Peligro, ¡italiano suelto! Capítulo 2
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Capítulo 2

Los días siguientes adquirieron un ritmo tan intenso que el tiempo dejó de medirse en horas y empezó a dividirse en ensayos, comidas, duchas y las escasas ocasiones en que podíamos tumbarnos sobre la cama sin que Rebeca apareciera en nuestros sueños contando hasta ocho.

A la hora de levantarnos estábamos tan cansadas que, a menudo, no recordábamos ni nuestro nombre. Camila había programado tres alarmas con canciones diferentes porque sostenía que el cerebro podía acostumbrarse a una melodía y dejar de reaccionar a ella.

Según su teoría, el primer despertador nos avisaba, el segundo nos preparaba psicológicamente y el tercero nos obligaba a levantarnos. En la práctica, yo apagaba los dos primeros sin abrir los ojos y ella se incorporaba sobresaltada con el tercero, convencida cada día de que llegábamos tarde.

—¡Zoe, son las ocho menos diez!

Abrí un ojo y miré el reloj de mi mesilla.

—Son las siete y veinte.

Se quedó loca en mitad de la habitación, con el pelo tapándole media cara.

—¿Por qué mi móvil dice que son las ocho menos diez?

—Porque anoche adelantaste la hora para engañarte esta mañana.

—Ah.

—Y ahora te has engañado.

—Pues ha funcionado.

Volvió a meterse en la cama, satisfecha con su método, aunque apenas le quedara tiempo de descanso.

Desayunábamos en el comedor del personal, un espacio amplio situado en la planta baja de la residencia.

No tenía las lámparas de cristal, las vajillas impecables ni las vistas al mar de los restaurantes reservados para los huéspedes, pero servían café fuerte, fruta, huevos, tostadas y unas tortitas que consiguieron que Camila reconsiderara su propósito de alimentarse de forma saludable durante todo el verano.

El primer día se sirvió una. El segundo, dos. El tercero dejó de contarlas.

Allí coincidíamos con camareros, cocineros, personal de limpieza, técnicos, socorristas y parte del equipo de animación.

Los bailarines terminamos adueñándonos de dos mesas junto a las ventanas.

Eric era siempre el primero en llegar y el único capaz de mantener una conversación coherente antes de beber café.

María aparecía con el cabello perfectamente recogido, como si se despertara peinada, y Malena entraba cada mañana anunciando una parte distinta de su cuerpo que había dejado de funcionar.

—Hoy no tengo gemelos —declaró el cuarto día, dejándose caer en una silla—. Los he perdido. Si alguien los encuentra en el anfiteatro, que me los devuelva.

—Ayer eran los abductores —le recordó Joel.

—Los abductores han regresado, pero ya no nos hablamos.

Álex sostenía que las agujetas se curaban entrenando con más intensidad, una afirmación que provocaba amenazas cada vez menos figuradas.

Valentina, en cambio, llevaba siempre consigo un pequeño rodillo de masaje y lo prestaba con la solemnidad de quien compartía un objeto sagrado.

Enzo no desayunaba con nosotros. A veces le veíamos cruzar los jardines a primera hora, vestido con pantalones cortos y una camiseta sin mangas, después de salir a correr.

Otras llegaba directamente al ensayo cuando ya estábamos calentando. Nunca parecía cansado ni somnoliento y tampoco participaba en nuestras quejas. Saludaba a Rebeca, dejaba su mochila junto al escenario y se ponía a estirar apartado de los demás.

Luna sí acudía al comedor, aunque ocupaba una mesa diferente con dos integrantes del equipo de animación.

Entraba con gafas de sol, pedía que le preparasen alguna bebida de aspecto radiactivo y se marchaba sin recoger la bandeja.

Desde el segundo día, Camila empezó a imitar la manera en que atravesaba la sala: barbilla elevada, espalda recta y una expresión de profunda decepción ante la existencia del resto de la humanidad.

—Como sigas haciéndolo, te va a ver —le advertí una mañana.

—Eso pretendo. Quizás me contrate como suplente.

—Camila.

—¿Qué? La imitación es una forma de homenaje.

—En tu caso, puede ser una forma de suicidio.

A las nueve comenzábamos el primer ensayo.

Rebeca dedicaba cuarenta minutos al calentamiento, aunque aquella palabra resultaba demasiado amable para describirlo.

Corríamos, hacíamos planchas, abdominales, ejercicios de fuerza y series de saltos hasta que la ropa se nos pegaba al cuerpo. Después llegaban las clases técnicas, las repeticiones y el montaje de las distintas partes de Marea de luz .

El espectáculo comenzaba recreando el amanecer, con sonidos de oleaje y una iluminación azul muy tenue.

Los movimientos eran lentos, amplios y fluidos, con caídas controladas y elevaciones que representaban el avance del agua sobre la costa.

Después llegaba el atardecer: la música incorporaba percusión, el escenario se teñía de tonos anaranjados y los cuerpos empezaban a moverse con más fuerza.

La última parte pertenecía a la noche, a esa marea eléctrica compuesta por luces, deseo, música y personas que perdían el miedo a dejarse llevar.

Enzo y Luna interpretaban a dos desconocidos que se encontraban al ponerse el sol.

Él representaba a alguien que llegaba desde fuera y ella encarnaba el espíritu de la isla, una figura imposible de retener.

Su historia avanzaba a través de varios números en pareja hasta que el amanecer los separaba.

No pronunciaban una sola palabra, pero la coreografía dejaba claro que sus personajes se atraían, se desafiaban y terminaban arrastrándose mutuamente hacia la parte más salvaje de la noche.

Cuando bailaban juntos, resultaba difícil mirar a otro sitio.

Luna poseía una técnica casi perfecta y Enzo conseguía que los movimientos más complicados parecieran sencillos.

Se conocían tanto sobre el escenario que apenas necesitaban mirarse para anticipar lo que haría el otro.

Ella saltaba y él ya estaba en el punto exacto para recibirla. Enzo extendía una mano y Luna la encontraba sin buscarla. A veces discutían por una entrada o por la posición de un brazo, pero incluso sus desacuerdos tenían algo parecido a un idioma privado.

Yo los observaba siempre que podía. No solo porque Enzo ejerciera sobre mí una fascinación que empezaba a resultar vergonzosa, sino porque quería descubrir cómo lograban esa conexión.

Repetía mentalmente sus secuencias, me fijaba en los apoyos y trataba de comprender la manera en que él preparaba cada elevación antes de que Luna abandonara el suelo.

Aquella atención terminó ayudándome más de lo que esperaba.