Capítulo 9
No supimos dónde fue.
Nosotros habíamos quedado en un local cercano al hotel, una especie de chiringuito situado junto a la playa y frecuentado por trabajadores de la zona.
Tenía una terraza de madera, farolillos de colores y una pista improvisada sobre la arena. Después de la tensión de la función, nadie parecía muy convencido de salir, pero Eric insistió en que quedarnos en la residencia hablando de Luna no solucionaría nada.
—Además, llevo una camisa nueva —añadió—. Sería una pena desperdiciarla.
—Parece la cortina de una heladería —opinó Malena.
—Eso es porque no entiendes de moda.
—Ni de heladerías, por lo visto.
Terminamos yendo todos excepto Luna y Rebeca, que se quedó en el hotel hablando con el equipo de producción. Nos sentamos alrededor de dos mesas juntas y pedimos unas bebidas y algo de picoteo. Al principio la conversación giró inevitablemente alrededor de la función.
—Estaba rarísima —comentó María—. En un momento me miró como si no supiera dónde estaba.
—Quizás le ha sentado mal algo —sugirió Álex.
—La vida le ha sentado mal —replicó Camila—. Además, de ser así, quizás lo habría admitido.
—Es Luna —recordó Joel—. Podrían atravesarle una pierna con una lanza y diría que solo le pica un poco.
Enzo permanecía en silencio. Se sentó frente a mí, con una cerveza entre las manos, y apenas bebió. Cuando los demás empezaron a discutir sobre si Luna regresó directamente a la residencia, me incliné hacia él.
—¿Tú sabes qué le pasa?
Enzo negó lentamente.
—No.
—Parecía que estabas muy preocupado.
—Bailo con ella. Si algo no va bien, tengo que notarlo.
Su respuesta sonó demasiado profesional. No dije nada y él debió de comprender que no me convencía.
—Conozco a Luna desde hace años —añadió—. Sé cuándo está enfadada, nerviosa o cansada. Esto era diferente.
—¿Te ha ocurrido alguna vez con ella?
—No.
—Puede que esté enferma.
—Puede.
Miró hacia el hotel, visible a lo lejos por las luces que rodeaban los jardines.
—Pero no creo que sea eso.
—¿Entonces qué crees?
—No lo sé, Zoe. Ella no me cuenta nada desde hace tiempo.
Aquella frase despertó mi curiosidad.
—¿Antes sí?
Enzo giró la botella entre sus manos.
—Antes hablábamos más.
—¿Estuvisteis juntos?
La pregunta salió antes de que pudiera detenerla. Él levantó la mirada y yo sentí calor en las mejillas.
—Perdona. No es asunto mío.
—No, no estuvimos juntos.
—Ah.
—¿Te interesa?
—Solo intentaba entenderla.
—No te he preguntado por qué te interesa ella.
Durante un instante no supe dónde mirar. Enzo sonrió apenas, disfrutando de mi incomodidad, pero la conversación terminó cuando Eric apareció entre nosotros y dejó dos vasos sobre la mesa.
—Se acabaron las caras largas. Han puesto música decente.
—¿La salsa es decente? —le preguntó Enzo.
—Exacto.
—Tú no sabes bailar salsa.
Eric extendió los brazos.
—Qué poco conoces mis talentos.
Se dirigió a la pista y agarró a Malena antes de que pudiera escapar. Ella protestó, aunque terminó siguiéndole entre risas. Camila arrastró a Álex y María convenció a un camarero que llevaba toda la noche mirándola. En pocos minutos, la mayor parte del grupo bailaba sobre las tablas de madera.
Valentina seguía sentada junto a Joel.
—¿No vas? —le preguntó él.
—¿Con vos?
—No pensaba invitar al elefante.
—Mi elefante tiene más ritmo.
—Eso habrá que demostrarlo.
Joel le ofreció la mano. Valentina la observó durante un momento y acabó aceptándola.
—No me pises, español.
—Procura seguirme, argentina.
—Mirá que sos valiente.
Salieron a la pista discutiendo y empezaron a bailar. Lo hacían genial, aunque cada uno intentaba imponer su propio estilo. Valentina le corregía la posición de las manos, Joel la hacía girar cuando ella menos lo esperaba y ambos se reían con una naturalidad que no les vi durante los ensayos.
—Esos dos van a acabar mal —comenté.
—O muy bien —replicó Enzo.
La canción terminó y comenzó otra más rápida. Joel atrajo a Valentina hacia él; ella chocó contra su pecho y levantó la cara para decirle algo. No llegó a hacerlo. Se quedaron mirándose durante un segundo y, sin ningún aviso, Valentino lo besó.
Camila fue la primera en gritar.
Todos nos volvimos hacia ellos. Valentina se separó, sorprendida, pero agarró la camisa de Joel antes de que pudiera retroceder y volvió a besarle. Los aplausos estallaron alrededor. Eric silbó, Malena empezó a golpear la mesa y Álex levantó los brazos como si acabáramos de ganar una competición.
Joel y Valentina se separaron entre risas.
—¡Ya era hora! —gritó María.
—¿Ya era hora de qué? —protestó Valentina—. Esto no estaba planeado.
—Claro que no —respondió Camila—. Por eso lleváis una semana mirándoos como si quisierais arrancaros la ropa.
—¡Camila! —exclamé.
—¿Qué? Todos lo hemos visto.
Valentina se tapó la cara con las manos.
—Son insoportables, che.
Joel la rodeó por la cintura.
—¿Quieres que volvamos a sentarnos?
—Ni loca. Ahora bancate las consecuencias.
La música continuó y ellos siguieron bailando mientras los demás celebraban el beso. Yo todavía me reía cuando Enzo dejó la botella sobre la mesa y se levantó.
—Ven.
—¿Adónde?
—A bailar.
—La salsa no es mi fuerte —murmuré.
—Eres bailarina.
—Eso no significa que todo se me dé bien.
—Sabes seguir el ritmo como pocas.
—¿Eso piensas?
—Si no lo pensara, no lo diría.
Enzo extendió la mano.
—Esta vez tendrás que confiar en mí.
Miré sus dedos y luego su rostro. Podía negarme, inventar que estaba cansada o señalar que acabábamos de bailar durante casi dos horas. En lugar de eso, puse mi mano sobre la suya.
—Si no sale perfecto, será culpa tuya.
—¿Quieres dejar el jodido perfeccionismo a un lado?
Me condujo hasta la pista y apoyó una mano en mi cintura.
Coloqué la mía sobre su hombro, demasiado consciente de la proximidad de su cuerpo.
Ese era el verdadero problema. La salsa, en realidad, sin constituir mi pasión, no se me daba mal.
Pero la tremenda cercanía de su cuerpo me resultaba más complicada de gestionar.
No llevábamos vestuario ni luces, no existía una coreografía y Luna no esperaba en ninguna plataforma para ocupar su lugar junto a él. Solo éramos Enzo y yo en mitad de una pista rodeada de amigos, con la música extendiéndose sobre la playa.
—Relájate —me pidió.
—Estoy relajada.
—Tus labios no dicen lo mismo.
—¿Qué les pasa a mis labios?
—Que me gusta más cómo actúan cuando te sientes segura.
Me eché a reír y perdí el paso.
—¿Ves? Por tu culpa.
Enzo sujetó mi mano y me hizo girar. Regresé hacia él con más impulso del necesario y mi espalda terminó pegada a su pecho. Su brazo me rodeó la cintura antes de que pudiera alejarme.
—Lo haces genial —murmuró junto a mi oído.
Volvió a hacerme girar y esta vez seguí el movimiento con suma facilidad.
Dejé de pensar en los pasos, igual que ocurrió durante los ensayos de las primeras semanas.
Enzo marcaba el ritmo con el cuerpo y yo aprendí a reconocer cada indicación antes de que la ejecutara. Cuando quería que girase, sus dedos ejercían una leve presión. Si pretendía acercarme, su mano se deslizaba hacia el centro de mi espalda. No necesitábamos hablar.
A nuestro alrededor, Camila bailaba con Álex, Eric realizaba movimientos imposibles junto a Malena y Valentina seguía besando a Joel cada vez que alguno encontraba una excusa. Todos reían, gritaban y chocaban entre sí.
No existían protagonistas ni bailarines de relleno. Tampoco estaba la tensión que Luna conseguía crear a su alrededor.
Enzo me apartó y volvió a atraerme. Mi mano aterrizó sobre su pecho. Sentí el calor de su piel bajo la camisa y levanté los ojos.
Él ya me miraba.
La diversión desapareció de su rostro, sustituida por una atención que me dejó inmóvil. Continuamos moviéndonos, aunque de una forma más lenta, como si la música también cambiara al alcanzar el pequeño espacio que quedaba entre nosotros.
—Por fin te noto confiada.
Sus dedos se cerraron un poco más sobre mi cintura.
—Eso puede ser peligroso —añadió.
—¿Para quién?
No respondió.
Camila apareció a nuestro lado en ese preciso momento y se interpuso entre los dos.
—Cambio de pareja.
—Camila —protesté.
—No seas egoísta. Todas merecemos disfrutar de una experiencia internacional.
Me arrebató a Enzo y me empujó hacia Álex, que me recibió muerto de risa. Enzo negó con la cabeza, pero permitió que Camila le arrastrara al centro de la pista.
Seguimos bailando hasta bien entrada la madrugada.
La preocupación por Luna no desapareció, aunque terminó relegada a un rincón mientras celebrábamos el éxito de la función, el beso de Valentina y Joel y el talento un tanto abstracto de Eric para la salsa.
Cuando regresamos a la residencia, me dolían los pies y la cara de tanto reír.
Luna no estaba en su habitación.
Lo supimos porque María, que dormía en la puerta contigua, llamó varias veces sin obtener respuesta. Enzo se quedó mirando el pasillo durante unos segundos, pero nadie sabía dónde buscarla y su teléfono estaba apagado.
Al final cada uno regresó a su cuarto.
Camila se tumbó en la cama sin quitarse los zapatos y empezó a hablar del beso de Valentina y Joel. Yo apenas la escuchaba. Todavía sentía la mano de Enzo en mi cintura, su voz junto a mi oído y la sensualidad de su cadera contra la mía.
Aquella noche me dormí pensando en nuestro baile.
Solo a la mañana siguiente comprendimos que deberíamos haber seguido pensando en Luna.