Peligro, ¡italiano suelto!
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Capítulo 1
La primera vez que vi el hotel desde la carretera pensé que Camila se había equivocado de sitio.
—Ese no puede ser —dije, pegando la cara a la ventanilla del taxi—. Tiene que ser otro.
—¿Cuántos hoteles enormes, blancos y absolutamente inaccesibles para nuestro presupuesto crees que hay en esta parte de la isla?
—Unos cuarenta y siete.
—Pues es ese.
El Gran Bahía Esmeralda Palace se levantaba frente al Mediterráneo como una pequeña ciudad construida para gente que no necesitaba mirar el precio de nada.
Ocupaba buena parte de una colina próxima a la zona más exclusiva del lugar y estaba formado por varios edificios blancos que descendían hacia el mar entre jardines, palmeras y piscinas de un azul casi irreal.
En la parte más baja se distinguía una cala privada, salpicada de hamacas y camas balinesas, y, junto a ella, un escenario al aire libre tan grande que podía verse incluso desde la carretera.
Había contemplado fotografías durante los meses que duró el proceso de selección, pero ninguna le hacía justicia.
Ahora entendía por qué su lujo resultaba casi insultante para algunos y por qué cada verano organizaba un espectáculo de baile que atraía a huéspedes de otros complejos, residentes e incluso turistas dispuestos a pagar una entrada carísima solo por verlo.
Una producción enorme, con varias funciones semanales, bailarines profesionales, música en directo, efectos visuales y un escenario situado junto al mar.
Aquel año, el espectáculo se llamaba Marea de luz y mezclaba danza urbana, jazz contemporáneo, hiphop, acrobacia y números latinos.
Según la directora artística, contaba la transformación de la isla cuando desaparecía el sol.
Comenzaba con la calma del mar durante el día y avanzaba hacia un atardecer lleno de color, hasta que la noche despertaba una isla eléctrica, sensual y salvaje.
La marea a la que aludía el título no estaba formada únicamente por agua, sino por cuerpos, música y deseos: una fuerza invisible que arrastraba a cuantos se atrevían a dejarse llevar.
Según Camila, pretendía matarnos de agotamiento antes de agosto.
Yo todavía no sabía cuál de las dos tenía razón.
—Dime que no vas a echarte a llorar —me pidió al verme la cara.
—No voy a llorar.
—Tienes los ojos brillantes.
—Es el reflejo del mar.
—Zoe, llevas llorando por cualquier cosa desde que tus padres decidieron convertir su divorcio en una guerra mundial.
Aparté la mirada de la ventanilla. Camila se arrepintió en cuanto terminó la frase.
—Perdona —añadió enseguida—. No pretendía…
—No pasa nada.
Sí pasaba, pero no quería hablar de ello. Había viajado hasta allí precisamente para no hacerlo.
Llevaba casi un año soportando discusiones, reproches y conversaciones en voz baja que dejaban de ser bajas en cuanto alguno perdía la paciencia.
Mi madre decía que mi padre había destrozado veintiséis años de matrimonio; mi padre sostenía que llevaba media vida intentando sobrevivir dentro de él.
Los dos esperaban que tomara partido y ninguno parecía comprender que, hiciera lo que hiciera, a mis veinticuatro años, siempre sentiría que estaba traicionando a uno.
Por eso, cuando Camila descubrió la convocatoria para formar parte del elenco de Marea de luz , envié mi vídeo sin pensarlo demasiado.
Bailaba desde los cinco años. A los doce había conocido a Camila en una academia de Madrid y, desde entonces, nos habíamos acompañado en festivales, cursos, audiciones, lesiones y trabajos bastante menos glamurosos de lo que nuestras familias imaginaban.
Habíamos bailado en videoclips en los que apenas se nos veía, convenciones empresariales, presentaciones de marcas y programas de televisión emitidos a horas imposibles.
Sin embargo, aquello era diferente. Trabajaríamos durante todo el verano con alojamiento y manutención incluidos, en la producción de baile más conocida de la isla.
Tres meses lejos de casa.
Tres meses haciendo lo único que conseguía silenciar todo lo demás.
El taxi nos dejó frente al edificio principal y un botones uniformado se acercó antes de que hubiéramos terminado de bajar.
Durante unos segundos, Camila y yo nos quedamos quietas junto a nuestras maletas, contemplando la entrada, las fuentes y las puertas de cristal que daban paso a un vestíbulo descomunal.
—Procura no parecer una paleta —murmuró.
—Tú tienes la boca abierta.
—La tengo así por sofisticación.
Nos recibió una mujer del departamento de personal y, para mi alivio, no tuvimos que atravesar la recepción con nuestras seis maletas y nuestras caras de no haber dormido.
Nos condujo por un lateral del complejo mientras nos explicaba los horarios del comedor, las normas internas y los lugares a los que podíamos acceder.
Los bailarines y el resto del equipo de animación vivíamos en una residencia situada detrás del hotel, al otro lado de los jardines de servicio.
No tenía vistas directas al mar ni piscinas infinitas, pero el edificio era bonito, estaba rodeado de buganvillas y quedaba a menos de cinco minutos de las instalaciones.
La habitación era pequeña y luminosa, con dos camas, un amplio armario con dos zonas diferenciadas, un baño y un balcón desde el que se veía una franja azul entre los pinos. Camila eligió la cama más próxima a la ventana antes de que yo pudiera soltar mi bolso.
—La he visto primero.
—No tenemos diez años.
—Entonces comprenderás que la rapidez tiene consecuencias.
—Llevas hablando de compartirlo todo conmigo desde que salimos de nuestras casas.
—Compartiremos experiencias, confidencias y crema solar. Las vistas son mías.
Abrimos las maletas y dejamos que el contenido invadiera la habitación.
Coloqué sobre la mesilla una fotografía con mis padres tomada dos veranos antes, cuando todavía conseguíamos cenar juntos sin que el silencio pesara más que la conversación.
Estuve a punto de guardarla de nuevo, pero Camila me lanzó una camiseta a la cabeza.
—No empieces —me advirtió—. Estamos en el paraíso y nos han contratado para bailar. Si te pones triste, te obligaré a escuchar mis imitaciones durante todo el verano.
—Eso debería estar prohibido por la dirección del hotel.
—Lo está. Por eso las reservo para emergencias.
Apenas dispusimos de una hora para instalarnos.
A las cinco debíamos presentarnos en el anfiteatro para conocer al resto del elenco y participar en el primer ensayo.
Me recogí el pelo, me puse unas mallas cortas y una camiseta amplia y seguí a Camila por los senderos del complejo con el estómago encogido.
El escenario era aún más impresionante de cerca. Se encontraba en una explanada orientada al mar, rodeado por gradas semicirculares y terrazas desde las que los huéspedes podían contemplar el espectáculo mientras cenaban.
Sobre la plataforma se alzaba una estructura metálica con diferentes alturas, escaleras, pasarelas y paneles preparados para proyectar imágenes. Varios técnicos trabajaban con los focos y, detrás, el Mediterráneo se extendía hasta confundirse con el cielo.
Sin embargo, no fue el escenario lo que nos hizo detenernos.
Fue Luna.
Bailaba descalza en el centro de la plataforma, siguiendo una música electrónica que empezaba con un pulso lento y crecía hasta apoderarse de todo.
Llevaba el cabello oscuro recogido en una coleta alta, un top negro y unos pantalones holgados que dejaban al descubierto parte de su cintura.
Era alta, estilizada y poseía una precisión que convertía cada movimiento en algo limpio y afilado. Giró sobre un pie, dejó caer el cuerpo hacia atrás y se incorporó con una ondulación que pareció recorrerla desde el vientre hasta las manos.
A su lado bailaba un hombre.
No necesité preguntar quién era.
Enzo Moretti había protagonizado el espectáculo durante los últimos cuatro veranos.
Nacido en Milán, se formó en danza contemporánea y urbana y, por lo que habíamos descubierto en las redes sociales, trabajó en musicales, giras internacionales y algún programa de televisión italiano.
Las fotografías ya dejaban claro que era guapo. Verle en persona demostraba que las fotografías no habían conseguido explicarlo del todo.
Era alto, de piel bronceada, y tenía el cuerpo de alguien que llevaba media vida sometiendo cada músculo a una disciplina feroz.
Vestía una camiseta gris empapada de sudor que se adhería a su espalda y unos pantalones negros.
El pelo, oscuro y algo largo en la parte superior, le caía desordenado sobre la frente.
No sonreía. Ni siquiera parecía pendiente de quienes comenzábamos a reunirnos frente al escenario.
Toda su atención estaba puesta en la coreografía y en la mujer que bailaba con él.
Luna se lanzó hacia Enzo y él la recibió por la cintura, la elevó por encima de su cabeza y giró con una seguridad desconcertante.
Ella descendió deslizándose por su cuerpo hasta quedar de rodillas frente a él. Después se levantó de un impulso y ambos enlazaron una sucesión de pasos rápidos, bruscos y sensuales, acercándose y separándose sin perder la sincronía.
—Madre mía —susurré.
—¿Te refieres a ella o a él?
—A los dos.
—Él está mucho más bueno.
—Camila.
—No he dicho que baile mejor. He dicho que está más bueno. Son disciplinas distintas.
No pude evitar reírme, aunque enseguida volví a fijarme en Luna. Había algo hipnótico en su manera de moverse. No se limitaba a seguir la música: parecía adelantarse a ella, como si supiera qué nota iba a sonar antes de que existiera.
—Es increíble —murmuré.
—Es buena.
—Es mucho más que buena. Mira cómo marca los cambios, cómo controla el cuerpo incluso cuando Enzo la levanta…
—Tampoco es para tanto, tanto, tanto.
La miré con incredulidad.
—¿Estás viendo lo mismo que yo?
—Sí. Y estoy intentando evitar que desarrolles un complejo antes del primer ensayo. Ya tendremos tiempo para sentirnos mediocres después de cenar.
La música terminó con Luna inclinada sobre el borde del escenario y Enzo sujetándola por una muñeca, como si acabara de salvarla de una caída. Permanecieron inmóviles durante dos segundos y luego se separaron.