Capítulo 8
Unos días después del estreno, Marea de luz ya se había convertido en uno de los acontecimientos del verano.
Las funciones agotaban las entradas, algunos huéspedes nos reconocían al cruzar los jardines y Camila empezó a saludar con la mano cada vez que alguien la miraba durante más de tres segundos.
—Puede que solo esté intentando recordar de qué te conoce —le dije una tarde.
—Pues le facilito el trabajo.
—También puede que esté mirando a la persona que tienes detrás.
Camila se volvió. No había nadie.
—Eso demuestra que me miraba a mí.
Yo no pensaba confesarlo, pero también empezaba a disfrutar de aquella pequeña notoriedad.
Dos niñas me pidieron una fotografía junto a la piscina y una mujer me detuvo para decirme que le emocionó el final del espectáculo.
Nada de aquello se parecía a la fama, por supuesto, pero conseguía que las semanas de esfuerzo adquirieran un sentido distinto.
Ya no bailábamos únicamente para Rebeca, para los técnicos ni para nosotros mismos. El público conocía la historia, esperaba determinados momentos y reaccionaba antes incluso de que ocurrieran.
Aquella noche teníamos la tercera función desde el estreno. Llegamos a los camerinos con tiempo suficiente para vestirnos y maquillarnos sin prisas.
El ambiente resultaba mucho más relajado que durante la primera noche.
Malena ya no necesitaba ir al baño catorce veces, Camila solo preguntó dos veces si su vestuario estaba bien cerrado y el elefante de Valentina ocupaba su lugar frente al espejo, orientado hacia la puerta con la rigurosidad de un guardia de seguridad.
—Hoy está serio —comentó Joel al pasar junto a él.
Valentina le apartó la mano antes de que pudiera tocarlo.
—Ni se te ocurra.
—Solo iba a saludar.
—Saludalo desde lejos.
—¿Siempre eres tan protectora?
—Con quienes lo merecen, sí.
La forma en que se miraron me llamó la atención, aunque no tuve tiempo de analizarla. María apareció con una caja de horquillas, Eric buscaba una camiseta que llevaba puesta y Rebeca recorría el pasillo con el auricular colocado, preguntando por Luna.
—No está aquí —le respondió Malena desde el camerino.
—Ya debería haber llegado.
—Quizás está con los de comunicación —sugirió María.
Rebeca miró el reloj.
—Hoy no tenía ninguna entrevista.
Luna entró menos de un minuto después. No llevaba gafas de sol ni apareció acompañada por nadie. Cruzó la puerta con una bolsa colgada del hombro y pasó junto a nosotras sin saludar.
A primera vista parecía la misma de siempre, pero cuando se sentó frente al espejo distinguí algo extraño en su rostro. Tenía la piel muy pálida y unas sombras oscuras bajo los ojos que ni siquiera el maquillaje consiguió disimular.
—Tienes mala cara —le dijo Malena con su sinceridad habitual.
Luna dejó la bolsa en el suelo.
—Gracias.
—No lo decía para molestarte. ¿Te encuentras bien?
—Perfectamente.
Una de las maquilladoras se aproximó y también se quedó mirándola.
—Estás muy pálida. ¿Has comido?
—Sí.
—¿Seguro?
—Sé si he comido o no.
Su respuesta fue lo bastante cortante para terminar con las preguntas.
La maquilladora se sentó frente a ella y empezó a aplicarle una base algo más oscura para devolver color a su rostro. Luna cerró los ojos. Apoyó las manos sobre las piernas, pero sus dedos no permanecían quietos. Los abría y cerraba con un movimiento nervioso, casi imperceptible.
Camila se acercó a mí mientras fingía buscar algo en su neceser.
—Tiene una pinta horrible —murmuró.
—No digas eso.
—No me refiero a que esté fea. Parece enferma.
—Puede que no haya dormido.
—O que esté incubando algo. Solo falta que nos lo pegue a los demás.
Miré hacia Luna. La maquilladora le pidió que levantara la barbilla y ella tardó unos segundos en reaccionar.
—Luna —la llamó de nuevo.
—¿Qué?
—Que levantes un poco la cara, mujer, que no puedo hacer bien mi trabajo.
Obedeció con gesto molesto. Rebeca apareció en la puerta y se acercó directamente a ella.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—Llegas tarde, tienes mala cara y pareces agotada.
—He dicho que estoy bien.
—No te he preguntado si estás bien. Te he preguntado qué te pasa.
Luna abrió los ojos y sostuvo la mirada de Rebeca a través del espejo.
—No he dormido mucho. Eso es todo.
—¿Por qué?
—No sabía que tuviera que presentar un informe sobre mis horas de sueño.
Rebeca apretó los labios.
—Necesito saber si puedes bailar.
—Claro que puedo bailar.
—Levántate.
La maquilladora se apartó y Luna se puso en pie con brusquedad. Durante un instante perdió el equilibrio. Su mano buscó el borde de la mesa, aunque retiró los dedos enseguida.
—¿Lo ves? —insistió Rebeca.
—Me he levantado demasiado rápido.
—Estás mareada.
—No estoy mareada.
Enzo acababa de entrar en el camerino y escuchó la última frase. Todavía vestía ropa de calle y llevaba el cabello húmedo, como si acabara de salir de la ducha.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
—Nada —repitió Luna.
Él se acercó, le observó la cara y frunció el ceño.
—No pareces bien.
—¿Podéis dejarme todos en paz?
El camerino quedó en silencio.
Luna recogió su bolsa y se levantó.
—Puedo hacer la función. No necesito una revisión médica ni que diez personas me pregunten lo mismo. Solo estoy cansada.
—Si existe alguna posibilidad de que te encuentres mal sobre el escenario, tenemos que saberlo —le advirtió Rebeca.
—No existe.
—Podemos buscar una sustituta para esta noche.
Luna soltó una risa sin humor.
—¿A quién? ¿A Zoe?
Todas las miradas se dirigieron hacia mí.
—Yo no he dicho nada —repliqué.
—No hace falta. Seguro que estarías encantada.
—No conozco tu parte completa.
—Pero te mueres por aprenderla.
Sentí la respuesta en la punta de la lengua, aunque Rebeca se adelantó.
—Zoe no tiene nada que ver con esto. Estamos hablando de tu estado.
—Mi estado es perfecto.
Luna se volvió hacia la maquilladora y le indicó que continuara. Rebeca permaneció unos segundos detrás de ella, debatiéndose entre insistir o evitar una discusión a pocos minutos de la función. Al final se inclinó para hablarle en voz baja.
—En cuanto notes algo extraño, sales del escenario. No voy a consentir que pongas en peligro a nadie.
—No ocurrirá.
Enzo siguió mirándola, pero Luna ignoró su presencia. Él terminó alejándose y me pareció ver preocupación en su rostro. No la irritación habitual que le provocaban los desplantes de ella, sino algo más cercano al desconcierto.
Cuando faltaban cinco minutos para salir, formamos el círculo en el pasillo. Luna evitó darnos las manos. Se quedó apartada, con la espalda apoyada contra la pared y los ojos cerrados.
—¿Seguro que puedes hacerlo? —le preguntó María.
—Como alguien vuelva a preguntármelo, juro que me marcho.
Valentina comprobó que su elefante continuara en su sitio antes de unirse a nosotros.
—La verdad, che, no sé qué les pasa hoy, pero tienen una energía espantosa. ¿Podemos salir, bailar y discutir después como gente civilizada?
—Eso es lo más sensato que se ha dicho en toda la tarde —aprobó Eric.
Rebeca nos miró a todos y posó sus ojos sobre Luna durante más tiempo que sobre los demás.
—Cuidaos unos a otros —nos pidió—. Pase lo que pase.
Las luces del anfiteatro se apagaron y ocupamos nuestras posiciones. En cuanto comenzó la música, traté de concentrarme en la función, pero me resultó imposible no buscar a Luna.
Durante la primera parte cumplió con todos sus movimientos, aunque le faltaba algo. No era un error concreto ni una falta de técnica. Continuaba siendo magnífica, pero su cuerpo parecía llegar a los lugares un instante después que su mente.
Enzo también lo notó.
Cada vez que se acercaba a ella, la sujetaba durante más tiempo del necesario. En una de las primeras escenas, Luna giró y él apoyó una mano en su espalda antes de que perdiera el equilibrio. El público debió de interpretarlo como parte de la coreografía. Nosotros sabíamos que no lo era.
La función siguió adelante. Luna recuperó seguridad durante el atardecer y pensé que quizás el movimiento le sentaba bien, que los nervios y el cansancio desaparecían en cuanto se entregaba a la música.
Sin embargo, al final de uno de sus números con Enzo, se quedó inmóvil cuando debía separarse de él.
Solo fueron un par de segundos, pero vi el desconcierto en sus ojos.
Enzo le dijo algo que no pude escuchar.
Luna parpadeó y continuó.
En la parte nocturna volvió a mostrarse aturdida. No tropezó ni falló de una manera que el público pudiera apreciar, pero ya no miraba a Enzo como exigía la historia.
En algunos momentos parecía contemplar un punto situado más allá de él. Durante una elevación, se agarró a sus hombros con tanta fuerza que, al descender, dejó marcas blancas sobre la piel del italiano.
Rebeca seguía la función desde un lateral con el rostro tenso. Dos veces hizo ademán de llamar a Luna, aunque desistió cuando ella negó con la cabeza.
Terminamos entre aplausos. Luna avanzó para saludar junto a Enzo, como siempre, y recuperó la sonrisa en cuanto las luces iluminaron al público.
Lanzó varios besos, extendió los brazos y recibió la ovación como si los últimos minutos no hubieran ocurrido. Quien la viera desde las gradas jamás habría imaginado que estuvo a punto de perder el equilibrio antes de comenzar.
En cuanto atravesamos el telón lateral, su sonrisa desapareció.
—Luna —la llamó Enzo.
Ella siguió caminando.
—Luna, espera.
—Estoy cansada.
—Lo he visto.
—Enhorabuena.
—Casi te caes dos veces.
—No me he caído ninguna.
—Porque estaba sujetándote.
Luna se detuvo y se volvió hacia él.
—¿Quieres que te lo agradezca?
—Quiero que me digas qué te pasa.
—No me pasa nada.
—No te creo.
—Eso es problema tuyo.
Se marchó hacia los camerinos y cerró la puerta. Rebeca llegó pocos segundos después, todavía con el auricular puesto.
—¿Qué ha dicho?
—Nada —respondió Enzo.
—No puede volver a subir así.
—Lo sé.
Aquella vez nadie hizo bromas. Entramos en los camerinos, nos cambiamos y recogimos nuestras cosas. Luna se duchó deprisa y salió antes que los demás. Cuando María le preguntó si se uniría a nosotros para tomar algo, ni siquiera contestó.