Pedimos sangre, no perdón CAPÍTULO 66
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CAPÍTULO 66

Leah

Cualquiera que me viera yendo detrás de Theodore Leville mientras él, con cara de perro, evita a todo el mundo, me diría que estoy loca, que me sacará la pistola y se asegurará de que no interrumpo su tormento.

Cruzamos media ciudad mientras él avanza a zancadas y yo lo sigo de cerca.

Sabe que me he convertido en su sombra, pero solo mira, malhumorado, por encima de su hombro de vez en cuando para ver si aún lo sigo.

Cada vez que comprueba que estoy, se limita a gruñir.

No me dice que deje de seguirle, no me pide que lo deje solo, porque no quiere estarlo, así que sigo haciéndole caso a mi instinto y no a sus miradas asesinas.

Sin pretenderlo, Theo ha llegado al puente que conecta con Elmbound, su sitio para estar tranquilo, adonde yo sabía que se dirigía desde que puso un pie fuera de la fonda.

—Bueno, eso ha estado bien para calentar —le digo después de sentarme en el murillo del puente—. Ahora, ¿hablamos?

—¿De qué quieres hablar?

Aunque distante, la luz pálida de la luna sigue derramándose como mercurio líquido sobre su silueta, delineando las sombras de sus ángulos y la curva tentadora de sus labios, que sostienen un cigarrillo.

—Del debate moral que está ahora mismo devorando esa cabecita. ¿Destruyes la fábrica del puerto para asegurar que ningún otro melhanäi o humano sea sacrificado o te quedas a vivir en Wicksole?

—Porque no hay ninguna manera de hacer ambas. —Sé que lo dice como afirmación, que lo tiene asumido, pero en algún rincón de su garganta hay una súplica que pide a gritos que sea posible.

—Si hacemos estallar esa fábrica, el lumiriate desaparecerá y los melhanäis tendremos escasos días para volver a nuestro continente.

—No es mi continente —replica.

Su mirada oscura me advierte de que no siga, y, por un segundo, cuando noto el escalofrío que me hace sacudir los hombros al ver el rojo en sus ojos, vivos como unas brasas, me lo planteo. La imagen de Theodore Leville enfadado no deja espacio para las divagaciones.

—Quizás tenga que empezar a serlo. —No doy tregua a su pena.

—Wicksole es parte de mí. Es como si me amputaran una extremidad.

—Pero seguirías...

—¡No! No digas que seguiría siendo el mismo... No sería ni parecido de no haber vivido en Wicksole y no lo seré si me voy.

Una voz interior pequeñita, egoísta, me dice que, aunque él pierda, yo ganaré, se vendrá conmigo a casa y no tendré que renunciar a él. Creo que yo también dejaría de ser yo misma si lo pierdo.

—Pero ¿qué hacemos con la central y quienes están muriendo por culpa de sus experimentos? —le pregunto.

—¿Hay alguna otra cosa que podamos hacer? —No sé si me lo pregunta a mí o a la suerte que debería tener para que la respuesta fuera que sí.

—Renunciar a hacer nada y dejar que hagan con Wicksole y su gente lo que quieran.

—Moriría antes que eso.

—No lo dices en serio. —Su instinto temerario me da el miedo suficiente como para que me preocupe que lo diga en serio.

—Tú no lo entiendes.

—¡Claro que sí! —Elevo la voz más de lo necesario para asegurarme de que deja de caminar de un lado a otro del puente y me mira—.

Yo tuve que dejar mi hogar atrás sin saber si algún día volvería.

Dejé atrás todo lo que me era familiar, todo lo que era mío, para ayudar a mi pueblo, para venir aquí a recuperar lo que es nuestro, a impedir que un indeseable haga con él lo que le plazca.

Yahora, gracias a ti, voy a conseguirlo.

—Pero será un precio que pagaremos otros... Otros como yo. ¿Ocrees que soy el único melhanäi que no quiere irse de Salrath? Muchos de ellos ya consideran este su hogar.

Quién lo diría. El mismo Theodore Leville que hace unos meses habría matado —literalmente— por conseguir que todos los melhanäis desaparecieran de su ciudad, ahora se debate por respetar su libre elección de vivir en estas calles o no.

—Idiotas hay en todos lados —le digo. Me mira tan ofendido por mi respuesta que casi se le cae el cigarrillo de los labios—. Aver, no me malinterpretes, Wicksole no está mal, pero Adewin o cualquier otra región del continente melha­näi le da mil vueltas a cualquiera de vuestras ciudades.

—No me digas.

—Mi casa la construyeron mi padre y mi abuelo.

—Cierro los ojos involuntariamente—. Quizás sea demasiado simple, pero es hermosa.

Más que ningún edificio de por aquí. Allí, en mitad del valle, el tiempo no se apresura, no hay bullicio ni fábricas que rompan el horizonte.

El bosque que rodea nuestro pequeño poblado es un paraje en el que perderse.

Los pinos se alzan como guardianes, cubriendo el cielo con sus copas entrelazadas.

Los rayos del sol, cuando logran atravesar el follaje, dibujan filigranas doradas sobre el suelo, haciendo que hasta la tierra parezca brillar con luz propia.

El aire huele a humedad, a resina y a flores silvestres; es tan puro que te hace olvidar tus preocupaciones.

Cuando abro los ojos, Theo me está mirando como nunca lo ha hecho.

—Si te hace así de feliz, creo que quiero verlo —comenta ensimismado.

Él se ha quedado tan prendado de mis expresiones como yo de mis recuerdos de casa. Yeso hace que me sonroje.

—¿Lo dices de verdad? —Me entusiasma solo pensarlo.

—¿Cuándo te he mentido yo?

—¿De verdad tengo que contarlas? En un par de días tengo un rey al que matar, no creo que pueda seguir aquí sacando dedos. Eres tan mentiroso como aterrador.

Esto último parece divertirle, y me ilusiono por haber podido arrancarle una sonrisa pícara de las suyas.

—¿Es que doy tanto miedo enfadado?

—Por un momento pensé que me matarías —le digo, entre risas nerviosas.

—¿Tan mala fama tengo? No te creas ni la mitad de las cosas que hayas escuchado.

—¿Entonces eso de que le cortaste la lengua a un borracho solo por hablar demasiado o lo de que le pegaste un tiro a otro que te meó en los zapatos no es verdad?

—¡En absoluto! —Se coloca entre mis piernas y hace que nuestras narices se rocen—. Al primero solo le estrellé un vaso en la cabeza y al segundo solo le rompí la nariz. La gente es muy exagerada.

Río tan alto que por un momento me da miedo despertar a las criaturas del bosque, pero lo disfruto tanto que sigo haciéndolo, sobre todo porque puedo ver en su rostro lo muchísimo que le gusta.

—Entonces, ¿te vendrás conmigo a mi hogar? —le pregunto por última vez.

—Me cuesta más de lo que crees volver a la tierra que yo mismo hice arder... Pero por ti lo haría. Por ti, Leah, recorrería hasta el abismo más oscuro.

Me quedo mirándolo sin saber qué decir y nos sumerjo a ambos en una calma sofocante.

Sus labios encuentran los míos. Es tanto desesperación como devoción.

Hay una dulzura amarga en el roce de nuestras bocas, un sabor a los recuerdos de Theo que ambos sabemos que quedarán marchitos en unos años.

Mis dedos se aferran a su cuello mientras el mundo alrededor se disuelve y nosotros decidimos qué hacer con él.

—Ya que me has condenado a una vida eterna, al menos que te toque aguantarme en ella —me dice, aún con sus labios pegados a los míos.

—Conque lo de venirte conmigo en verdad es mi tortura.

Theo sonríe con un aire algo más tranquilo, uno curioso por descubrir qué le depara el nuevo mundo. Aunque no puedo evitar ver la pena en sus ojos cada vez que aparta la mirada.