Peligro, ¡italiano suelto! Capítulo 18
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Capítulo 18

A las ocho y veinte de la mañana ya estaba sentada en el comedor, con una taza de café intacta delante y una expresión que, según Camila, podía provocar la evacuación del edificio.

No desayuné. La mezcla de licor de hierbas, indignación y falta de sueño me revolvía el estómago.

Llevaba diez minutos moviendo una cucharilla dentro de la taza, aunque no le puse azúcar y tampoco tenía intención de beber. Solo necesitaba hacer algo con las manos mientras esperaba.

Camila ocupaba la silla de al lado. Se puso unas gafas de sol a pesar de que estábamos en un espacio cerrado y apoyaba la frente sobre una botella de agua fría.

—No deberíamos haber terminado la botella —murmuró.

—Tú dijiste que era medicinal.

—Mentí.

—Anoche todo el mundo decidió mentirme.

—Yo no te he mentido.

—Me dijiste que el alcohol conseguiría que me importara menos.

—Durante una media hora funcionó.

Valentina apareció acompañada por Joel poco antes de las ocho y media. Llevaba unas gafas todavía más grandes que las de Camila y caminaba con una mano apoyada sobre la cabeza.

—Buen día —saludó sin entusiasmo—. Si alguien levanta la voz, lo mato.

Joel dejó frente a ella una bandeja con tostadas, fruta y café.

—Tienes que comer.

—No me digas lo que tengo que hacer.

—Hace cinco minutos me has pedido que te trajera el desayuno.

—Eso fue antes de que lo trajeras mal.

—¿Qué está mal?

Valentina examinó la bandeja.

—Todo hace demasiado ruido.

Joel me miró.

—¿Cómo estás?

—Esperando.

—¿Vas a escucharle antes de hacer una locura?

—No pienso hacer ninguna locura.

Las tres mujeres presentes evitamos mirarnos. Joel señaló las gafas de Camila.

—¿Por qué las llevas puestas también?

—Tengo sensibilidad a la luz.

—Estamos en la sombra.

—También tengo sensibilidad a las preguntas.

A las ocho y treinta y dos, Enzo entró en el comedor.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.

Sentí un tirón en el pecho al verle y durante un segundo recordé todo lo que me gustaba de él.

Llevaba el pelo mojado, una camiseta negra y la misma expresión cansada de la noche anterior.

Parecía haber dormido poco, aunque su aspecto era bastante mejor que el mío.

Sostenía la camisa azul doblada sobre un brazo.

En la otra mano llevaba nuestra nota.

Miró hacia las mesas y me encontró enseguida. La confusión de su rostro se acentuó cuando vio a Camila y a Valentina, ambas ocultas tras sus gafas oscuras. Caminó hacia nosotros sin detenerse a recoger el desayuno.

—Buenos días —saludó.

Nadie contestó.

Dejó la camisa sobre una silla y levantó el recibo arrugado.

—He encontrado esto delante de mi puerta.

—Qué interesante —le respondí.

—¿“Para tu próxima visita”?

—Está bastante claro.

Enzo miró la nota y después a mí.

—No, en realidad no lo está.

—¿Qué tal la noche?

—¿Qué?

—Tu noche. Quiero saber qué tal ha ido.

Enzo dejó el papel sobre la mesa.

—Bien. He dormido y ya me encuentro algo mejor.

Me levanté.

Camila se quitó las gafas.

—Zoe…

No la escuché.

Me acerqué a Enzo y le propiné una bofetada. El sonido resonó con una fuerza que hizo que varias personas se volvieran. Él apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que mi otra mano golpeara la mejilla contraria.

El comedor entero pareció detenerse.

Enzo se quedó perplejo, mirándome con los ojos muy abiertos. Las dos marcas rojizas empezaron a aparecer casi al mismo tiempo sobre su rostro.

—¿Pero qué demonios haces? —me preguntó.

—Eso mismo quería preguntarte yo.

—¿Te has vuelto loca?

—No te atrevas a llamarme loca.

—Acabas de pegarme dos veces sin decirme por qué.

—Sabes perfectamente por qué.

—No tengo ni idea.

Cogió la nota y la agitó delante de mí.

—Me encuentro esto en el suelo y ahora tú…

— ¿Ni siquiera recuerdas a quién se la prestaste?

—Claro que lo recuerdo.

—Pues resulta raro que recuerdes nada con lo ocupado que debiste estar anoche.

Enzo bajó la mano. La incredulidad dejó paso al enfado.

—No sé de qué estás hablando, pero no vuelvas a pegarme.

—Mira, mi padre se la pegó a mi madre durante mucho tiempo. Pero él era su marido y el padre de su hija, que soy yo. Tú no eres nada mío como para que yo vaya a consentir que…

—No tengo ni idea de qué me hablas —me interrumpió.

—¡Es ella! —gritó entonces Camila.

Se puso en pie y señaló hacia la entrada del comedor.

La mujer de los rizos acababa de aparecer.

Era tan espectacular como Camila la describió. Alta, de piel dorada y con una melena castaña que caía en bucles voluminosos sobre sus hombros. Sus enormes ojos claros recorrieron el comedor hasta detenerse en Enzo. Al ver las marcas de sus mejillas, frunció el ceño.

—¿Qué te ha pasado?

Su español tenía un acento italiano más marcado que el de Enzo.

—Pregúntaselo a ella —respondió él, señalándome.

La mujer me observó con curiosidad. Después reparó en Camila, que seguía apuntándola con el dedo. Y entonces sonrió.

—Esa es la que entró anoche en su habitación —afirmó mi amiga—. No tengo ninguna duda.

Toda la vergüenza que empezaba a sentir por el espectáculo que estábamos dando quedó sepultada bajo una nueva oleada de rabia.

Me volví hacia la desconocida.

—¿Te parece muy divertido?

Ella parpadeó.

—¿Perdona?

—¡Que estaba conmigo! —exclamé.

—Zoe —me llamó Enzo.

—No te metas.

—Claro que voy a meterme.

Di un paso hacia la mujer.

—¿Sabías que estaba conmigo?

—¿Contigo dónde?

—No te hagas la tonta.

—No me hago la tonta. ¿Crees que Enzo y yo…?

—Zoe, detente —ordenó Enzo.

—¿Por qué? ¿Temes que le diga algo que pueda molestarla?

La mujer miró a Enzo y después volvió a mirarme. Una sonrisa apareció lentamente en sus labios.

—¿Ella es Zoe?

Enzo se pasó una mano por la cara.

—Sí.

La desconocida soltó una carcajada.

Aquello terminó de encenderme.

—¿De qué te ríes?

—De que tú debes de ser la razón por la que mi primo lleva semanas escribiéndome mensajes que indican que está en babia.

La palabra tardó varios segundos en alcanzar mi cerebro.

—¿Tu primo?

—Mi prima Sofía —dijo Enzo, irritado.

Miré a Camila.

Ella abrió la boca.

—Le estaba besando.

—En las mejillas —aclaró Sofía entre risas—. Hacía casi un año que no lo veía.

—No parecían las mejillas —insistió Camila.

—Tengo dos y le besé las dos. Varias veces. En mi familia somos efusivos.

—Se lo estaba comiendo —murmuró mi amiga, aunque ya no sonaba tan segura.

—No me estaba comiendo —protestó Enzo—. Además, Sofía solo estuvo en mi habitación diez minutos. Llegó por sorpresa y vino a saludarme antes de que recepción le buscara otra habitación.

—¿Por qué no me dijiste que esperabas a tu prima? —le pregunté.

—Porque no la esperaba. Por eso se llama sorpresa.

—Podrías estar mintiendo.

Sofía abrió los ojos con una expresión divertida.

—¿De verdad?

Buscó algo en el bolso y sacó una cartera. Después de revisar varias tarjetas, me mostró un documento italiano.

—Sofía Moretti —leyó en voz alta—. Nacida en Milán. ¿Quieres también mi certificado de nacimiento?

Valentina se quitó las gafas.

—El documento solo demuestra que tienen el mismo apellido.

—Por fin alguien sensato —dijo Camila.

Sofía guardó la tarjeta y sacó el teléfono.

—Perfecto. Pasamos a las pruebas familiares —añadió muerta de la risa.

Abrió una fotografía en la que aparecía junto a Enzo cuando ambos eran niños.

Él debía de tener unos diez años, llevaba un bañador rojo y mostraba un hueco entre los dientes.

Sofía era algo menor y le abrazaba por la cintura.

Deslizó el dedo y apareció otra imagen de una comida familiar.

Enzo ocupaba el centro de la mesa junto a una mujer mayor y a varios niños.

—Esta es nuestra abuela. Este, mi padre, que es hermano del suyo. Esta es la Navidad pasada y este es Enzo disfrazado de pastor cuando tenía siete años.

Enzo intentó quitarle el teléfono.

—Eso no hace falta.

Sofía lo apartó de su alcance.

—Creo que tu novia necesita pruebas concluyentes.

—No soy su novia —aclaré.

Los dos me miraron.

—Ahora mismo, desde luego que no —respondió Enzo, señalando sus mejillas—. Mi novia no me abofetearía dos veces antes de preguntarme qué ocurrió.

La culpa terminó de abrirse paso entre la resaca y la vergüenza.

—Lo siento.

—¿Eso es todo?

—Pensé que…

—Ya sé lo que pensaste.

—Camila te vio con ella, tú me dijiste que querías dormir solo y no me dejaste acompañarte. Todo encajaba.

—No sabía que Sofía aparecería. Quería dormir porque me encontraba mal.

—Podrías haberme mandado un mensaje cuando llegó.

—¿Para comunicarte que mi prima acababa de presentarse en la isla?

—Sí.

—¿También tengo que avisarte cada vez que me visite un familiar?

—No, pero…

—Zoe, me has pegado.

Bajé la mirada hacia mis manos.

—Lo sé. He actuado fatal y te pido perdón. No debí hacerlo.

El enfado continuaba en sus ojos, aunque su expresión empezó a suavizarse.

—No vuelvas a hacerlo.

—No volverá a ocurrir.

—Ni aunque me veas abrir la puerta a diez mujeres.

—No pongas a prueba esa promesa —murmuró Camila.

Enzo la miró.

—Tú no ayudes.

Sofía seguía observándonos con una sonrisa enorme.

—Esto es mucho mejor de lo que me contaste.

—No te he contado nada —replicó Enzo.

Eric acababa de entrar y se acercó a la mesa atraído por la conversación.

—¿Qué me he perdido?

—Zoe le ha dado dos bofetadas a Enzo porque confundió a su prima con una amante —resumió Joel.

Eric dejó la bandeja.

—¿La mañana acaba de empezar y ya ha ocurrido todo eso?

—No fue solo Zoe —intervino Camila—. Yo aporté pruebas incorrectas.

—Y nosotras nos emborrachamos —añadió Valentina—. La investigación tuvo algunas fallas.

—Intentaron abrir su habitación con la etiqueta de una botella —explicó Joel.

—Eso no tiene relación con el caso —protestó Camila.

Malena y María se aproximaron al escuchar las voces. En menos de un minuto, todo el grupo conocía la historia. La vergüenza ya no podía empeorar, hasta que Sofía les mostró la fotografía de Enzo vestido de pastor.

—Necesito una copia —dijo Eric.

—Ni lo sueñes —contestó Enzo.

—Podríamos utilizarla en los carteles de Marea de luz .

—Te romperé el teléfono.

Yo continuaba de pie frente a Enzo, sin saber si él estaba dispuesto a perdonarme o prefería no volver a verme. Las bromas crecían alrededor, pero la tensión entre nosotros no desapareció.

—De verdad que lo siento —repetí en voz baja—. No tengo ninguna excusa.

Enzo dejó la nota sobre la mesa.

—Podrías haberme preguntado.

—Lo hice. Te pregunté qué tal la noche.

—Y me abofeteaste en cuanto contesté.

—No fue mi mejor interrogatorio.

—No.

—¿Sigues enfadado?

—Bastante.

—¿Y qué puedo hacer?

Me observó durante unos segundos. Después dio un paso hacia mí, colocó una mano en mi nuca y me atrajo.

Su boca encontró la mía antes de que pudiera reaccionar.

El beso fue firme, profundo y completamente inesperado. Por un instante permanecí con los pies pegados al suelo. Después apoyé las manos sobre su pecho y le respondí, demasiado sorprendida para pensar en todas las personas que nos rodeaban.

Los primeros silbidos llegaron desde nuestra mesa.

Enzo no se apartó. Me besó hasta que el comedor, las bromas y mi resaca dejaron de importar. Cuando finalmente levantó la cabeza, mantuvo la mano en mi nuca.

—No se te ocurra volver a pensar algo así de mí —dijo.

—No sabía quién era.

—Podrías haber confiado en mí.

—Lo sé.

—Estoy empezando a volverme loco por ti, Zoe. Y no me importa confesarlo delante de todos.

Me quedé patidifusa.

Los aplausos estallaron a nuestro alrededor. Eric silbó con los dedos, Malena empezó a golpear la mesa y María levantó los brazos. Valentina gritó algo sobre el amor y los italianos mientras Joel trataba de impedir que se subiera a una silla.

Sofía era la que más aplaudía.

—¡Bravissimo! —exclamó—. ¡Otra vez!

Me escondí contra el pecho de Enzo.

—Quiero morirme.

—Primero querías matarme a mí.

—Podemos morir los dos.

—No antes del desayuno.

Sofía rodeó a Enzo y le besó de nuevo en ambas mejillas, exagerando los movimientos.

—Mira —me dijo—. Derecha, izquierda. Tradición familiar. Ningún escándalo sexual.

—Lo he entendido.

—Si quieres, la próxima vez le doy la mano.

—Eso sería estupendo.

Camila se acercó a ella.

—Yo también tengo que pedirte perdón. Estaba lejos, vi los rizos, los besos y…

—¿Y decidiste que me acostaba con mi primo?

—Cuando lo dices así, suena fatal.

—Porque fue fatal —intervino Enzo.

—Ya te han pedido perdón —le recordó Sofía—. No seas dramático.

—Me han abofeteado dos veces.

Sofía examinó sus mejillas.

—No te preocupes. Siempre fuiste demasiado guapo. Te viene bien un poco de color.

Volvimos a reír y la tensión terminó de deshacerse. Enzo me llevó hasta la mesa con una mano firme en mi cintura.

Yo seguía avergonzada por mi comportamiento, pero algo mucho más intenso ocupaba el centro de mis pensamientos.

Enzo acababa de decir delante de todos que empezaba a volverse loco por mí.

Quizás no fuera una declaración de amor, pero se acercaba demasiado.

Y yo llevaba toda la noche demostrando, de la forma más desastrosa posible, que también empezaba a perder la cabeza por él.