plataforma, apoyó las manos a ambos lados de mi cuerpo y me retuvo contra el barco.
—¿Sigues creyendo que falsifiqué la licencia?
—Puede que hayas estudiado el manual antes de secuestrarme.
—¿Y el trabajador del puerto?
—Cómplice.
—¿Rebeca?
—Jefa de la organización.
—¿María y la tortilla?
—Estructura logística.
Me besó antes de que inventara otra explicación. El agua nos mantenía unidos contra la plataforma y sus manos descendieron desde mi cintura hasta mis caderas. El beso se volvió más profundo, pero una ola golpeó la popa y me hizo tragar agua.
Me separé tosiendo.
—Muy sensual —comentó Enzo.
—Ha sido culpa del mar.
—También puede que no sepas besar.
—Voy a ahogarte.