Peligro, ¡italiano suelto! Capítulo 12
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Capítulo 12

La noche de la función llegó mucho antes de que me sintiera preparada.

Durante los dos últimos días, Enzo y yo ensayamos hasta la extenuación.

En las horas previas. Rebeca modificó algunos movimientos, María me acompañó en los cambios de vestuario y Camila convirtió nuestra habitación en una sala de repaso improvisada.

Marcábamos las entradas entre las camas, utilizábamos las almohadas para representar a los demás bailarines y terminamos rompiendo la lámpara de mi mesilla durante un giro.

A pesar de todo, cuando aquella tarde me senté frente al espejo del camerino, seguía convencida de que en algún momento alguien descubriría que yo no debía estar allí.

El vestuario de Luna colgaba detrás de mí. Tuvieron que ajustarlo a mis medidas y modificar varios cierres, pero todavía conservaba algo de ella. Quizás fuera absurdo, aunque sentía que no llevaba un traje, sino una identidad prestada.

—Deja de mirarlo así —me pidió Camila mientras se maquillaba a mi lado.

—¿Así cómo?

—Como si fuera a atacarte.

—No me atacará. Probablemente me estrangulará durante el primer cambio.

—Si te sirve de consuelo, estarás preciosa mientras ocurre.

Me eché a reír y el teléfono comenzó a vibrar sobre la mesa.

Mamá.

La sonrisa desapareció de mis labios.

Mi madre me llamó varias veces durante los días anteriores, pero intenté mantener las conversaciones cortas.

No quería que los problemas de casa entraran en la isla justo cuando necesitaba toda mi concentración.

Sin embargo, insistía. Si no respondía, enviaba mensajes preguntándome si estaba enfadada con ella.

Cogí el teléfono y me levanté.

—Ahora vuelvo.

—Zoe, nos quedan cuarenta minutos —me recordó Camila.

—Solo será un momento.

Salí al pasillo y busqué un lugar alejado del ruido. Encontré una pequeña escalera de servicio situada detrás de los camerinos y respondí antes de que la llamada terminara.

—Hola, mamá.

—Por fin. Llevo todo el día intentando hablar contigo.

—Me has llamado varias veces.

—Y no has contestado ninguna.

—Tengo una función. Te lo dije ayer.

—Siempre tienes una función, un ensayo o algo más importante.

Cerré los ojos.

—¿Qué ocurre?

Mi madre guardó silencio. Escuché su respiración al otro lado y supe que no llamaba únicamente para reprocharme que estuviera ocupada.

—Tu padre va a tener otro hijo.

Durante unos segundos no comprendí las palabras.

—¿Qué?

—Esa mujer está embarazada.

Me apoyé contra la pared.

—¿Qué mujer?

—No finjas que no sabes de quién hablo. La mujer por la que nos dejó.

—Papá dijo que no había nadie.

—Pues mintió. Como ha mentido en todo.

Noté que el pasillo se estrechaba a mi alrededor.

—¿Cómo lo sabes?

—Me lo ha contado él. Ha tenido la poca vergüenza de venir a casa para decírmelo a la cara. Parece que quiere evitar que nos enteremos por otra persona cuando empiecen a contarlo.

—¿De cuánto está?

—De cinco meses. No creas que de poco.

La cifra terminó de golpearme.

—Cinco meses…

—Haz las cuentas, Zoe. Empezó mucho antes de marcharse.

No necesitaba hacerlas. Cinco meses significaba que aquella mujer se quedó embarazada mientras mis padres todavía vivían juntos y trataban de aparentar que podían salvar su matrimonio.

Quizás por eso mi padre llegaba tarde. Quizás por eso protegía el teléfono, se encerraba para atender llamadas y desaparecía durante horas con excusas que nadie se atrevía a cuestionar.

—¿Quién es? —pregunté.

—Una compañera de su empresa. Clara. La conociste en la cena de Navidad.

Recordé a una mujer rubia, bastante más joven que mi madre, sentada dos lugares más allá de mi padre. Habló conmigo sobre la universidad y me dijo que él siempre presumía de mí.

Sentí náuseas.

—No puede ser.

—Claro que puede. Esa es la clase de persona que es tu padre.

—Mamá…

—Ahora comprendes por qué no quiero que sigas defendiéndolo.

—Nunca lo he defendido.

—Le contestas las llamadas. Hablas con él como si no hubiera destrozado nuestra familia.

—Es mi padre.

—Y yo soy tu madre.

La puerta del camerino se abrió al final del pasillo. Alguien salió y volvió a entrar. Faltaba menos de media hora para la función.

—No puedo hablar de esto ahora.

—Ya. Nunca puedes.

—Mamá, voy a salir al escenario por primera vez como protagonista.

—Perfecto. Diviértete mientras yo intento asumir que tu padre va a empezar otra familia.

La llamada terminó.

Me quedé con el teléfono pegado a la oreja, escuchando el silencio. No lloré. Ni siquiera conseguí moverme. Las palabras de mi madre se repetían dentro de mi cabeza: Tu padre va a tener otro hijo. Cinco meses. Otra familia.

Camila me encontró sentada en uno de los escalones.

—¿Qué ha pasado?

Le tendí el teléfono como si pudiera encontrar la explicación en la pantalla.

—Mi padre va a tener un hijo.

—¿Qué?

—Su amante está embarazada de cinco meses. Mamá acaba de enterarse.

Camila se sentó a mi lado.

—Dios mío.

—La conocí. Estuvo en la cena de Navidad de su empresa y se sentó cerca de nosotros. Habló conmigo como si no ocurriera nada.

—Tú no podías saberlo.

—Papá nos mintió durante meses. Todo lo que dijo sobre que no existía nadie, sobre que solo necesitaba empezar de nuevo… Era mentira.

El temblor apareció entonces. Empezó en mis manos y se extendió por los brazos. Camila me quitó el teléfono antes de que lo dejara caer.

—Mírame.

Negué con la cabeza.

—No puedo salir.

—Sí puedes.

—No sé ni dónde estoy.

—Estás en la isla conmigo. Llegaste hasta aquí para alejarte de esa historia, Zoe, no para permitir que te persiga hasta el escenario.

—Mi madre está sola y él va a tener otro hijo.

—Y nada de eso puedes resolverlo esta noche.

—Tendría que estar con ella.

—No. Tu madre tiene que enfrentarse a su separación sin convertirte en el campo de batalla. Tú eres su hija, no su ejército.

Levanté la mirada. Camila me sostuvo por los hombros.

—Ahora mismo solo tienes que hacer una cosa: salir ahí y bailar. Cuando termine la función, podrás llorar, llamar a tu padre o romper algo que no sea otra de nuestras lámparas. Pero durante las próximas dos horas, esa historia no existe.

—No creo que pueda olvidarla.

—No necesitas olvidarla. Solo dejarla fuera.

Una voz anunció que debíamos darnos prisa. Camila se levantó y me tendió una mano.

—Vamos. Necesitas terminar de vestirte.

Regresamos al pasillo, pero apenas di unos pasos antes de encontrar a Enzo. Su expresión cambió en cuanto me vio.

—¿Qué ocurre?

—Nada —respondí.

—No hagas eso.

—¿El qué?

—Lo mismo que Luna. Decir que no ocurre nada cuando es evidente que ocurre algo.

Camila le explicó la situación antes de que pudiera impedírselo.

—Su madre acaba de contarle que su padre va a tener un hijo con la mujer por la que la dejó.

Enzo me miró en silencio.

—Estoy bien —insistí.

—No.

—Gracias por la confianza.

—No he dicho que no puedas hacer la función. He dicho que no estás bien.

Camila nos dejó solos y regresó al camerino. Enzo se acercó.

—Mírame, Zoe.

—No quiero.

—Hazlo.

Levanté los ojos y la preocupación de su rostro terminó de romper algo dentro de mí.

—Toda mi familia era una mentira.

—No.

—Mi padre engañó a mi madre. Va a tener un hijo y yo no sabía nada.

—Eso no convierte todo lo anterior en una mentira.

—Tú no conoces a mi familia.

—Te conozco a ti.

—Apenas llevo unas semanas aquí.

—Y en esas semanas te he visto enfrentarte a Luna, perfeccionar una función completa en dos días y levantarte cada vez que creías que no podías continuar.

—Esto no tiene nada que ver con bailar.

—Ahora mismo sí.

Pensé en que era una ironía que yo estuviera a punto de ocupar el papel protagonista por el embarazo inesperado de Luna y que, a su vez, también estuviera bloqueada porque acababa de enterarme de la noticia de otro embarazo, no menos inesperado. Y este segundo me caía muy cerca.

Enzo cogió mis manos y las apoyó sobre su pecho. Sentí los latidos firmes bajo las palmas.

—No pienses en toda la función. Tampoco en tu madre ni en lo que ocurrirá mañana. Piensa únicamente en el primer momento. Sales al escenario, me encuentras y me miras. Yo estaré allí.

—¿Y después?

—Después das el siguiente paso.

—¿Y si me bloqueo?

—Te sacaré de ahí.

—¿Y si me equivoco?

—Me equivocaré contigo. Y así te cubriré.

Su seguridad consiguió atravesar el ruido que llenaba mi cabeza.

—No puedes hacer eso.

—Claro que puedo. Somos profesionales y nadie lo notará.

Recordé las palabras de Rebeca antes del estreno y una sonrisa débil asomó a mis labios.

—Eso ya lo he oído.

—Entonces deberías haberlo aprendido.

Enzo apretó mis dedos.

—No estás sola, Zoe.

La puerta se abrió y Rebeca nos llamó. Faltaban cinco minutos.

Terminaron de colocarme el vestuario, repasaron mi maquillaje y escondieron una última horquilla en mi pelo. Los demás formaron el círculo. Valentina puso el elefante de tela en mis manos antes de ocupar su sitio.

—Solo por esta noche —me advirtió—. Y más te vale devolvérmelo.

Lo apreté contra el pecho.

—Gracias.

—Rompela toda, che.

Nos cogimos de las manos. Enzo ocupaba el lugar situado frente a mí. No pronunció una palabra, pero sostuvo mi mirada mientras Rebeca nos pedía que confiáramos unos en otros.

Las luces se apagaron.

Sonreí a Valentina y salí.

Al principio, la voz de mi madre me acompañó hasta el escenario. Escuché de nuevo la noticia, el nombre de aquella mujer y los cinco meses que convertían todas las sospechas en certezas. Después comenzó la música.

Enzo apareció frente a mí y extendió una mano.

Lo miré.

Solo necesitaba hacer aquello. Encontrarlo, mirarlo y dar el siguiente paso.

Avancé.

El miedo no desapareció de golpe, pero perdió fuerza con cada movimiento.

El escenario me recibió como lo hizo desde el primer ensayo. Allí no era la hija traicionada ni el vínculo incómodo entre dos personas que se odiaban.

Era la mujer que guiaba el nacimiento de la luz, la figura que conducía a un desconocido a través de la isla y se entregaba con él a la noche.

Enzo permaneció conmigo en todo momento.

Si dudaba, encontraba sus ojos. Cuando una emoción amenazaba con sacarme de la historia, sus manos me devolvían a ella.

No me trató como a una sustituta ni esperó que imitara a Luna. Bailó conmigo, siguiendo mis tiempos, anticipándose a mis reacciones y convirtiendo nuestras diferencias en algo que parecía preparado desde el principio.

Durante el número central, olvidé por completo la llamada.

No pensé en mi madre, en mi padre ni en el hermano que estaba en camino.

Solo existía Enzo. La manera en que me sujetaba, su respiración cerca de mi rostro y aquella tensión que nació durante nuestro ensayo nocturno y ahora crecía ante más de mil personas.

Cuando llegó el final, extendí la mano desde un extremo del escenario. Enzo hizo lo mismo desde el lado opuesto. Las luces se apagaron antes de que nuestros dedos se tocaran.

El público estalló en aplausos.

Permanecí inmóvil en la oscuridad, con el pecho agitado. Lo había conseguido.

Salimos a saludar y las gradas se pusieron en pie. Camila me abrazó antes incluso de que abandonáramos el escenario. Valentina gritaba algo en argentino que no entendí, Malena saltaba junto a mí y Rebeca tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Has estado increíble —me aseguró.

La emoción me impedía responder.

Enzo esperó a que los demás se dirigieran hacia los camerinos. Después se acercó y apoyó una mano en mi espalda.

—Te lo dije.

—Has dicho muchas cosas.

—Que sabrías qué hacer.

—También dijiste que me sacarías de allí si me bloqueaba.

—No ha sido necesario.

—Porque estabas conmigo.

Sus ojos recorrieron mi rostro. El ruido de mis compañeros se alejaba por el pasillo, pero ninguno de los dos se movió.

—Ve a ducharte —me pidió.

—¿Es una forma italiana de decirme que huelo mal?

—Es una forma italiana de decirte que te espero en veinte minutos junto a la entrada de personal.

—¿Para qué?

Enzo retrocedió sin apartar la mirada.

—Para enseñarte la isla cuando no estás huyendo de nada.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Veinte minutos, Zoe.

Sonrió y desapareció al final del pasillo.

Me quedé allí unos segundos, todavía vestida como la protagonista de Marea de luz , con el cuerpo vibrando por los aplausos y una bomba familiar esperándome fuera del escenario.

Sin embargo, pensé que aquella noche todavía podía guardar algo bueno.

Y corrí hacia las duchas.