CAPÍTULO 64
Theodore
A la mañana siguiente, cuando llego a la fonda, Abitha me acompaña hasta la sala en la que tienen retenido al mandatario de Elmbound.
—¿Estás bien? —le pregunto al ver que una herida de su pierna la hace cojear ligeramente, aún se está regenerando.
—Fue un arañazo profundo, nada más. —Se tapa rápidamente la sangre, que todavía mancha su pantalón—. Estaré en perfectas condiciones para el final del día. —Me sonríe, pero puedo ver cómo retiene unas cuantas toses en la garganta.
—No tienes buena cara —le digo después de fijarme en sus ojeras y las arrugas de su rostro, ahora más pronunciadas que nunca.
—Tener hijos para esto —bromea.
—Abitha...
—Estoy bien. —Da por zanjada la conversación.
Abre la puerta de la sala para que entre.
En el centro, encima de unos plásticos que han dispuesto por el suelo, está el mandatario de Elmbound en una silla, pero atado de manos y cuello a las paredes y el techo con cadenas que le dejan la holgura suficiente para que pueda estar sentado. El hombre gimotea sin descanso.
—Me encanta lo que has hecho con la decoración —le digo a mi madre.
—Sabía que te gustaría. —Me guiña un ojo. Y,antes de irse, me dice—: Hijo, sabes que te quiero, ¿verdad? Que jamás he dejado de hacerlo.
No llevo bien este tipo de confesiones sin petición, mis ojos intentan evitar los suyos, pero es imposible no fijarme en lo vidriosos que los tiene.
—¿Estás llorando? ¿De verdad va todo bien? —No dejo que se vaya.
Ella me da un abrazo tan fuerte que doy gracias por ser un melhanäi.
—Claro que sí. —Me sonríe.
Elías y Rowland, que acaban de aparecer por el pasillo, entran en cuanto mi madre se va. La sigo con la mirada hasta que desaparece por la esquina y pronto la preocupación se diluye con el tintineo de mi bolsa de instrumentos de tortura.
—Veamos qué puede contarnos.
Retengo la emoción.
Últimamente, mi vida ha sido tan complicada que uno olvida la felicidad de los pequeños momentos, de las torturas sencillas y los gritos simples... Lo he echado de menos.
—¿Empezamos o vas a correrte antes de empezar? —me pregunta Elías.
—Solo disfrutaba del momento. —Abro la bolsa de artilugios.
—Disfrútalo mientras le sacas un ojo, ¡pero empieza! —Rowland hace aspavientos.
—No, por favor...
Me acerco al mandatario lo suficiente como para ver cómo se le derrama el terror por los ojos, que tiene ya tan rojos que sonrío mucho más siniestramente de lo que en un primer momento tenía planeado, y eso solo empeora el estado del pobre mandatario.
—El doctor ha hecho un muy buen trabajo con los tiros que recibiste.
—Con el filo de un cuchillo voy moviendo su camisa abierta para ver las tres gasas que tiene pegadas al torso.
Su corazón va tan acelerado que sus costillas se mueven incluso cuando él retiene el aire en los pulmones, y hace todo lo posible por no moverse cuando el cuchillo recorre su esternón.
—Sería una pena que ahora tuviéramos que abrir otros agujeros. —Con la punta del cuchillo quito una gasa y hago saltar un punto. Él pega un gritito—. ¿A que sí, mandatario...? ¿Cómo te llamas? ¿Cómo es que no me sé tu nombre?
—Burnet, Barnabás Burnet —responde. Me río—. ¿Qué...?
—No es por tu nombre, tranquilo, es un nombre muy bonito.
—Le doy dos palmaditas de consolación en la mejilla—.
Es porque acabo de caer en la cuenta de que he aprendido antes tu nombre de pila que el del mandatario Gifford.
—Miro a Elías, que se ríe mientras niega con la cabeza por mi estupidez—.
Puede que tenga que ver con el hecho de que vayas a morir antes que él.
Burnet vuelve a gimotear. Aferro la cadena que lleva al cuello.
—Por favor, no me hagáis daño, ¡por favor! —me grita.
Tiene pinta de ir a cantar tan rápido que incluso comienza a rebajar mis expectativas con esto de torturarle.
Tiro de la cadena para que su cara se empiece a poner morada y sus ojos rojos mientras se ahoga en su propia saliva.
—Cada vez que te miro veo a los miles de melhanäis que habéis sacrificado injustamente y a los hombres y mujeres a los que redujisteis a comida. Así que no intentes darme pena, Burnet. No me das ni un poco.
Suelto la cadena y comienza a toser de tal manera que se provoca vómitos solo.
—Bueno, un poco sí —apunta Elías.
—Os diré lo que queráis, lo que necesitéis saber... Pero, por favor, por favor... —Ni siquiera sabe por qué suplica.
—Te lo agradecemos mucho. —Llego hasta la mesita en la que tengo mis artilugios y cojo la mordaza, la cual le meto en la boca hasta que me mira con el ceño intranquilo—. No te preocupes, te creo. Esto es solo por darle un poco más de emoción al asunto.
—Si vas a seguir jugando, ¿puedo irme? No tengo tiempo que perder —se queja Rowland, apoyado en la pared como si estuviera viendo una obra de teatro que se sabe de memoria.
—Tú te quedas. —Lo miro brevemente por encima del hombro para asegurarme de que mi orden ha quedado clara—.
Puede que aquí nuestro amigo Burnet nos cuente algo relevante que cambie nuestros planes.
Además, esto no es un juego, es justicia.
—Le clavo el cuchillo encima de la rodilla al mandatario y su grito se ahoga en la mordaza—.
Queremos saber qué habéis hecho para conseguir potenciar la energía, ¿qué son esas capsulitas azules?
Primero me mira como si no pudiera seguir mentalmente el rastro hasta el punto en el que me enteré de algo que en teoría es información confidencial. Después comienza a balbucear detrás de la mordaza sin dejar de mirar el cuchillo que tiene clavado en la rodilla para seguir lloriqueando.
—¿Te niegas a hablar? —le pregunto, como si no estuviera intentando comunicarse.
Burnet niega tan fuerte con la cabeza que podría romperse el cuello solo para dejarme claro que hará lo que le pida. Le pongo el cuchillo en el cuello y aprieta los ojos y los labios, esperando que se lo rebane.
—Menudo idiota... ¿De verdad pensabas que sería tan fácil? —Me río.
El mandatario se relaja tanto sobre el cuchillo al entender que aún no lo voy a matar que se hace un pequeño corte.
—¿Para qué es esto? —Rowland ha llegado a tal nivel de aburrimiento que se ha acercado a toquetear mis instrumentos. Tiene una goma elástica que tensa y destensa hasta que se le escapa de las manos y me da en la frente—. Ups.
Inspiro todo lo despacio que puedo para que las ganas que de repente me han entrado de sentar en la silla de tortura a Rowland desaparezcan: sigo necesitando a un pirómano hijo de puta para poder llevar a cabo el golpe en escasos días...
—Déjame que te lo demuestre —le digo.
Burnet se zarandea en la silla y se queja mientras mira a Rowland, echándole la culpa de darme ideas que estarían mejor lejos de mí.
—Perdón —le susurra Rowland.
Enrollo la goma elástica con muchísima fuerza alrededor del muslo alto de Burnet.
Tanto, que la goma incluso cambia de color mientras el mandatario se queja del dolor punzante que ahora atrapa su pierna.
Después, le saco el cuchillo de la rodilla y se lo clavo profundamente un poco más arriba, asegurándome de cortar mientras recorro el interior de su muslo antes de sacarlo.
El mandatario se retuerce como si la silla tuviera clavos, pero cada vez que intenta ponerse de pie la pierna le falla.
El hedor del miedo mezclado con el de la sangre fresca es demasiado tentador.
La sangre se desliza por su pierna como un río perezoso, empapando su pantalón y formando un delicioso charco en el suelo.
Una parte de mí —una parte insaciable y carente de modales— está gritando que me incline, que beba hasta que su cuerpo se convierta en un cascarón seco.
Pero no puedo. Aún no. Tiene secretos que necesito, y por desgracia los muertos son malos conversadores.
—¿Ves? Le acabo de cortar la arteria femoral; si ahora le quitara la goma, se desangraría en cuestión de minutos —le explico a Rowland.
Burnet grita bajo la mordaza.
—Ah, ya entiendo. Muy útil —asiente Rowland.
—Eso mismo pienso yo.
—¿Seguimos con el interrogatorio o comenzamos una clase magistral? ¿Quieres que llame a los demás para usar el siguiente instrumento, Theo? —Elías se cruza de brazos.
El mandatario Burnet lo mira con los ojos muy abiertos y niega de nuevo con la cabeza.
Le quito la mordaza y ni siquiera necesito recordarle la situación en la que está, pese a ser presa del pánico, parece haberla comprendido a la perfección y comienza a hablar:
—Conseguimos mejorar y potenciar la energía porque conseguimos estabilizar el lumiriate aquí, en el continente humano —explica del tirón—. Por favor, no me matéis, ¡por favor!
—¿Cómo habéis conseguido estabilizarlo? —pregunto, deseoso de desentrañar cualquier experimento.
—La tierra de aquí tiene una composición diferente, allí los melhanäis, al morir, se entierran para que sus cuerpos nutran el suelo. Aquí estábamos usando su sangre porque el Dirigente no quería esperar el tiempo que hace falta para que los cuerpos se descompongan.
—¿Qué habéis usado, entonces?
—Cenizas.
—¿Los estáis quemando?
Vi todo tipo de barbaridades en la guerra, pero aun así me horroriza la imagen.
—Sí, después mezclamos sus cenizas con el sustrato del suelo empapado en sangre... Parece que ha dado el mismo resultado que el sustrato del continente melhanäi.
—Allí lo hacen de manera natural, ofreciendo sus cuerpos a la naturaleza que tanto aman y respetan, esto... —Aparto los ojos de su cara de imbécil por unos segundos porque, como no lo haga, corro el riesgo de matarlo ya.
—¿Por qué las prisas? —le pregunta Elías.
—Porque el Dirigente quiere ver el resultado definitivo de su experimento...
—¿Que es...?
—Vivir eternamente —confiesa—. Odurante muchísimos años, al menos. Tener los mismos beneficios que los melhanäis: su rápida curación, su fuerza, su producción de veneno...
—¿Cómo dices? —Se lo pregunta Rowland, pero a los tres nos ha pillado igual de desprevenidos.
—Piensa que, si los melhanäis son longevos y especiales gracias a la energía del lumiriate, ha de haber algún modo en que los humanos nos nutramos de ella de igual manera.
Me alejo del mandatario y me sirvo un buen vaso de bourbon de la bandeja que me han preparado por si se alargaba la cosa. Me lo bebo de un trago.
—Quiere ser inmortal sin pagar el precio. —Pienso en todo lo que me ha costado a mí—. Quiere ser inmortal a costa de la vida de otros. Matará a millones de melhanäis si es necesario para tener el tiempo en sus manos.
—¿Y esa cápsula azul?
Con el pequeño paso que Elías da hacia él, consigue que se asuste y vuelva a hablar como un loro:
—Es la energía que han conseguido sintetizar de esta plantación. La energía que le proporcionará a la región será muchísimo más estable y potente.
—¿Y? —le insiste Elías.
Todos aquí sabemos que, después de lo que nos ha contado, es imposible que esas nuevas cápsulas solo sirvan para darle estabilidad a nuestro sistema eléctrico.
El mandatario suspira con brusquedad, consciente de que con lo que está a punto de contarnos desmantelará la operación al completo.
—Los humanos tenemos una fisiología diferente a la de los melhanäis, y hemos comprobado que la irradiación de la energía del lumiriate no es suficiente para alterar nuestro gen, pero en cambio, si se ingiere...
—¿Comerse eso? ¿Una cápsula de pura energía sintetizada?
—Interesante... —musita Rowland mientras se frota la barbilla.
A veces es difícil saber qué está pasando por esa cabecita suya.
—¿Qué loco haría eso? —Elías está ya tan horrorizado como yo.
—Ninguno —respondo yo—. Por eso se la obligáis a tomar a los humanos que secuestráis para alimentar a los melhanäis que después alimentarán el lumiriate.
Me odio por admirar, por un segundo, lo bien que estos cabrones se lo han montado.
—¡Es la única manera! Hay que probar. Ensayo y error —se excusa el mandatario.
—Deduzco que por el momento dichos errores acaban con algún hombre calcinado desde dentro o esparciendo sus entrañas por la pared.
Burnet no me responde, simplemente mira al suelo.
—Eso es lo que va a presentar a los ricachones de todo el continente, eso es lo que realmente les va a ofrecer: financiación a cambio de la vida eterna.
—Qué puto asco —comenta Rowland—. Pues sí que han cambiado los planes. Supongo que ahora tendremos que volar la central eléctrica también...
No lo digo en alto, pero pienso en Leah, que no podría quedarse en Wicksole si voláramos la plantación de lumiriate que mantiene a la comunidad melhanäi en esta región.
Tú tampoco, idiota , me recuerda de repente mi subconsciente. Estos cabrones no tienen suficiente con haberme matado, también quieren arrebatarme mi esencia, mi hogar.
—No querréis estar delante para el siguiente instrumento —les advierto a los demás.
Saco mis colmillos y el mandatario comienza a gritar todo tipo de súplicas mientras se retuerce en la silla.
—¡Pero he hablado! —se queja Burnet. Yo lo ignoro—. ¿Desde cuándo eres un... uno de ellos ? —Le horrorizan mis colmillos. Cayó demasiado pronto en el puerto como para verlos.
—¿No le vas a quitar la goma? —Rowland parece decepcionado.
—No, he decidido desangrarlo a mi manera.
Burnet sigue chillando hasta el punto de cambiar su voz al menos dos tonos más agudos.
Elías coge a Rowland, que parece estar dispuesto a quedarse a verlo, y se lo lleva. Cierran la puerta justo después de que yo abra la boca y el mandatario profiera su último grito.