CAPÍTULO 72
Theodore
Camino por última vez por las calles de Wicksole, la ciudad que me pertenece más a mí que a ningún mandatario que en su historia se haya atrevido a firmar papeles en su nombre.
Cada piedra de estas calles me conoce, cada sombra en los callejones lleva mi rastro.
He sido su fantasma, su gobernador y su verdugo.
No puedo evitar una sonrisa amarga al pasar por una plazoleta donde los niños juegan y los viejos se sientan a murmurar.
Aquí colgué al primer idiota que me traicionó.
Las farolas, tan satisfactoriamente titilantes y destartaladas como siempre, sin ser dueñas de la energía azul del lumiriate, se encienden una a una mientras el sol se esconde tras los tejados puntiagudos.
Me detengo frente a una taberna en la que comencé mis andaduras como criminal tras la guerra.
Cuántas noches pasé aquí jugando a las cartas, estafando a borrachos y tramando mis siguientes pasos con Elías mientras Winnifred, Gina, Cornelia y Horace pedían más cerveza y más misiones imprudentes que les proporcionaran el mismo chute de adrenalina que el frente armado.
Ahora, el interior está iluminado, y puedo oír las risas amortiguadas de los ciudadanos desde fuera.
Ninguno de ellos sospecha que estoy aquí, que los estoy mirando por última vez.
Antes, entraría sin pensarlo, pediría una copa y quizás dejaría algún cadáver en la trastienda si el humor me acompañara.
Pero ahora solo puedo decirle adiós para saludar al que será un nuevo comienzo muy lejos de este sitio.
Doblo la esquina hacia el mercado, donde incluso de noche huele a especias rancias, pescado y traición. Aquí compré mi primer cuchillo, una pequeña maravilla que utilicé para abrir gargantas y puertas a partes iguales.
Finalmente, llego al muelle y veo el barco que me llevará al continente melhanäi.
Aquí yo era libre, el dueño de mi destino, por caótico que fuera.
En ese lugar, seré solo otro de ellos. Suspiro, mis manos acarician el cuero del mango de mi maleta mientras intento grabar en mi memoria la imagen de mi ciudad por última vez.
—¿No sabías cuánta ropa meter en la maleta o es que te ha costado encontrar el puerto? —Leah me espera frente a la rampa que es la subida al barco, con su maleta a sus pies y una sonrisa amarga que intenta ocultar tras sus bromas.
—¿Qué te ocurre? —le pregunto al llegar a su lado.
—No me gustan las despedidas, aunque sea de la ciudad que menos amable ha sido conmigo en toda mi vida.
Le doy un beso en la frente que ella recibe con los ojos cerrados, como memorizando la impresión de mis labios en su piel.
—Ven, tengo que enseñarte algo. —Me da la sensación de que me agarra la mano y se pone por delante para que yo no pueda ver cómo se le vidrian los ojos, y aun así lo veo.
—¿El qué? ¿Ahora? —Miro al barco en el que aún están embarcando muchísimos melhanäis y unos cuantos humanos que han sido designados por el nuevo Dirigente regente como aliados de los nuevos acuerdos de Ilshule, en los que una buena relación y el respeto entre ambos continentes son promesas que todos debemos cumplir.
Leah frena frente a un contenedor.
—¿Te has despedido de Elías y los demás? —me pregunta después de agarrar el enorme picaporte de apertura del contenedor.
—No... No soy de lloros y abrazos —digo, ocultando que en verdad despedirme de Elías me costaría incluso más que hacerlo de Wicksole.
—Bien, quizás no tengas que hacerlo.
—¿A qué te...?
Antes de que pueda terminar mi pregunta, Leah ha abierto el contenedor con un chirrido oxidado horrible y un olor a tierra y savia me abofetea la cara y me hincha el pecho. Miles de árboles de lumiriate listos para trasplantar parecen hacer crujir sus troncos para que los saque de ahí.
—Si alguien puede conseguir que el nuevo mandatario de Wicksole permita trasplantar estos árboles en los prados del cementerio para que los melhanäis que se queden aquí puedan arrancar un nuevo ciclo, eres tú.
—Esto no... No sé qué... ¿Cómo...? —Suelto la maleta y me acerco al primer árbol para tocar sus hojas y comprobar que son de verdad.
—Rosaly. Averigüé su nombre y tuvo que hacerme un favorcito —utiliza su tono de voz travieso, consciente de que dicho favorcito podría haberle costado la vida—.
Sé que nos quedamos sin refuerzos en la antigua fortificación de Elmbound, pero ella y el resto de activos melhanäis que quedaban de la rebelión se infiltraron en la fábrica a la vez que nosotros en la fortificación para salvar y esconder este cargamento de lumiriate.
Tenía que ser la misma noche y antes de que nosotros la hiciéramos estallar, así que no las tenía todas conmigo.
.. Pero salió bien y ahora puedes... Puedes quedarte en Wicksole.
—¿Puedo quedarme en Wicksole?
La idea de no tener que despedirme de mi ciudad, de mis recuerdos, de mi vida.
.. de mí, consigue que se me olvide incluso que existe otro hemisferio, otro continente.
Las decenas de encargos que tenemos los Bane y que ayer archivé para confiárselos a Elías se vienen a mí como un torbellino de emoción e incredulidad.
Tengo especiales ganas de desmantelar ese pequeño núcleo armado anti-melhanäi que se está formando en La Brada tras la muerte del Dirigente y la formación de nuevos partidos políticos que están dispuestos a sentarse para hablar de los derechos melhanäis.
Me acerco a Leah y le aparto una onda cobriza del rostro mientras mis dedos enmarcan su mejilla. Ha vuelto a darle sentido a mi vida por segunda o tercera vez.
—Gracias —le musito.
Si juntáramos toda la sangre que ambos hemos derramado por el otro, podríamos alimentar a una población entera de vampiros durante una cantidad indecente de días.
Acerco mis labios a los suyos, delicados, consciente de que con ellos no solo le hago saber lo mucho que aprecio lo que ha hecho, sino también lo feliz que soy aquí, a su lado.
La ternura en la que nos envolvemos tiene un regusto al fuerte olor de la savia del lumiriate, hasta que empieza a saber salada.
Me aparto para ver que Leah está llorando y que sus lágrimas se derraman por sus labios.
—Eh... —Me duele verla así. Le seco las mejillas para que no lleguen a su barbilla—.
Sé que Wicksole no te gusta, ¡pero la moldearé hasta que lo haga!
Me encargaré de que seas feliz cada uno de los días de tu vida.
Viviremos juntos, ¡ni siquiera tiene que ser en la fonda!
Podemos hacernos con una casita para nosotros.
Me ayudarás con los negocios, serán tanto míos como tuyos, sé que tienes mucho que aportar.
Yen nuestros ratos libres podremos... —Empiezo a divagar con lo que podría ser una vida perfecta.
En uno de mis delirios me viene incluso la idea de formar una familia con ella. Solo Leah podría aguantar y ayudar a educar a un niño con mi ADN.
—Yo me voy, Theo.
Jamás cuatro palabras me habían destrozado tantísimo como estas. Los delirios se rompen y astillan como la madera, y se clavan en mi pecho como mil estacas.
—No —es lo único que consigo decir ahora.
Pero su congoja, lo mucho que arruga el gesto y aparta la mirada, me deja claro que va en serio. Mi pecho duele más a cada inspiración forzada que ella tiene que hacer para hablar.
—La ciudad que más detesto me ha entregado lo que más amo —me dice, pasando sus dedos por mi pelo y mirándome como si no fuera a verme más. Y,por un momento, estoy a punto de seguirla—, pero tú tienes que quedarte aquí tanto como yo he de volver a mi hogar.
—Leah, no puedo perderte. —La abrazo fuerte, quiero que se funda conmigo para no tener que abandonarme.
—Pero tampoco puedes perderte a ti mismo. —Me pone ambas manos en los pectorales y me mira desde abajo con una sonrisa que asoma entre sus lágrimas—. El Theo que viviría en el continente melhanäi no sería el Theo del que me enamoré, y eso no sería justo para nadie. Ni para ti ni para mí.
No podría describir lo que siento ahora mismo, aunque quisiera. ¿Cómo se llama la mezcla entre el dolor más horrible que uno ha sentido en su vida, la impotencia por no poder hacer nada por remediarlo y la certeza de que sentir dicho dolor es lo correcto?
Leah tiene razón, pero eso no lo hace más fácil. Como mucho, complica todo aún más. Quiero ser yo mismo, quiero quedarme en Wicksole y quiero estar con ella... ¿Por qué no puedo tenerlo todo?
—Es tan jodido que te hayas enamorado de esta versión de mí... ¿Qué te ocurre? —Hago reír a ambos para evitar unirme a los lloros, aunque no puedo esquivar el escozor de ojos mientras asumo que se enrojecen y vidrian sin remedio.
—Creo que me enamoraría de todas las versiones que pudieran existir de Theodore Leville.
—Solo existe uno, y está enamorado de una vampira que ha puesto su mundo patas arriba de una manera que jamás hubiera imaginado.
—¿No te había jodido la vida volviéndote inmortal?
—No, me has brindado una eternidad con millones de posibilidades para volver a verte. Yvolveré a verte, Leah Heaton.
—Más te vale seguir cumpliendo tus promesas por mucho tiempo que pase.
—Jamás he hecho una tan importante.
La vuelvo a envolver en mis brazos. La estrecho contra mí mientras cada músculo de mi cuerpo me dice que no la deje ir, que la retenga aquí si es necesario, que no seré el mismo sin ella; pero es mi corazón —o al menos creo que es él el que está empujando mis lágrimas a salir— el que me dice que tengo que dejarla ir.
Y comienzo a llorar. Lloro como no lo había hecho nunca. No desde que era un niño. Dejo tan al descubierto mi fragilidad que tengo incluso que interrumpir el beso para poder hacerlo.
No quiero dejar de probar las fresas en sus labios.
Ninguno de los dos quiere separarse del otro, así que seguimos besándonos en una maraña de manos que se aferran a lo que hemos compartido y caricias que nos dejan claro que jamás sentiremos unas iguales, que amar es como la guerra, uno no es el mismo después de sobrevivir.