Capítulo 3
Durante los primeros ensayos me sentí torpe.
Conocía los estilos, tenía formación y estaba acostumbrada a aprender coreografías con rapidez, pero necesitaba controlar los nervios.
La presencia de Luna agravaba el problema. Cada vez que se acercaba, mi cuerpo parecía olvidar instrucciones que había ejecutado sin dificultad unos segundos antes. Sin embargo, un día algo cambió. Dejé de pensar en quién me observaba y empecé a escuchar la música.
El número del atardecer incluía una secuencia grupal muy rápida.
Entrábamos desde ambos lados del escenario, nos cruzábamos en el centro y formábamos varias líneas que se deshacían con cada golpe de percusión.
En el último tramo, las chicas realizábamos un giro doble, caíamos sobre una rodilla y nos levantábamos de un impulso antes de enlazar con una serie de pasos urbanos.
La primera vez, llegué tarde a la caída.
La segunda, perdí el equilibrio.
En la tercera repetición, Rebeca aumentó la velocidad de la música.
—¿Quiere matarnos o solo lesionarnos? —murmuró Malena a mi lado.
—Creo que todavía no lo ha decidido.
—Cuando lo haga, dile que prefiero una muerte rápida.
La música empezó y no tuve tiempo de responder.
Entré detrás de Valentina, crucé el escenario, cambié de dirección y alcancé mi posición justo antes del primer golpe fuerte.
Todo ocurrió deprisa. Giré, bajé hasta el suelo y sentí que mi cuerpo encontraba el punto exacto de equilibrio. Me levanté sin utilizar las manos, marqué la siguiente secuencia y terminé con el pecho agitado y una sensación de euforia que no tenía nada que ver con el cansancio.
Rebeca detuvo la música.
—Bien. Otra vez desde el cruce.
Esperábamos que diera alguna corrección, pero se limitó a mirar hacia Enzo. Él estaba apoyado contra una de las estructuras laterales, con los brazos cruzados. Inclinó la cabeza mientras me observaba y realizó un movimiento breve con la barbilla.
Fue un gesto mínimo. Una aprobación casi imperceptible.
Para mí resultó suficiente.
Durante la siguiente repetición bailé todavía mejor.
Camila me dio un golpe con el hombro cuando Rebeca nos concedió cinco minutos de descanso.
—Moretti acaba de aprobar tu existencia.
—No exageres.
—He visto el gesto.
—Puede que estuviera estirando el cuello.
—Claro. Y puede que Luna sea una criatura humilde que dedica sus noches a realizar labores benéficas.
Miré hacia el otro extremo del escenario. Luna hablaba con Enzo, pero mantenía los ojos fijos en nosotras.
—Baja la voz.
—No puede oírme desde allí.
—No necesita oírte. Te lee los labios y luego mata con la mente.
Camila hizo ademán de saludarla. Le sujeté la mano antes de que terminara de levantarla.
El cambio no se produjo de un día para otro.
No me transformé de pronto en la mejor bailarina del elenco ni dejé de cometer errores.
Seguía entrando tarde en algunas secuencias y la parte acrobática me costaba mucho más que a Valentina o María. Sin embargo, empecé a sentirme cómoda.
El espacio dejó de intimidarme, memoricé las dimensiones del escenario y aprendí a utilizar la amplitud de mis movimientos sin temor a chocar con nadie.
Rebeca también empezó a colocarme en lugares más visibles.
En el número del agua me trasladó de la tercera línea a la segunda y me asignó una breve secuencia con Joel.
Dos días después decidió que sustituyera a María en una formación del tramo nocturno porque mi manera de bailar encajaba mejor con la fuerza de aquella parte.
Luna recibió cada cambio como si constituyera una ofensa personal.
—Zoe, estás ocupando demasiado espacio —me indicó durante uno de los ensayos.
Me detuve, desconcertada.
—La coreografía exige un desplazamiento amplio.
—Amplio no significa descontrolado.
Rebeca estaba revisando la iluminación con los técnicos y la música continuó. Volvimos a empezar, pero Luna la interrumpió antes de terminar los primeros ocho tiempos.
—Otra vez.
—¿Qué he hecho ahora? —murmuré agobiada.
—Has levantado demasiado el brazo.
—Lo he levantado igual que los demás.
—No. Quieres llamar la atención y se nota.
Varias miradas se dirigieron hacia nosotras. Enzo, que repasaba una secuencia con Álex, dejó de moverse.
—No estoy intentando llamar la atención —le respondí, procurando conservar la calma—. Estoy haciendo el movimiento como lo marcó Rebeca.
—Yo llevo tres temporadas en esta producción. Sé mejor que tú lo que marcó Rebeca.
—Este espectáculo es nuevo —señaló Camila—. No puedes llevar tres temporadas en él. Será en otro.
Luna giró despacio hacia ella.
—Nadie te ha preguntado.
—No, pero cuando una tontería alcanza cierto volumen, me cuesta ignorarla.
—Camila —la frené.
—¿Qué ocurre? —preguntó Rebeca desde la mesa de sonido.
Luna cambió de expresión de inmediato.
—Estoy corrigiendo la amplitud de Zoe. Rompe la línea del grupo.
Rebeca subió al escenario y nos pidió que ocupáramos nuestras posiciones.
—Repetid los últimos cuatro bloques. Sin música.
Ejecutamos la secuencia bajo su mirada. Cuando terminamos, ella se acercó a mí.
—Haz el desplazamiento otra vez.
Lo repetí.
—Más amplio —ordenó.
Alargué el paso y extendí el brazo hasta notar la tensión en los dedos.
—Así. Ese es el movimiento.
—Pero rompe la línea —insistió Luna.
—No la rompe. La línea se abre en ese momento para llevar la atención hacia el centro.
—En los vídeos de prueba no lo hacíamos así.
—Porque en los vídeos todavía no habíamos incorporado a Zoe.
El silencio cayó sobre el escenario.
Luna miró a Rebeca como si no estuviera segura de haber entendido correctamente.
—¿Has cambiado la coreografía por ella?
—He adaptado una transición para aprovechar lo que puede aportar cada bailarina. Es mi trabajo.
—Entonces las demás tendremos que modificar nuestras posiciones.
—Exactamente. Por eso estamos ensayando.
Luna apretó la mandíbula.
—Solo pretendía ayudar.
—Cuando quiera que te ocupes de las correcciones, te lo pediré —contestó Rebeca—. Hasta entonces, céntrate en tu parte.
No levantó la voz. Tampoco hizo falta.
Luna regresó a su posición con la espalda rígida, mientras Camila se mordía el interior de la mejilla para contener una sonrisa.
Yo evitaba mirar a nadie. Agradecía la intervención de Rebeca, pero sabía que aquel enfrentamiento no terminaría allí.
En cuanto reanudamos el ensayo, Luna convirtió cada movimiento en una declaración de guerra. Bailó con más fuerza, saltó más alto y marcó cada giro con una precisión feroz.
Al llegar a la parte central, Enzo la sujetó por la cintura y ella se lanzó hacia atrás con tanta brusquedad que él tuvo que rectificar el apoyo para sostenerla.
—Despacio —le indicó en italiano.
No comprendí la frase exacta, pero el tono bastó.
—Estoy bien —replicó ella.
—No he preguntado si estás bien. Has entrado antes.
—Tú estabas demasiado lejos.
Enzo la soltó y retrocedió un paso.
—Estaba en mi marca.
—Pues tu marca no sirve si no llegas a tiempo.
Rebeca interrumpió la música.
—Cinco minutos de descanso.
Luna bajó del escenario sin mirar a nadie. Atravesó las gradas y desapareció por uno de los accesos laterales.
—El espíritu de la isla se ha enfadado —comentó Eric.
—Habrá maremoto —añadió Joel.
—Callaos —les pidió María, aunque también ella sonreía.
Enzo tomó su botella de agua y se secó la frente con la camiseta. Durante un instante pensé que iría detrás de Luna, pero no lo hizo. Se quedó junto al escenario hablando con Rebeca. Me senté en el suelo y empecé a masajearme un tobillo.
—Te odia —anunció Camila, acomodándose a mi lado.
—Gracias por la información.
—No digo que sea malo. En cierto modo, es un reconocimiento. Luna no se molestaría en odiarte si no te considerase una amenaza.
—No soy ninguna amenaza.
—Rebeca acaba de modificar una parte para que destaques.
—Ha adaptado una transición. No es lo mismo.
—Y Enzo te mira.
—Enzo mira a todos los bailarines.
Camila giró la cabeza hacia él. Enzo escuchaba a Rebeca, pero sus ojos se desviaron en nuestra dirección. Al descubrir que le observábamos, alzó una ceja. Camila volvió a mirarme con lentitud.
—Sí. Sobre todo a todos los bailarines que se llaman Zoe.
Le lancé la toalla a la cara.
A partir de aquel día, los gestos de aprobación de Enzo se repitieron.
Nunca eran efusivos. No felicitaba, no aplaudía ni repartía elogios. A veces asentía cuando clavaba una secuencia complicada; otras pronunciaba un escueto “bien” al pasar cerca de mí. En una ocasión se acercó mientras practicaba un giro y corrigió la posición de mi pie con la punta de su zapatilla.
—No cierres tanto —me indicó—. Pierdes estabilidad.
Repetí el movimiento.
—¿Así?
—Otra vez.
Giré de nuevo y terminé frente a él.
—Mejor.
Solo dijo eso antes de alejarse, pero pasé el resto de la mañana sintiendo el lugar exacto en el que su mano me había rozado la cintura para detener el giro.
Era absurdo. Enzo trabajaba con el cuerpo y tocaba a los demás continuamente.
Levantaba a Luna, sujetaba a Valentina y corregía los hombros de Álex o Joel sin atribuir importancia al contacto.
Sin embargo, mi piel parecía haber decidido convertir aquellos dos segundos en un acontecimiento histórico.
Luna también los vio.
Aquella tarde ensayábamos una parte del número nocturno en la que las chicas avanzábamos formando una diagonal.
Yo ocupaba el extremo más cercano al público y debía enlazar un salto con una caída lateral. Lo ejecuté dos veces sin problemas. En la tercera repetición, Luna se desplazó más de lo necesario y su hombro chocó contra el mío en pleno salto.
Caí mal.
El tobillo se me dobló al tocar el suelo y un dolor agudo me subió por la pierna. Me quedé sentada, sujetándome el pie, mientras Camila corría hacia mí.
—¿Te has hecho daño?
—Espera.
Rebeca detuvo la música y los demás se acercaron. Moví el tobillo con cuidado. Dolía, pero podía hacerlo.
—Ha sido un choque —explicó Luna—. Zoe ha invadido mi espacio.
Levanté la mirada.
—Estabas detrás de mí.
—Porque has entrado tarde.
—No he entrado tarde.
—Lo he visto —intervino Enzo.
Todos guardaron silencio.
Se acercó y se agachó frente a mí.
—¿Puedes apoyar?
—Creo que sí.