Capítulo 17
Enzo no parecía sentirse muy bien aquella noche.
Durante la función, no cometió errores ni perdió la energía sobre el escenario, pero en cuanto abandonamos la vista del público, apoyó las manos sobre las rodillas y cerró los ojos durante varios segundos.
—¿Estás bien? —le pregunté mientras los demás se dirigían a los camerinos.
—Sí. Solo estoy cansado.
—Tú nunca estás cansado.
Enzo se incorporó y se secó el rostro con una toalla.
—Gracias por recordarme que tengo una reputación que mantener.
Intentó sonreír, pero el gesto apenas duró. Acerqué una mano a su frente y él me sujetó por la muñeca antes de que pudiera tocarle.
—No tengo fiebre.
—No lo sabes porque no me has dejado comprobarlo.
—Eres bailarina, no un termómetro.
—Y tú estás insoportable.
—Eso significa que me encuentro bien.
Seguimos hacia los camerinos. Se duchó y salió antes que el resto de los chicos. Me esperaba en el pasillo con una camiseta gris, pantalones deportivos y el cabello aún húmedo.
En las últimas noches nos acostumbramos a encontrarnos después de la función. Algunas veces íbamos a su habitación; otras nos reuníamos con nuestros compañeros o caminábamos por el hotel hasta que el cansancio nos obligaba a regresar.
Aquella vez, sin embargo, no se acercó para besarme. Se quedó a medio metro de distancia, con una mano en el bolsillo y la otra frotándose la nuca.
—Creo que esta noche será mejor que duerma solo —me dijo.
La decepción llegó antes que la preocupación.
—¿Te encuentras mal de verdad?
—Me duele la cabeza y estoy agotado. Quiero acostarme pronto y recuperar fuerzas.
—Puedo quedarme contigo.
—No hace falta.
La respuesta resultó demasiado rápida.
Enzo debió de notarlo porque me acarició el brazo y suavizó el tono.
—No sería buena compañía, Zoe. Voy directo a dormir. Nos vemos mañana para desayunar.
—Puedo pasarme después por tu habitación.
—No.
Le miré, desconcertada.
—De acuerdo.
—No te enfades.
—No me enfado.
—Estás frunciendo el ceño.
—Me preocupa que te encuentres mal.
Enzo se inclinó y me besó la frente. Ni siquiera fue un beso en los labios.
—Solo necesito dormir.
—¿Seguro?
—Seguro. A las ocho y media en el comedor.
—Está bien.
Se alejó por el pasillo y no miró hacia atrás.
Entré en el camerino intentando convencerme de que no ocurría nada extraño.
Enzo trabajó más que nadie durante las últimas semanas.
Además de las funciones, continuó ensayando conmigo, participó en el festival y apenas descansó desde que Luna /quien no había vuelto a aparecer por el hotel) abandonó el espectáculo.
Tenía derecho a sentirse agotado. También tenía derecho a dormir solo sin que yo convirtiera su cansancio en un problema sentimental.
El discurso resultaba razonable.
No consiguió tranquilizarme.
—¿Qué cara es esa? —me preguntó Camila mientras guardaba su ropa.
—Ninguna.
—Enzo se acaba de ir y tú pareces dispuesta a incendiar su habitación.
—Se encuentra mal.
—¿Y eso te enfada?
—Me ha dicho que prefiere dormir solo.
Camila cerró la taquilla.
—A veces las personas duermen.
—Ya lo sé.
—Incluso los italianos guapísimos necesitan hacerlo.
—No es eso. Ha estado raro.
—Tal vez porque se encuentra mal.
—También puede ser.
—¿Qué otra cosa podría ser?
Me encogí de hombros. No quería poner palabras a una sospecha que todavía no existía. Camila me estudió durante unos segundos y acabó pasándome un brazo por los hombros.
—Ven. Volvemos a la habitación, comes algo y dejas de inventar tragedias.
Regresamos a la residencia y nos pusimos el pijama. Camila sacó unas galletas de un cajón y yo traté de leer los mensajes del teléfono, aunque llevaba cinco minutos mirando la misma pantalla sin comprender nada. Enzo no escribió.
—Voy a bajar a por agua —anunció ella—. Solo queda media botella.
—Hay máquinas en el pasillo.
—Quiero agua fría. Y necesito caminar después de la función.
—Tráeme algo de chocolate.
—Eso ya me gusta más que verte sufriendo por una frente que no te han dejado tocar.
Camila se puso unas sandalias y salió. Me tumbé en la cama y escribí un mensaje para Enzo.
Zoe: ¿Te encuentras mejor?
No lo envié.
Si estaba dormido, no quería despertarle. Si seguía despierto, parecía absurdo comprobar su estado diez minutos después de despedirnos. Borré el mensaje, dejé el teléfono sobre la mesilla y cerré los ojos.
La puerta se abrió de golpe unos minutos más tarde.
Camila entró sin agua ni chocolate. Tenía los ojos muy abiertos y una expresión tan extraña que me incorporé de inmediato.
—¿Qué pasa?
No respondió. Cerró la puerta con cuidado y permaneció delante de ella, sujetando el pomo.
—Camila.
—No sé cómo decírtelo.
El estómago se me contrajo.
—¿Ha ocurrido algo?
—Lo siento mucho, Zoe.
—¿Qué has visto?
Se acercó y se sentó en el borde de mi cama.
—He ido hasta la máquina del ala de los chicos. Cuando estaba cerca de la entrada, una mujer ha llegado por el sendero lateral.
—¿Qué mujer?
—No lo sé. No la he visto nunca.
—¿Y?
Camila me cogió una mano.
—No me preguntes por qué, pero me generó curiosidad y decidí seguirla.
—¿Y?
—Ha llamado a la puerta de la habitación de Enzo.
La retiré.
—Eso no significa nada —lo defendí mientras el estómago se me hacía un nudo.
—Lo sé.
—Puede ser una trabajadora del hotel.
—No llevaba uniforme, te lo aseguro.
—Una amiga.
—Puede.
—¿Qué ha pasado?
Camila apretó los labios.
—Enzo le ha abierto y ella se le ha echado encima.
La habitación pareció inclinarse.
—¿Qué quieres decir con que se le ha echado encima?
—Que lo ha agarrado del cuello y se lo ha comido a besos.
—No.
—Lo he visto.
—Te habrás equivocado de habitación.
—Era Enzo. Llevaba la camiseta gris con la que salió del camerino. Además, que no estoy chalada.
Me levanté de la cama.
—No puede ser.
—Ojalá me hubiera equivocado.
—¿Y él qué hizo?
—No lo sé. Los vi unos segundos. Ella estaba de espaldas y lo tapaba casi por completo. Después entraron y cerraron la puerta.
—¿Cómo era?
Camila abrió la boca, pero tardó en responder.
—Eso no importa.
—¿Cómo era?
—Castaña, muy alta, con unos ojos claros enormes y una melena de rizos que le llegaba casi hasta la cintura.
—Fantástico.
—Zoe…
—¿Era guapa?
—No quiero contestar si no es en presencia de mi abogado.
—Eso significa que era espectacular.
—Era llamativa.
—Camila.
—Sí, era espectacular. Parecía una modelo de anuncios de perfume, pero eso no cambia nada.
Empecé a caminar por la habitación.
—Me ha mentido en la cara. Ni siquiera ha sido capaz de besarme porque debía reservar energías para recibir a la tía esa de los rizos maravillosos.
—No te hagas mala sangre.
Cogí el teléfono.
—Voy a llamarle.
—Espera.
—¿Para qué?
—Porque estás furiosa y quizás sea mejor que te calmes primero.
—Estoy perfectamente calmada.
—Llevas cuarenta segundos caminando en círculos y acabas de intentar desbloquear el teléfono con la pantalla hacia abajo.
Le di la vuelta con brusquedad.
—No pienso quedarme aquí mientras ese sinvergüenza…
—¿Qué vas a hacer? ¿Presentarte en su habitación y preguntar si puedes unirte?
Me detuve.
—Por supuesto que no.
—Entonces no vayas todavía.
—¿Todavía?
—Mañana por la mañana podrás exigirle una explicación sin llevar un pijama con aguacates.
Miré mi camiseta. Un aguacate sonriente sostenía un cartel en el que se leía “Guacamole queen”.
—Me cambio.
—Ese no era el mensaje.
Abrí el armario, pero Camila se levantó y cerró las puertas.
—No vas a ir.
—Apártate.
—No.
—Camila, acaba de meter a una mujer en su habitación después de mandarme a dormir.
—Y si vas ahora, verá que te ha destrozado la noche.
—Ya me ha destrozado la noche.
—Pero él no tiene por qué saberlo. No le des el gusto de que te vea así de jodida.
La lógica de mi amiga era absurda, infantil y, en aquel momento, completamente convincente.
Me senté en la cama.
—He sido idiota.
—No.
—Confié en él.
—Eso no te convierte en idiota.
—Me dijo que llevaba semanas intentando besarme. Me llevó a aquella playa, me presentó su faceta divertida y consiguió que creyera que había cambiado por mí.
—Puede existir una explicación.
—Sí. Que se acuesta con todas. Por eso no tiene novia.
—A ver…
—Es italiano.
Camila frunció el ceño.
—Eso no constituye una prueba.
—¿Por qué no? Seguro que en Italia los fabrican así: guapísimos, encantadores y sin ningún tipo de responsabilidad afectiva.
—Creo que estás siendo injusta con toda una nación.
—Pues que proteste la embajada.
Camila abrió uno de los cajones y sacó una botella de licor de hierbas que Malena nos regaló después del estreno.
—No deberíamos beber esto.
—Dámelo.
—Lo guardaba para una emergencia.
—Un italiano infiel y una modelo de rizos en su habitación cuentan como emergencia.
No teníamos vasos apropiados, así que utilizamos las tazas del desayuno. Camila sirvió una pequeña cantidad, pero le pedí que añadiera más. El primer trago me quemó la garganta y me hizo toser.
—Esto está asqueroso.
—Es medicinal.
—¿Qué cura?
—Nada, pero dentro de un rato te importará menos.
Bebimos otra vez. Yo seguía echando humo por las orejas y repasaba cada conversación con Enzo en busca de señales. Su necesidad de dormir solo, su negativa a que lo acompañara y aquel beso miserable en la frente encajaban demasiado bien.
—Lo tenía preparado —concluí.
—No lo sabemos.
—Claro que sí. La tipa sabía dónde encontrarlo. Él sabía que vendría y por eso me apartó.
—Quizás apareció sin avisar.
—¿Y se lo comió a besos sin avisar también?
—Esa parte resulta más difícil de defender.
—Porque no existe defensa.
Alguien llamó a la puerta.
Camila y yo nos miramos.
—¿Será él? —le pregunté.
—No abras.
—¿Por qué?
—Porque llevas la cara roja, una taza de licor en la mano y unos aguacates felices en el pecho.
Volvieron a llamar.
—Sé que están despiertas —dijo Valentina desde el pasillo—. Se las escucha desde mi habitación.
Camila abrió. Valentina entró con una camiseta de Joel que le llegaba hasta los muslos y el elefante de tela bajo el brazo.
—¿Qué pasa acá? —preguntó—. Escuché “italiano infiel”, “modelo de perfume” y algo sobre llamar a una embajada.
—Enzo ha metido a una mujer en su habitación —expliqué.
Valentina dejó de sonreír.
—¿Qué mujer?