CAPÍTULO 70
Leah
Theo deja atrás la montaña de cenizas que ahora es Frederick y, en cuestión de segundos, localiza al Dirigente. Corre hacia él, pero varios agentes y melhanäis se interponen en su camino. Ocho. Tal vez nueve. Son demasiados para enfrentarlos solo.
Salto a su lado cuando lanzan su primer ataque.
—¿Dónde estabas? —me pregunta.
—¿Encima vas a echarme la bronca?
Se multiplican los puñetazos al verme. Pero Theo y yo nos convertimos en uno. En un solo movimiento, mostramos una sincronización que ellos jamás podrían anticipar.
Yo bloqueo el primer ataque con un giro rápido sobre mi eje, mientras él se desliza hacia el alado que se acerca demasiado rápido. No tarda en desplumarlo.
—Es que me gusta aleccionarte.
Las plumas caen a su alrededor como si acabáramos de hacer una guerra de almohadas.
—Creo que no estamos pensando en el mismo tipo de lecciones. ¡Por detrás! —le advierto.
Se gira para interceptar el ataque. Su codo conecta con la mandíbula del agente. Yo aprovecho la apertura para hundir mis colmillos en su cuello mientras tiro con mis manos hasta separar su cabeza de los hombros.
Otro menos.
—¿Es que no son todas a base de azotes? —me pregunta mientras el cuerpo decapitado cae a nuestras espaldas.
Nos movemos como si fuéramos una extensión del otro. Cuando él gira, yo estoy allí para cubrir su espalda. Cuando yo lanzo un golpe, él lo anticipa y lo complementa con otro.
Un ponzoñoso intenta abalanzarse sobre él, pero yo lo derribo antes de que llegue.
—¡Cuidado! —me advierte cuando un vampiro viene a por mí.
Pero me quedo paralizada y le sonrío brevemente antes de que él lo derribe de un solo tiro en el pecho.
—¡Justo en el corazón! —celebro.
—Siempre he sabido meterla bien.
—Tampoco tengo claro si ahora hablamos de balas...
—De balas, por supuesto. De lecciones y balas.
Estamos rodeados, pero no importa. Cada movimiento de ellos es un error, cada intento de superarnos una oportunidad para demostrarles que somos mejores. Sus números comienzan a menguar rápidamente.
Cuando el último ha caído, nos quedamos quietos, jadeando, cubiertos de sangre, rodeados por el caos de la batalla. Nos miramos durante un largo instante, y entonces, Theo sonríe y me agarra para besarme.
Pero yo sonrío más amplio y me voy corriendo antes de que pueda hacerlo.
—Así podrás aleccionarme luego —le digo entre el estruendo.
Oigo su gruñido incluso cuando ya estoy lejos. Camino hacia la puerta trasera por la que pretende escapar el rey melhanäi.
Llego hasta ella obviando todo lo demás. Me dan igual el resto de vidas, solo quiero acabar con la suya.
Elías, Lucrezia y los demás miembros humanos de ambas bandas siguen inmersos en sus tiroteos cruzados y sus tácticas militares, que consiguen tantas muertes enemigas como caídos amigos.
La puerta se abre con un chirrido metálico, como si hasta el hierro supiera que no debería dejarlo escapar.
El aire corroído me golpea la cara: húmedo, impregnado de sangre fresca.
Aquí, en las salas contiguas al salón principal, los melhanäis simpatizantes de los nuevos acuerdos parecen darse los festines que creen oportunos con los cuerpos que van cayendo.
El rey huye mientras pega gritos que parecen hacer reaccionar a los desgraciados que se están alimentando a nuestro alrededor.
El primero en salir en defensa de su rey es un licántropo. No está transformado del todo debido a que no hay luna llena, pero su fuerza sigue siendo brutal.
Primero me da un golpe en la cara con el dorso de la mano y casi me tira al suelo.
Se abalanza sobre mí como si el mero peso de sus músculos pudiera aplastarme.
Lo esquivo con un giro elegante, hundiendo mis uñas en su costado.
La piel se abre como si fuese mantequilla, pero aún respira.
.. Así que le arranco la tráquea de un mordisco, y por fin deja de hacerlo.
—Patético —susurro, escupiendo el órgano a un lado.
Esta noche mi sed de venganza es más fuerte que la naturaleza melhanäi.
Un ponzoñoso aparece para no darme tregua. Coloca un mechero encendido delante de su cara y, cuando abre la boca, deja escapar un gas que enseguida prende.
Las llamas me queman, me ciegan. Grito, más de furia que de dolor, porque la piel se me chamusca al instante y de repente huelo como si fuera un pollo frito.
Ruedo hacia un lado para esquivar la llamarada.
—Joder... —susurro, viendo cómo comienza a regenerarse mi piel.
Cuando deja de expulsar el gas para coger aire, y antes de que pueda volver a respirar, salgo de mi escondite y le muerdo la muñeca tan fuerte que la mano cae al suelo con los dedos aún cerrados alrededor del mechero. Su grito lo acompaña hasta que cae de rodillas.
Me tambaleo, todavía ardiendo por dentro, pero sonriente.
Avanzo.
El rey melhanäi llega hasta donde Gifford está siendo evacuado, y los agentes enseguida le hacen un hueco entre ellos.
—¡Alto! —grita uno.
Les muestro los colmillos.
Uno dispara. La bala entra por mi clavícula y sale por la espalda. Es una bala Haren, y escuece como una condenada, pero ni me inmuto.
—Muy valiente —le digo al policía, que me mira temblando—. Ahora, muere.
Salto sobre él y sus huesos crujen. Todos retroceden, aterrados, pero cojo al de al lado por el cuello y le chupo hasta la última gota. Hasta que su piel se seca como un papel viejo. Lo suelto y cae como un saco vacío.
Gifford consigue escapar por la puerta con algunos agentes, pero yo enseguida estoy sobre ella y arranco los picaportes para enlazar los metales e inutilizarla.
Todos huyen de vuelta al salón principal.
El único que entiende que da igual lo muchísimo que siga corriendo, el único que entiende que no es cuestión de distancia, sino de mis ganas de acortarlas, es el rey melhanäi, que se queda frente a mí, retrocediendo paso a paso muy lentamente, sin quitarme los ojos de encima.
—¿Qué quieres? —me pregunta. Consigue elevar un poco el mentón para conservar algo de su dignidad—. ¿Qué quieres a cambio de dejarme vivir? Te daré lo que quieras, ¡cualquier cosa que pidas!
Él sonríe con la seguridad de quien se ha creído invencible demasiado tiempo.
Freno mis pasos y lo miro con la solución en los ojos.
Mis gestos parecen tranquilizarlo; sus hombros se relajan de repente.
—Devuélveme a mis padres. Quiero que vivan —le digo.
—Eso no es posi...
—Has dicho cualquier cosa que quiera —le recuerdo—. Pues bien, quiero que mis padres no mueran en una guerra sin sentido que acabará con mi rey besándole el culo al enemigo y traficando con su propio pueblo.
Comienza a retroceder de nuevo, tan cauto como las palabras que salen de su boca:
—No puedo darte eso, ¡pero puedo hacer que su memoria perdure! Cuando vuelva al continente melhanäi haré que construyan una estatua en su honor en...
Chasqueo con la lengua mientras niego con la cabeza.
—No es lo mismo. Ysi no puedes devolverme su vida, tendrás que darme la tuya.
Comienzo a recortar la distancia y escucho cómo su latido se acelera.
Cuando él entiende que no hay nadie que vaya a salvarle el culo, se convierte en la criatura ponzoñosa que siempre ha sido.
Hace un gesto mínimo y una saliva oscura se forma en sus labios.
La escupe en una fina ráfaga que huele a metal avinagrado.
El veneno corta el aire como un silbido.
Consigo esquivar el líquido, pero la lengua me traiciona al jadear y el olor se me pega a la garganta.
Me quejo del escozor tan doloroso que amenaza con derretir mi campanilla.
Es rápido. Escurridizo. Se desliza a mi alrededor como pez en el agua. Gira, desaparece, reaparece detrás de mí con un golpe que intenta partirme en dos. No ataca como un monarca, ataca como un carroñero: mordiscos pequeños, arañazos que rasgan mi ropa, bocanadas de veneno que siguen quemando...
Me acierta un zarpazo en el costado. No es profundo, pero el veneno que ya impregna todo el aire se mete por el corte como fuego líquido. Siento sus efectos casi de inmediato: la sangre hierve bajo mi piel, la visión me vibra, los músculos intentan traicionarme.
Cuanto más me duele, más despierta lo que soy. Mi furia se alimenta del dolor.
En su siguiente ataque escurridizo lo alcanzo. Mi mano se cierra sobre su pechera aun con los ojos cerrados, y tiro sin importar lo que arranque. Me alejo de la humareda envenenada y, antes de que abra la boca, le rompo la mandíbula contra una columna.
Cae como un trapo al suelo, dejando escapar sus gritos entre los dientes que ahora no saben cómo colocarse.
—Traidor —yo le escupo otro tipo de veneno.
Cuando introduzco mis dedos en su boca para arrancarle la lengua, él intenta escupir otra bocanada de veneno, pero la lengua hace un ruido hueco y húmedo cuando se la saco.
Él chilla, pero su voz gorgotea con la sangre que le cae a chorros por la garganta.
—Mira —le ordeno. Los dos observamos cómo su lengua, larga y fina, sigue moviéndose entre mis dedos—. Tus palabras han sido la causa de tu muerte. Yo, solo la ejecutora.
Por mis padres , pienso.
Su cuerpo tiembla mientras se desangra, luego se derrumba como si alguien lo hubiera apagado.
Queda ahí, una masa inerte de escamas y traición.