Capítulo 7
Regresamos a los camerinos entre abrazos y gritos. La tensión acumulada estalló de repente. Eric levantó a Malena del suelo, Joel golpeó las taquillas como si fueran tambores y Álex apareció con la pieza de su pantalón en la mano.
—He bailado media función sin esto.
—¿Qué es? —le preguntó Camila.
—No lo sé, pero parecía importante.
Valentina recuperó su elefante y le besó la cabeza.
—Sabía que no me ibas a fallar.
—El mérito ha sido nuestro —protestó María.
—No subestimes al elefante.
Rebeca entró y apenas pudo hablar porque todos nos abalanzamos sobre ella. La abrazamos, gritamos y terminamos saltando en un círculo desordenado mientras alguien golpeaba la puerta para pedirnos que bajáramos el volumen.
Enzo llegó después. Ya se había puesto una camiseta negra, pero aún conservaba parte del maquillaje. Eric le lanzó una toalla y él la atrapó antes de que le golpeara en la cara.
—¡Por el hombre que ha provocado un desmayo colectivo al quitarse la camiseta! —gritó Camila.
—¿Quién se ha desmayado? —preguntó Enzo.
—Yo, internamente.
Todos nos echamos a reír. Incluso él.
Después se acercó a mí.
—Te dije que sabrías qué hacer.
—Casi me retiro esta mañana.
—Habrías vuelto para la segunda parte.
—¿Tan segura tienes mi vocación?
—No. Tu curiosidad.
—¿Mi curiosidad?
Enzo bajó un poco la voz.
—No soportarías quedarte sin saber qué se siente aquí arriba.
No supe qué responder. Tenía razón. Desde el primer día quise descubrir cómo sería aquel escenario lleno de luces, música y espectadores. Ahora que lo sabía, ya no estaba segura de poder renunciar a aquella sensación.
—Has estado muy bien, Zoe —añadió.
—Gracias.
—Muy bien de verdad.
Sus palabras me calentaron más que el esfuerzo de la función. Antes de que pudiera contestar, Luna entró en el camerino acompañada por dos responsables del hotel. Uno de ellos llevaba una botella de champán y el otro, varias copas.
—Una función magnífica —nos felicitó el primero—. Los clientes están encantados. Ha superado todas las expectativas.
Celebramos la noticia con nuevos aplausos. El champán circuló entre nosotros y Rebeca alzó su copa.
—Por Marea de luz y por este equipo.
—Y por sus protagonistas —añadió Luna, levantando la suya hacia Enzo.
El gesto creó un silencio breve. Rebeca no perdió la sonrisa.
—Por todo el equipo —repitió.
Bebimos. Luna apuró su copa y se volvió hacia los responsables del hotel.
—Sabíamos que funcionaría. Enzo y yo llevamos años bailando juntos y conocemos perfectamente lo que busca el público. Solo necesitábamos una producción a nuestra altura.
Enzo frunció el ceño.
—La producción funciona porque todos…
—Por supuesto —le interrumpió Luna—. El cuerpo de baile ha hecho un trabajo estupendo. Rebeca consiguió rodearnos de gente que acompaña muy bien la historia.
Miré a Camila. Ella bajó la copa y la dejó sobre una mesa con excesivo cuidado.
—¿Que acompaña? —repitió Malena.
—Sí. Las formaciones han quedado bonitas —respondió Luna, como si acabara de concedernos un privilegio—. Al final, en una producción así, la pareja protagonista sostiene todo el peso narrativo, pero el conjunto ayuda a crear ambiente.
—Ambiente —murmuró Joel.
—Como las luces —añadió Eric.
—O el humo —dijo Camila.
Luna fingió no escucharlos.
—La respuesta del público durante nuestros números lo ha dejado claro —continuó—. Enzo y yo tenemos una conexión que no puede ensayarse. O existe o no existe.
—No existe ninguna pareja sin los demás —replicó Enzo—. Ni ninguna historia.
Ella se volvió hacia él.
—Sabes a qué me refiero.
—Sí. Y no estoy de acuerdo.
La sonrisa de Luna vaciló. Los dos responsables del hotel intercambiaron una mirada incómoda y se excusaron poco después, prometiendo que nos esperaban en la celebración organizada en una de las terrazas del personal.
Cuando salieron, Rebeca dejó su copa.
—Voy a decirlo una vez —advirtió—. Aquí no hay relleno. Cada persona que ha subido esta noche al escenario forma parte de Marea de luz . Si quitamos una sola pieza, el espectáculo cambia. Si alguien no comprende eso, tendrá que aprenderlo antes de la próxima función.
Luna cruzó los brazos.
—No he despreciado a nadie.
—Nos has comparado con las luces y el humo —señaló Camila.
—Eso lo habéis dicho vosotros.
—Tú has dicho que creamos ambiente —recordó Valentina—. Mirá, Luna, yo me vine desde Argentina para bailar, no para hacer de planta decorativa atrás tuyo.
—No he dicho que seas una planta.
—Bueno, menos mal. Me quedo mucho más tranquila.
—Estáis sacando mis palabras de contexto.
—Tus palabras caben perfectamente en su contexto —intervino Rebeca—. Y la conversación termina aquí. Esta noche hemos estrenado una producción magnífica. No pienso permitir que la celebración se convierta en otro conflicto.
Luna cogió su bolsa.
—Perfecto. Celebradlo.
—Eso haremos —respondió Camila.
La puerta se cerró tras ella con un golpe.
Durante unos segundos nadie habló. Enzo se pasó una mano por el pelo y murmuró algo en italiano que no comprendí.
—¿Vas a ir detrás de ella? —le preguntó María.
—No.
Contestó sin dudar.
Rebeca recuperó su copa y la levantó una vez más.
—Por los bailarines, las plantas decorativas, las luces y el humo.
Todos estallamos en carcajadas.
—¡Y por el elefante! —añadió Valentina.
—Especialmente por el elefante —concedió Rebeca.
Brindamos de nuevo. Después recorrimos los pasillos todavía vestidos con parte del vestuario y salimos hacia la terraza en la que nos esperaba la fiesta.
La música empezó antes de que llegáramos y varios trabajadores del hotel nos recibieron con aplausos.
Camila me cogió de la mano y echó a correr. La seguí riendo, con el maquillaje intacto, la trenza medio deshecha y la sensación de que aún permanecía sobre el escenario.
Aquella noche todo salió bien.
Bailamos como si nuestros cuerpos no conocieran el cansancio. El público vibró con nosotros y Marea de luz cobró vida por primera vez bajo las luces.
Luna podía atribuirse el protagonismo, apoderarse de los saludos y hablar del resto como si fuéramos un decorado necesario para que ella brillara. Nada de eso cambiaría lo que sentimos al unirnos sobre el escenario.
Sin cada uno de nosotros, la marea no existía.
Y Enzo lo sabía.
Lo descubrí unos minutos después, cuando me volví en mitad de la terraza y le encontré observándome desde el otro extremo. Tenía una copa en la mano y varias personas hablaban a su alrededor, pero no parecía escuchar a ninguna.
Me sostuvo la mirada y volvió a hacer aquel gesto breve con la barbilla.
Bien.
Sonreí antes de regresar junto a mis compañeros.
Por primera vez desde que llegué a la isla, no vi a Enzo como una figura inalcanzable ni como la pareja perfecta de Luna sobre el escenario. Aquella noche formó parte de nuestra marea, igual que todos nosotros.
Aunque algo en la manera en que me miraba empezaba a decirme que, si nos descuidábamos, muy pronto podía arrastrarnos a los dos.