Peligro, ¡italiano suelto! Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Ella sonrió al escuchar los aplausos de algunos bailarines; él se pasó una mano por el pelo y bajó del escenario sin mirar a nadie.

Pasó cerca de nosotras con una botella de agua en la mano. Percibí el brillo del sudor en su cuello, la sombra oscura de su barba y unos ojos de un color extraño entre verde y miel. No nos saludó. Se limitó a dirigirse a un lateral, donde dejó la botella y comenzó a estirar.

—Muy simpático —comentó Camila por lo bajo.

—Puede que no nos haya visto.

—Te ha pasado a menos de diez centímetros. A menos que esos ojos preciosos sean decorativos, nos ha visto.

Luna sí reparó en nosotras. Bajó del escenario y se aproximó con una toalla sobre los hombros. Su mirada descendió desde nuestras caras hasta nuestras zapatillas.

—Sois las nuevas.

No sonó como una pregunta.

—Zoe —me presenté—. Y ella es Camila.

—Ya sé quiénes sois. Vi vuestros vídeos.

Esperé algún comentario que nunca llegó.

—¿Y? —preguntó Camila.

Luna arqueó una ceja.

—Y estáis aquí.

La respuesta pareció divertirla. Se alejó antes de que Camila pudiera replicar y fue a reunirse con una mujer rubia de unos cuarenta años que acababa de subir al escenario. Era Rebeca Santaella, la directora artística. Nos pidió que nos acercáramos y comenzó las presentaciones.

Además de Luna y Enzo, estaban Eric, un bailarín mallorquín de sonrisa permanente; Joel, de Valencia; Álex, canario y especialista en acrobacias; Malena, una sevillana menuda y parlanchina; Valentina, argentina; y María, que llevaba dos temporadas trabajando en el hotel.

El elenco lo completábamos Camila y yo, aunque en algunos números se incorporarían varios integrantes del equipo de animación.

Rebeca nos explicó que ensayaríamos ocho horas diarias durante las  semanas siguientes. Después comenzarían las funciones, tres noches por semana, sin dejar de preparar variaciones y espectáculos menores.

—Este montaje exige mucho más que aprender pasos —nos advirtió—. Necesito que funcionéis como un solo cuerpo. Aquí no hay bailarines de relleno. Si alguien destaca, será porque la coreografía lo requiere, no porque haya decidido montar su espectáculo particular.

Mientras hablaba, Luna bebió agua sin molestarse en disimular una sonrisa. Era evidente que aquella advertencia no iba dirigida a ella.

Comenzamos con un calentamiento y varios ejercicios para que Rebeca comprobara nuestro nivel.

Después nos enseñó una parte del número de apertura, una coreografía explosiva que combinaba movimientos urbanos con secuencias de jazz y desplazamientos en diferentes niveles.

Enzo se colocó en primera fila para marcar los pasos. Explicaba poco: los ejecutaba una vez y esperaba que los demás los reprodujéramos.

Luna ocupó su lugar a la derecha y se movió con la seguridad de quien conocía la pieza de memoria.

Conseguí seguir las primeras secuencias. En la cuarta, un cambio de peso demasiado rápido me hizo entrar tarde. Recuperé el ritmo, giré y estuve a punto de chocar con Camila.

—Otra vez —ordenó Luna, deteniendo la música.

Rebeca estaba hablando con uno de los técnicos. Al parecer, en su ausencia, Luna no necesitaba permiso para hacerse cargo.

—La entrada se hace con el hombro, no con la cadera —me indicó.

—Lo sé. He entrado tarde.

—Si lo supieras, no habrías entrado tarde.

Camila me dirigió una mirada, pero negué levemente con la cabeza. No quería problemas durante la primera hora.

Repetimos la secuencia. Esta vez entré a tiempo, aunque Luna volvió a parar la música.

—La cabeza, Zoe.

—¿Qué le pasa?

—Llega después que el cuerpo. Esto no es una clase de academia. Cada detalle se ve desde las gradas.

—Apenas estamos aprendiendo los pasos —intervino Camila.

—Precisamente por eso la corrijo ahora. Para no perder tiempo más adelante.

Luna se acercó a mí, me colocó una mano bajo la barbilla y giró mi rostro hacia la izquierda.

—Aquí. Y cuando vuelvas, mira al frente. No al suelo. Si necesitas observarte los pies para saber dónde están, tenemos un problema.

Aparté la cara con suavidad.

—Sé dónde tengo los pies.

—Estupendo. Demuéstralo.

Regresó a su posición y ordenó reiniciar la música.

Sentí la rabia arderme en las mejillas, pero la utilicé.

Marqué el hombro, cambié el peso, giré la cabeza en el momento exacto y clavé la mirada al frente.

En el siguiente desplazamiento puse más fuerza de la necesaria, salté y caí limpiamente antes de enlazar los últimos pasos.

Cuando la secuencia terminó, Luna no dijo nada.

Enzo, que había permanecido en el lateral durante todas las correcciones, levantó la vista hacia mí.

No sonrió ni hizo gesto alguno, pero sostuvo mi mirada durante un instante. Fue apenas un segundo, quizás menos. Después se apartó de la pared, caminó hasta el equipo de sonido y volvió a poner la música desde el principio.

—Una vez más —indicó con su marcado acento italiano.

Ocupó su lugar en el centro.

Luna se colocó junto a él y, en cuanto comenzó la música, los dos volvieron a convertirse en esa pareja perfecta que habíamos contemplado al llegar.

Bailaban como si el resto no existiéramos, como si el escenario, el hotel y la isla entera hubieran sido construidos únicamente para enmarcarlos.

Los seguí procurando no perder un solo movimiento.

Todavía me dolían las correcciones de Luna y empezaba a notar el cansancio del viaje, pero, por primera vez en muchos meses, mi cabeza estaba completamente en silencio.

No pensaba en mi madre ni en mi padre ni en las llamadas que había decidido no responder durante aquel día.

Solo existían la música, el mar a nuestra espalda y el golpe de nuestras zapatillas contra el escenario.

Enzo giró hacia nosotros. Nuestros ojos se encontraron otra vez y, entonces, tuve la impresión de que me observaba de verdad.

Entonces me equivoqué de paso.

Camila ahogó una risa a mi lado.

—Como esos ojos no sean decorativos —susurró—, acabas de hacer una entrada triunfal.

Y comprendí que aquel verano iba a resultar mucho más complicado de lo que había imaginado.

Y me quedé corta…