Peligro, ¡italiano suelto! Capítulo 15
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Capítulo 15

Desperté con el brazo de Enzo rodeándome la cintura y una de sus piernas entrelazada con las mías. Durante unos segundos no recordé dónde estaba. La habitación se encontraba en penumbra, las cortinas se movían con la brisa de la terraza y el sonido lejano del mar entraba por la puerta abierta.

Después sentí sus labios sobre mi hombro y todo regresó de golpe.

La playa, el baño bajo la luna, el primer beso y aquella habitación llena de sombras que bailaron sobre las paredes. También la segunda vez, más lenta que la primera, y las horas posteriores, durante las que apenas dormimos.

Sonreí antes de abrir los ojos.

—Estás despierta —murmuró Enzo a mi espalda.

—No.

—Estás sonriendo.

—Puede que estuviera teniendo un sueño muy bueno.

Su brazo me atrajo un poco más.

—Entonces no quiero saber con quién soñabas.

Me giré hasta quedar frente a él. Tenía el cabello desordenado y una sombra oscura le cubría la mandíbula.

Nunca le vi de aquella manera. En los ensayos siempre aparecía preparado, concentrado y dueño de cada movimiento. Esa mañana aún conservaba el sueño en los ojos y varias marcas rojizas en el cuello que me hicieron apartar la mirada.

—¿Qué miras? —me preguntó.

—No quieras saberlo.

—No soy de los que se esconden. Me gusta saber las cosas.

Señalé su cuello.

—Creo que eso te lo he hecho yo.

Se llevó una mano a la piel y sonrió.

—Me temo que sí, ¿rojeces?

—Exacto y se va a dar cuenta todo el mundo.

—No es problema. No pienso ocultarlo.

Mi sonrisa se debilitó apenas.

—¿No?

—¿Tú quieres ocultarlo?

No supe qué responder. Lo ocurrido entre nosotros todavía parecía demasiado reciente y extraordinario para mostrarlo ante los demás. Sin embargo, la posibilidad de que Enzo quisiera fingir que aquella noche no significó nada me habría dolido mucho más.

—No lo sé —confesé—. Ni siquiera sé qué es “lo”.

—Dos personas que fueron a la playa.

—Y se bañaron desnudas.

—Y después volvieron al hotel.

—A la misma habitación.

—Y durmieron muy poco.

Le di un golpe en el pecho.

—No estás ayudando.

Enzo atrapó mi mano y se la llevó a los labios.

—No tenemos que decidir nada esta mañana. Solo preguntaba si quieres que finjamos delante de los demás.

—No sé fingir.

—Eso ya lo he comprobado. Cuando intentas disimular, miras al suelo y te tocas el pelo.

—Yo no hago eso.

Me llevé una mano al cabello y él alzó las cejas.

—Ni una palabra.

Enzo se rio y yo me uní a él. Permanecimos unos minutos en la cama, mirándonos con esa mezcla de confianza y pudor que dejó la noche.

La luz del día mostraba nuestros cuerpos sin las sombras que me protegieron unas horas antes, pero ya no sentía la urgencia de cubrirme. Él recorrió mi rostro con los dedos, descendió por el cuello y se detuvo en mi hombro.

—¿Estás bien? —me preguntó.

—Sí.

—¿Seguro?

—Muy segura.

—¿Arrepentida?

—Vuelves a preguntarlo.

—Necesito saberlo.

Le acaricié la mejilla.

—No me arrepiento.

Me besó despacio. Al principio fue un beso perezoso, todavía adormecido, pero sus manos descendieron por mi espalda y el calor empezó a crecer entre los dos.

Me aparté antes de que la mañana tomara un rumbo que conocíamos demasiado bien.

—Tenemos ensayo.

—Dentro de un rato.

—También necesito volver a mi habitación, ducharme y enfrentarme a Camila.

—Eso sí puede ser peligroso.

—Me estará esperando para someterme a un tercer grado.

—Puedes quedarte aquí.

—Y llegar al desayuno contigo, vestida igual que anoche.

—Me parece una buena idea.

Me incorporé y busqué el vestido. Estaba tirado junto a la cama, arrugado de una manera que impediría convencer a nadie de que dormí en mi habitación.

—Por supuesto que a ti te parece una buena idea.

Enzo se levantó y se puso unos pantalones cortos. Contemplé su espalda mientras cruzaba la habitación y tuve que recordarme que ya podía mirarle sin hacerlo a escondidas. La luz de la mañana acentuaba la firmeza de sus hombros y la línea de músculos que descendía hasta su cintura.

Se volvió y me descubrió observándole.

—Ahora eres tú quien hace inventario.

—Solo intentaba localizar mi ropa.

—Tu vestido está detrás de ti.

—Precisamente. Estaba descartando lugares.

Enzo sonrió y cogió su camisa de la noche anterior. Me la ofreció en lugar del vestido.

—Ponte esto.

—¿Para qué?

—Para que no tengas que volver con el vestido arrugado.

—Claro. Mucho mejor regresar con tu camisa.

—También puedes caminar desnuda por el pasillo.

Le arrebaté la prenda.

—Eres insufrible.

—Hace unas horas no opinabas lo mismo.

—Hace unas horas habíamos bebido.

—Dos copas. Fuiste muy clara al respecto.

Me puse la camisa y abroché varios botones. Me llegaba a medio muslo y olía a su colonia, a mar y a una noche que todavía sentía pegada a la piel. Enzo se acercó para doblar las mangas y terminó besándome de nuevo.

Tardamos otros diez minutos en salir.

El pasillo estaba vacío, pero al llegar a las escaleras escuchamos voces en la planta inferior. Una parte de mí aún esperaba regresar a mi habitación sin cruzarme con nadie. Aquella esperanza murió cuando Eric apareció en el rellano con una bolsa de ropa sucia.

Se detuvo.

Miró a Enzo.

Me miró a mí.

Después observó la camisa que apenas me cubría las piernas.

—Buenos días —dije, consciente de que mi cara acababa de adquirir el color de una puesta de sol.

Eric sonrió con una lentitud alarmante.

—Buenos días.

—No añadas nada —le advirtió Enzo.

—No he dicho nada.

—Pero vas a hacerlo.

—Jamás traicionaría vuestra intimidad.

Eric se apartó para dejarnos pasar. Esperó a que descendiéramos dos escalones y gritó:

—¡Álex, me debes veinte euros!

—¡Eric! —exclamé.

Aquellos malditos habían apostado.

Su carcajada nos persiguió hasta la planta baja.

—Ahora ya no necesitas decidir si ocultarlo, gano yo —me comentó Enzo.

—Podemos matarlo.

—Eso levantaría más sospechas.

Regresé a mi habitación para cambiarme. En cuanto abrí la puerta, encontré a Camila sentada en su cama con las piernas cruzadas y una taza de café entre las manos. Parecía llevar varias horas aguardando aquel momento.

Sus ojos descendieron hasta la camisa.

—Buenos días.

—No quiero hablar.

—Perfecto. Hablaré yo.

—Camila…

—Primera pregunta: ¿a qué hora llegaste?

—Acabo de llegar.

—Interesante. Segunda pregunta: ¿esa camisa es tuya?

Cerré la puerta y me dirigí hacia el armario.

—Ya conoces la respuesta.

—Quiero oírtela decir.

—Es de Enzo.

Camila dejó la taza en la mesilla y dio una palmada.

—¡Te presta su ropa!

—Baja la voz.

—¿Por qué? Eric acaba de escribir en el grupo que te ha visto saliendo de la habitación de Enzo vestida únicamente con su camisa.

Me volví horrorizada.

—¿Ya lo ha escrito?

Camila levantó el teléfono. El grupo tenía treinta y siete mensajes sin leer. El primero era de Eric.

Eric: AVISO IMPORTANTE: la protagonista de Marea de luz ha pasado la noche con el protagonista de Marea de luz . La dirección artística debería estudiar si esto modifica el argumento.

Debajo aparecían varias respuestas.

Álex: No pienso pagarte hasta que exista confirmación oficial.

Malena: Una camisa de Enzo cuenta como confirmación oficial.

Valentina: Che, dejen dormir a la gente. Algunos tuvimos una noche movida.

Joel: Confirmo.

María: Nadie te ha pedido que confirmes nada, Joel.

—Voy a asesinar a Eric —declaré.

—Ponte a la cola. Álex quiere matarlo por revelar la apuesta.

—¿Habían apostado, verdad?

—Todos habíamos apostado.

—¿Tú también?

—Yo dije que ocurriría antes de la próxima función.

—Eres mi mejor amiga.

—Precisamente por eso tenía información privilegiada.

Me quité la camisa y entré en el baño antes de que continuara preguntando. Camila habló desde el otro lado de la puerta durante toda la ducha. Quiso saber adónde fuimos, quién besó primero a quién y si Enzo resultaba tan impresionante sin ropa como con ella.

Solo respondí a la última pregunta.

—Más.

Escuché un grito de triunfo desde la habitación.

Cuando bajamos al comedor, todos nuestros compañeros ocupaban la mesa habitual. Enzo todavía no llegó. Consideré la posibilidad de desayunar en otro lugar, pero Camila me agarró por un brazo y me condujo directamente hacia ellos.

Los aplausos comenzaron antes de que alcanzáramos la mesa.

—Sois idiotas —les dije.

—Buenos días, protagonista —saludó Eric.

—Me debes una explicación.

—Yo no te debo nada. Álex me debe veinte euros.

—No existe confirmación oficial —insistió él.

Camila señaló la camisa que llevaba doblada sobre un brazo.

—Prueba número uno.

—Podría habérsela prestado porque tenía frío —replicó Álex.

—En verano, después de dormir en su habitación y sin pantalones —añadió Malena—. Una historia muy sólida.

Me senté junto a María y escondí la cara detrás de una taza.

Valentina ocupaba la silla de enfrente, pegada a Joel. Llevaba el cabello recogido a lo loco y él tenía una marca sospechosa junto a la mandíbula.

—No sé por qué se ríen tanto —dijo ella—. Tampoco es para tanto.

—Gracias —respondí.

—Yo no dije que no quiera detalles. Dije que no es para tanto.

Joel le pasó un brazo por los hombros.

—Podríamos darles algunos consejos.

Valentina le miró.

—¿Vos y yo?

—Sí.

—Nos besamos por primera vez hace unos días. No te flipes.

—Han sido unos días muy intensos.

—No hace falta que lo jures —le reprochó María.

Enzo entró en el comedor en ese momento. Llevaba una camiseta blanca y el cabello aún húmedo. Las conversaciones se interrumpieron, pero todos le miraron con expresiones tan exageradamente inocentes que resultaban mucho más comprometedoras que los aplausos.

Él recogió café y fruta, caminó hacia nuestra mesa y ocupó la silla libre a mi lado.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

—Nada —respondieron todos a la vez.

Enzo me miró.

—¿Siempre son así?

—Desde que nos hemos despertado.

—Algunos todavía no dormimos —comentó Valentina.

—Y otros no dejaron dormir —añadió Joel.

Ella le tapó la boca con una mano.

—No hables más.

Enzo tomó café sin mostrar la menor incomodidad. Bajo la mesa, su rodilla rozó la mía y permaneció allí. Fue un contacto discreto, aunque consiguió que las bromas dejaran de importarme.

—Entonces, ¿ya sois pareja? —preguntó Malena.

Estuve a punto de atragantarme.