Capítulo 14
Permanecimos en el agua hasta que perdí la noción del tiempo.
Nos besábamos, nos apartábamos para recuperar el aliento y regresábamos el uno al otro como si la distancia se hubiera vuelto insoportable. Enzo deslizó los labios por mi cuello y yo cerré los ojos, sostenida por sus brazos y por el mar.
Cuando el frío empezó a erizarme la piel, regresamos a la orilla.
La vergüenza no desapareció por completo.
Caminé delante de él, consciente de la mirada que recorría mi cuerpo mientras salía del agua.
El cabello mojado se pegaba a mi espalda y las gotas descendían por mi piel hasta perderse en la arena.
Cogí el vestido, pero él me sujetó por una muñeca antes de que pudiera ponérmelo.
—Espera.
—¿Qué?
Me atrajo hacia él y volvió a besarme. Nuestros cuerpos estaban fríos por el agua, aunque el contacto encendió de nuevo cada centímetro de mi piel.
Caímos de rodillas sobre la manta entre risas y besos. Enzo me tumbó con suavidad y se inclinó sobre mí, apoyando el peso en un brazo.
La luna dibujaba su silueta. Pasé las manos por sus hombros, por la dureza de su pecho y por las líneas de un cuerpo que hasta entonces solo me permití observar a escondidas.
Él me contemplaba con una mezcla de deseo y asombro que hizo desaparecer mis últimos intentos de cubrirme.
—Eres increíble —murmuró.
Sus labios recorrieron mi clavícula y descendieron hasta la curva de uno de mis pechos. Arqueé la espalda al sentir su boca sobre mi piel. Se detuvo, levantó el rostro y esperó.
—¿Estás segura?
Comprendí todo lo que contenía la pregunta. No se refería únicamente a aquel beso ni a permanecer desnudos sobre una playa vacía.
—Sí.
Le acaricié la mejilla.
—Quiero estar contigo.
La tensión de su rostro se deshizo.
Nos vestimos entre besos, más por la necesidad de abandonar la playa que por verdadero pudor.
El regreso al coche resultó muy distinto al camino de ida. Enzo me cogió de la mano y me detuvo dos veces en el sendero para besarme contra los troncos de los árboles. Yo me reía cada vez que trataba de caminar y él volvía a atraerme.
Durante el trayecto hasta el hotel no hablamos demasiado.
Enzo conducía y me miraba de reojo, de lo más atractivo. La oscuridad de la carretera nos protegía, aunque al acercarnos al complejo tuve la sensación de regresar a un mundo en el que existían las preguntas y las consecuencias.
Aparcó cerca de la residencia.
Su habitación se encontraba al final de un corredor silencioso.
Enzo abrió la puerta y encendió una lámpara pequeña situada junto a la cama.
El espacio era parecido al que compartíamos Camila y yo, aunque disponía de una sola cama doble y de una terraza diminuta.
Había ropa doblada sobre una silla, varios libros en la mesilla y fotografías de sus sobrinos pegadas junto al escritorio.
Apenas tuve tiempo de mirar.
Enzo cerró la puerta y se quedó frente a mí. Durante unos segundos, ninguno se movió. De pronto, la seguridad de la playa pareció quedar muy lejos.
—Podemos detenernos —dijo.
—No quiero.
—Mírame y dímelo.
Le sostuve la mirada.
—No quiero detenerme.
Esta vez el beso fue más lento.
Enzo me quitó la chaqueta y la dejó caer sobre la silla.
Sus manos encontraron los tirantes del vestido, pero no los bajó hasta que asentí.
La tela se deslizó por mi cuerpo y quedó amontonada a mis pies.
Permanecí delante de él sin intentar cubrirme, aunque sentía el rubor extendido por la cara, el cuello y el pecho.
Sus ojos me recorrieron con una admiración casi reverente.
La luz dorada de la lámpara trazaba sombras sobre mis pechos y dibujaba la curva de mis caderas. Enzo pasó los dedos por mi cintura, despacio, como si quisiera aprenderla. Después me acercó y me besó mientras desabrochaba su camisa.
Le ayudé a quitársela.
La ropa fue desapareciendo entre caricias, besos y pequeñas risas nerviosas.
Ninguno tenía prisa. él recorría mi cuerpo con las manos y con la boca, deteniéndose cada vez que mi respiración cambiaba, atento a mis reacciones.
Yo descubrí cada músculo de su espalda bajo las palmas, las cicatrices pequeñas que nunca vi sobre el escenario y el estremecimiento que le provocaba que mis labios alcanzaran su cuello.
Llegamos hasta la cama sin saber exactamente cómo.
Se inclinó sobre mí y nuestras siluetas se proyectaron en la pared: dos cuerpos unidos por los brazos, las piernas y una necesidad que ya no tenía sentido ocultar. La brisa que entraba desde la terraza movía las cortinas y hacía temblar aquellas sombras como si también bailaran.
Lo que ocurrió después perteneció a un idioma distinto. Uno compuesto de respiraciones, caricias y nombres pronunciados en voz baja.
Nos buscamos con una mezcla de impaciencia y deseo, deteniéndonos cuando alguno necesitaba mirar al otro, aprendiendo juntos lo que no podía ensayarse.
Enzo me trató como si mi cuerpo fuera algo precioso y, al mismo tiempo, como si lo deseara desde mucho antes de aquella noche.
Sus manos recorrieron la curva de mis pechos, mi cintura y mis piernas. Yo me aferré a él, sorprendida por la intensidad de cada sensación y por la naturalidad con que nuestros cuerpos parecían reconocerse.
Cuando por fin nos unimos, cuando por fin entró en mí, el mundo se redujo a la habitación en penumbra.
No existían pasos, marcas ni música, pero volvimos a bailar. Encontramos un ritmo propio, primero lento y después más urgente. Nuestras sombras se fundieron sobre las paredes. La cama crujió bajo nosotros y la luna entró por la ventana, derramando una franja blanca sobre su espalda.
Escondió el rostro en mi cuello. Pronunció mi nombre y sentí que todo mi cuerpo respondía.
El placer llegó como una ola, creció hasta arrastrarnos y terminó dejándonos exhaustos, abrazados y sin aliento.
Permanecimos en silencio durante un rato.
Yo descansaba con la cabeza sobre su pecho y escuchaba el corazón que poco a poco recuperaba un ritmo normal. Enzo dibujaba círculos en mi espalda con la punta de los dedos. La sábana apenas nos cubría y la brisa nocturna enfriaba el sudor sobre nuestra piel.
Levanté la cara.
Él me miraba.
—Estoy pensando que no difieres en nada a lo que imaginaba —me confesó.
—¿Me habías imaginado?
—Muchas veces.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de que tú aprendieras a mirarme sin equivocarte de paso.
Le di un golpe suave en el pecho.
—Eso ocurrió el primer día.
—Exactamente.
Me eché a reír y él también lo hizo. La solemnidad del momento se rompió y terminó de eliminar cualquier resto de vergüenza. Enzo me besó la frente, la nariz y después la boca.
—¿Estás bien? —me preguntó.
—Muy bien.
—¿Arrepentida?
—Pregúntamelo mañana.
—Eso no me tranquiliza.
—Era una broma.
Le besé de nuevo, más despacio. Me rodeó con los brazos y me acomodó sobre él.
—No me arrepiento —murmuré—. Solo intento comprender qué acabamos de hacer.
—Creo que ha quedado bastante claro.
—Sabes a qué me refiero.
—Sí.
—¿Y?
—Y no quiero estropearlo hablando demasiado pronto.
—Una estrategia muy italiana.
—Una estrategia muy inteligente.
Me tumbó a su lado y me observó. Sus dedos recorrieron mi rostro, bajaron por mi cuello y se detuvieron sobre mi pecho. El deseo regresó sin brusquedad, nacido de la intimidad más que de la urgencia.
—Pensaba que los bailarines necesitabais descansar —bromeé.
—Mañana descansaremos.
—Tenemos ensayo.
—Entonces descansaremos pasado mañana.
Volvimos a besarnos.
La segunda vez fue distinta. Más profunda, menos sorprendida.
Ya conocíamos algunas reacciones del otro y nos entretuvimos en provocarlas.
Hubo sonrisas entre los besos, susurros junto a la piel y pausas en las que solo nos contemplábamos. Las sombras regresaron a la pared y se movieron con nosotros hasta confundirse por completo.
Cuando todo terminó, Enzo apagó la lámpara.
La luna siguió iluminando parte de la habitación.
Me envolvió entre sus brazos y apoyé la espalda contra su pecho.
Permanecimos despiertos durante mucho tiempo, hablando en voz baja de asuntos sin importancia.
De la primera vez que nos vimos, de la arrogancia de Luna, de los despertadores de Camila y del elefante de Valentina.
En algún momento empecé a quedarme dormida.
Enzo deslizó los labios sobre mi hombro.
—Zoe.
—¿Qué?
—Esta noche no has huido de nada.
Abrí los ojos y entrelacé mis dedos con los suyos.
Tenía razón.
No pensé en la familia nueva que crecía lejos de mí. Tampoco pensé en Luna, en el espectáculo ni en las consecuencias que nos esperarían al despertar.
Aquella noche corrí hacia algo.
Y me quedé dormida en sus brazos antes de atreverme a preguntarme adónde podía llevarme.