Capítulo 13 #2
—Me has pedido que lo demuestre.
Soltó otro botón. Después otro. La camisa se abrió y dejó al descubierto el pecho que tantas veces vi bajo las luces del escenario.
Sin el movimiento, el maquillaje ni la distancia, cada detalle parecía más real: la amplitud de los hombros, los músculos definidos del abdomen y una fina línea de vello que descendía hacia el borde del pantalón.
Me obligué a mirar su cara.
Enzo sonreía.
—Te estás poniendo roja.
—Tengo calor.
—Puedes quitarte la chaqueta.
—Ya me la he quitado.
—Entonces tendrás que quitarte otra cosa.
Se desprendió de la camisa y la dejó sobre la manta.
aLa luna dibujaba sombras suaves sobre su cuerpo, acentuando las líneas de sus músculos cada vez que se movía. Le vi bailar muchas veces con el torso desnudo, pero aquello no se parecía en nada. En el escenario, Enzo pertenecía al público. En aquella playa estaba desnudándose para mí.
Se quitó los zapatos y los pantalones. Permaneció unos segundos con la ropa interior puesta, ofreciéndome la oportunidad de detener el juego.
—Todavía puedes arrepentirte —dijo.
—¿Tú quieres que me arrepienta?
—No.
La sinceridad de la respuesta me recorrió como una caricia.
Enzo terminó de desnudarse y caminó hacia el agua sin volverse. La luz plateada delineó su espalda, la estrechez de la cintura y la firmeza de sus piernas hasta que el mar empezó a ocultarlo. Cuando el agua le llegó a la cadera, se giró.
—Tu turno.
Me abracé a mí misma, dividida entre la vergüenza y un deseo de libertad que crecía con cada segundo.
El espumoso me volvió un poco más atrevida, no inconsciente.
Sabía dónde estaba, lo que quería y con quién deseaba compartirlo.
Aun así, la idea de desnudarme bajo su mirada hizo que el corazón se me desbocara.
—Puedes cerrar los ojos —le pedí.
—Puedo.
—Pues hazlo.
Enzo obedeció.
Agarré el borde del vestido y me detuve.
—¿Están cerrados?
—Sí.
—¿Seguro?
—Zoe, llevo toda la noche esperando mirarte. Si quisiera engañarte, no te lo diría así.
Me reí, nerviosa. Levanté el vestido por encima de la cabeza y lo dejé junto a su ropa. El aire cálido rozó mis pechos desnudos y volví a cubrirme con los brazos por puro instinto. Permanecí inmóvil unos segundos, escuchando el mar y mi propia respiración.
Podía vestirme de nuevo.
En lugar de eso, avancé.
La arena fría se hundió bajo mis pies. Entré en el agua despacio, agradeciendo que la oscuridad ocultara parte de mi cuerpo. Cuando me llegó a la cintura, aparté los brazos y seguí caminando.
—Ya puedes mirar.
Enzo abrió los ojos.
No dijo nada.
Su mirada descendió desde mi rostro hacia mis hombros y se detuvo en mis pechos, erguidos por el contacto del agua. Después recorrió la curva de mi cintura y volvió a subir lentamente. No existía descaro en su expresión, aunque tampoco trató de ocultar el deseo.
Me ruboricé mucho más.
—Ahora eres tú quien mira demasiado.
—Me has dado permiso.
—Para abrir los ojos, no para hacer un inventario.
—Necesitaría mucho más tiempo para eso.
Le lancé agua y él se protegió levantando un brazo.
—Tramposo.
—Has empezado tú.
Volví a salpicarlo, pero Enzo avanzó y me atrapó por la cintura. Solté una risa mientras trataba de escapar. El agua nos frenaba y convertía cada movimiento en algo lento. Conseguí apartarme, nadé varios metros y él me siguió.
La luna permanecía suspendida sobre nosotros, enorme y blanca.
La orilla parecía muy lejos, aunque apenas nos separaban unos metros.
El mar nos rodeaba con una calidez inesperada, elevándonos y dejándonos caer al compás de las olas.
Durante unos minutos jugamos como niños, empujándonos, desapareciendo bajo el agua e intentando escapar del otro.
Hasta que Enzo volvió a alcanzarme.
Me agarró de una mano y tiró de mí. Mi cuerpo chocó contra el suyo. La risa murió poco a poco mientras el agua nos mecía.
Sus manos se posaron en mi cintura.
Yo apoyé los brazos sobre sus hombros.
Nuestros cuerpos se rozaban bajo el agua, desnudos y libres de cualquier tela. Noté la firmeza de su pecho contra el mío, el calor de su piel y la fuerza con que sus dedos se cerraban sobre mis caderas. El mar suavizaba el contacto sin conseguir borrar su intensidad.
—Esto también parece un baile —murmuré.
—Todo contigo termina pareciéndolo.
Me guio hacia atrás y yo me dejé llevar. Giramos despacio, movidos por el agua más que por nosotros mismos. Mis piernas rozaron las suyas. Él inclinó mi cuerpo y me sostuvo mientras el pelo flotaba alrededor de mi rostro.
Durante unos segundos contemplamos la luna desde aquella postura imposible. Después me incorporó.
—No estás contando —dijo.
—Hace tiempo que dejé de hacerlo.
—¿Sigues confiando en mí?
—Sí.
Enzo levantó una mano y apartó el pelo mojado de mi cara. Sus dedos recorrieron mi mejilla y descendieron hasta mi cuello. Yo no me moví.
—Dijiste que podía ser peligroso —recordé.
—Lo es.
—¿Para quién?
—Para mí.
—¿Por qué?
Su frente se apoyó contra la mía.
—Porque llevo semanas intentando no hacer esto.
Me besó.
No fue un beso prudente ni tanteó primero mis labios. Me atrajo hacia él y me besó con toda la intensidad que contuvo desde el día en que nos conocimos. Respondí rodeándole el cuello, aferrándome a su pelo mojado mientras una ola nos empujaba y nos obligaba a estrecharnos aún más.
Todo desapareció.
La playa, el hotel y la llamada de mi madre dejaron de existir.
Solo sentía la boca de Enzo, sus manos recorriendo mi espalda y el agua que nos envolvía como si quisiera mantenernos unidos.
Nuestros cuerpos continuaron moviéndose, no ya siguiendo una canción, sino buscando una cercanía que el mar parecía concedernos y negar al mismo tiempo.
Enzo se separó apenas para mirarme.
—Dime que pare.
—No.
—Zoe…
—No quiero que pares.
Volví a besarle.