CAPÍTULO 67
Leah
Pasa solo un día y vuelvo a estar cerca del puente entre Wicksole y Elmbound, aunque esta vez no lo cruzo; en cambio, me desvío por los caminos desdibujados del bosque.
Camino entre la hermosa maleza que esconde sus colores tras la escarcha.
El sol, que hoy se ha dignado a salir, se cuela entre las copas y dibuja líneas doradas casi tan gruesas como los troncos que esquivo.
—¿No deberías estar descansando para esta noche, Leah? —La superior de las ninfas, Rosaly, es la primera y única en salir de su escondite—. No se puede derrocar un sistema mundial con el estómago vacío y ojeras.
—No tengo hambre. Pero, aun así, creo que tanto tú como yo seríamos capaces de ello. —Me siento en una roca.
A Rosaly parece preocuparle el tiempo que estoy dispuesta a hacerle perder por la paciencia con la que me acomodo, así que no hace caso de mi halago camuflado.
—¿A qué vienes? —me pregunta con el ceño fruncido.
—A pedirte un favor.
—¿Y qué te hace pensar que te lo haré?
—¿El hecho de que somos amigas? —intento. Ella frunce más el ceño—. ¿Compañeras? —Como siga frunciéndolo, se quedará sin ojos—. ¡Aliadas!
—Como mucho, eres mi subordinada.
Creo que está de broma y se me escapa una carcajada. Ella se enfada.
—Vete —me dice, dispuesta a darme la espalda.
—¿Ni siquiera vas a escucharme?
—¿No tenéis suficiente con que os ceda la ayuda de todas mis ninfas durante vuestro arrebato de heroísmo?
—No. —Me encojo de hombros—. Asumía que eso no era un favor, que lo hacías como pieza fundamental dentro del mundo melhanäi y por la responsabilidad social que sé que tienes con todo eso de las torturas, los experimentos y los asesinatos por el lumiriate.
—Mi responsabilidad es para con mis ninfas —me corrige—. Yno pienso ponerlas nuevamente a merced de los humanos... ¡Mucho menos a la tuya!
—Siento decirte que no tienes más opciones, Tarana. —La detengo al decir su verdadero nombre cuando ella ya estaba dándose la vuelta.
Se le hincha el pecho y se le abren los ojos de manera exagerada.
—¿Cómo has averiguado mi nombre? —Habla tan despacio que sé que el etéreo contrato vinculante que las ninfas tienen con aquellos que averiguan sus nombres le obliga a doblegarse a lo que yo le pida.
—Te he dicho que venía sin hambre. —Me quito el último rastro de sangre de ninfa que se me ha quedado reseco en la comisura de los labios.
—¿Has matado a una de las mías? —Aprieta tantísimo los labios que de la presión se le podría salir uno de sus enormes ojos morados.
—¡No! —Intento que mi cara no muestre la brutalidad del interrogatorio al que la he sometido—. No la he llegado a matar.
—Bien. Me dirás su nombre para matarla yo.
Ahora soy yo quien abre los ojos y se echa ligeramente hacia atrás. Estas ninfas pueden llegar a dar auténtico miedo.
—De... De acuerdo, pero tendrás que hacer lo que te pido.
—No tengo más remedio. —Pone los ojos en blanco.
Las probabilidades de éxito son escasas y el riesgo es demasiado alto, pero igual que me he atrevido a despertar la ira de la superior de las ninfas, me atreveré a cualquier cosa con tal de salir victoriosa.
La noche llega y, con ella, la presentación de la nueva cápsula energética del Dirigente.
Cuando llegamos a la antigua fortificación de Elmbound, el vestido y los tacones son demasiado incómodos para aguantar acuclillada entre los arbustos en los márgenes del camino empedrado que cruza la playa hasta la fortificación, y aun así lo estoy.
—La última vez que me infiltré en un evento no tuve que meter los zapatos en el barro —me quejo.
Theo me vuelve a mirar por milésima vez de arriba abajo con esos ojos de «te voy a devorar» desde que hemos salido de la fonda; y sé que los zapatos rojos son lo último en que se fija. Mi vestido blanco se ciñe a las curvas que tanto le gustan.
—La última vez que te infiltraste no eras la vampira pelirroja más famosa de Salrath. Pero déjame decirte que no ibas ni la mitad de despampanante que hoy.
—Ya te he dejado decírmelo. Cinco veces.
—¿Quieres que pare?
—No. Me gusta ir pisando tu alfombra de babas. —Simulo quitarle una de la comisura con el dedo.
—Conque sí, ¿eh? ¿Quieres saber dónde acabarán mis babas al final de esta noche?
Me acerco más a él casi sin darme cuenta, como si su cuerpo pudiera realmente imantar el mío.
—Qué asco, por favor, ¡haced el favor de centraros! —se queja Lucrezia—. ¿Es que no hay un momento en el que no estéis cachondos?
Rowland la mira de reojo en un intento de descifrar si, por algún motivo, ella lo estuviera mirando a él como Theo me mira a mí. Pero incluso cuando ve que no es así, culebrea entre todos nosotros para estar siempre en su campo visual.
Rowland está loco y es un pirómano, pero si algo bueno tiene es que no parece de los que se rinden fácilmente.
Le da igual quemarse veinte veces al experimentar con sus bombas o recibir veinte bofetadas al intentar ligarse a Lucrezia; pondrá el culo para recibir la siguiente ahí en vez de en la cara.
—El que tiene que estar centrado para abrirnos una puerta es Rowland —comenta Elías.
Nuestros contactos en las comisarías han sido vetados en la seguridad del evento y los guardias tienen la pistola de Gifford metida por el culo. No nos dejarán pasar por muchas monedas que les soltemos en la entrada. Por eso Rowland está aquí.
—No necesito estarlo para abrir un boquete en el muro —dice Rowland con retintín.
—Pero sí para conseguir que nada más estalle.
Los invitados más selectos del continente siguen llegando en ráfagas de los últimos modelos de vehículos motorizados más caros de la costa. Através de las ventanillas podemos ver las telas y las joyas más inasequibles de todas.
—Solo ellos podrían hacerse dueños de la eternidad —escupe Theo con un deje de rencor.
—No lo harán, no se lo permitiremos. —Elías le da un golpecito amistoso en la espalda—. Quien la quiera que lo consiga sin matar a nadie, y que al menos pase por la misma mierda que has pasado tú.
—Vaya. Gracias, amigo.
—¡No podemos perder más tiempo! —exclama Lucrezia.
—Pero aún no han llegado los melhanäis de la rebelión que Rosaly y el resto de líderes nos prometieron.
—Theo mira hacia todos lados, buscando cualquier sombra entre los arbustos que indique que nuestros refuerzos están al caer, pero no la encuentra.
.. Yno la encontrará. Yo soy la única de los presentes que lo sabe.
—Pero ¿y mi madre? —susurra Theo.
Eso sí que no lo sé.
—¿Sigue sin aparecer? —le pregunto.
—Nadie la ha visto desde que capturamos a Barret.
—¡Se llamaba Burnet! —lo corrige Lucrezia mientras carga su pistola.
—Seguro que está en camino con el resto de los melhanäis —miento—. Estará bien.
—No podemos esperarlos. El Dirigente no esperará a nadie. —Lucrezia se pone en pie cuando el último vehículo parece haber pasado.
Todos asentimos.
Algunos de los Steelson y los Bane se han infiltrado como trabajadores en las cocinas y el servicio del evento bajo las órdenes de Winnifred y Gina. Controlarán las entradas y puntos de vigilancia más problemáticos.
Theo coge a Elías, yo a Lucrezia y Rowland, y los transportamos corriendo hasta uno de los muros ocultos de la fortificación.
—¡Qué pasada! —Los ojos de Rowland hacen chiribitas, pero parece disfrutar del subidón que le ha dado la velocidad vampírica.
—Y con tacones. —Chasco la lengua, orgullosa.
—Creo que voy a potar. —Elías se lleva las manos a la boca.
Ese desde luego no está hecho para ser vampiro.
Nos pegamos a la pared cuando Theo y yo detectamos que la primera ronda de vigilancia se acerca a nosotros, tal y como habíamos previsto. Las rotaciones siguen el patrón que averiguamos en los documentos que extrajimos de la comisaría de Wicksole.
Cuando los dos agentes armados toman la esquina, Theo se deshace de ellos con un golpe seco en sus nucas. Elías y Lucrezia revisan sus chalecos y pantalones hasta dar con las llaves que ella y Rowland necesitarán dentro de la fortificación.
Todos nuestros relojes marcan entonces las diez de la noche en punto y damos comienzo al plan. Rowland sitúa varias cargas pegadas al muro de gruesas y fuertes piedras que necesitan la fuerza necesaria para caer, pero la consistencia justa para que no seamos detectados.
Rowland nos hace alejarnos. Él es el que más cerca se queda de sus explosivos; no sé si porque el cable que conecta en el detonador no da para más o porque quiere presenciar su obra maestra de cerca.
—Han sido semanas y semanas de experimentar con los estabilizadores melhanäis. Aquí he tenido que usar una ponzoña que, en contacto con...
—¡No nos interesa, Rowland! Hazlo estallar —le ordena Theo.
—Sí, mi capitán. —Sonríe ante una de las órdenes que más ha disfrutado jamás.
Aprieta el botón sin nada parecido a un aviso previo y, aunque mi primer instinto es cubrirme, pronto descubro que no es necesario.
Las rocas afectadas por el estallido quedan en suspensión por unos segundos, formando un puzle incrustado en la pared que, poco a poco, se va cayendo a trozos en el mismo sitio.
El poco humo que la bomba ha soltado asciende tímido y escurridizo, como si supiera que debe ser discreto.
—¡Ha funcionado! —celebra Rowland, después de que la cápsula de energía que se ha generado al apretar el botón haya absorbido todo el ruido y gran parte de la vibración de la explosión.
El follaje que recubre este lado de la fortificación y el ángulo de este muro, harán el resto para ocultar el boquete el tiempo necesario.
—¿Es que no lo tenías claro? —le pregunta Elías, espantado.
—Bueno, ya sabes, con estos experimentos uno nunca puede estar seguro al cien por cien.
—Ya...
Elías tiene que sujetarse en una de las baldas de la increíble librería que ocupa la pared del despacho en el que entramos a través del agujero que Rowland ha abierto en el muro.