Peligro, ¡italiano suelto! Capítulo 11
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Capítulo 11

No regresamos a la residencia para cambiarnos.

Subimos a nuestras habitaciones, recogimos la ropa de ensayo y nos reunimos directamente en el anfiteatro. La preocupación por Luna seguía presente, pero Rebeca consiguió que concentráramos toda la energía en lo que teníamos por delante.

Aquella mañana comprendí hasta qué punto Luna sostenía el espectáculo. No porque el resto fuéramos simples elementos decorativos, como ella quiso dar a entender después del estreno, sino porque su personaje enlazaba todas las partes de la historia.

Abría la función, guiaba la transformación de la isla y conducía a Enzo desde la calma del día hasta la intensidad de la noche.

Apenas disponía de tiempo para abandonar el escenario y cada aparición exigía una energía diferente.

Yo conocía los movimientos generales. Los vi tantas veces que podía anticipar gran parte de ellos, pero observar una coreografía no se parecía en nada a ocupar su centro.

Durante la primera prueba me bloqueé.

Enzo esperaba frente a mí con una mano extendida. Yo debía rodearlo sin tocarle, retroceder y desaparecer entre los demás. Era una secuencia sencilla, la representé mentalmente decenas de veces y, aun así, me quedé inmóvil.

—No pienses en Luna —me pidió Rebeca desde la primera fila—. No intentes reproducir lo que hace ella.

—Pero tengo que seguir su coreografía.

—Los movimientos son los mismos. La interpretación no tiene por qué serlo.

Enzo bajó la mano.

—Mírame a mí.

—Te estoy mirando.

—No. Estás intentando ver dónde estaría ella.

Tenía razón. Contemplaba a Enzo como una referencia espacial, no como al desconocido que mi personaje descubría al caer la tarde.

—Otra vez —ordenó Rebeca.

Regresé a mi posición. La música comenzó y esperé mi entrada. Cuando alcancé el centro, Enzo extendió la mano. Esta vez levanté los ojos hacia él.

Algo cambió.

No tuve que imaginar sorpresa ni curiosidad.

Las sentí. Enzo me observaba con una intensidad que no utilizaba durante los ensayos grupales.

Sus ojos siguieron mi recorrido mientras giraba a su alrededor, y tuve que recordarme que no debía tocarle.

Retrocedí, me perdí entre mis compañeros y escuché la voz de Rebeca.

—Eso es. Otra vez.

Repetimos la escena hasta que dejó de parecer prestada. Después trabajamos la primera elevación. Mi cuerpo pesaba y reaccionaba de una manera diferente al de Luna, por lo que Enzo modificó la posición de sus manos.

—Salta más tarde —me indicó.

—Si salto más tarde, no llegaré.

—Llegarás. Confía en el impulso.

Lo intenté y terminé colgada sobre su hombro en una postura nada elegante.

—Esto está saliendo fenomenal —murmuré.

Enzo me ayudó a bajar.

—Has saltado demasiado pronto.

—Me dijiste que saltara más tarde.

—Y has hecho lo contrario.

—Porque no confiaba en llegar.

—Ese es el problema.

Volvimos a colocarnos. En la siguiente ocasión esperé su señal y salté cuando noté las manos en mi cintura. Enzo me elevó con tanta facilidad que apenas percibí el esfuerzo. Por un instante quedé suspendida sobre él y después descendí siguiendo la línea de su cuerpo.

Mis pies alcanzaron el suelo, pero sus manos permanecieron en mi cintura.

—¿Lo ves? —preguntó.

—Sí.

Nos miramos durante un segundo más de lo necesario.

—Otra vez —ordenó Rebeca.

El ensayo continuó hasta la hora de comer. Apenas hicimos una pausa antes de regresar al escenario.

Mis compañeros se repartieron las tareas sin que nadie tuviera que pedírselo.

María repasaba conmigo las entradas y los cambios de vestuario. Valentina se ocupó de los movimientos más rápidos, Camila me recordaba las transiciones y Malena convertía cada equivocación en una broma para evitar que terminara llorando.

A media tarde, el cansancio empezó a pasarme factura.

—No puedo más —confesé después de fallar tres veces la misma secuencia.

—Cinco minutos —concedió Rebeca.

Me senté en el borde del escenario y bebí agua. Tenía las piernas doloridas, la camiseta empapada y la cabeza llena de pasos que empezaban a confundirse entre sí.

Enzo se acomodó a mi lado.

—Lo estás haciendo bien.

—Estoy destrozando una coreografía que Luna hace sin pensar.

—Luna la baila desde hace tiempo y trabajó conmigo antes de empezar este espectáculo.

—Eso no me ayuda.

—No pretendo ayudarte. Te explico por qué es absurdo que te compares con ella.

Miré hacia las gradas vacías.

—Todo el mundo estará pendiente de mí.

—El público estará pendiente de la historia.

—Y verá que la protagonista ha cambiado.

—Durante los primeros minutos. Después te verá a ti.

—Eso es lo que me preocupa.

Enzo apoyó los antebrazos sobre las piernas.

—Tienes miedo porque todavía crees que ocupas un lugar que no te corresponde.

Recordé la conversación con Rebeca después de uno de los primeros ensayos. Ella también me pidió que no me disculpara por destacar.

—Ese lugar es de Luna.

—El personaje no pertenece a Luna. Ella lo interpretaba.

—¿Y tú no vas a echarla de menos?

La pregunta escondía otra distinta. Enzo la descubrió enseguida.

—En el escenario, tendré que acostumbrarme a una pareja nueva.

—No me refiero únicamente al escenario.

—Ya te dije que Luna y yo nunca estuvimos juntos.

—Pero existe algo entre vosotros.

—Muchos años de trabajo, amistad y discusiones.

—Ella parece pensar que existe algo más.

Enzo se volvió hacia mí.

—Tendrías que preguntárselo a ella.

—No creo que sea el momento adecuado.

—Entonces pregúntame qué quieres saber de verdad.

Bajé la mirada hacia la botella.

—No quiero saber nada.

—No es cierto.

Rebeca regresó antes de que pudiera responder y el ensayo continuó.

Trabajamos hasta las siete. Cuando por fin nos permitió terminar, mis compañeros recogieron sus cosas entre gemidos.

Camila me aseguró que me llevaría la cena a la habitación y Valentina prometió prestarme el elefante durante la próxima función si la situación se volvía desesperada.

—Eso sí, me lo cuidás —advirtió.

—No sé si estoy preparada para semejante responsabilidad.

—Si vas a reemplazar a Luna, podés vigilar un elefante.

Todos abandonaron el anfiteatro poco a poco. Yo me quedé sentada sobre el escenario, contemplando mis zapatillas, demasiado cansada para levantarme y demasiado nerviosa para regresar a la habitación.

Enzo apareció frente a mí con su mochila colgada del hombro.

—¿Vienes?

—Dentro de un rato.

—Necesitas descansar.

—Necesito aprender la coreografía.

—Las dos cosas.

—No puedo presentarme dentro de dos días con la mitad de los pasos sujetos con alfileres.

Enzo dejó la mochila en el suelo.

—Podemos continuar esta noche.

Le miré.

—¿No acabas de decir que necesito descansar?

—Puedes cenar, ducharte y dormir un par de horas. Volvemos cuando el hotel esté tranquilo.

—¿Rebeca nos permitirá utilizar el escenario?

—No hace falta el escenario. Hay una sala de ensayo en el edificio principal.

—¿Y cuánto tiempo propones seguir?

—Hasta que el cuerpo aguante.

—El mío ha dejado de aguantar hace aproximadamente una hora.

—Se recuperará.

Sonrió y me tendió una mano.

—A las diez.

Debería haberme negado. Llevábamos todo el día ensayando y cada músculo me pedía descanso, pero la idea de enfrentarme a aquella responsabilidad sin hacer cuanto estuviera en mi mano me aterrorizaba mucho más que el cansancio.

—A las diez —acepté.

Regresé a la habitación, cené lo que Camila me llevó y me tumbé con la intención de cerrar los ojos durante media hora. Cuando sonó la alarma, no sabía quién era ni por qué mi cuerpo pesaba tanto. Tardé unos segundos en recordar que Enzo me esperaba.

Camila levantó la cabeza desde su cama, donde estaba tumbada.

—¿De verdad vas a ir?

—Tengo que hacerlo.

—¿A ensayar?

—Sí.

—A solas con Enzo.

—También.

—Por la noche.

—Camila.

—Solo estoy ordenando los datos.

—Deja ya de elucubrar…

—Eso haré. Pero si regresas prometida, despiértame.

Le lancé una almohada y salí antes de que pudiera continuar.

Enzo esperaba frente al edificio principal.

Vestía pantalones deportivos y una camiseta negra.

Me condujo por un pasillo de servicio hasta una sala amplia, rodeada de espejos y con un equipo de música en uno de los extremos.

Solo permanecían encendidas las luces laterales, lo que dejaba buena parte del espacio en penumbra.

—¿Por dónde empezamos? —le pregunté.

—Por lo que más miedo te da.

—Todo.

—Entonces por el número central.

Sentí que el estómago se encogía. Era la parte más íntima de Marea de luz , el encuentro entre los dos personajes cuando la noche alcanzaba su punto de mayor intensidad.

No requería tantos desplazamientos como otras escenas, pero estaba cargada de acercamientos, huidas y contactos que Luna y Enzo ejecutaban con una sensualidad casi irreproducible. O eso pensaba.

—¿No sería mejor empezar por algo sencillo?

—No.

Enzo puso la música y ocupó su posición. Yo me coloqué frente a él, intentando recordar el comienzo.

—Estás pensando otra vez —me dijo.

—Es una costumbre difícil de abandonar.

—La escena no funciona si cuentas los pasos.

—Si no los cuento, acabaré pisándote.

—Písame.

—Qué generoso.

—Ven.

La música comenzó con un pulso lento. Avancé hacia él y extendí una mano. Enzo debía atraparla antes de que llegara a tocarle, pero cerró los dedos alrededor de mi muñeca demasiado tarde. La palma de mi mano rozó su pecho.

—Has fallado —señalé.

—No.

—Debías detenerme antes.

—Quería saber qué hacías.

—¿Y qué he hecho?

—Buscarme.

Su voz sonó distinta en el silencio de la sala.

Enzo giró mi muñeca con suavidad y me obligó a volverme. Mi espalda quedó pegada a su cuerpo. Una de sus manos sujetó la mía y la otra descendió hasta mi cintura.

—Ahora tienes que escapar —murmuró.

—Lo sé.

—Pues hazlo.

Me aparté, giré sobre mí misma y caminé hacia el extremo de la sala. Él me alcanzó antes de que completara la secuencia. Me sujetó por la cintura, me elevó apenas unos centímetros y volvió a dejarme en el suelo. Al girarme, nuestras caras quedaron demasiado cerca.

Perdí el siguiente paso.

—Otra vez —dije.

—No.

—Me he equivocado.

—Porque te has asustado.

—No me he asustado.

Enzo inclinó ligeramente la cabeza.

—Entonces continúa.

No apartó las manos de mi cintura. La música seguía sonando, pero ninguno se movió durante varios compases. Tuve que obligarme a recordar la coreografía. Apoyé una mano en su pecho, recorrí el espacio hasta su hombro y retrocedí. Él me dejó escapar.

Volvimos a empezar.

Con cada repetición dejé de pensar un poco más. Los pasos surgieron con naturalidad y la distancia entre los dos se redujo. Enzo me guiaba sin dar órdenes. Corregía la posición de mi cuerpo con las manos, marcaba los giros y me sostenía cuando el cansancio amenazaba con romper el equilibrio.

En una de las secuencias, yo debía deslizarme hacia el suelo mientras él me sujetaba por un brazo. Al incorporarme, la inercia me llevó directamente contra su pecho. Enzo me rodeó con las dos manos.

—Perdón —murmuré.

—No te disculpes.

—He entrado demasiado rápido.

—Ha funcionado.

—No es como lo hace Luna.

—Te he dicho que no pienses en Luna.

—Resulta difícil. Tú has bailado esto con ella cientos de veces.

—Y ahora lo bailo contigo.

Su mirada descendió hacia mi boca.

El aire de la sala pareció volverse más cálido. Sentía la respiración de Enzo, el movimiento de su pecho contra mis manos y sus dedos apoyados en la parte baja de mi espalda. Si alguno se inclinaba unos centímetros, nos besaríamos.

La música terminó.

Ninguno se apartó.

—¿Seguimos? —le pregunté, aunque apenas reconocí mi voz.

—Hasta que el cuerpo aguante.

—Eso dijiste.

Enzo levantó una mano y retiró un mechón de pelo pegado a mi mejilla.

—¿Aguantas?

Asentí.

Él volvió a poner la música.

Ensayamos hasta después de medianoche. Repetimos el número central tantas veces que dejó de pertenecer a Enzo y Luna.

Cambiamos pequeños movimientos para adaptarlos a mi manera de bailar y descubrimos una conexión diferente, menos perfecta y mucho más imprevisible.

A veces nos equivocábamos porque alguno se acercaba antes de tiempo. Otras prolongábamos un contacto y perdíamos la cuenta de la música. En lugar de detenernos, aprendimos a continuar.

Cuando terminamos, me dolía todo el cuerpo.

Me apoyé contra el espejo y dejé caer la cabeza hacia atrás. Enzo apagó el equipo y la sala quedó sumida en un silencio extraño después de tantas horas de música.

—Lo conseguirás —dijo.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—¿Porque soy buena o porque no tenemos otra opción?

—Por las dos cosas.

Sonreí.

Enzo se acercó hasta quedar frente a mí. Colocó las manos a ambos lados de mi cuerpo, apoyadas contra el espejo, sin llegar a tocarme.

—Pero, sobre todo, porque cuando dejas de tener miedo no se puede mirar a nadie más.

El corazón me golpeó con tanta fuerza que temí que lo escuchara.

—Eso no suena muy real.

—Pues te aseguro que lo es.

Nuestros ojos se encontraron en el reflejo. Durante unos segundos pensé que iba a besarme. No retrocedí ni busqué una excusa. Me quedé quieta, esperando.

Enzo bajó las manos.

—Mañana a las nueve —dijo.

La distancia que abrió entre nosotros dejó una sensación fría sobre mi piel.

—A las nueve —repetí.

Salimos de la sala juntos y regresamos a la residencia sin hablar demasiado. Frente a la puerta de mi habitación, Enzo me deseó buenas noches y siguió por el pasillo.

Entré procurando no hacer ruido. Camila dormía de espaldas, completamente inmóvil.

Me cambié a oscuras y me metí en la cama.

—¿Te ha besado? —me preguntó de pronto.

Di un respingo.

—Creía que dormías.

—No puedo dormir con una pregunta tan importante pendiente.

—No me ha besado.

Camila se volvió para mirarme.

—¿Pero ha querido hacerlo?

Me tapé con la sábana.

—Buenas noches.

—Eso es un sí.

—Duérmete.

—Definitivamente, es un sí.

Escuché su risa en la oscuridad y cerré los ojos.

El cansancio debería haberme vencido de inmediato, pero mi cuerpo seguía recordando cada punto en el que Enzo me tocó.

Pensé en Luna, en el hospital y en el hijo que esperaba.

Después pensé en el escenario, en la responsabilidad que acababa de caer sobre mí y en la función que tendría lugar dentro de tres días.

Sin embargo, lo último que regresó a mi cabeza antes de dormirme fue la voz de Enzo junto al espejo.

Cuando dejas de tener miedo no se puede mirar a nadie más.

Por primera vez, ocupar el lugar de Luna dejó de ser lo que más me asustaba.

Empezaba a preocuparme mucho más el lugar que Enzo podía ocupar en mí.