Capítulo 4
Las tres semanas que precedieron al estreno desaparecieron entre ensayos interminables, pruebas de vestuario y reuniones técnicas.
Cuando por fin llegó la gran noche, tuve la sensación de haber vivido un verano entero desde aquella tarde en que Camila y yo contemplamos por primera vez a Enzo y Luna sobre el escenario.
El hotel llevaba varios días anunciando Marea de luz . En la entrada instalaron enormes carteles con la imagen de Enzo sosteniendo a Luna sobre un fondo azul eléctrico.
También aparecieron fotografías del resto del elenco, aunque nuestras figuras ocupaban una franja inferior y resultaban tan pequeñas que Camila sostuvo que parecíamos una colección de muñecos incluida con la entrada.
Todas las localidades se agotaron dos días antes de la función.
Además de los huéspedes, acudirían personas alojadas en otros establecimientos y numerosos habitantes de la isla.
El anfiteatro podía albergar a más de mil espectadores y el hotel amplió el aforo con varias filas de asientos junto a las terrazas.
Desde primera hora de la mañana, los técnicos probaron el sonido, ajustaron los paneles móviles y realizaron las últimas comprobaciones de unas estructuras que llevábamos semanas utilizando sin pensar en la cantidad de cosas que podían salir mal.
Rebeca nos pidió que no asistiéramos al montaje.
Quería que descansáramos, comiéramos bien y nos presentáramos en los camerinos a las cinco de la tarde. Ninguno consiguió obedecer las tres indicaciones.
Camila y yo nos despertamos poco después de las siete, a pesar de que por primera vez no teníamos que levantarnos temprano. Ella permaneció tumbada mirando las musarañas mientras yo daba vueltas en la cama.
—¿Estás despierta? —le pregunté.
—No.
—Yo tampoco.
—Perfecto. Guardemos silencio para no despertarnos.
Duramos menos de un minuto.
—¿Y si me caigo en la elevación con Álex? —preguntó.
—No vas a caerte.
—¿Y si él me suelta?
—Álex no te ha soltado ni una vez durante los ensayos.
—Entonces existe una posibilidad estadística cada vez mayor de que lo haga esta noche.
Me giré hacia ella.
—¿Quieres que empecemos a enumerar todas las cosas que podrían salirme mal a mí?
—No, porque me pondría todavía más nerviosa.
—Pues cállate.
Camila se cubrió la cara con la sábana.
—Estoy callada, pero mi ansiedad continúa hablando por dentro.
Bajamos a desayunar y descubrimos que casi todos habían tenido la misma idea.
Malena ocupaba una mesa con María y Eric; los tres parecían tan agotados como si ya hubieran realizado la función.
Joel daba pequeños golpes con los dedos sobre la taza, siguiendo una música que solo él escuchaba, y Álex desayunaba una cantidad loca de huevos.
—¿Vas a bailar o a levantar el escenario? —le preguntó Camila.
—Necesito proteínas.
—Necesitas una granja.
Valentina entró unos minutos después con el pelo mojado y una bolsa de tela colgada del hombro. Era la única que parecía relajada.
—Buen día, criaturas del drama —saludó mientras se sentaba—. ¿Cómo andan?
—Yo no puedo sentir las manos —respondió Malena.
—Eso es ansiedad.
—Pensaba que era falta de circulación.
—También puede ser. Movelas un poco por las dudas —le pidió en su característico argentino.
—¿Tú no estás nerviosa? —quise saber.
Valentina se sirvió café y le añadió una cantidad generosa de leche.
—Claro que estoy nerviosa. Pero si llevamos tres semanas dejándonos la vida para esto, ahora habrá que disfrutarlo, ¿no?
Además, mi mamá me llamó a las seis de la mañana para desearme suerte.
Después llamó mi papá. Después mi hermana.
Y después volvió a llamar mi mamá porque se había olvidado de decirme que no mirara directamente las luces.
—¿Por qué no puedes mirar las luces? —preguntó Eric.
—No tengo la menor idea. Supongo que cree que nunca bailé en un escenario.
—Las madres piensan que olvidamos todo lo aprendido cuando nos alejamos de ellas —le comenté.
Mi madre también me llamó. Lo hizo mientras salíamos del comedor y mantuvimos una conversación breve, condicionada por el hecho de que mi padre acababa de enviar un mensaje para desearme suerte. Ella quiso saber qué decía. Contesté que nada importante y enseguida me preguntó si pensaba responderle.
Colgué con el entusiasmo un poco empañado.
—No permitas que te lo estropeen —me pidió Camila.
—No lo haré.
—Hoy no eres la hija de dos personas incapaces de divorciarse sin organizar una batalla campal. Hoy eres una bailarina espectacular que va a arrasar delante de mil personas.
—Más de mil —la corregí.
—Eso es. Pongámonos todavía más nerviosas.
Pasamos la mañana en una pequeña cala, lejos de la zona reservada a los huéspedes.
No queríamos tomar demasiado sol ni cansarnos, así que extendimos varias toallas bajo unas rocas y nos dedicamos a hablar del espectáculo.
Cada pocos minutos, alguno aseguraba que no quería pensar más en él y, acto seguido, recordaba una transición, una marca o una parte del vestuario que quizás no estuviera bien sujeta.
Enzo apareció cerca del mediodía. Llegó solo, con unas gafas de sol y una bolsa colgada del hombro.
Desde hacía unos días, empezó a compartir más tiempo con nosotros fuera de los ensayos, aunque todavía conservaba esa manera suya de mantenerse presente sin entregarse por completo a las conversaciones.
Escuchaba, sonreía en ocasiones y desaparecía antes que los demás.
Nunca hablaba de su vida, y ninguno se atrevía a preguntarle demasiado.
Se sentó cerca de Eric y sacó una botella de agua.
—¿No estabas corriendo? —le preguntó Joel.
—Hoy no.
—Vaya. El protagonista también conoce el descanso.
—Puedo correr después de la función si eso te tranquiliza.
—No me tranquiliza. Me hace sentir peor conmigo mismo.
Enzo sonrió y se quitó las gafas. Sus ojos recorrieron el grupo hasta llegar a mí.
—¿El tobillo?
—Perfecto.
—¿Nerviosa?
—Muchísimo —murmuré.
—Bien.
Fruncí el ceño.
—¿Bien?
—Los nervios mantienen el cuerpo despierto.
—El mío lleva despierto desde las siete y empieza a plantearse huir.
—No huirá —afirmó—. Cuando empiece la música, sabrás qué hacer.
Lo dijo con tal seguridad que casi conseguí creerlo. Enzo sostuvo mi mirada unos segundos más y después se volvió hacia Álex, que le preguntaba por una elevación. Camila, tumbada boca abajo junto a mí, me clavó un dedo en el costado.
—Ni una palabra —le advertí.
—No he dicho nada.
—Pero tu dedo sí.
Luna no se reunió con nosotros. María contó que la vio cruzar el vestíbulo a primera hora con alguien del equipo de comunicación del hotel. Al parecer, concedería una entrevista antes de la función y participaría en una sesión fotográfica con Enzo.
—¿Él lo sabe? —preguntó Malena.
Enzo se volvió hacia ella.
—¿Saber qué?
—Que tienes una sesión de fotos.
—No tengo ninguna sesión de fotos.
—Pues alguien va a llevarse una decepción —sentenció María.