Capítulo 19
Sofía necesitó menos de un día para integrarse en el grupo y aproximadamente diez minutos para convertirse en un peligro público.
Después del desayuno, se presentó en el anfiteatro con dos cafés, una bolsa de cruasanes y la fotografía de Enzo vestido de pastor impresa en ocho camisetas.
Nunca descubrimos cómo consiguió imprimirlas con tanta rapidez, pero al terminar el ensayo todos nuestros compañeros llevaban su cara infantil sobre el pecho y una frase debajo: “El verdadero protagonista de Marea de luz ”.
—Voy a matarte —le advirtió Enzo.
Sofía contempló la camiseta que llevaba puesta.
—No puedes. Somos familia.
—Precisamente por eso sé dónde esconder el cadáver.
—Zoe no permitiría que me hicieras daño.
Me pasó un brazo por los hombros y le saqué la lengua a Enzo. Sofía se rio y me dio un beso en la mejilla.
—Me gusta tu novia.
—No soy su novia —le recordé.
—Sí, sí, ninguna etiqueta. Me lo explicó esta mañana mientras te besaba delante de cincuenta personas.
Camila y Valentina la recibieron como a un espíritu afín.
Las tres desayunaron juntas, se intercambiaron números de teléfono y crearon un grupo de mensajería llamado “Víctimas de hombres innecesariamente guapos”.
Cuando les pregunté por qué no estaba incluida, Camila me explicó que mi relación con Enzo comprometía mi objetividad.
—Valentina también está con Joel —señalé.
—Sí, pero ella ha amenazado con cortarle el pito —respondió Sofía—. Conserva su independencia.
—Fue una advertencia preventiva —aclaró Valentina.
—Así empiezan las grandes historias de amor —opinó Camila.
Álex no apartaba los ojos de Sofía. Durante el desayuno se ofreció a enseñarle el hotel y solucionar un problema inexistente con el aire acondicionado de su habitación. Cuando descubrió que ella venía para unos días, sonrió con tanta amplitud que Eric le preguntó si necesitaba asistencia médica.
—Solo estoy siendo hospitalario —se defendió.
—Llevas veinte minutos sujetándole el bolso —replicó Eric.
Álex miró la pequeña cartera dorada que colgaba de su hombro.
—Pesa bastante.
—Lleva un teléfono y un pintalabios —señaló Sofía.
—El pintalabios puede ser muy pesado.
—Sobre todo emocionalmente —añadió Camila.
Aquella noche no teníamos función y decidimos ir a la playa. Enzo quería enseñarle a Sofía el lugar del festival, pero ella se negó a pasar su primera noche sentada en una terraza elegante.
—Vine a una isla, no a una convención de empresarios —protestó—. Quiero arena, mar y decisiones de las que arrepentirme mañana.
—Yo conozco una playa —dijo Álex antes de que Enzo pudiera responder.
—Claro que conoces una playa —murmuró Eric—. Vivimos rodeados de ellas.
Nos dirigimos a una cala cercana después de cenar. Cada uno llevó algo: mantas, bebidas, bolsas de hielo, fruta y un altavoz. Joel apareció con una nevera portátil y Valentina le siguió cargando un recipiente con empanadas que, según aseguró, preparó una cocinera argentina del hotel.
Sofía llegó con una botella de licor transparente y varios vasos pequeños.
—¿Qué es eso? —preguntó María.
—Una bebida italiana.
Enzo examinó la etiqueta.
—Esto no es italiano.
—La compré en el aeropuerto. Eso le da nacionalidad internacional.
—Tiene dibujada una palmera.
—Entonces combina con la playa.
Nos instalamos cerca de la orilla. La noche estaba despejada y la luna iluminaba el agua, aunque no tanto como la vez que Enzo y yo nos bañamos desnudos. Evité mirarle al recordar aquella escena, pero él se sentó detrás de mí, abrió las piernas y me acomodó entre ellas con total naturalidad.
Sofía nos observó mientras servía los chupitos.
—¿Seguro que no sois novios?
—Sofía —la previno Enzo.
—Solo intento comprender las costumbres locales.
Repartió los vasos y alzó el suyo.
—Por mi llegada, por mis nuevos amigos y porque Zoe no vuelva a golpear a ningún miembro de mi familia.
Todos brindaron entre risas.
—No va a ocurrir otra vez —aseguré.
—Una pena —comentó Eric—. Ha sido la mañana más interesante del verano.
El primer chupito me quemó la garganta. Sofía llenó los vasos de nuevo antes de que termináramos de protestar. Álex bebió el suyo sin apartar la mirada de ella y después tosió durante casi un minuto.
—¿Estás bien? —le preguntó Sofía.
—Perfectamente.
—Tienes los ojos llorosos.
—Es la emoción.
—Es evidente que le gustas —le susurró Valentina a un volumen que escuchamos todos.
Álex se atragantó de nuevo.
La música sonaba baja y el grupo empezó a relajarse.
Comimos, hablamos y vimos a Eric intentar abrir una botella con una piedra.
Sofía se encargó de contar varias historias sobre la infancia de Enzo, entre ellas la vez que se escapó de casa porque sus hermanas le vistieron con una falda y amenazaron con fotografiarlo.
—Tenía seis años —se defendió él.
—Y regresaste porque empezó a llover —añadió Sofía.
—Era una tormenta.
—Cayeron cuatro gotas.
—Yo te caía bien antes de que llegara ella —le dije.
—Me seguís cayendo bien. Enzo me cae peor.
Cuando se acabaron las empanadas, Camila propuso jugar a “Yo nunca”. La idea fue recibida con demasiado entusiasmo por Sofía y con una profunda desconfianza por Enzo.
—No pienso participar —declaró.
—Entonces asumiremos que has hecho todo lo que digamos —le advirtió su prima.
—Eso no forma parte de las reglas.
—Ahora sí.
Nos sentamos formando un círculo y cada uno conservó una bebida en la mano. Sofía quiso empezar.
—Yo nunca me he besado con alguien cuyo nombre no sabía.
Eric, Malena y María bebieron. Después de pensarlo, Sofía también tomó un sorbo.
—Has propuesto algo que tú misma hiciste —señaló Álex.
—Quería beber.
—¿Y nunca supiste su nombre?
—Lo averigüé después. No era interesante.
Álex pareció preocupado por toda la competencia anónima que podía existir en el pasado de Sofía.
Le tocó el turno a Camila.
—Yo nunca he utilizado una excusa para entrar en la habitación de alguien que me gustaba.
Joel bebió.
Valentina se volvió hacia él.
—¿Qué excusa usaste?
—Le dije que necesitaba comprobar la presión del agua.
—¿A quién?
—Fue hace años.
—¿Y por qué conocías vos la presión correcta?
—No la conocía. Por eso era una excusa.
—Espero que al menos funcionara.
—No. Llamó a mantenimiento.
Todos empezamos a reír. Enzo también bebió.
Le miré.
—¿Tú qué excusa utilizaste?
—Ninguna importante.
—El juego exige explicaciones.
—Eso tampoco forma parte de las reglas.
—Ahora sí —repitió Sofía.
Enzo pasó los dedos por mi cintura.
—Una vez dije que necesitaba seguir ensayando por la noche.
El grupo estalló en gritos. Le di un codazo, aunque no pude evitar reírme.
—¡Yo necesitaba ensayar!
—Y yo necesitaba que ensayaras.
—Eres un sinvergüenza.
—Pero funcionó mejor que lo de la presión del agua.
Joel levantó el vaso.
—No era necesario atacarme.
Valentina ocupó el siguiente turno.
—Yo nunca me he imaginado desnudo a alguien de este círculo.
Durante unos segundos nadie se movió.
Después bebimos casi todos.
—¡Qué manga de degenerados! —exclamó ella, aunque también tomó un sorbo.
Álex apuró el vaso de golpe. Sofía le miró con una sonrisa.
—¿Quieres compartir con quién?
—No.
—Qué pena. Yo sí.
Álex abrió mucho los ojos.
—¿De verdad?
—No. Pero tu cara ha valido la pena.
Eric cayó de espaldas sobre la manta riéndose y Álex se tapó el rostro con ambas manos.
—Voy a meterme en el mar y no volveré.
—Te acompaño —se ofreció Sofía.
Él bajó las manos.
—¿En serio?
—No. Pero has vuelto a poner la misma cara.
Los chupitos continuaron circulando y las preguntas se volvieron cada vez más atrevidas.
María confesó que besó a diez personas en la misma noche; Malena admitió que envió un mensaje comprometido al grupo familiar por error y Eric bebió cuando alguien preguntó quién fingió un orgasmo, aunque se negó a explicar las circunstancias.
—Yo nunca he sentido celos de alguien que acababa de conocer —dijo Enzo cuando llegó su turno.
Nadie bebió al principio.
Él me miró.
—No tengo sed —me defendí.
—Te emborrachaste porque viste entrar a mi prima en mi habitación.
—Eso no fueron celos. Fue una investigación defectuosa.
—Le pegaste dos bofetadas.
—El alcohol está demasiado lejos.
Sofía me acercó la botella.
—No sufras.
Bebí mientras los demás aplaudían.
—Ahora yo —anuncié—. Nunca me he disfrazado de gaviota y he intentado comerme un cangrejo delante de doscientos huéspedes.
Enzo fue el único que tomó un sorbo.
—Demasiado específica —protestó.
—Pero cierta.
Cuando llegó el turno de Álex, miró a Sofía durante varios segundos.
—Yo nunca he venido a una isla y he conseguido volver loco a alguien en menos de veinticuatro horas.
Todos dirigimos los ojos hacia ella.
Sofía levantó el vaso.
—No sé si eso es una pregunta o una declaración.
—Puede ser las dos cosas.
Por primera vez en toda la noche, pareció sorprenderse. Observó a Álex y bebió despacio sin apartar los ojos de él.
—Interesante —murmuró Valentina.
—Muy interesante —añadió Camila.
Álex sonrió y Sofía le lanzó una rodaja de limón.
Poco después abandonamos el juego y subimos el volumen de la música. Camila, Valentina y Sofía se pusieron a bailar sobre la arena.
En menos de cinco minutos inventaron una coreografía hilarante en la que imitaban a los chicos del grupo. Camila exageraba los gestos de Eric, Valentina caminaba sacando pecho para representar a Joel y Sofía se pasó una mano por el cabello antes de adoptar la expresión seria de Enzo.
—No me parezco en nada —protestó él.
—Es idéntica —aseguré.
Sofía terminó su imitación enviándome un beso y yo estuve a punto de caerme sobre Enzo de la risa.
Álex contemplaba cada movimiento suyo con absoluta fascinación. Cuando Sofía corrió hacia el agua y empezó a salpicar a los demás, él fue el primero en seguirla. Ella consiguió empaparlo y salió huyendo por la orilla mientras Álex la perseguía.
—Está perdido —comentó Joel.
—Completamente —confirmó Valentina.
Sofía tropezó cerca de una de las mantas. Álex la sujetó antes de que cayera y ambos quedaron muy juntos. Esperamos que se besaran, pero ella le dio un toque en la nariz y volvió a escapar.
—Y ella va a hacerle sufrir —dijo Camila.
—También completamente —añadí.
Nos quedamos en la playa hasta que se terminaron las bebidas y la brisa empezó a enfriar. Durante el camino de regreso, Sofía avanzó entre Camila y Valentina, enlazada a sus brazos y cantando una canción italiana cuya letra cambiaba cada vez que la repetía.
Álex caminaba unos pasos detrás, mirándola con una sonrisa de absoluto embobamiento.
Sofía llegó a la isla sin avisar y tardó una sola jornada en poner nuestras vidas patas arriba. Se unió a mis amigas, humilló a Enzo con fotografías infantiles, provocó confesiones comprometidas y consiguió que Álex babeara por ella sin el menor disimulo.
Y lo más preocupante era que todavía le quedaban varios días de vacaciones.