Capítulo 13
Tardé menos de los veinte minutos que Enzo me concedió, aunque utilicé casi la mitad intentando decidir qué ropa ponerme.
Camila seguía en el camerino cuando salí de la ducha, envuelta en una toalla y con el pelo mojado. Le conté que Enzo me esperaba en la entrada de personal y ella abandonó inmediatamente lo que estaba haciendo para examinar el contenido de mi taquilla.
—Ponte el vestido blanco.
—¿Qué vestido blanco?
—El que trajiste y no has utilizado todavía porque dices que se arruga con mirarlo.
—Solo vamos a dar una vuelta.
—Claro. Y Valentina y Joel solo iban a bailar salsa.
Nos fuimos hacia el dormitorio y sacó el vestido antes de que pudiera impedirlo. Era corto, sencillo y tenía unos tirantes muy finos que dejaban al descubierto buena parte de mi espalda.
Lo compré antes de viajar a la isla y nunca encontré una ocasión para estrenarlo. Aquella noche, con el cuerpo todavía caliente por la función y el maquillaje de los ojos ligeramente difuminado, parecía pertenecer a una versión mucho más atrevida de mí.
—No llevo ropa interior adecuada —protesté.
—No te pongas sujetador.
La miré a través del espejo.
—¿Perdona?
—La espalda queda más bonita sin él.
—No pienso presentarme ante Enzo con un vestido blanco y sin sujetador.
—Entonces deberías haber escogido a un hombre menos guapo. Las decisiones tienen consecuencias.
Acabé haciéndole caso y me puse una chaqueta vaquera encima, aunque la noche era demasiado cálida para necesitarla. Camila soltó mi pelo, todavía húmedo, y lo acomodó con las manos sobre mis hombros.
—Perfecta.
Me acompañó hasta la puerta y me dio un pequeño empujón.
—Diviértete.
—Solo vamos a hablar.
—Si regresáis prometidos, despiértame.
—Anoche dijiste lo mismo.
—Y anoche me decepcionaste. Procura mejorar.
Enzo esperaba junto a la entrada de personal, apoyado contra un muro.
Se duchó y cambió la ropa de ensayo por unos pantalones claros y una camisa de lino azul oscuro con las mangas dobladas hasta los antebrazos. Llevaba una mochila sobre un hombro y sostenía las llaves de un coche en una mano.
Al verme, se incorporó.
Sus ojos descendieron por mi vestido y regresaron con lentitud a mi rostro.
—Has tardado dieciocho minutos.
—Me gusta cumplir los plazos.
—Podrías haber tardado más.
—¿Eso es un reproche?
—Es una observación. El resultado lo merece.
Noté calor en las mejillas y agradecí que la iluminación de la entrada fuera tenue.
—¿Adónde vamos?
—Te lo dije. Voy a enseñarte la isla.
—Eso sigue sin ser una respuesta.
Abrió la puerta de un pequeño vehículo que estaba aparcado cerca.
—Confía en mí.
—La última vez que me dijiste eso terminé ensayando hasta las tantas de la madrugada.
—Y la función ha sido perfecta.
—Empiezo a sospechar que utilizas esa frase para conseguir siempre lo que quieres.
—¿Funciona?
Subí al coche sin responder. Enzo dejó la mochila en la parte trasera y ocupó el asiento del conductor con una sonrisa satisfecha.
Nos alejamos del hotel por una carretera estrecha que atravesaba el interior de la isla.
La noche borraba casi todo lo que quedaba fuera de los faros, pero distinguí grupos de árboles, muros de piedra y algunas casas iluminadas entre la vegetación.
Las zonas más concurridas quedaron atrás y pronto desaparecieron incluso las luces de otros vehículos.
—¿Vas a secuestrarme? —le pregunté.
—¿Te preocupa?
—Todavía no. Pero Camila sabe con quién estoy.
—Entonces tendré que devolverla también.
—¿Devolverme?
—Mi español no siempre es perfecto.
—Tu español es mucho mejor de lo que finges.
—A veces fingir que no comprendo evita conversaciones aburridas.
La carretera descendió hacia la costa y terminó junto a un sendero de tierra.
Aparcó, cogió la mochila y me pidió que le siguiera.
Caminamos durante varios minutos bajo los árboles.
No se escuchaba nada excepto nuestros pasos, el zumbido de los insectos y un oleaje que crecía a medida que avanzábamos.
El sendero desembocó en una playa pequeña, encerrada entre paredes de roca. La arena era clara y el mar parecía una extensión de plata bajo la luna. No había edificios, hamacas ni luces artificiales. Solo una vieja caseta de madera junto a las rocas y una barca varada lejos de la orilla.
—¿Cómo conoces este lugar? —le pregunté.
—Vengo cada verano desde hace años.
—¿Y nunca hay nadie?
—Durante el día, sí. Por la noche casi todos prefieren lugares donde puedan pedir cócteles y hacer fotografías.
Me quité las sandalias y hundí los pies en la arena.
—Es precioso.
—Pensé que lo necesitarías.
Le miré. Enzo no mencionó la llamada de mi madre ni preguntó si hablé de nuevo con ella. Su manera de ayudarme consistía precisamente en aquello: llevarme lejos sin obligarme a explicar por qué necesitaba estarlo.
Extendió una manta sobre la arena y abrió la mochila. Sacó una pequeña cubitera térmica con hielo, una botella de espumoso, dos copas de plástico y un recipiente con fruta.
—¿Llevabas todo eso en la mochila?
—Sé organizarme.
—Has preparado una cita.
—He preparado una botella.
—Con copas, hielo, fruta y una manta.
—No me gusta beber de pie.
Me senté y observé cómo descorchaba la botella. El sonido se perdió entre las olas.
—Por tu primera función como protagonista —dijo mientras llenaba las copas.
—Protagonista provisional.
—Protagonista.
Me tendió una copa y alzó la suya.
—Por la mujer a la que no se puede mirar cuando deja de tener miedo.
La frase me llevó de nuevo a la sala de ensayo, a su cuerpo frente al mío y al instante en que pensé que iba a besarme.
—Eso no tiene ningún sentido —respondí.
—Sabes perfectamente lo que significa.
—Creo que el español vuelve a fallarte.
—Entonces brindaré en italiano la próxima vez.
Chocamos las copas. Bebí un sorbo y contemplé el reflejo de la luna sobre el mar. El silencio entre nosotros no resultaba incómodo. Después de tantos días rodeados por música, voces y compañeros, estar a solas junto al agua parecía casi irreal.
—¿Quieres hablar de tu padre? —me preguntó al cabo de un rato.
—No.
—Bien.
—¿No vas a decirme que debería afrontarlo?
—Lo afrontarás cuando estés preparada. Esta noche ya has hecho bastante.
Bebí otro sorbo.
—Mi madre volvió a llamarme mientras me duchaba.
—¿Has respondido?
—No. Tampoco he hablado con mi padre. Tengo seis mensajes suyos.
—¿Sabes qué dicen?
—Solo he leído el primero. Quiere explicármelo.
—Quizás deberías permitírselo.
—No esta noche.
—No esta noche —aceptó.
Enzo no intentó defender a mi padre ni condenarlo. Me dejó beber, mirar el mar y elegir cuánto quería contarle. Al final fui yo quien rompió el silencio.
—Lo peor no es que vaya a tener otro hijo. Creo que incluso podría alegrarme algún día. Será mi hermano o mi hermana y no tendrá culpa de nada. Lo que me duele es descubrir que todos esos meses en los que traté de comprender a mis padres ellos ya conocían una parte de la historia que me ocultaban.
—Tal vez tu madre tampoco lo sabía.
—No lo sabía, pero convirtió su sospecha en una guerra y me obligó a vivir dentro de ella. Mi padre mintió. Ella me utilizó para castigarlo. Y ahora pretende que me sienta culpable por estar aquí.
—No tienes por qué elegir entre ellos.
—Eso dice Camila.
—Camila parece inteligente.
—No se lo digas. Se volverá insoportable.
Enzo sonrió y rellenó nuestras copas. Hablamos de asuntos menos dolorosos.
Me contó que su madre vivía en una localidad próxima a Milán y todavía esperaba que algún día abandonara los escenarios para dirigir la tienda familiar de muebles.
Tenía dos hermanas mayores, ambas casadas, y cuatro sobrinos que utilizaban sus fotografías del hotel para presumir de tío famoso ante sus amigos.
—¿No eres famoso? —le pregunté.
—Mi madre no sabe explicar a qué me dedico. Dice que bailo en hoteles.
—Técnicamente es cierto.
—También cree que trabajar de noche me impide encontrar una mujer seria.
—Quizás tu madre y Camila deberían conocerse. Las dos parecen muy interesadas en organizar vidas ajenas.
La primera copa desapareció deprisa. La segunda me dejó una sensación cálida y ligera, aunque conservaba la cabeza perfectamente clara. La tensión acumulada durante el día empezó a deshacerse. Me quité la chaqueta, la doblé junto a la manta y me tumbé sobre los codos.
Enzo desvió la vista hacia mi escote antes de mirar el mar.
Lo sorprendí.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
—No hagas eso.
—¿El qué?
—Lo mismo que Luna. Decir que no ocurre nada cuando resulta evidente que ocurre algo.
Él soltó una risa.
—Estás utilizando mis frases contra mí.
—Aprendo rápido.
—Ya lo he comprobado.
Nuestros ojos se encontraron. El aire pareció cambiar entre los dos, pero una ola llegó más lejos que las anteriores y mojó uno de los extremos de la manta. Di un grito y recogí los pies.
—Eso te pasa por instalarte demasiado cerca —dije.
—Cuando llegamos, el agua estaba lejos.
—La marea está subiendo.
—Deberíamos comprobarlo.
—¿Comprobar qué?
Enzo se levantó y caminó hacia la orilla. El agua alcanzó sus tobillos.
—Está perfecta.
—No pienso meterme con el vestido.
—¿Tienes miedo?
Me puse en pie.
—¿Del agua?
—De perder el control.
—No tienes ni idea de lo que estás diciendo.
Enzo retrocedió unos pasos hasta que el agua le llegó a media pierna.
—Entonces ven.
—No tengo bañador.
—Yo tampoco.
—Ese parece un problema bastante evidente.
—Solo si queremos conservar la ropa seca.
Comprendí lo que proponía y me eché a reír.
—Ni hablar.
—Lo imaginaba.
—¿Qué significa eso?
—Que eres más valiente sobre el escenario.
—Eso es una provocación muy barata.
—Y está funcionando.
Cogí mi copa y bebí el último sorbo, más por reunir valor que por sed. Enzo regresó hasta la arena y se quedó frente a mí.
—¿Te atreves? —me preguntó.
—¿A bañarme desnuda contigo?
—Exactamente.
—No.
—Bien.
Su facilidad para aceptar la negativa me molestó más que la provocación.
—¿Tú sí lo harías?
—Claro.
—Demuéstralo.
Enzo arqueó una ceja.
—¿Me estás retando?
—Puede.
Dejó la copa sobre la manta. Sin apartar los ojos de mí, desabrochó el primer botón de la camisa.
Toda mi valentía desapareció.
—No hace falta que…