Capítulo 5
A las cinco llegamos a los camerinos.
Los pasillos situados bajo el escenario se habían transformado por completo.
Había percheros cargados de vestuario, mesas cubiertas de maquillaje, cajas con accesorios y varios miembros del equipo técnico que entraban y salían hablando a través de auriculares.
Las estilistas ocuparon un camerino amplio con espejos iluminados, mientras los chicos se instalaban en otro situado al final del corredor.
Rebeca nos reunió antes de que empezáramos a vestirnos. Llevaba el cabello recogido y una carpeta tan apretada contra el pecho que comprendí que estaba mucho más nerviosa de lo que pretendía aparentar.
—No voy a daros un discurso —anunció.
—Gracias —murmuró Joel.
—Pero sí voy a recordaros varias cosas.
—Eso suena peligrosamente parecido a un discurso —señaló Eric.
Rebeca le lanzó una mirada que terminó con los comentarios.
—Conocéis el espectáculo. Conocéis el escenario y conocéis a las personas que bailan a vuestro lado.
Si algo falla, no os detengáis. Si alguien se equivoca, los demás lo cubrís.
El público no sabe cómo debería ser la coreografía, así que no le expliquéis un error con vuestra cara.
Y, sobre todo, disfrutadlo. Lleváis semanas preparando esta noche y no volverá a existir otro primer estreno.
Nos miró uno por uno.
—Estoy orgullosa de vosotros. Nos vemos al otro lado.
Aplaudimos cuando salió y durante unos segundos permanecimos en silencio. Fue Malena quien rompió la solemnidad.
—Vale, ahora necesito hacer pis por decimocuarta vez.
La preparación se convirtió en un caos perfectamente organizado. Las estilistas nos dividieron entre los puestos de maquillaje y peluquería, aunque nadie permanecía sentado más de diez minutos. Teníamos tres cambios de vestuario y cada uno incluía piezas, complementos y maquillaje diferentes.
Para la primera parte, la del agua, las chicas llevábamos conjuntos azul grisáceo formados por pantalones muy ligeros y cuerpos asimétricos que dejaban un hombro al descubierto.
Varias capas de gasa nacían de la cintura y se movían como espuma cuando girábamos.
Los chicos vestían pantalones en tonos oscuros y camisetas sin mangas, degradadas desde el azul profundo hasta un gris plateado.
En la parte del atardecer incorporábamos piezas anaranjadas y rojizas. Las telas se retiraban mediante unos cierres ocultos y dejaban al descubierto un vestuario más ajustado, decorado con líneas doradas que reflejaban las luces.
Para la marea nocturna, los colores se transformaban por completo: negro, violeta y fucsia, con detalles fluorescentes que se iluminaban bajo los focos ultravioletas.
El vestuario de Luna era distinto al nuestro.
En el inicio llevaba un vestido corto de gasa azul pálido que se abría en los laterales y parecía flotar alrededor de su cuerpo.
Durante el atardecer aparecía con un conjunto rojo intenso y, en la última parte, vestía un mono negro cubierto de líneas plateadas que dibujaban cada movimiento.
Enzo también tenía un vestuario propio. Comenzaba con el torso cubierto por una camiseta ligera que se desprendía durante uno de los números y terminaba la función con unos pantalones negros y una pieza abierta sobre el pecho.
Camila observó los trajes dispuestos en su perchero y aseguró que la diseñadora conocía perfectamente las prioridades del público.
—Aquí pone “parte superior de Enzo” —leyó—. Yo no veo ninguna parte superior.
—Es esa tela de ahí —le expliqué.
—Eso no cubre ni una tostada.
—Deja de examinar su vestuario.
—Estoy interesándome por el trabajo de nuestros compañeros.
Mientras una maquilladora aplicaba sombras azules alrededor de mis ojos, descubrimos las manías que cada cual ocultó durante los ensayos.
Malena necesitaba calzarse siempre primero el pie derecho. Si se equivocaba, se quitaba las dos zapatillas y empezaba de nuevo.
María guardaba una cinta roja en el bolsillo interior de todos sus trajes porque se la regaló su abuela antes de su primera función.
Joel desaparecía diez minutos antes de salir y buscaba algún lugar en el que pudiera quedarse completamente solo.
Eric cantaba canciones infantiles para calentar la voz, aunque no tenía que pronunciar una palabra durante el espectáculo.
Álex comprobaba tres veces cada cierre del vestuario y hacía cinco flexiones antes de cada entrada.
Camila necesitaba tocar el suelo del escenario con las dos manos y después besarse los dedos. No recordaba cuándo comenzó a hacerlo, pero estaba convencida de que no podía bailar sin completar el ritual.
Valentina llevaba en su bolsa un pequeño elefante de tela.
—Me lo dio mi hermana cuando me vine de Argentina —explicó al colocarlo frente al espejo—. Si no está mirando hacia la puerta, algo sale mal.
—¿Y cómo sabes que mira hacia la puerta? —le pregunté—. Tiene los ojos a los lados.
—No cuestiones el sistema, Zoe. Hasta ahora funcionó bárbaro.
—¿Y si alguien lo mueve?
—Le corto la mano.
—Qué tradición tan entrañable.
Valentina rio y orientó cuidadosamente el elefante.
Mi única manía consistía en atarme y desatarme el pelo varias veces, aunque esa noche ni siquiera pude hacerlo porque la peluquera lo recogió en una trenza complicada. En su lugar, revisé el cierre de mi cuerpo azul hasta que Camila me apartó las manos.
Luna llegó al camerino casi una hora más tarde que las demás. Entró acompañada por dos personas del equipo de comunicación y ni siquiera nos saludó. Una estilista le pidió que se sentara y comenzó a trabajar en su maquillaje mientras ella revisaba unas fotografías en una tableta.
—Esta no —dijo, ampliando una imagen—. Enzo parece distraído.
—Es una foto del ensayo —le explicó el fotógrafo.
—Precisamente. Se supone que estamos bailando juntos.
Me miró a través del espejo cuando pasé detrás de ella.
No hizo ningún comentario sobre el incidente de mi tobillo. Desde que Rebeca intervino, dejó de corregirme de manera directa, pero encontraba pequeñas formas de recordarme que me consideraba inferior.
A veces suspiraba cuando me colocaban en una posición próxima a la suya; otras hablaba de las “bailarinas nuevas” como si fuéramos alumnas invitadas a contemplar el trabajo de los adultos.
Quince minutos antes de la función, escuchamos al público desde los camerinos. Las conversaciones, la música ambiental y el movimiento de más de mil personas se filtraban bajo el escenario como el rumor de un animal enorme.
Sentí un vuelco en el estómago.
—No puedo hacerlo —susurré.
Camila se acercó y me cogió por los hombros.
—Sí puedes.
—No, ahora lo sé. Ha sido muy divertido, pero he decidido retirarme.
—Perfecto. Nos retiramos después.
—Estoy hablando en serio.
—Y yo también. Puedes retirarte dentro de dos horas. Ahora tienes una función.
Valentina apareció detrás de nosotras y empezó a sacudir las piernas.
—Che, no se me vengan abajo justo ahora. Si alguna se olvida de algo, que sonría y siga. Con estas luces y estos vestuarios, el público va a estar demasiado deslumbrado para darse cuenta.
—Tú no pareces nerviosa —le reprochó Camila.
—Estoy a punto de vomitar, boluda. Pero con elegancia.
Nos echamos a reír y aquella risa alivió parte de la tensión. Rebeca apareció en la puerta y anunció que faltaban cinco minutos.
Salimos al corredor. Los chicos ya esperaban allí.
Enzo se encontraba al frente, con los ojos cerrados y las manos apoyadas sobre la nuca.
Esa era su manía: permanecía inmóvil durante el minuto anterior a entrar, aislado de todo, como si necesitara dejar de ser él antes de convertirse en el personaje.
Luna se situó a su lado. Extendió las manos y exigió que formáramos un círculo. Pensé que pronunciaría unas palabras, pero se limitó a mirar a Enzo.
—Como siempre —dijo.
Él abrió los ojos.
—Como todos juntos —la corrigió.
Luna mantuvo la sonrisa, aunque sus dedos se tensaron alrededor de las manos de María y Álex.
—A por ellos —ordenó Rebeca.