Peligro, ¡italiano suelto! Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

—¡Veterinario! —gritó Malena.

Enzo negó.

—¡Caníbal! —propuso Camila.

Volvió a negar y señaló su propia boca.

—¡Higienista dental! —dije.

El animador nos recordó que solo quedaban diez segundos. Enzo se volvió hacia mí, fingió sujetar una máquina y reprodujo el sonido de un torno.

—¡Dentista!

Levantó los brazos.

La siguiente palabra fue “pingüino”. Enzo empezó a caminar con los pies abiertos y las manos pegadas al cuerpo.

—¡Luna! —gritó Eric.

Todos nos quedamos paralizados un instante.

Enzo se llevó las manos a la cabeza y comenzó a caminar todavía peor.

—¡Rebeca cuando se enfada! —añadió Malena.

Desde su silla, Rebeca levantó un dedo amenazador.

—¡Un pingüino! —acertó María.

Enzo señaló a Eric y después a Rebeca, dando a entender que los dos pagarían por sus respuestas. Ni siquiera él logró mantener la seriedad.

Cuanto más avanzaba el concurso, más irreconocible me resultaba.

Se burlaba de sí mismo, animaba a los demás y convertía cada derrota en una broma.

Durante las primeras semanas pensé que su distancia ocultaba arrogancia. María me contó que, durante mucho tiempo, fue exactamente así. Sin embargo, aquella tarde no quedaba rastro del hombre que pasaba junto a nosotros sin saludar.

La prueba que terminó de demostrármelo fue la de los cócteles.

Cada equipo debía preparar una bebida con los ojos vendados. Uno de sus miembros mezclaba los ingredientes mientras otro le daba instrucciones. Rebeca nos eligió a Enzo y a mí. Él se colocó detrás de la barra, se cubrió los ojos con un pañuelo y extendió las manos.

—¿Dónde está la coctelera?

—Delante de ti.

Palpó la mesa y agarró un cuenco de aceitunas.

—Eso no.

—Me has dicho que estaba delante.

—Un poco a la derecha.

—¿Mi derecha o tu derecha?

—Tenemos la misma derecha.

—No desde donde estás tú.

—Enzo, suelta las aceitunas.

Cogió una y se la llevó a la boca.

—Esto mejora el cóctel.

—Vamos a perder otra vez.

—Confía en el capitán.

Encontró por fin la coctelera. Le indiqué dónde estaban los zumos, el hielo y las piezas de fruta, pero Enzo hacía exactamente lo contrario de lo que le pedía. En lugar de añadir naranja, vertió una cantidad enorme de granadina. Confundió la piña con el limón y dejó caer media fresa al suelo.

—No puedes ser tan torpe —le acusé.

—Estoy ciego.

—Tienes los ojos vendados, no has perdido las manos.

—Necesito que te acerques.

—¿Para qué?

—Para escuchar mejor.

Me incliné sobre la barra y él aprovechó para mancharme la nariz con granadina.

—¡Enzo!

Se quitó el pañuelo y retrocedió riéndose antes de que pudiera alcanzarlo. Metí los dedos en la coctelera y corrí detrás de él. Se refugió entre nuestros compañeros, pero todos se apartaron para permitirme pasar.

Conseguí mancharle una mejilla y parte de la camiseta.

—Ahora estamos a juego —dije.

—Has atacado al capitán.

—El capitán ha empezado.

—Esto exige una respuesta.

Se acercó con una fresa aplastada en la mano. Intenté retroceder, pero choqué contra la barra. Enzo me rodeó la cintura con un brazo y levantó la fruta hacia mi cara.

—Ni se te ocurra.

—Pide perdón.

—Nunca.

—Última oportunidad.

—Vas a mancharme el pelo.

—Una tragedia.

—Enzo…

En lugar de aplastar la fresa, la sostuvo frente a mis labios.

—Muerde.

Le miré, consciente de que decenas de personas observaban la escena. Abrí la boca y mordí la mitad. Él se comió el resto sin dejar de mirarme.

El animador aclaró la garganta por el micrófono.

—Cuando los protagonistas terminen su escena romántica, nos gustaría probar el cóctel.

El público aplaudió y volví a ruborizarme.

Nuestro brebaje quedó último. El jurado afirmó que sabía a “limonada con aspiraciones de postre”, pero recaudamos más papeletas que ningún otro equipo porque los huéspedes quisieron premiar el espectáculo alrededor de su preparación.

En la última prueba debíamos encontrar varias piezas de un mapa escondidas por los jardines.

Corrimos entre las palmeras, preguntamos a los niños y registramos las zonas señaladas por los organizadores. Enzo dirigía al grupo con una seriedad exagerada, utilizando términos militares y obligando a Eric a comunicarse mediante ruidos de gaviota.

—¿Por qué yo? —protestó.

—Porque te gustó mucho mi disfraz.

—Me arrepiento.

—Demasiado tarde, soldado.

Encontramos la última pieza debajo de una cama balinesa y regresamos a la meta casi al mismo tiempo que los socorristas. Enzo vio que uno de ellos tropezaba y soltaba su parte del mapa. En lugar de aprovechar la ventaja, se detuvo, le ayudó a levantarse y recogió el papel.

Los socorristas cruzaron la meta delante de nosotros.

—Podríamos haber ganado —se lamentó Álex.

—Ganaremos la siguiente —respondió Enzo.

—No hay siguiente.

—Entonces el año que viene.

Cuando sumaron los puntos, quedamos en cuarto lugar. Solo superamos al equipo de mantenimiento, que perdió a su capitán disfrazado de cangrejo durante casi una hora porque el hombre entró en un baño y no consiguió abrir la puerta con las pinzas del traje.

Los socorristas ganaron el festival. Subieron al escenario para recoger un trofeo con forma de palmera, pero el animador concedió un premio especial a Enzo por “la interpretación más digna de una gaviota italiana”.

Le entregaron una figura de plástico con un pico enorme.

—La pondré junto a mis premios importantes —prometió.

—¿Tienes muchos? —le preguntó el animador.

—Ahora ninguno es tan importante como este.

La celebración continuó hasta el anochecer. Nos sentamos sobre el césped con platos de comida de los distintos puestos y nos reímos al recordar las pruebas.

Joel y Valentina discutían sobre cuál de los dos provocó la caída del flamenco. Eric intentaba robarle a Enzo la gaviota de plástico y Camila conservaba el sombrero de flores que utilizó durante la carrera.

Me aparté unos metros para buscar bebidas. Al regresar, encontré a Enzo haciendo una imitación de Rebeca durante los ensayos. Caminaba entre los demás con las manos en la cintura y una expresión severa.

—Más fuerza, Eric. Malena, deja de hablar. Camila, si vuelves a llegar tarde, bailará tu almohada.

Rebeca apareció detrás de él.

—La postura está mal.

Todos dejaron de reír, pero Enzo no perdió la sonrisa.

—Puedo repetirlo.

—Cien veces mañana.

—Te imito con mucho respeto.

—Y yo te castigaré con el mismo respeto.

Se sentó junto a nosotros y aceptó la bebida que le ofrecí. Cuando los demás retomaron la conversación, apoyé la cabeza sobre su hombro.

—No sabía que fueras tan divertido, de verdad.

—¿Qué pensabas?

—Que eras un tío seco, arrogante y demasiado pendiente de sí mismo.

—Una descripción encantadora.

—Es lo que hay…

—Espero que hayas cambiado de opinión.

—No sé, no sé… Me lo tengo que pensar.

Enzo dirigió la mirada hacia nuestros compañeros. Valentina perseguía a Joel con una servilleta manchada de salsa; Malena intentaba colocarle el sombrero a Rebeca y Eric seguía emitiendo chillidos de gaviota.

—Igual tienes razón —concedió mientras me miraba—. Me cansé de estar solo.

—¿Y justo entonces llegué yo?

—No. Tú llegaste cuando todavía intentaba convencerme de que prefería seguir estándolo.

—¿Y ahora?

Dejó la gaviota de plástico sobre el césped y entrelazó sus dedos con los míos.

—Ahora participo en concursos vestido de ave marina. ¿Responde eso a tu pregunta?

—No has respondido.

—Creo que la respuesta es evidente.

Acercó mi mano a sus labios y besó mis nudillos. A nuestro alrededor continuaban las voces, las bromas y la música del festival. Nadie prestó atención a aquel gesto pequeño, pero consiguió que algo cálido se instalara dentro de mí.

El primer día vi a Enzo como un hombre inalcanzable. Después descubrí al bailarín exigente, al compañero que nunca permitía que me cayera y al amante capaz de borrar el resto del mundo con una caricia.

Aquella tarde conocí una parte distinta: un hombre que sabía reírse de sí mismo, perder sin enfadarse y correr con un tutú rosa sobre unas patas de gaviota.

Quizás eso fuera lo más peligroso.

Desear a Enzo resultaba sencillo.

Empezar a conocerle de verdad podía llevarme a quererlo.