CAPÍTULO 71
Theodore
Me deshago del último vampiro que aún protege al Dirigente y me encuentro con este detrás del escenario, donde el adicto que han usado como rata de laboratorio ya está muerto, desangrado por todos y cada uno de los orificios de su cuerpo debido a los efectos secundarios de la cápsula azul de lumiriate.
Se van las luces. Rowland ha conseguido freír el sistema.
Todo se sume en sombras y gritos.
—Theodore, hablemos... —me dice el Dirigente desde un rincón oscuro.
Avanzo hacia él con pasos lentos. No hay guardias, no hay trampas. Solo él y yo.
—No necesitamos hablar, Emory. Ambos sabemos cómo acabará esto.
Él suelta una carcajada breve.
—Claro que sí... ¡Porque solo soy un humano! No tengo colmillos, ni fuerza sobrehumana. Solo una idea... y la voluntad de llevarla a cabo.
—Una idea que ya ha costado demasiadas vidas —replico, dejando que mi tono se endurezca.
—Yo solo les di lo que querían. Poder, inmortalidad, fuerza, una salud inquebrantable... ¿Es eso tan malo?
Doy un paso más, sintiendo cómo la tensión en el aire crece.
—Lo es cuando implica asesinar a miles, quizás millones.
—¿Por qué los melhanäis habéis de quedaros con esos dones, con la vida eterna?
¿Por qué no los humanos? Tú no lo entiendes.
La vida... se acaba demasiado rápido. Un suspiro, y ya está.
Se desvanece antes de que puedas entender lo que significa estar vivo.
Yo solo quiero más tiempo. Más tiempo para pensar, para crear, para ser.
—Ya has creado más horror del que se podría imaginar y has acabado siendo un cabrón demasiado grande. Deberías sentirte realizado.
—Lo haré después de acabar contigo —me dice justo antes de disparar su pistola de balas Haren.
La bala me atraviesa el costado y siento cómo la madera me quema por dentro, como si se tratara de un hierro al rojo vivo. Caigo de rodillas mientras mi sangre se mezcla con el polvo del suelo.
El muy bastardo ni siquiera se queda a comprobar si el tiro ha sido mortal. Sale corriendo.
No grita, no maldice, no pide perdón. Solo corre como el perro sin cadena que es.
Sonrío, a pesar del dolor, y me arranco la bala con los dedos. El hueso cruje, la carne se abre como si fuera barro, pero nada importa tanto como el odio que sé que sanará más rápido que cualquier herida en cuanto sea yo quien dispare.
—Corre, Emory —murmuro, saboreando el comienzo de la caza como si fuera un buen bourbon.
Me pongo en pie y lo sigo.
Los pasillos de la fortificación se llenan de pasos apresurados a mi alrededor, aunque identifico sin problemas aquellos que quieren «mantener el orden» apresándome. Se aproximan demasiado.
Pobres ilusos , pienso cuando cuento que solo son seis agentes los que se me acercan. No tienen nada que hacer ahora mismo contra mí.
El primero que se me cruza levanta su arma y apenas tiene tiempo de apretar el gatillo antes de que le atraviese el cuello con una mano. Lo lanzo contra la pared, donde queda tan bonito como un cuadro grotesco.
Otro me dispara. Pero lo oigo antes de verlo. Me muevo y la bala atraviesa la frente de uno de sus compañeros. Me acerco y le arranco el corazón con solo un movimiento.
Me quedo mirando a los otros tres, que son más listos de lo que parecían. Huyen. Empujan a cualquier persona a su alrededor para salir los primeros. El hedor de su miedo me da otro chute de energía.
Pero no me detengo. No necesito banquetes secundarios.
Sigo el rastro del Dirigente y, cuando llego al exterior, la ciudad se abre ante mí.
Emory tropieza con sus propios pies mientras corre, desesperado, hacia la nada. Sabe que no hay nadie a quien dar órdenes, nadie que se vaya a interponer entre él y yo.
Podría romperle ahora mismo la espina dorsal. Incluso desde donde estoy, no me llevaría más de veinte segundos.
Pero no.
Todavía no.
Prefiero la persecución. Prefiero ese momento en el que la presa se cree salvada y se atreve a respirar en paz.
Me deslizo por los tejados de Elmbound como una sombra.
Mis pasos no suenan. Lo observo desde arriba mientras se aleja de la muchedumbre.
Se detiene, mira a su alrededor, intenta mantener la calma.
Su chaqueta está rota y su corbata, sucia.
Pero me importa una mierda; sus botas no se mancharon en la guerra que él comenzó.
—Sal de donde estés, Theodore —grita con voz firme—. No eres un cazador, eres una bestia. Ylas bestias siempre mueren de hambre.
Casi me arranca una carcajada.
Con el pie lanzo una piedrecita suelta que encuentro en el tejado solo por aburrimiento. Cuando rebota a su lado, se sobresalta y mira a todas partes, pero no me encuentra. Yo sonrío.
Qué débil es. Lucha demasiado por convencerse de que su vida ahora mismo vale más que un simple sorbo de mi sed.
Vuelve a correr, empujándose en las paredes.
—¿Cómo te sientes siendo ahora el ratoncito del experimento? —dejo que mi voz retumbe por las paredes de las callejuelas que forman un laberinto a su alrededor.
Sigo jugando. Bajo de los tejados, me deslizo detrás de él. Soplo en su oído cuando gira en un callejón estrecho. El sudor le empapa la frente, aunque intenta ignorarlo.
—¿Creías que podías esconderte, Emory? —susurro, dejando que el humo de las alcantarillas disperse mi voz—. ¿Creías que la oscuridad sería tu aliada? La oscuridad es mía.
Él aprieta los puños. Sigue caminando. Ya no corre, solo camina con pasos firmes, como si aún conservara un ápice de dignidad.
—Mátame ya, si es lo que deseas, pero no te daré el gusto de suplicar —responde al aire.
Las mentiras dejan un regusto asqueroso en la boca. Seguro que a él ahora mismo le sabe a mierda.
Ningún hombre quiere morir. Ninguno.
Salto frente a él, haciéndolo retroceder después de un arañazo. Luego desaparezco de nuevo entre las sombras. Lo escucho jadear, aunque intenta contenerlo.
Lo acorralo en un callejón sin salida. Los ladrillos húmedos lo aprisionan. Se vuelve hacia mí, con la pistola aún en la mano. Sus dedos tiemblan cuando vacía el cargador en las sombras con la esperanza de haber acertado.
Nada más lejos de la realidad. Aparezco entre el humo, intacto.
—¿A qué esperas? —Tira la pistola al suelo y se desabrocha el cuello de la camisa para dejar su yugular al descubierto—. ¿Por qué no lo haces ya?
El cabrón parece incluso impaciente por morir.
Camino hacia él lento, muy lento. Disfruto de cada paso, de cada parpadeo de terror que intenta disimular.
—No quiero indigestarme.
Hace un movimiento raro con el brazo derecho y por la manga de su chaqueta se escurre un trozo de madera afilado que debió de coger al salir de la fortificación. Comienza a correr hacia mí con él por encima de su cabeza, calculando el ángulo que necesita para acertar en mi corazón.
Pero ya está bien de dejarle soñar. Sus sueños nos han salido ya demasiado caros a todos. Lo agarro por el cuello en cuanto se acerca y le parto el brazo para que deje caer la estaca.
—Pide perdón —le ordeno.
Y no es que necesite sus disculpas, es que disfruto de su humillación.
Él niega con la cabeza.
—Pide perdón —le repito—. Tú ya has pedido demasiada sangre en esta vida. Pide perdón.
Cuando sigue sin hablar, lo estrello contra la pared. Ignoro el crujido que suena en su espalda, le sigo exigiendo que abra la boca.
Comienzo a apretar tanto su cuello contra los ladrillos que parece que este se alarga mientras la cabeza se le separa de los hombros. Entre toses, me da golpecitos en el brazo para que pare.
Me cuesta mantener a raya todos mis instintos, pero consigo hacerlo. Suelto un poco para que pueda volver a respirar. Con el rostro hundido en una tonalidad entre el rojo y el morado, me mira con las venas de la frente hinchadas. Coge aire y me escupe.
Ni siquiera parpadeo cuando el escupitajo aterriza en mi mejilla.
—Ahora actúa como el animal que eres —me tienta.
Pero yo saco rápido mi pistola y aprieto el gatillo con el cañón pegado a su abdomen.
Sus ojos se abren, y por primera vez deja escapar su miedo, desnudo, sin máscara.
Ya no es el Dirigente, el visionario, el gobernante.
Es solo un hombre que sabe que está muerto, que ha perdido su batalla contra la mortalidad, que jamás será especial, que nunca pasará a la historia más que como el capullo que es.
—Prefiero matarte como el hombre que siempre he sido, que sigo siendo.
La bala sacude su cuerpo como a una marioneta rota. Cae de rodillas, me mira, intenta decir algo, pero de su boca solo brota sangre.
Lo observo caer de lado, inerte.
Podría sentir alivio. Podría sentir triunfo. Pero lo que siento es más profundo, más oscuro, más corroído... Siento placer.
De vuelta a la fortificación me he encontrado con una rata. Una rata con más bigote que cerebro que intentaba esconderse en un callejón.
No dejo que se escape, la agarro con toda la fuerza que pueden reunir mis dos manos y, en un suspiro, estoy de nuevo entre el caos de la gala.
—¡Suéltame, Leville! —me exige la rata, a punto de vomitar todo lo que ha cenado.
—Por supuesto, Gifford. Luego no diga que no soy obediente. —Suelto a la rata.
Lo empujo contra una columna y le recoloco los huesos de la espalda.
Elías se cansa muy pronto de sus lloriqueos y encuentra tiempo para dejarlo inconsciente entre tiro y tiro.
—Pasarás un buen tiempo tras tus propios barrotes, Gifford —le dice.
El fuego cruzado sigue abierto y no sé cómo pararlo. Los simpatizantes de los nuevos acuerdos no deben de saber que sus líderes han muerto.
—¿Qué haces aquí? —le pregunto a Rowland cuando lo veo aparecer a mi lado.
No puedo evitar fijarme en su pelo, disparado hacia arriba en mechones puntiagudos.
—Me he electrocutado un par de veces al freír el sistema —confiesa—.
Venía a decirte que no debe de quedar mucho para.
.. —el primer estallido en la orilla paralela, en la fábrica eléctrica de Wicksole, hace llegar su onda expansiva hasta nosotros.
La cúpula de cristal que tenemos encima estalla—. .. eso.
No se me habría ocurrido mejor manera de hacer que todos dejaran de disparar. Nuestros enemigos, al ver cómo se truncan sus planes en una preciosa lluvia de cristales, se quedan petrificados. Buscan al Dirigente y al rey melhanäi mientras procuran evitar cortes, pero no los encuentran.
Las explosiones de la fábrica son tan potentes que resuenan en Elmbound, pero los estabilizadores que Rowland usó en esas también han funcionado. La fábrica comienza a desmoronarse sin dañar ningún otro edificio de la ciudad.
—Rowland... ¿Qué es eso? —le pregunto cuando veo una estela dorada salir disparada hacia arriba desde la fábrica.
No me responde, simplemente da palmaditas mientras se muerde el labio inferior y mira al cielo como un niño. Los fuegos artificiales comienzan a decorar el firmamento con sus colores, haciendo testigo a todo Salrath de lo que está sucediendo en el puerto de Wicksole.
Lo miro con gesto serio y una ceja elevada.
—¡Teníamos que terminar por todo lo alto! —justifica.
Los simpatizantes de los nuevos acuerdos se arrodillan con las manos en la nuca mientras deponen sus armas.
—¡Salrath es libre! —grita Lucrezia al aparecer entre ellos.
Todos se unen a su entusiasmo y gritan, tan emocionados por haber acabado con esto como exhaustos tras la batalla.
Paso un brazo por encima de Rowland y Elías, Winnifred y Gina se unen a nosotros, compartiendo un momento de fraternidad y unión muy similar al que compartíamos en las trincheras, recordándonos quiénes fuimos y quiénes somos ahora, cómo hemos cambiado, pero lo poco que lo hemos hecho a la vez.
Seguimos siendo una panda de desgraciados. Desgraciados victoriosos.