CAPÍTULO 69
Theodore
Levanto la cabeza a pesar de los focos que me ciegan y parecen señalarme como el único culpable de la muerte de mi madre.
Veo cómo un hombre, que me suena haber visto en La Brada —por las pintas que tiene, desde luego parece dormir en las calles de dicho barrio—, se sitúa al lado del Dirigente e intenta esconder sus temblequeras y sudores de adicto tras un traje bonito y excesiva gomina en el pelo.
—Este hombre será quien os pruebe que la inmortalidad está al alcance de nuestras manos —lo presenta Emory—. No me hagáis caso a mí, hacédselo a él.
Le entrega la pequeña cápsula azul que, sin una sola pregunta y seguramente con la promesa de que después tendrá un buen chute de su sustancia melhanäi favorita, se mete en la boca y traga.
De inmediato, el hombre se lleva las manos al estómago e intenta contener los gestos de dolor mientras todo por dentro se le retuerce. Sus entrañas suenan como tambores en mis oídos.
El Dirigente no deja pasar mucho tiempo antes de coger el cuchillo que le entrega uno de los científicos con el tatuaje de la espiral visible y abrirle un tajo al hombre en el antebrazo.
Este grita; por mucho que intente ser buen actor, la herida es demasiado profunda.
Tanto que su sangre cae a chorros sobre el escenario ante el horror de los invitados.
Emory alza el antebrazo del hombre justo a tiempo de que todos podamos ver cómo la herida comienza a regenerarse rápidamente. Las exclamaciones del gentío se multiplican y se elevan a un tono en el que todos parecen querer ser las siguientes ratas de laboratorio.
—Cualidades de los melhanäis que podrían hacernos invencibles —explica el Dirigente—. Adquiriremos todas sus habilidades y rechazaremos sus debilidades. Crearemos el ser humano perfecto.
Cuando nuevos aplausos llegan, el Dirigente les pide a sus científicos que se lleven al adicto. Sus ojos comienzan a cerrarse y su labio tiembla tanto que parece que va a echar el hígado por la boca.
—Tú te has ofrecido antes a ser el sujeto del experimento, así que me parece bien, ¿quién soy yo para negarle al gran Theodore Leville sus deseos? —se burla Emory, mirándome.
—¡THEO! —Leah se ha desgarrado el vestido por mil zonas y ya le han hecho profundas heridas para retenerla, pero ella sigue luchando.
—¿Unas últimas palabras antes de seguir a tu madre? —Está tan confiado que se acerca demasiado.
—Te voy a matar.
Con un rugido que sale de lo más profundo de mi ser, me zafo de los guardias con una fuerza no proporcionada por el lumiriate, sino por la ira más real que he sentido jamás; más incluso que durante la guerra.
Uno de los vampiros que me escoltan tropieza y cae hacia atrás, sorprendido, y aprovecho el momento para darle un puñetazo al otro. El crujido de su mandíbula es casi tan satisfactorio como la expresión de pánico que aparece en el rostro de Emory.
Las balas Haren empiezan a volar por el salón, alcanzando a más de un humano en su intento por darnos a nosotros.
Los invitados gritan, algunos corren hacia las salidas, otros se quedan paralizados, incapaces de procesar el caos que acaba de estallar.
Ya no parece importarles vivir eternamente, con sobrevivir a esta noche les vale.
Emory retrocede, nervioso por primera vez en toda la noche.
Por fin el espectáculo va según lo planeado.
Leah y yo nos hemos alimentado bien antes de venir, pero no puedo evitar que los gritos, la adrenalina de los que corren a mi alrededor y el olor de la sangre que salpica aquí y allí me sumerjan en un estado en el que no tengo el control.
Estoy de caza, y tengo claro cuál es mi presa.
Me lanzo sobre el Dirigente, pero Frederick, tan molesto como siempre, me desvía con un empujón que termina con mi espalda contra uno de los muros de piedra.
—Eres un estorbo, tendré que matarte antes de que vuelvas a tocarme los cojones —le digo.
—¿Por qué no lo intentas antes de que te conecte a esa máquina? Quizás entonces sobrevivas.
Echo un vistazo rápido a la sala: todos los miembros de nuestras bandas han descubierto sus tapaderas para disparar en el fuego cruzado que se ha generado con los agentes de Emory.
El mandatario Gifford va dándoles órdenes mientras Elías reorganiza a los nuestros junto con Winnifred, que se encarga de que todo el mundo tenga munición en todo momento y de cubrir su retaguardia.
Leah va saltando de un punto a otro para asegurar los ángulos descubiertos de los nuestros.
Los asegura con algún que otro crujido de cuello.
Giro al momento para esquivar un golpe de Frederick que habría partido la mandíbula de cualquier otra criatura.
Su mirada, inyectada en sangre, arde. Su mano derecha arremete de nuevo, esta vez logrando rozar mi costado.
Un dolor ardiente se extiende al instante.
Sus uñas desgarran mi camisa y la piel que hay debajo.
—Ella será la siguiente —me dice, sabiendo que estaba mirando a Leah.
—Llevas el desamor un poco al extremo, ¿no crees?
Siento la sangre correr por mi costado, pero me lanzo hacia él antes de que tenga tiempo de jactarse de su pequeño triunfo.
Mis puños conectan con su mandíbula, un impacto seco que lo hace retroceder tambaleándose.
Aprovecho el momento para barrerle las piernas con un movimiento rápido, y su cuerpo se estrella contra el suelo con un estruendo que reverbera en las paredes de piedra.
—Ya lo voy entendiendo... Te ha faltado amor desde que eras pequeñito, ¿no?
Yahora intentas conseguir abrazos y besitos, aunque sea a punta de pistola.
—Me coloco sobre él, mis manos cerrándose alrededor de su cuello mientras trato de mantenerlo clavado al suelo—.
Eso está feo, Freddy. Tanto como lo que me hiciste en aquel sótano de mala muerte.
Con un siseo cuya vibración llega hasta mi pecho, Frederick me agarra por los hombros y me lanza por encima de él. Mi cuerpo choca con una de las columnas del salón y hago retumbar la cúpula de cristal. Algo cruje en mi espalda; puede que una costilla, pero no tengo tiempo de comprobarlo.
Ya está sobre mí, con su puño bajando como un mazo. Logro girar la cabeza a tiempo, y su golpe destroza la columna en lugar de mi rostro.
—Disfrutaré muchísimo matándote, pero aún me recrearé más con ella. —Me da una bofetada que me aturde lo suficiente como para que pueda cogerme del pelo y mirarme fijamente a los ojos—. Con ella seré lento, aprovecharé cada segundo.
El muy idiota no debe de entender lo que me provoca que hable así de Leah. Se me viene a la mente todo lo que él podría hacerle, pero también todo lo que yo puedo hacerle a él.
Le clavo un codazo en el estómago. Es un movimiento sucio, pero eficaz. Frederick se encorva por un momento, lo suficiente para que lo empuje hacia atrás y me ponga de pie.
Ambos estamos heridos. La sangre mancha nuestras ropas y se mezcla en el suelo. Mi costado me pinza en el momento en que la costilla rota se recoloca sola, y la comisura de mis labios de repente sabe más a hierro. Pero no importa. Sigo.
El siguiente golpe de Frederick es más rápido de lo que esperaba. Me disloca un brazo que después desgarra de un mordisco. Ver mi sangre en su boca me traslada de vuelta al sótano, y tomo la distancia necesaria para que mi brazo se regenere lo justo para poder atacar de nuevo.
—¿Eso es todo lo que tiene el gran Theodore Leville? —Se burla de mi retirada—. Pensaba que me aguantarías un poquito más.
—Y yo pensaba que un hombre de tu edad habría superado los complejos de inferioridad.
Lo ataco antes de que pueda contestar. Canalizo todo mi dolor y rabia en un golpe directo a su pecho. Su cuerpo se estrella contra las mesas de canapés, derrumbando lo poco que quedaba por comer. Yo ignoro los pastelitos de salmón y le muerdo una y otra vez por el cuello y los hombros.
Frederick se tambalea, pero no cae. Su rostro ahora está desfigurado por una mezcla de sangre y furia. Carga hacia mí con un rugido bestial. Sus manos se cierran alrededor de mi cuello, y me levanta del suelo con una fuerza que incluso entre los nuestros resulta abrumadora.
—Siempre lo mismo contigo, Theo. Siempre intentando ser el centro de atención.
Mi visión empieza a oscurecerse mientras aprieta. Cojo un trozo de madera de las mesas destrozadas y se lo clavo en el pecho. Casi puedo notar cuándo le atravieso el corazón.
Frederick suelta un grito desgarrador, y su mano en mi cuello se afloja. Caigo al suelo, jadeando, mientras él retrocede tambaleándose, mirando incrédulo el agujero de su torso después de sacarse la madera.
—No somos tan diferentes, ¿no? —intenta apelar a una compasión inexistente.
—¿Tú y yo? Para nada. Antes quizás. Yo he aprendido algo que tú aún no. Tú peleas por odio. Yo por amor. Yel amor es mucho más despiadado.
Y entonces, se acaba. Cae desplomado sobre un charco de sangre en mitad del salón y, al poco, su cuerpo se convierte en polvo.