Pedimos sangre, no perdón CAPÍTULO 68
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CAPÍTULO 68

Theodore

Mi garganta se cierra en un nudo tan apretado que casi me ahoga.

Mis piernas se mueven antes de que mi cerebro procese lo que estoy viendo.

Cada parte de mí grita que esto no puede estar pasando, pero ahí está.

La mujer que me enseñó a atarme los cordones, a pensar rápido y a sobrevivir en un mundo que nunca nos dio tregua, ahora es el espectáculo de un psicópata.

Emory se toma su tiempo, gesticulando como si estuviera presentando un milagro:

—El don de la inmortalidad, extraído de una fuente que ha existido desde el principio de los tiempos, pero que ha estado fuera de nuestro alcance; una sustancia que los melhanäis guardaban para ellos: el lumiriate.

Mi mandíbula se me tensa tanto que duele. Habla de mi madre como si fuera un recurso. Un experimento. Nada más.

Mi plan ha quedado reducido al dilema de intervenir ahora o más tarde, pero sea como sea, sé que los tiempos que habíamos establecido ya no valen; no pienso dejarla morir.

Mi madre tiene la cara demacrada por el sudor que se le acumula bajo los ojos y que le perla la frente. Las mejillas no son más que dos agujeros que se meten hacia la boca y su piel parece haber perdido aún más color y ya es de un blanco fantasmagórico.

Avanzo a empujones entre la multitud a pesar de las miradas de advertencia de Leah, a quien le había costado demasiado pasar desapercibida como para ser yo ahora quien lo joda todo.

Pero lo hago. No puedo abandonar a mi madre.

No otra vez. Vuelvo a verla morir delante de mis ojos y mi yo de diez años me dice que no me vaya.

Un par de guardias armados aparecen a mi lado como sombras gigantescas, y me agarran de los brazos antes de que pueda acercarme más.

Me retuerzo, pero son más fuertes de lo que esperaba.

Vampiros. Frederick me saluda con un movimiento ridículo de dedos desde una esquina mientras docenas de agentes armados aparecen por el salón, las escaleras, los balcones interiores. .. Ytodos me apuntan con sus armas.

El Dirigente no pide un foco para mí, pero sí centra toda su atención al mirarme.

—Theo... —musita mi madre entre toses que dejan escapar sangre de su boca.

—Theodore Leville, un placer volver a verte. ¡Sé bienvenido! No te preocupes, te hemos reservado un lugar en primera fila.

Cuando veo la comitiva que me recibe, entiendo que siempre ha ido un paso por delante y que los planos y documentos que robamos de la comisaría no eran más que un señuelo.

—Déjala ir —le espeto, señalando a mi madre con el mentón, con la voz tan firme como puedo, aunque siento que todo dentro de mí está a punto de estallar cuando los científicos la conectan a todo tipo de cables que la unen con la maquinaria que contiene una pequeña porción de energía de lumiriate aislada y que solo necesita ser alimentada antes de ser sintetizada.

—Tu madre es un sacrificio necesario, Leville. Es un honor, realmente.

—Esto no es ciencia, Emory. Es una carnicería.

Los guardias me empujan hacia atrás, pero no aparto los ojos de él, ni siquiera cuando, con el rabillo del ojo, veo que otro par de vampiros arrastran a Leah hasta mi lado.

—Tienes lo que querías, ¿no? Un espectáculo. Átame a mí a esa mesa, deja que ellas se vayan.

—¡Theo, no! —Mi madre sigue tosiendo—. Yo ya estoy muerta, hijo —susurra, pero ni Leah ni yo podemos oírla.

—Uh, uh, uh... Interesante. ¡Es verdad! El mandatario Gifford ya me puso al corriente de tu nueva condición —celebra el Dirigente.

—¡Theo, vete! ¡Escapa! —me suplica mi madre.

Y en un intento desesperado por hacerme entrar en razón, se raja un trozo de tela de la parte superior del pantalón. De la misma pierna con la que cojeaba el último día que la vi.

Leah ahoga una exclamación ante el estado de su carne, casi podrida. Yo le pido con la mirada que me lo explique.

—Tuvo que morderla un licántropo en el puerto. Esas heridas no se regeneran, nos matan poco a poco, con una agonía tan terrible como la fiebre blanca a los humanos.

No puede estar repitiéndose de nuevo la historia a niveles tan similares, mi madre no puede volver a morir en estas circunstancias, llena de angustia y dolor.

—No quería preocuparte, hijo. Tenías demasiado en la cabeza... —vuelve a susurrar mi madre—. Siento haberme dejado atrapar. Estaba débil y... —Más toses.

—Habrá alguna manera de curarte —le susurro de vuelta.

Ella niega con la cabeza primero, después lo hace Leah.

—Es inevitable —comenta esta.

—Pero vosotros podéis salvaros —insiste mi madre.

—No —digo, tajante.

—No mueras por algo que ya está muerto, hijo —me pide mi madre.

Emory levanta una mano, y el reflector que apunta a la cápsula del lumiriate brilla aún más, como si quisiera enfatizar la crueldad del momento.

Leah y yo nos zarandeamos tanto que ella consigue tumbar a uno de los vampiros que la retienen.

Yo a los dos. Pero antes de que pueda despegar mis pies del suelo, Frederick ha mandado a cinco más para seguir reteniéndonos.

El público se escandaliza.

—Señoras y señores, esta es la primera etapa del proceso: la alimentación. —Su voz es puro teatro y hace que me hierva la sangre.

Los murmullos de los invitados son de asombro, no de horror. No ven a una mujer encadenada. Ven un producto. Una oportunidad.

Encima de la camilla metálica, mi madre levanta la cabeza.

Incluso ahora, con las muñecas y los tobillos sujetos por gruesas correas impregnadas en algún tipo de ponzoña melhanäi, hay una dignidad en ella que hace que mis ojos escuezan al retener las lágrimas que nacen del respeto.

Su mirada se encuentra con la mía, y en sus ojos no hay miedo, solo una mezcla de amor y resignación que me destroza.

Intento gritar su nombre, pero los guardias me empujan con más fuerza, y mi voz se ahoga entre ellos.

El zumbido de la máquina se enciende. Emory pulsa un botón en el panel de control, y unas tenazas se despliegan lentamente para coger a mi madre y ponerla encima de la cápsula que contiene el pequeño trozo de lumiriate que ha de ser regado.

—Este es el momento crucial —dice el Dirigente, dirigiéndose al público—. Aquí es donde la magia ocurre. —Su sonrisa es la de un verdugo que disfruta con su trabajo.

—Te quiero, Theo —me susurra mi madre por última vez.

—¡No!

Las tenazas penetran en los brazos y el cuello de mi madre, y el grito que suelta es como un puñal en mi pecho. Me retuerzo con toda mi fuerza, pero los guardias me sostienen como si fuera un muñeco de trapo mientras la sangre de mi madre corre por los tubos de la maquinaria.

—¡Mamá! —grito como el niño de diez años que ahora mismo soy.

Ella intenta hablar, pero las palabras no salen.

Convulsiona con una mueca de dolor. Su cuerpo tiembla mientras el núcleo de la energía del lumiriate comienza a irradiar todo el salón con una luz dorada que va tomando diferentes tonalidades verdes y luego azules, mientras se estabiliza con una cantidad ingente de cenizas que los científicos echan por otros conductos.

El público observa, fascinado, como si esto fuera un espectáculo de luces.

Me giro hacia ellos, furioso, y me dejan claro quiénes son aquí los auténticos monstruos por mucho que seamos los melhanäis los que estemos sintiendo un pequeño pinchazo en el pecho por las alteraciones del lumiriate.

Los gritos de mi madre cesan.

Todo se detiene.

Su cuerpo se relaja, y por un segundo, parece que está dormida. Pero sé que no lo está.

Algo dentro de mí se rompe. De repente, no hay nada... Solo vacío.

Aunque solo hace falta una mirada más al Dirigente para descubrir que debajo de ese vacío hay fuego. Fuego y rabia.

Emory sonríe, satisfecho, mientras la energía es comprimida y metida en una cápsula del tamaño de una pastilla.

—El futuro está aquí —proclama, mientras el mío se ha visto truncado de la manera más cruel de todas.

Todos los presentes aplauden y elogian la magnitud del logro mientras yo agacho la cabeza.

—¡Theo! —Leah sigue peleando por escapar de sus captores. Me grita temerosa al ver que me rindo—. ¡Theo!

—Haremos más —anuncia el Dirigente, borracho de protagonismo—. Traédmelo.

Yo me dejo arrastrar. Me sueltan de rodillas en el suelo a la vez que sueltan el cuerpo de mi madre frente a mí. Yen sus ojos vacíos veo mi destino.