Capítulo 15 #2
—No es necesario poner etiquetas durante el desayuno —respondí.
—Después del desayuno también podemos hacerlo.
—Déjalos en paz —pidió María—. Acaban de empezar.
—Eso no es una respuesta —protestó Eric.
Enzo dejó la taza sobre la mesa.
—¿Necesitáis realmente una?
—Sí —contestó Camila.
—No —dije yo al mismo tiempo.
Enzo se volvió hacia mí con una sonrisa.
—Parece que primero tendremos que ponernos de acuerdo.
—Podríais hacerlo en tu habitación —sugirió Álex.
Las carcajadas estallaron alrededor y le lancé una servilleta.
El desayuno continuó entre bromas.
A pesar de la vergüenza inicial, disfruté de aquella sensación de pertenencia.
Valentina y Joel dejaron de disimular y se besaban cada vez que pensaban que cada uno iba a lo suyo, aunque siempre había alguien dispuesto a silbar.
Enzo no volvió a tocarme hasta que nos levantamos, pero al salir del comedor apoyó una mano en mi cintura con una naturalidad que hizo sonreír a Camila.
El ensayo transcurrió con una ligereza nueva. No tuvimos que fingir una conexión sobre el escenario porque la noche anterior derribó la distancia que aún conservábamos.
Enzo anticipaba mis movimientos y yo comprendía sus indicaciones antes de recibirlas. Cuando nuestras miradas se encontraban, recordaba sus manos sobre mi cuerpo y tenía que esforzarme para que el deseo no alterara la historia.
Rebeca nos observó durante un rato sin interrumpir. Al terminar una de las escenas, levantó una ceja.
—No sé qué habéis cambiado, pero conservadlo.
Camila tosió para ocultar una risa. Enzo no reaccionó y yo fingí interesarme mucho por una marca del suelo.
—Eso sí —continuó Rebeca—, recordad que la tensión debe mantenerse hasta el final. Si os miráis de esa manera desde el principio, no dejamos nada para la parte nocturna.
—Entendido —respondió Enzo.
—¿Seguro?
—Muy seguro.
Rebeca negó con la cabeza y ordenó que repitiéramos la escena.
Durante el descanso, Enzo se quedó hablando con ella sobre una modificación y yo salí a la terraza lateral para beber agua. María me siguió. Cerró la puerta y se sentó a mi lado en el pequeño muro que separaba el anfiteatro de los jardines.
—¿Estás bien? —me preguntó.
—Sí. Un poco avergonzada, pero bien.
—No hagas caso a los demás. Se cansarán dentro de unos días.
—Eric no parece una persona que se canse con facilidad.
—Es verdad. Tendréis que matarlo.
—Lo estamos barajando, sí.
Sonreí y bebí un sorbo.
María miró hacia el interior. Desde allí se veía a Enzo junto a Rebeca, señalando una parte del escenario.
—Nunca le había visto así.
—¿Así cómo?
—Feliz.
La palabra me sorprendió.
—Solo hemos pasado juntos una noche.
—No me refiero únicamente a que se haya acostado contigo. Enzo siempre estuvo muy apartado de todos. Venía, ensayaba, hacía la función y desaparecía. Durante mis primeras temporadas apenas participaba en las cenas y nunca salía con nosotros.
—Pensaba que era reservado. Yo misma lo pude comprobar también.
—Sí. Pero, hasta hace poco, era bastante creído.
Solté una risa.
—Eso también pude comprobarlo.
—Era más. No te haces una idea. Se comportaba como si ninguno existiera.
—Sigue teniendo esa mirada.
—Sí, pero ahora la utiliza menos. Supongo que Rebeca también le obligó a cambiar. El verano pasado tuvieron una discusión enorme porque él quería intervenir en todas las decisiones.
—¿Qué ocurrió?
—Ella le recordó que era el protagonista, no el dueño del espectáculo. Después amenazó con buscar a otro bailarín.
—Eso debió de sentarle fenomenal.
—No apareció durante dos días. Cuando volvió, pidió disculpas a su manera.
—¿Cuál es su manera?
—Trabajó el doble y no volvió a discutir el resto del verano. Pero nunca le oí decir “lo siento”.
Contemplé a Enzo a través de la puerta de cristal. Resultaba extraño imaginarle todavía más distante que durante nuestros primeros días en la isla.
—¿Nunca tuvo novia aquí? —le pregunté, intentando que la pregunta pareciera casual.
María negó.
—Que yo sepa, no. Y conozco este lugar desde hace tres temporadas. Nunca le vi con nadie ni escuché que mantuviera una relación. Alguna huésped intentó acercarse y más de una bailarina se interesó por él, pero Enzo iba por libre.
—¿Y Luna?
—¿Qué pasa con ella?
—Trabajan juntos desde hace años. Parece muy posesiva.
María se encogió de hombros.
—Luna es posesiva con el espectáculo, con Enzo y con todo lo que considera suyo. Siempre estuvieron muy unidos cuando bailaban, pero fuera del escenario discutían más de lo que hablaban. Nunca pensé que fueran pareja.
La respuesta me tranquilizó, aunque no supe explicar por qué necesitaba escucharla. Enzo ya me aseguró que nunca estuvo con Luna. María acababa de confirmarlo sin conocer nuestra conversación.
—Está muy cambiado desde que llegaste —continuó—. Desayuna con nosotros, sale por las noches y hace bromas. Incluso nos llama por nuestros nombres.
—Eso parece lo mínimo.
—Para el antiguo Enzo, era un despliegue de cercanía emocional.
Me eché a reír.
—Quizás no tenga nada que ver conmigo.
María me miró con incredulidad.
—Zoe, esta mañana ha entrado en el comedor con una marca tuya en el cuello y se ha sentado a tu lado delante de todos. Tiene bastante que ver contigo.
—No sabemos qué estamos haciendo.
—¿Necesitas saberlo ahora?
—No. Pero tampoco quiero convertirme en un entretenimiento de verano.
María dejó de sonreír.
—No creo que lo seas.
—¿Por qué?
—Porque he visto a Enzo marcharse de lugares llenos de mujeres sin mirar atrás. Esta mañana no podía dejar de mirarte mientras cogías una tostada.
Bajé la vista hacia mis manos.
—Eso no garantiza nada.
—No. Pero es un comienzo.
Rebeca nos llamó desde el interior y María se levantó.
—Por cierto, no le digas que te he contado que era un creído.
—¿Por qué? ¿Puede fulminarme con la mirada?
—No. Porque ahora parece fingir que nunca lo fue.
Regresamos al escenario. Enzo esperaba en el centro con una mano extendida. Cuando me acerqué, sus dedos se cerraron alrededor de los míos.
—¿Qué te ha contado María? —preguntó en voz baja.
—Nada.
—Estás sonriendo.
—Puede que estuviera recordando un sueño muy bueno.
Enzo tiró de mi mano y me acercó a él.
—¿Aparecía yo?
—No pienso alimentar tu ego.
—Eso es un sí.
La música comenzó antes de que pudiera responder. Me hizo girar y seguí el movimiento sin contar los pasos. Al regresar, mi cuerpo quedó frente al suyo y nuestras miradas se encontraron.
María tenía razón.
Enzo ya no parecía el hombre distante que conocí al llegar a la isla. Sonreía más, compartía tiempo con nosotros y permitía que los demás descubrieran partes de él que antes mantenía ocultas.
Quise creer que aquello tenía algo que ver conmigo.
Sobre todo porque yo también empezaba a cambiar.
Ya no pensaba en la fecha de regreso ni contaba los días que faltaban para que terminara el verano.
Enzo se había introducido en cada parte de mi vida en la isla: los ensayos, los desayunos, las noches y los pensamientos que me acompañaban al despertar.
La noche anterior no terminó en aquella habitación.
Continuaba allí, entre nosotros, cada vez que sus manos encontraban mi cintura y su mirada conseguía que desapareciera todo lo demás.
Y lo más peligroso no era que empezara a acostumbrarme.
Era que ya no quería imaginar cómo sería volver a estar sin él.