Capítulo 16
La idea del concurso surgió durante una reunión a la que ninguno de nosotros asistió y cuyas consecuencias nos comunicaron a la mañana siguiente, justo cuando terminábamos de desayunar.
Rebeca entró en el comedor con una carpeta bajo el brazo y una sonrisa demasiado amable. Desde que la conocía, aprendí a desconfiar de aquella expresión. Siempre precedía a un cambio de última hora, una repetición innecesaria o una noticia que ella consideraba fantástica y nosotros no.
—El sábado se celebra el Festival de Verano del hotel —anunció.
—Qué bien —respondió Eric sin levantar los ojos de su tostada.
—Y este año el elenco de Marea de luz va a participar.
Eric dejó de masticar.
—Qué mal.
Rebeca ignoró el comentario y depositó sobre la mesa un cartel lleno de dibujos de flotadores, palmeras y cócteles.
El hotel organizaba el festival una vez cada verano para recaudar fondos destinados a una asociación de la isla.
Durante toda la tarde se celebraban juegos para niños, puestos de comida y competiciones entre los distintos departamentos.
Por la noche actuaban varios grupos y se anunciaba el equipo ganador.
—¿Qué clase de competiciones? —preguntó María.
—Pruebas divertidas.
—Eso no responde a la pregunta —señaló Camila.
—Carreras, preguntas, juegos en la piscina…
—No pienso meterme en una piscina —declaró Malena—. Mi pelo tarda cuatro horas en volver a parecer humano.
—Lo tendrás en cuenta cuando decidas qué prueba hacer.
—¿Podemos negarnos? —preguntó Joel.
—Claro.
Todos miramos a Rebeca con esperanza.
—También podéis explicar personalmente a la directora del hotel por qué el espectáculo más promocionado del verano no quiere colaborar con una causa solidaria.
—Participaremos —dijo Valentina—. Y pongamos a Joel en la pileta.
—¿Por qué a mí?
—Porque fuiste el primero en protestar.
Enzo permanecía sentado a mi lado, bebiendo café sin intervenir. Supuse que encontraría alguna excusa para librarse. Aunque se integró cada vez más en el grupo, seguía evitando (cuando podía) las actividades organizadas y detestaba cuanto implicara sonreír para las fotografías del hotel.
Rebeca le señaló con un bolígrafo.
—Tú serás el capitán.
Enzo levantó la vista.
—No jodas.
—Acabas de escuchar que negarse requiere una conversación con la directora.
—Hablaré con ella.
—Le hace mucha ilusión verte competir.
—Se le pasará.
Rebeca cruzó los brazos.
—El capitán tiene que disfrazarse de mascota durante la presentación de los equipos.
Todos nos volvimos hacia Enzo.
—Definitivamente, hablaré con la directora —sentenció.
El festival ocupó la zona central de los jardines y parte de las piscinas. Instalaron banderines de colores entre las palmeras, varias carpas blancas y un escenario pequeño desde el que un animador comentaría las pruebas.
Los huéspedes podían comprar papeletas para apostar por sus equipos favoritos y el hotel añadiría la misma cantidad a la recaudación.
Participaban cinco grupos: recepción, cocina, mantenimiento, socorristas y nosotros.
El equipo de animación no competía porque se encargaba de organizar las pruebas, una decisión que provocó acusaciones de cobardía desde todos los departamentos.
Nos reunimos a las cuatro de la tarde junto a una de las carpas. El hotel nos entregó camisetas de distintos colores y eligió para nosotros un nombre que consiguió que Camila considerara abandonar la isla.
—Los Pies Felices —leyó, contemplando las letras amarillas estampadas sobre la camiseta violeta—. ¿Quién ha decidido esto?
—Alguien que nos odia —respondió María.
—Podría ser peor —dijo Álex.
Señaló al equipo de cocina. Sus camisetas llevaban escrito “Los Cucharones Salvajes”.
—Retiro mi queja —concedió Camila.
Enzo llegó unos minutos después con una bolsa enorme y una expresión resignada. Eric se abalanzó sobre él.
—¿Es el disfraz?
—Si lo tocas, te rompo los dedos.
—Eso significa que sí.
Los organizadores pidieron que los capitanes se prepararan. Enzo desapareció detrás de la carpa y salió convertido en una gaviota gigante. El disfraz tenía el cuerpo blanco, unas patas naranjas desproporcionadas y una cabeza enorme con el pico abierto. Las alas apenas le permitían mover los brazos.
El grupo entero estalló en carcajadas.
—No pienso hacer esto —dijo desde el interior.
Su voz sonaba amortiguada por la cabeza de espuma.
—Ya lo estás haciendo —le recordó Joel.
—Enzo, estás guapísimo —aseguró Malena.
—Mejor que sin camiseta —añadió Eric.
—No exageremos —replicó Camila.
Me acerqué y tiré con suavidad de una de sus alas.
—¿Dónde estás?
La cabeza de la gaviota se volvió hacia mí.
—Dentro de una pesadilla.
—Sonríe.
—Nadie puede verme la cara.
—Eso es lo mejor del disfraz.
Enzo inclinó el pico hasta rozarme la frente.
—Tú vas a pagar por esto.
—Yo no te he apuntado.
—Te estás riendo.
—Es imposible no hacerlo. Tienes unas patas enormes.
El animador llamó a los capitanes al escenario.
Las mascotas debían presentarse mediante una pequeña actuación mientras él anunciaba los nombres de los equipos. La jefa de recepción apareció disfrazada de estrella de mar; el cocinero jefe, de pulpo; el responsable de mantenimiento, de cangrejo, y uno de los socorristas, de tiburón.
Enzo subió el último.
Esperaba que se limitara a saludar y regresara cuanto antes, pero al llegar al centro del escenario extendió las alas, levantó una pata y ejecutó una imitación exagerada de uno de los movimientos más conocidos de Marea de luz .
Después giró sobre sí mismo, chocó contra el cangrejo y fingió que intentaba comérselo.
Los niños que rodeaban el escenario gritaban de risa.
El cangrejo respondió persiguiéndole y Enzo huyó agitando las alas. Corrió alrededor de las demás mascotas, arrebató el micrófono al animador con el pico y señaló a nuestro equipo.
—¡Los Pies Felices! —gritó desde el interior de la gaviota.
Nos quedamos mirándolo, atónitos.
—¿Ese es Enzo? —preguntó María.
—Creo que lo han sustituido —respondí.
El público nos recibió con aplausos y él terminó su actuación dejándose caer de espaldas sobre el escenario. Las patas naranjas quedaron levantadas en el aire y necesitó la ayuda del tiburón para ponerse en pie.
Regresó junto a nosotros mientras seguíamos riendo.
—No sabía que tuvieras ese talento —le dije.
—Hay muchas cosas que no sabes de mí.
—Acabas de intentar comerte un cangrejo.
—No ha sido mi mejor momento.
—Ha sido exactamente tu mejor momento —aseguró Eric.
La primera prueba consistía en una carrera de relevos con maletas. Cada equipo debía recorrer un circuito arrastrando una maleta llena de objetos, detenerse en una mesa, ponerse tres prendas elegidas al azar y continuar hasta entregar el equipaje al siguiente compañero.
Rebeca, que contemplaba el festival desde la sombra con una bebida fría, decidió el orden. Me colocó detrás de Enzo, quien todavía llevaba la parte inferior del disfraz porque el cierre se atascó y nadie logró liberarlo de las patas de gaviota.
—No puedo correr así —protestó.
—Has dicho que hay muchas cosas que no sé de ti —le recordé—. Quizás también seas campeón de carreras de aves marinas.
—Zoe.
—Capitán.
El silbato sonó antes de que pudiera responder. Enzo agarró la maleta y salió dando saltos torpes. Alcanzó la primera mesa muy por detrás de los otros equipos. Allí encontró un sombrero de flores, un tutú rosa y unas gafas con forma de corazón.
Se puso las tres prendas sin dejar de mover las alas.
El animador se acercó con el micrófono.
—Enzo, ¿qué opinas de tu conjunto?
La gaviota giró hacia el público.
—Creo que el tutú realza mis piernas.
Las carcajadas volvieron a recorrer los jardines.
En lugar de quitarse el sombrero después de completar el relevo, lo colocó sobre mi cabeza antes de entregarme la maleta.
—Para que estemos a juego.
—Yo no llevo patas naranjas.
—Todavía.
Corrí riendo y apenas conseguí cerrar la falda hawaiana que me tocó en la mesa. Camila tuvo que ponerse un chaleco salvavidas y una corona; Álex completó su tramo con una bata de seda y Malena recibió unos pantalones tres tallas más grandes que perdió a mitad del recorrido.
Terminamos los últimos.
—Todo forma parte de mi estrategia —aseguró Enzo cuando consiguió librarse del disfraz.
—¿Qué estrategia? —preguntó Joel.
—Crear una falsa sensación de seguridad en los rivales.
—Nos han sacado dos minutos.
—Están exactamente donde quiero.
La segunda prueba se celebró en la piscina. Dos integrantes de cada equipo tenían que subir a un flamenco hinchable gigante y avanzar hasta el otro extremo utilizando únicamente las manos.
Valentina eligió a Joel antes de que nadie pudiera ofrecerse.
—Vamos nosotros.
—¿Por qué? —preguntó él.
—Porque yo peso poco y vos tenés brazos.
—Todos tenemos brazos.
—Sí, pero los tuyos son fuera de serie.
Joel dejó de protestar.
Subieron al flamenco y consiguieron mantenerse sobre él durante los primeros metros. Después Valentina empezó a dar instrucciones en direcciones contradictorias.
—¡A la derecha, Joel!
—Estoy remando a la derecha.
—¡Esa es tu izquierda!
—Depende de hacia dónde mires.
—¡Hacia adelante, boludo!
La discusión terminó cuando el flamenco giró y ambos cayeron a la piscina. Joel salió a la superficie riendo. Valentina le lanzó agua y él la agarró por la cintura para impedir que volviera a subir al hinchable.
—¡Nos van a descalificar! —gritó María desde el borde.
—¡Ya estamos descalificados! —respondió Joel.
—Entonces besame —exigió Valentina.
Él obedeció delante de todos y el animador tuvo que recordarles que el concurso continuaba.
—Esos dos van a ser insoportables —comenté.
—Ya lo son —respondió Enzo.
—Nosotros no somos así.
—Todavía no nos han puesto juntos sobre un flamenco.
La tercera prueba era un concurso de adivinanzas. Uno de los participantes recibía una palabra y debía representarla sin hablar mientras el resto del equipo trataba de descubrirla.
Creí que nuestra experiencia escénica nos concedería alguna ventaja. Cambié de opinión cuando le tocó el turno a Enzo.
La primera palabra era “dentista”.
Abrió la boca de Eric, fingió examinarle los dientes y después hizo el gesto de arrancarle uno.