Capítulo 17 #2
Camila volvió a relatar lo ocurrido. A medida que avanzaba, la expresión de Valentina se volvió más peligrosa.
—¿Y vos estás segura de que se estaban besando?
—Completamente.
—Qué hijo de puta.
—Gracias —dije—. Por fin alguien deja de buscar explicaciones.
—Yo no busco nada. Si mi amiga dice que vio un beso, hubo un beso.
Camila levantó la botella.
—¿Quieres?
Valentina la cogió y leyó la etiqueta.
—Esto puede matar a una persona.
—Esa es la idea —respondí.
Se sentó en mi cama y bebió directamente de la botella. Después hizo una mueca espantosa.
—Es peor que el fernet mal preparado.
—¿Joel sabe que estás aquí? —preguntó Camila.
—Está acostado.
—¿Solo? —quise saber.
Valentina me miró.
—Por su bien, espero que sí. Porque si ahora bajo y encuentro a una mina comiéndoselo a besos, le corto el pito.
Solté una carcajada involuntaria.
—Eso me parece un poco extremo —opinó Camila.
—A mí no. Tiene que existir un castigo que genere respeto.
—Podríamos cortarles el pelo —propuse—. A Enzo le importa mucho su pelo.
—Eso es mejor —aprobó Camila—. Menos delito.
—No genera suficiente respeto —insistió Valentina.
La botella circuló entre las tres. En poco tiempo, la indignación empezó a mezclarse con una euforia un tanto ridícula. Elaboramos una lista de defectos de Enzo.
Al principio incluía motivos legítimos: arrogante, mentiroso, egoísta y mujeriego. Después añadimos otros más difíciles de reproducir.
—Eso forma parte del espectáculo —recordó Camila.
—No lo defiendas —le reproché.
—No lo defiendo. Intento que la lista resista un juicio.
Valentina cogió un bolígrafo y escribió “italiano” con letras mayúsculas.
—Eso no es un defecto —señaló Camila.
—Hoy sí.
Seguimos bebiendo. En algún momento se terminaron las galletas y decidimos bajar a buscar comida.
Camila sostenía que necesitábamos algo salado para absorber el alcohol; Valentina quería comprobar que Joel siguiera durmiendo solo y yo necesitaba pasar cerca del edificio de Enzo, aunque juré que no tenía intención de mirar su ventana.
Salimos al pasillo en pijama. Valentina iba descalza y llevaba el elefante debajo del brazo.
Camila avanzaba delante de nosotras con una bolsa vacía, dispuesta a llenarla en las máquinas.
Yo me había puesto la camisa de Enzo sobre el pijama porque decidí que devolverla constituiría una declaración de dignidad.
—Vas a devolvérsela ahora —comprendió Camila.
—Sí.
—Dijimos que no irías.
—No voy a hablar con él. Dejaré la camisa en la puerta.
—Con una nota —propuso Valentina.
—Sin nota.
—Entonces no va a entender nada.
—Verá su camisa y sabrá que le desprecio.
Valentina examinó la prenda, como buscando en ella una forma de venganza que no verbalizó.
—Necesitamos una nota —decidió Camila.
Nos detuvimos en una mesa del jardín. Valentina sacó el bolígrafo de la lista y Camila encontró un recibo arrugado dentro de la bolsa.
—¿Qué ponemos? —preguntó.
—“Para que no tengas frío mientras duermes solo” —dicté.
—Es demasiado largo.
—“Póntela y muérete” —sugirió Valentina.
—Demasiado agresivo —consideró Camila.
—“Embustero” —dije.
—Demasiado breve.
—Es una nota, no una novela —protestó Valentina.
Al final escribimos: “Para tu próxima visita”. Ninguna entendió del todo qué significaba, pero en nuestro estado nos pareció devastador.
Nos acercamos al edificio intentando no hacer ruido. Cada vez que una rama se movía, las tres nos escondíamos detrás del mismo arbusto y terminábamos empujándonos. Al llegar al sendero lateral, Camila señaló una puerta.
—Esa es.
—¿Estás segura? —le preguntó Valentina.
—Ya te digo yo que sí. Ahí fue donde me embaucó el muy cabrón —le respondí yo.
—¿Seguirá ella dentro? —preguntó Valentina.
—Y tanto que sigue. El italiano tiene cuerda para rato. Maldito sea, pasarán la noche juntos —le contesté.
Avancé con la prenda doblada y la nota encima. Estaba a pocos metros cuando escuché pasos detrás de mí. Me volví sobresaltada.
Joel apareció al final del sendero con el cabello revuelto y unos pantalones cortos.
—¿Qué hacéis?
Valentina corrió hacia él y le agarró la cara con ambas manos.
—¿Estabas solo?
—Sí.
—¿Seguro?
—Hasta que me despertaron tres mujeres borrachas pasando delante de mi ventana.
Valentina le besó con fuerza.
—Conservás el pito.
Joel parpadeó.
—No sé qué significa eso, pero gracias.
Camila empezó a reír y yo tuve que apoyarme en la pared para no caerme. La puerta de Enzo continuaba cerrada. Me imaginé de sobra lo que estaba ocurriendo al otro lado.
Dejé la camisa sobre el suelo.
Durante unos segundos contemplé la madera, esperando que se abriera. Quería sorprenderlo, enfrentarme a la mujer de los rizos y conseguir una explicación que borrara todo lo que Camila vio. Al mismo tiempo, deseaba no volver a mirarle nunca.
La puerta no se abrió.
Regresamos a nuestra habitación con Joel detrás, intentando averiguar qué ocurría. Valentina se lo explicó con abundantes insultos argentinos y él prometió hablar con Enzo por la mañana.
—No quiero que hables con él —le dije—. Hablaré yo.
—¿Segura?
—Completamente.
—Ahora mismo no puedes ni abrir la puerta de tu habitación.
—Porque la llave no funciona.
Camila me quitó la tarjeta de la mano y le dio la vuelta.
—Estabas intentando abrir con la etiqueta de una botella de agua.
Entramos por fin. Joel consiguió llevarse a Valentina después de prometer tres veces que no esperaba ninguna visita. Camila y yo nos tumbamos en nuestras camas, pero ninguna apagó la luz.
—Lo siento —murmuró ella.
—No es culpa tuya.
—Ojalá no lo hubiera visto.
—Yo prefiero saberlo.
—Quizás mañana…
—Mañana se va a enterar de lo que es la furia asesina de una española.
No dormí. El licor me dejó la boca seca, dolor de cabeza y una lucidez intermitente en la que alternaba las ganas de llorar con el deseo de estrangular a Enzo con las alas de su disfraz de gaviota.
Cuando la primera luz entró por la ventana, Camila se incorporó con el pelo revuelto y una marca de almohada en la mejilla.
—¿Qué hora es?
—Las siete.
—¿Has dormido?
—No.
—Yo tampoco.
—Estabas roncando.
—Eran sonidos de indignación.
Me senté y cogí el teléfono. No tenía ningún mensaje de Enzo. A las ocho y media debíamos encontrarnos para desayunar. Imaginé su cara al descubrir la camisa delante de la puerta y la absurda nota que dejamos encima.
—Vamos a necesitar café —dijo Camila.
—Yo voy a necesitar un abogado.
Camila sonrió, aunque enseguida volvió a ponerse seria.
Dentro de hora y media tendría que sentarme frente a Enzo y escuchar lo que quisiera contarme. No sabía si mentiría, si trataría de restar importancia al beso o si confirmaría que solo fui una distracción durante el verano.
Lo único que sabía era que, la noche anterior, me pidió que confiara en él.
Y un rato después abrió la puerta de su dormitorio a una mujer que se lo comió a besos.