Capítulo 10
La noticia llegó antes de que sonara el primero de los tres despertadores de Camila.
Unos golpes apresurados contra la puerta me arrancaron de un sueño confuso en el que bailaba salsa sobre un escenario lleno de elefantes de tela.
Abrí los ojos sin saber dónde estaba. La habitación seguía a oscuras y Camila dormía boca abajo, atravesada en la cama con un zapato puesto y el otro abandonado junto al armario.
Volvieron a llamar.
—¡Zoe! ¡Camila!
Reconocí la voz de Malena. Aparté la sábana y fui hasta la puerta. Cuando abrí, la encontré en el pasillo con el pelo alborotado y una camiseta enorme que le llegaba hasta las rodillas. María estaba detrás de ella, todavía en pijama.
—¿Qué pasa?
—Han encontrado a Luna en el jardín.
El sueño desapareció de golpe.
—¿Qué quieres decir con que la han encontrado?
—Desmayada —respondió María—. Estaba inconsciente junto al sendero que lleva a la residencia.
Camila se incorporó en la cama.
—¿Qué?
—La encontró un jardinero a primera hora —explicó Malena—. Han llamado a una ambulancia.
Noté una presión extraña en el pecho. La noche anterior regresamos preguntándonos dónde estaría y, aunque todos nos preocupamos, acabamos encerrándonos en nuestras habitaciones.
Pensé en Enzo mirando el pasillo, en el teléfono apagado de Luna y en la facilidad con que aceptamos que una mujer adulta podía marcharse sin dar explicaciones.
—¿Está bien? —le pregunté.
—No lo sabemos.
—¿Cuánto tiempo llevaba allí?
María negó con la cabeza.
—Tampoco lo sabemos. El jardinero dice que la vio cerca de unos arbustos, en una parte bastante oculta. Puede que pasara allí varias horas.
—Dios mío.
Me volví para buscar el teléfono. Eran poco más de las siete de la mañana. Tenía un mensaje de Eric en el grupo que compartíamos todos los bailarines.
Eric: ¿Alguien sabe algo de Luna?
Debajo aparecían varias respuestas. Álex preguntaba en qué hospital estaba. Joel aseguraba que la vio marcharse sola después de la función, pero nadie sabía hacia dónde se dirigió. Valentina quería saber si alguien había avisado a Rebeca.
Enzo no escribió nada.
Nos vestimos en pocos minutos y bajamos al comedor. La noticia se extendió por la residencia antes de que llegáramos.
Varios trabajadores hablaban en voz baja junto a las máquinas de café y dos recepcionistas del turno de noche discutían sobre la hora exacta en que una ambulancia cruzó la entrada de servicio.
Nuestros compañeros ocupaban la mesa habitual. Nadie desayunaba. Eric sostenía una taza entre las manos; Álex miraba continuamente el teléfono y Valentina se inclinaba sobre Joel mientras leía los mensajes que aparecían en la pantalla de él.
—¿Sabéis algo más? —pregunté al sentarme.
—Rebeca está con ella —respondió Eric—. La llevaron al hospital hace un rato.
—¿Y Enzo?
—Se marchó detrás de la ambulancia.
Camila ocupó la silla contigua a la mía.
—Anoche deberíamos haberla buscado.
—No sabíamos que se encontraba tan mal —dijo Álex.
—Claro que lo sabíamos. La vimos durante la función.
—También la vimos marcharse por su propio pie —intervino María—. Es adulta y no quería que nadie se acercara. ¿Qué se suponía que teníamos que hacer? ¿Seguirla por toda la isla?
—No lo sé —contestó Camila—. Algo.
Su sentimiento de culpa se parecía demasiado al mío. Luna nos trataba mal, despreciaba nuestro trabajo y convertía cualquier intento de ayudarla en una provocación, pero nada de eso importaba al imaginarla inconsciente y sola en mitad del jardín.
Malena apareció con varias tostadas y dejó el plato en el centro.
—Comed algo.
—No tengo hambre —dijo María.
—Yo tampoco, pero si cuando Rebeca regrese nos obliga a ensayar, no pienso desmayarme por solidaridad.
Valentina alzó la mirada del teléfono.
—Che, ¿podemos no hablar de desmayos?
—Perdón.
Malena cogió una tostada, aunque la dejó en el plato sin probarla.
Permanecimos allí durante casi una hora, esperando noticias.
El comedor se vació poco a poco y comenzaron a llegar comentarios de procedencia incierta.
Una camarera aseguró que Luna recuperó el conocimiento antes de subir a la ambulancia.
Alguien del equipo de mantenimiento dijo que la escuchó discutir por teléfono junto al jardín.
Otra persona afirmaba que no se trataba de una enfermedad, sino de una crisis de ansiedad.
El rumor del embarazo apareció poco después.
Lo trajo Eric, que regresó de hablar con uno de los responsables del hotel. Se sentó a nuestro lado, miró alrededor y bajó la voz.
—Dicen que Luna está embarazada.
Todos reaccionamos a la vez.
—¿Qué? —exclamó Camila.
—¿Quién lo dice? —preguntó María.
—No lo sé. Está corriendo por todo el hotel.
—Eso no significa que sea verdad —señalé.
—Parece que se lo contó a una de las enfermeras cuando despertó.
—¿Y la enfermera se lo contó al hotel entero? —replicó Álex—. Muy profesional.
—Yo solo repito lo que me han dicho.
—Pues no lo repitas —le pidió Valentina—. La pobre estará en el hospital y acá ya le organizamos hasta el bautizo.
Joel apartó el teléfono.
—Explicaría los mareos.
—También podrían explicarlos cien cosas distintas —recordé.
—¿Vosotros sabíais que tenía pareja? —preguntó Malena.
Todos negamos.
—A lo mejor no es de una pareja —respondió Camila.
—A lo mejor ni siquiera está embarazada —insistí.
Tomé aire.
—No sabemos quién es el padre porque no sabemos siquiera si existe un embarazo —añadí—. Dejemos de inventar. Los rumores solo son rumores. Lo digo porque mis padres se están separando y, aunque no se trata de una separación nada fácil, en nuestro entorno escuché de todo al respecto.
—Tiene razón —admitió Joel—. Ya nos enteraremos cuando Luna quiera contarlo.
Rebeca entró en el comedor pocos minutos después. Ocultaba sus ojos tras unas gafas de sol, llevaba el cabello recogido de un modo apresurado y su gesto denotaba preocupación. Enzo caminaba detrás de ella. Su rostro mostraba cansancio, pero no parecía abatido. Al verlos, todos nos levantamos.
—¿Cómo está? —preguntó María.
—Bien —respondió Rebeca—. Está consciente y fuera de peligro.
El alivio recorrió la mesa en forma de suspiros y movimientos.
—¿Qué le ocurrió? —quiso saber Eric.
Rebeca dejó su bolso sobre una silla.
—Sufrió una bajada de tensión y perdió el conocimiento. Por suerte, no se golpeó al caer. Los médicos quieren mantenerla unas horas en observación, pero no corre peligro.
—¿Y lo del embarazo? —preguntó Malena.
María le clavó un codazo.
—¿Qué? Alguien tenía que preguntarlo.
Rebeca miró a Enzo antes de contestar. Él permanecía apartado, con las manos en los bolsillos y una expresión imposible de interpretar.
—Es cierto —confirmó ella—. Luna está embarazada.
Los cuchicheos comenzaron de inmediato.
Rebeca levantó una mano.
—No voy a responder preguntas sobre su vida privada. Luna decidirá qué quiere contaros y cuándo. Lo único que os concierne como compañeros es que está bien y que necesita descansar.
—¿De cuánto tiempo está? —preguntó Camila.
—He dicho que no hablaré de su vida privada.
—¿Podrá seguir bailando? —quise saber.
Rebeca se tomó unos segundos antes de responder.
—No de momento. Los médicos le han recomendado reposo hasta que le realicen más pruebas. Luna sabía que estaba embarazada desde hace algunos días, pero no nos lo comunicó. Continuó ensayando y actuando a pesar de los mareos, el cansancio y otros síntomas que prefirió ocultar.
—Por eso se enfadó tanto cuando intentaste sustituirla —dijo Malena.
—Probablemente.
Pensé en la reacción de Luna cuando Rebeca propuso buscar a alguien para la función. No solo temía perder aquella noche sobre el escenario. Sabía que su estado acabaría apartándola y vio cómo esa posibilidad cobraba forma frente a ella.
—Entonces, ¿qué ocurrirá con el espectáculo? —preguntó Joel.
Rebeca me miró.
Supe la respuesta antes de que hablara.
—Las palabras de Luna ayer por la tarde fueron premonitorias. Zoe tendrá que sustituirla.
Nadie dijo nada durante unos segundos. Sentí que la mesa, las paredes y todas las personas que me rodeaban retrocedían a la vez.
—¿Yo?
—Tú eres quien mejor puede hacerlo.
—Pero no conozco su parte completa.
—Conoces más de lo que crees. Llevas semanas observándola y dominas casi todas las secuencias grupales. Tendremos que trabajar los números en pareja y modificar alguna elevación, pero podemos conseguirlo.
—¿Para cuándo?
Rebeca mantuvo mi mirada.
—La próxima función será dentro de un par días.
—Eso es imposible.
—No —intervino Enzo por primera vez—. No lo es.
Me volví hacia él.
—Tú llevas tiempo bailando esa parte. Yo nunca la he ensayado.
—La aprenderás.
—Son dos días.
—Dos días enteros.
—No es suficiente.
—Tendrá que serlo —dijo Rebeca—. Podríamos cancelar una función, pero no será viable. Necesitamos una solución estable y eres la persona indicada. Por mucho que a Luna le den pronto el alta, en su estado no podrá continuar.
—María lleva más temporadas aquí —sugerí.
—Y posee un estilo diferente. Tú tienes la presencia, la fuerza y la fluidez que requiere el personaje. Además, tu altura funciona mejor para los números con Enzo.
María asintió antes de que pudiera mirarla.
—Rebeca tiene razón. Debes hacerlo tú.
—Todos te ayudaremos —añadió Camila.
—Obvio —aprobó Valentina—. Vas a estar increíble.
—Eso si no muero antes.
—No vas a morir —sentenció Enzo.
—Me tranquiliza mucho que lo decidas tú.
Una sonrisa fugaz apareció en su rostro.
—Empezamos en una hora.