Capítulo 6
Las luces del anfiteatro se apagaron.
El público guardó silencio y el sonido del mar llenó el espacio. No era una grabación cualquiera. Los técnicos mezclaron el oleaje real que llegaba desde la costa con una composición de notas largas, profundas, casi imperceptibles. El escenario quedó sumido en una oscuridad azulada.
Entramos.
Durante los primeros segundos no vi al público. Solo distinguí las marcas de luz sobre el suelo, las siluetas de mis compañeros y la gasa que se movía alrededor de mis piernas. Me arrodillé en mi posición y esperé el primer golpe de música con la cabeza inclinada.
Entonces comenzó la coreografía.
Mi cuerpo supo qué hacer.
Los nervios no desaparecieron; se transformaron. Toda la tensión que acumulé durante el día se convirtió en fuerza y atención.
Me levanté siguiendo el movimiento de Valentina, extendí los brazos y avancé con la primera formación. Las telas azules flotaban entre nosotros y los paneles del fondo proyectaban imágenes de agua que parecían trepar por las estructuras metálicas.
Enzo apareció desde la parte más alta del escenario. Descendió por una de las pasarelas y se quedó quieto en el centro, como un extraño que acabara de llegar a un lugar desconocido. Nosotros giramos a su alrededor sin mirarle, convertidos en una marea que avanzaba y retrocedía. Después surgió Luna.
Una luz blanca la acompañó desde el lateral.
Cruzó el escenario con movimientos lentos, casi irreales, y Enzo la descubrió entre todos los demás.
El primer encuentro de sus personajes se produjo sin que llegaran a tocarse. Luna giró alrededor de él, Enzo trató de seguirla y ella desapareció entre nuestros cuerpos.
El público reaccionó con un murmullo de admiración.
La primera parte terminó con una elevación grupal.
Álex y Joel levantaron a Luna mientras los demás nos inclinábamos hacia ellos, formando una ola. Enzo permanecía al otro lado del escenario, extendiendo una mano que nunca alcanzaba la de ella.
Llegó el atardecer.
La percusión irrumpió con fuerza y las luces cambiaron al naranja. Nos desprendimos de las capas de gasa durante una transición y las lanzamos al aire.
Varios ventiladores ocultos las elevaron sobre nuestras cabezas antes de arrastrarlas hacia los laterales. El efecto era espectacular y el público respondió con el primer gran aplauso de la noche.
Entré en la secuencia que más problemas me causó durante los ensayos. Crucé entre María y Eric, giré dos veces y caí sobre una rodilla. Por un instante recordé el golpe con Luna y temí que el tobillo fallara, pero apoyé el pie y me levanté con toda la fuerza que tenía.
Al incorporarme, vi a Enzo.
Esperaba su entrada en el centro y me observaba. Realizó aquel leve gesto con la barbilla que ya conocía.
Bien.
No necesitaba decirlo.
La música me arrastró hacia la siguiente formación.
Bailamos la parte urbana entre fogonazos rojos y dorados. Álex ejecutó una serie de acrobacias que provocó varios gritos entre el público.
Valentina y Joel protagonizaron un breve enfrentamiento coreográfico, lleno de pasos rápidos y movimientos sensuales.
Camila realizó su elevación sin caer ni ser soltada y, al regresar al suelo, su sonrisa no formaba parte de la interpretación.
Todo salió a pedir de boca.
Incluso los pequeños imprevistos parecieron integrarse en el espectáculo. Eric perdió una pulsera durante un giro y María la apartó de una patada sin romper la formación.
Uno de los cierres del pantalón de Álex se soltó, pero consiguió retirar la pieza durante una transición y la arrojó fuera del escenario como si estuviera previsto.
En una entrada grupal, Joel llegó medio segundo tarde; Valentina retrasó su movimiento y ambos recuperaron el ritmo antes de que el público pudiera notarlo.
La noche cayó sobre Marea de luz .
El escenario se oscureció y una línea violeta atravesó los paneles del fondo. Comenzó un pulso electrónico, lento al principio, que creció hasta hacer vibrar el suelo bajo nuestros pies. Los detalles fluorescentes de los trajes se encendieron y nuestros cuerpos parecieron dibujarse en la oscuridad.
Aquel era mi momento favorito.
Ya no representábamos el agua, el viento ni la luz. Éramos la multitud que despertaba cuando la isla se entregaba a la noche.
Los movimientos se volvieron más bruscos y libres.
El hiphop se mezclaba con jazz moderno, acrobacias y secuencias contemporáneas. Bailábamos en diferentes alturas, subíamos a las plataformas y descendíamos por las escaleras mientras las luces cambiaban al ritmo de la música.
Enzo apareció con el torso descubierto y el anfiteatro entero pareció darse cuenta a la vez. Camila estaba detrás de mí, pero pude imaginar su expresión al escuchar los gritos.
Luna entró unos segundos después con el mono negro y plateado. Se encontraron en el centro y comenzó el número principal.
Nunca los vi bailar así.
Todas las discusiones, los ensayos y las correcciones desaparecieron.
Sobre el escenario no existía el mal humor de Luna ni la distancia de Enzo. Solo estaban los dos personajes atrapados en una noche que ninguno quería abandonar.
Él la perseguía; ella escapaba y regresaba.
Luna se lanzó hacia sus brazos y Enzo la levantó hasta colocarla sobre su hombro. Giraron bajo una lluvia de luces violetas. Después ella descendió por su espalda, pasó entre sus piernas y se incorporó frente a él.
El público contuvo el aliento cuando quedaron a pocos centímetros.
No se besaban. Nunca lo hacían. Sin embargo, la coreografía estaba construida para que todos esperasen que ocurriera.
Luna apoyó una mano sobre el pecho de Enzo y él la sujetó por la muñeca. Durante un instante sus rostros casi se rozaron. Después la música estalló y los demás invadimos el escenario.
La marea los separó.
Entré junto a Valentina y Malena, crucé por delante de ellos y ocupé mi posición. Enzo debía seguir buscando a Luna entre los bailarines, pero al pasar junto a mí nuestros ojos se encontraron. Solo duró un segundo. Aun así, sentí que algo cambiaba en su manera de moverse.
Me sujetó de la mano durante una transición prevista y me hizo girar.
Lo ensayamos decenas de veces, aunque nunca prolongó el contacto de aquel modo. Mi cuerpo dio una vuelta completa y terminó mucho más cerca del suyo de lo que marcaba la coreografía.
Enzo apoyó una mano en mi cintura, me sostuvo un instante y me impulsó hacia Álex para continuar la secuencia.
Seguí bailando sin saber si lo imaginé.
Cuando miré a Luna, comprendí que ella también lo había visto.
Su personaje debía buscar a Enzo desde la plataforma superior, pero sus ojos estaban clavados en mí.
Por primera vez aquella noche, perdió la expresión que exigía la coreografía. La recuperó enseguida y se lanzó desde la estructura. Enzo la recibió en sus brazos, aunque el aterrizaje fue más violento de lo habitual.
La última parte avanzó sin errores. Las luces violetas se transformaron poco a poco en un resplandor blanco.
La música electrónica perdió intensidad y regresó el sonido del mar.
El amanecer alcanzó a los personajes de Enzo y Luna en extremos opuestos del escenario.
Ella intentó acercarse, pero nosotros nos interpusimos entre ambos.
Enzo extendió la mano. Luna hizo lo mismo. Las luces se apagaron antes de que pudieran tocarse. Durante un segundo solo existió oscuridad. Después el anfiteatro estalló.
Los aplausos nos alcanzaron antes de que recuperáramos el aliento. Se escucharon silbidos, gritos y el golpeteo de muchas manos contra las mesas de las terrazas. Las luces volvieron a encenderse y nos encontraron inmóviles en nuestras posiciones finales.
Rebeca nos indicó desde un lateral que avanzáramos.
Formamos una línea y nos acercamos al borde del escenario. Yo tenía el pecho agitado, el cuerpo perlado de sudor y una sonrisa que no conseguía contener. Busqué la mano de Camila y ella entrelazó sus dedos con los míos.
Saludamos.
El público se puso en pie.
No sé qué esperaba sentir aquella noche. Imaginé los nervios, el agotamiento y el alivio de terminar sin cometer errores importantes, pero no aquella oleada que pareció golpearnos a todos a la vez.
Más de mil personas aplaudían algo que nosotros habíamos creado con nuestros cuerpos. Cada ensayo, cada músculo dolorido y cada repetición adquirieron sentido en ese instante.
Valentina lloraba a mi derecha.
—No estoy llorando —afirmó sin que nadie le preguntara—. Me entró purpurina en el ojo.
—Llevas purpurina en los dos —señaló Joel.
—Entonces me entró en los dos, che. No seas pesado.
Saludamos de nuevo. Enzo y Luna avanzaron para recibir un aplauso especial. Él agarró la mano de ella y ambos inclinaron el cuerpo. Cuando retrocedieron para incorporarse a la línea, Luna se quedó medio paso por delante de los demás.
Rebeca subió al escenario y el público volvió a aplaudir. Nosotros la rodeamos, aunque Luna se colocó enseguida a su lado. Levantó los brazos, lanzó varios besos hacia las gradas y señaló a Enzo para reclamar otra ovación. Después volvió a saludar sin mirar al resto.
La función había pertenecido a todos.
El momento de los aplausos, según Luna, le pertenecía a ella.