Pedimos sangre, no perdón CAPÍTULO 65
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CAPÍTULO 65

Leah

La noticia de que el rey melhanäi está en Salrath corre como la mierda por las cloacas de esta región: rápida, pero dejando un buen rastro que seguir.

No me ha llevado más de diez minutos en la barra de una taberna cualquiera de Elmbound escuchar los cuchicheos de los borrachos que sitúan al soberano esta misma tarde en The White Poppy, una casa de apuestas conocida en Elmbound por el buen material para fumar que acompaña al entretenimiento.

Es evidente que algún miembro de la comitiva de Frederick tiene la lengua muy larga o que tanto melhanäi nuevo en la ciudad con el tatuaje de la espiral ya llama la atención incluso de los más ebrios.

Así que me escondo en el tejado de una casa enfrente de The White Poppy, y paso horas esperando a ver si los rumores son ciertos.

Por la cantidad de seguridad que he visto en las dos entradas del local y algún que otro tatuaje de los simpatizantes de los nuevos acuerdos, diría que sí.

—Sabía que te encontraría aquí —me sorprende Lucrezia.

Pongo un dedo delante de mis labios y le pido que baje la voz, los vampiros de la puerta podrían escucharnos si no habla más bajo.

—¿Qué haces aquí?

—No eres la única que sabe poner la oreja.

—Se tumba en el tejado a mi lado para que ambas podamos seguir vigilando la puerta trasera, por cuyo callejón seguramente saquen al rey—.

Además, pensé que la única razón por la que no querrías estar presente en el interrogatorio de Burnet, que podía darte claves sobre cómo matar al rey, era porque ya lo estarías intentando. Yhe acertado.

—¿Quién es Burnet? —le pregunto.

—¿En serio nadie conocía el nombre del pobre mandatario de Elmbound?

—Shhh, sale alguien. —Señalo la puerta trasera del local de apuestas.

—¡Eso ha estado bien! —exclama el mandatario Gif­ford mientras despeja el humo que sale con ellos tras abrir la puerta.

Seguro que se ha puesto hasta el culo de cualquier mierda ahí dentro.

—Vuestro concepto de pasarlo bien es curioso —comenta el rey melhanäi, que parece mucho más molesto por el humo y menos afectado por sus efectos.

Voy a saltar al callejón, pero Lucrezia me detiene.

—Ni se te ocurra —me dice.

—Suéltame, Lucrezia —le advierto, con los colmillos ya fuera.

—Son demasiados.

—Pero él...

—Sabes que tengo razón. —Vuelve a tirar de mí cuando intento incorporarme de nuevo.

Podría zafarme muy fácilmente de ella, pero una incómoda vocecita en mi cabeza me dice que la escuche—.

No dejes que tu impaciencia y ganas de venganza acaben contigo.

Te mereces verlo muerto, pero no será esta noche.

Aprieto los puños y examino, por trigésima vez, el callejón.

Mi plan es infalible: salto sobre el vehículo motorizado en el que viajará, pincho las ruedas, mato a los dos guardaespaldas, después al mandatario Gifford y, por último, y antes de que lleguen sus refuerzos, le suelto al rey melhanäi el discurso que he memorizado antes de sacarle el corazón del pecho.

Todo eso, claro, sin tener en cuenta que los guardaespaldas son dos vampiros, que Gifford me acribillaría a balazos Haren, que sus refuerzos son seres sobrenaturales que me rodearían en cuestión de segundos y que el rey saldría corriendo.

—¿Está todo preparado para la presentación del viernes? —le pregunta el rey al mandatario—. No me gustaría encontrarme con una comitiva de bienvenida como la que me encontré en el puerto. Ese amigo tuyo... El otro mandatario... murió. No me gustaría ser el siguiente.

—Ni siquiera él conocía su nombre, ¡y hacían negocios juntos! —se escandaliza Lucrezia.

—Shhh —le susurro.

—Sí, todo en orden —asegura el mandatario—. Es muy probable que esos desgraciados intenten algo, pero no se preocupe, estamos preparados. Tenemos un as bajo la manga que sabemos que a ese canalla le encantará.

El mandatario parece decepcionado al darse cuenta de que el rey no entiende lo que dice.

—Usted confíe en nosotros, majestad.

—Eso intento.

—¿Qué será eso que tienen preparado? —le susurro a Lucrezia.

—No lo sé, pero tenemos que advertir a Theo —me dice antes de que ellos se metan en el vehículo y nosotras saltemos al tejado de al lado.

Cuando llegamos a la fonda de los Bane, Lucrezia me lleva hasta un precioso patio interior que no había visto nunca. No sé quién se encarga de cuidar los jardines, pero es tan bueno podando y regando como Theo y los suyos secuestrando y sobornando.

Theo está apoyado en el poyete de una ventana del piso bajo y, aunque su presencia ya ha pasado a formar parte de mi rutina, lo miro como si no lo hubiera visto nunca.

Está despeinado, con rastros de sangre desde las comisuras de los labios hasta el mentón.

La mirada perdida en las espinas de un rosal lejano al que aún le queda para florecer, sus ojos delatan que aún se está esforzando por contener la bestia que es su ira, y las caladas que le da al cigarro intentan sustituir el ansia que sus colmillos, aun asomando, no han sido capaces de saciar.

Hay algo especialmente salvaje en él. Yno es la ropa empapada en rojo ni la manera en que se le marca el mentón cada vez que levanta la cabeza para echar el humo, ni siquiera el hecho de que ahora sea un vampiro, es algo intrínseco, es su aura.

Reprimo el escalofrío que sigue provocando en mí.

—¿Qué ocurre? —le pregunto cuando llego a su lado.

—Burnet ha sido de mucha ayuda —responde Elías por él, que también está consumiendo cigarrillos como si no hubiera un mañana.

—¿Y eso es malo?

—No te haces a la idea.

Theo nos pone al día de todo lo que les ha confesado el ya difunto mandatario de Elmbound. Nosotras le contamos que Gifford parece tener una sorpresa preparada para nosotros en la presentación de la nueva cápsula de lumiriate.

—Esa central... —Lucrezia le arrebata a Elías el cigarro que acaba de encender y que aún tenía entre los labios.

—¡Eh!

—¿Qué hacemos?

—Detener los experimentos, desde luego —digo, sin pensar.

—Pero ¿cómo?

—¡Haciendo boom ! —Rowland aparece de repente a nuestro lado, quitándole a Elías el nuevo cigarrillo que se ha encendido.

—¿En serio? —se queja este.

Rowland tiene la cara negra y el pelo chamuscado. Aún le humea un mechón, pero nadie se lo dice.

—No todo se puede resolver a base de bombas, Rowland —le dice Lucrezia.

—Ponme un solo ejemplo, cosita.

Lucrezia comienza a cerrar y a abrir la boca, sin saber si quejarse porque la ha llamado «cosita» o porque no es capaz de pensar en algo que no pueda resolverse haciéndolo estallar.

—No podemos destrozar la central —dice Theo.

—Pero si reducimos todo a cenizas, no habrá manera de que recuperen los avances. Y,con los líderes de ambos continentes muertos, no habrá peligro de...

—No-podemos-destrozar-la-central —repite Theo, con muchísima menos paciencia de la habitual, y eso es ya mucho decir—. Si la destrozamos, no habrá ninguna plantación de lumiriate que sostenga la vida melhanäi en el continente humano. Todos tendrían... tendríamos —corrige— que cambiar de hemisferio.

Me quedo reflexionando en todo lo que me hace sentir lo que acaba de decir Theo.

Elías y Lucrezia se miran, ninguno de los dos se imagina un Wicksole sin Theodore Leville. Yo tampoco. Nadie lo hace.

—Hay que pensar otra cosa —dice enseguida Elías.

—Pero ¿cómo destrozamos ese núcleo de energía si no?

—No lo sé. —Theo tira el cigarrillo al suelo y se aleja de nosotros.