Peligro, ¡italiano suelto! Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Enzo me ofreció una mano y tiró de mí con suavidad. Apoyé primero la punta del pie y después el resto de la planta. La molestia seguía allí, aunque no parecía una lesión importante.

—Camina —me pidió.

Di varios pasos. El tobillo respondió.

—Solo ha sido el golpe.

—Ponte hielo durante el descanso —me pidió Rebeca antes de volverse hacia Luna—. Y tú mantén tu posición.

—He mantenido mi posición.

—No —replicó Enzo—. Te desplazaste dos pasos.

Luna clavó los ojos en él.

—¿Ahora también vas a corregirme tú?

—Cuando pones en peligro a otra persona, sí.

Algo cambió en su rostro. La rabia desapareció durante un instante y dejó paso a una expresión mucho más vulnerable, casi dolida. Sin embargo, enseguida recuperó la frialdad.

—Ha sido un accidente.

—Entonces procura que no se repita —sentenció Rebeca.

Camila me acompañó hasta una zona cubierta situada detrás del escenario. Álex apareció con una bolsa de hielo y Malena me ofreció una chocolatina, convencida de que el azúcar poseía propiedades curativas universales. Mientras mantenía el hielo sobre el tobillo, los demás regresaron al ensayo.

Desde donde estaba podía ver a Luna. Ejecutó toda la secuencia sin equivocarse, pero su atención no permaneció en la coreografía. Cada pocos segundos miraba hacia Enzo. Él no le devolvió ninguna de aquellas miradas.

—¿Crees que lo ha hecho a propósito? —me preguntó Camila.

—No lo sé.

—Yo sí.

—No quiero pensar eso.

—Ya. Tú siempre necesitas que alguien cometa un crimen delante de tres notarios antes de desconfiar.

—Puede haberse desplazado sin darse cuenta.

—Luna sabe dónde coloca hasta la última pestaña. No se mueve dos pasos sin darse cuenta.

Guardé silencio. En el fondo, pensaba lo mismo, pero reconocerlo suponía aceptar que mi compañera estaba dispuesta a arriesgarse a hacerme daño por una coreografía. O quizás por Enzo. Ninguna de las dos posibilidades me tranquilizaba.

Después del descanso regresé al escenario. El tobillo apenas molestaba y pude completar el ensayo, aunque Enzo siguió pendiente de mí. En dos ocasiones me preguntó si estaba bien. La segunda vez, Luna soltó una risa seca.

—No se ha roto una pierna.

Él ni siquiera se volvió hacia ella.

—No he dicho que se la haya roto.

—Pues deja de tratarla como si fuera de cristal.

—No necesito que me traten de ninguna manera —intervine—. Estoy bien.

Él me sostuvo la mirada durante un segundo y asintió.

—Lo sé.

El ensayo terminó a las siete de la tarde. Recogimos nuestras cosas y emprendimos el camino hacia la residencia con el cansancio instalado en cada músculo.

Solíamos cenar juntos y después nos reuníamos en la terraza trasera, donde alguien conectaba un altavoz pequeño y prometíamos no bailar.

La promesa duraba poco. Eric conocía todos los éxitos del verano, Joel inventaba coreografías de lo más divertidas y Malena nos obligaba a participar en concursos cuya normativa cambiaba cuando ella iba perdiendo.

Algunas noches bajábamos hasta la zona del paseo que rodeaba el complejo.

No podíamos utilizar los espacios reservados para los clientes durante nuestro tiempo libre, pero existía una pequeña cala a la que se llegaba desde un sendero exterior.

Allí nos sentábamos sobre la arena, compartíamos bebidas y hablábamos hasta que el sueño empezaba a vencer al agotamiento.

Aquella noche no fui con ellos. Después de cenar, volví al anfiteatro para recoger la sudadera que olvidé junto a la mesa de sonido.

El hotel ya se encontraba iluminado y la música de las terrazas llegaba amortiguada hasta el escenario. Varios empleados preparaban el espacio para otro espectáculo, pero Rebeca seguía allí, sentada en una de las primeras filas con el portátil sobre las piernas.

—Pensaba que ya te habías marchado —le comenté.

—Y yo pensaba que estarías descansando el tobillo.

—Estoy descansándolo mientras camino.

—Método revolucionario.

Encontré la sudadera y me la até alrededor de la cintura. Cuando me disponía a regresar, Rebeca cerró el ordenador.

—Zoe.

Me detuve.

—¿Sí?

—Ven un momento.

Bajé hasta la grada y me senté a su lado. Durante unos segundos contemplamos el escenario vacío. Sin los focos ni la música parecía más pequeño, como si todo su poder dependiera de que hubiera cuerpos moviéndose sobre él.

—Eres realmente buena —añadió.

La afirmación me sorprendió tanto que tardé en responder.

—Gracias.

—No lo digo para que me des las gracias. Lo digo porque quiero saber por qué no vi esto en tu audición.

—¿Esto?

—La fuerza que tienes aquí. Tu vídeo estaba bien. Muy bien, de hecho, o no te habría seleccionado. Pero parecías contenida. Ejecutabas los pasos correctamente y tenías técnica, aunque daba la impresión de que pedías permiso antes de cada movimiento.

Bajé la mirada hacia mis manos.

Recordaba a la perfección el día en que grabamos la audición. Mis padres discutieron aquella mañana. Mi madre entró en mi habitación para preguntarme si sabía dónde había dormido mi padre y él me llamó dos horas después para pedirme que no creyera todo lo que ella decía.

Grabé el vídeo por la tarde, después de llorar en el baño de la academia para que Camila no me viera.

—En casa las cosas estaban un poco complicadas —le expliqué.

Rebeca esperó, pero no hizo preguntas.

—Mis padres se están separando —continué—. Yo vivía pendiente del teléfono, de lo que decía uno, de lo que contestaba el otro… Supongo que ni siquiera cuando bailaba conseguía olvidarlo por completo.

—¿Y aquí sí?

Miré el mar oscuro más allá del escenario. La brisa movía las telas instaladas en las estructuras y el sonido de las olas llegaba desde la parte baja del complejo.

—Aquí me siento libre.

Rebeca sonrió ligeramente.

—Se nota.

—Sé que todavía cometo errores.

—Siempre cometerás errores. Yo también los cometo. Enzo se equivoca y Luna se equivoca, aunque a ella le cueste aceptar que ese verbo puede conjugarse en primera persona.

Solté una risa.

—No quiero causarle problemas.

—Tú no se los causas. Luna lleva demasiado tiempo creyendo que el espectáculo le pertenece. Es magnífica y lo sabe, pero ha confundido ser protagonista con estar por encima del equipo.

—No quiero quitarle su sitio.

Rebeca giró la cabeza hacia mí.

—No vuelvas a decir eso.

—¿El qué?

—Que no quieres quitarle su sitio. Tú no has venido a apartar a nadie, pero tampoco a pedir disculpas por destacar. Si consigues un lugar, será porque te lo has ganado.

Sus palabras me dejaron helada.

—Luna piensa que…

—No me interesa lo que piense Luna. Me interesa lo que haces tú sobre el escenario. Y necesito que sigas haciéndolo.

Asentí despacio.

—Lo haré.

—Bien. Y ahora ponte hielo de verdad antes de que ese tobillo decida arruinarme el estreno.

Me levanté y empecé a subir las escaleras de la grada.

Al llegar al pasillo superior, miré por última vez hacia el escenario. Rebeca volvió a abrir el portátil y las luces del hotel dibujaron reflejos dorados sobre el agua.

Aquella isla no tenía todavía un nombre para mí.

Era solo un pedazo de tierra rodeado de mar, lejos de mi casa, de las discusiones y de todo lo que me esperaba al final del verano.

Sin embargo, no pensé en lo que sucedería después.

No necesité saber cuánto duraría aquella sensación ni qué precio tendría.

Rebeca tenía razón.

Allí bailaba de otra manera.

Allí no pedía permiso.