CAPÍTULO 63
Leah
La nevera de mi casa no tiene suficientes bolsas de sangre para calmar el ansia y la frustración que me suben por la garganta como la bilis.
«Eres la hija de la general y el profesor Heaton», recuerdo que me ha dicho el rey. Sabe perfectamente quién soy, quiénes fueron mis padres... Sabe lo que mi familia dio por la guerra que él tiró a la basura.
—Ese líquido no es el que necesitas. —Theo ha aparecido en la puerta de mi cocina.
No me gusta que sea incluso más sigiloso que antes. Si como humano se escondía entre las sombras y el humo de la ciudad como nadie, ahora es tan imperceptible como la brisa salina.
—Qué sabrás tú lo que necesito. —Estoy a punto de quitarle la bolsa de sangre que coge de mi nevera sin permiso, pero no tengo fuerzas para pelear.
—Quieres olvidarte de esta noche, y para eso sirve el minibar en el salón —dice entre grandes tragos de sangre.
—Deberías irte, Theo. —Salgo de la cocina y voy al salón.
En verdad la idea del alcohol no está mal.
—¿Y dejarte aquí hundida en la miseria?
Sé que da igual las veces que le pida que se vaya, no lo hará. Él siempre hace lo que quiere. Con su media sonrisa y su actitud arrogante de «te conozco mejor que tú misma». Lo detesto.
Él ladea la cabeza, divertido, casi adivinando mis pensamientos, y se acerca un paso más.
Siempre va como un pincel, pero ahora que acaba de deshacerse de varios cuerpos, parece encantadoramente desaliñado, dejando claro que su atractivo no reside en sus trajes.
Lleno de sangre, manchas de barro y el aceite con el que habrán quemado los cadáveres, sigue siendo guapo.
—No lo niegues, te alegra verme.
—¿Por qué no puedes hacerme caso por una vez e irte? Necesito estar sola.
Él frunce los labios y levanta las manos como si estuviera delante de un animal salvaje que podría atacarlo en cualquier momento.
—¿Por qué? ¿Porque has dejado que ese dichoso rey se te meta bajo la piel?
Lo miro, advirtiéndole de que está a punto de cruzar una línea peligrosa.
—He dicho que te vayas. —Alzo la voz, sintiendo cómo la ira comienza a arder en mi pecho. No sé si estoy más molesta por su insistencia o por el hecho de que una parte de mí, una muy pequeña, se sienta aliviada de que alguien lo reconozca por mí.
Él se queda en silencio por un segundo, mirándome con esos ojos verdes que siempre parecen saber cosas que yo no comprendo.
—Entonces, me iré. Pero antes, una pregunta. —Se cruza de brazos y arquea una ceja—. ¿Estás enfadada porque he venido o porque tengo razón y no quieres admitirlo?
—¡Porque has venido! ¡Quiero estar sola! —estallo, casi gritando. Mis manos tiemblan de rabia, o tal vez de cansancio. No estoy segura.
—Claro. —Su tono es casi burlón, pero no del todo. Camina en esa delgada línea entre la provocación y el consuelo—. Entonces, el hecho de que ese mamón mencionara a tus padres no tiene nada que ver.
—No tienes ni puta idea de quiénes fueron mis padres o de quién soy yo. Piensas que por haberte acostado conmigo sabes lo que quiero o lo que necesito, pero estás muy lejos.
—Tanto como tú de admitir que tengo razón y que ahora mismo te mueres por olvidarte de tus penas entre mis brazos.
—¡¿De verdad eres tan creído?! —Lo empujo, pero no consigo moverlo ni un centímetro—. ¡Vete!
—No lo haré.
—¡Que te vayas! —Otro empujón.
—¿Sabes por qué no lo haré?
—Solo te escucharé si me lo cuentas de camino a la puerta.
Pero, por supuesto, comienza a hablar sin mover un solo pie:
—Puedes gritarme, empujarme y echarme todas las veces que quieras, pero jamás voy a alejarme de ti, no te voy a dejar sola porque no puedo.
Es que no lo entiendes, ¿verdad? Yo llevaba muerto mucho tiempo antes de que mi corazón se parara.
¡Ytú conseguiste revivirme! Mi corazón ahora es una extensión del tuyo, si te alejaras de mí, solo tendría que seguir sus latidos para encontrarte.
No sé cómo ocurre exactamente. Quizás sea la forma en que me mira, como si estuviera dispuesto a soportar todos los huracanes que soy capaz de lanzar.
Quizás sea la absurda ternura de su declaración, la fragilidad escondida en ella.
Pero en un momento estoy fulminándolo con la mirada y al siguiente estoy tirando de él hacia mí, mis labios chocando con los suyos con toda la intensidad que me queda después de este día de mierda.
Su boca es cálida y segura, y su risa suave se ahoga entre nosotros.
—¿Esto significa que tenía razón en eso de mis brazos?
—Cállate, Theo.
—Por supuesto, porque quien va a hablar para explicarme un par de cosas eres tú.
No entiendo a lo que se refiere, pero tampoco me da tiempo para razonarlo, enseguida me coge por los muslos y me sienta sobre el minibar para después abrir mis piernas y situar su cadera entre ellas.
Sigo besándole mientras mis dedos recorren su mandíbula, hasta llegar al cuello de la camisa, que agarro para acercarle aún más a mí y notar su entrepierna en la mía. Quizás aún no sea merecedora de vengar a mis padres, pero sí me merezco esto: sus labios, su roce, su sabor.
Comienzo a desabrocharle la camisa, pero al tercer botón Theo me agarra las muñecas y empuja mi espalda contra la pared con mis manos por encima de su cabeza.
Me zarandeo un poco para soltarme, pero mete una mano por el interior de mis muslos y la descarga eléctrica que recorre mi cuerpo desde ese punto me paraliza por completo.
—¿Por qué...? —Sé que sueno como una niña caprichosa a la que le han quitado un caramelo.
—Vas a empezar a explicarme —me da un beso en el cuello— qué es eso —otro beso en mi clavícula derecha— de que no te conozco porque solo nos acostamos —un último beso entre mis pechos.
Tengo que reprimir los penosos suspiros que me roba el roce de sus labios.
—No he dicho exactamente eso...
—Shhh, shhh, shhh. —Me sujeta las muñecas contra la pared con solo una mano y va desabrochando los botones delanteros de mi blusa.
Puede que el nudo que siento en el pecho mientras lo veo sea lo mismo que los hombres a los que mata Theo sienten mientras lo ven descender un filo por su torso. Mi corazón va a mil.
—Si no hablas tú, hablaré yo... Yme lo has prohibido —me advierte.
—¿Ahora vas a empezar a ser un chico bueno y a obedecer?
—Habla. —Ahora las órdenes las da él.
—Solo alababa tus dotes en la cama, insinuaba que eres capaz de conocer lo que quieras cuando dejas pensar a tu segunda cabeza —respondo, a punto de romper a reír—. Aveces piensa mejor que la de arriba.
Él jamás lo reconocería, pero le veo ocultar una sonrisa tan grande como la mía.
—Conque sí, ¿eh? —Mueve su mano por el interior de mis muslos, haciendo especial presión entre ellos.
—Sin... sin duda. —Hablo entrecortada sin apartar la mirada de sus ojos desafiantes que solo empeoran mis ganas de tenerlo dentro.
—¿Sabes lo que quiero ahora?
Theo parece haberme leído el pensamiento, o quizás simplemente interpretar a la perfección mi movimiento de cadera sobre el minibar contra su mano, y de un pellizco a la tela de mi pantalón, la desgarra hasta dejar mi ropa interior al aire, que rápidamente aparta para hacer llegar sus dedos a lo más profundo de mí.
El placer invade cada célula de mi cuerpo y no puedo evitar arquear la espalda y echar la cabeza hacia atrás.
—¿Leah? Te estoy haciendo una pregunta, es muy grosero no responder.
—¿Ahora... ahora hablamos de... de modales? —Con un movimiento de cabeza señalo mi pantalón roto.
—Hablamos de lo que quiero.
—Siempre hablamos de lo que quieres. —Esta frase consigo acabarla del tirón, sin ningún gemido de por medio.
—Porque siempre es lo mismo que quieres tú. —Theo no da tregua al movimiento de sus dedos y me hace poner los ojos en blanco cuando empieza a hacer uso de su velocidad sobrehumana—. Quiero que me digas que me amas.
—Pero si ya...
—Nunca directamente. —Se cierne sobre mí y hunde su cara entre mi pelo para estar lo más cerca posible de mi oreja—: Quiero escucharte decir las palabras.
—Eres insoportable.
El nudo en mi bajo vientre está tan tirante que, como no se suelte, acabaré con un vacío en el estómago que no se me irá en muchas horas..., días quizás. Lo necesito. Lo necesito y me lo merezco.
—Te amo, Theodore Leville —le digo, haciendo el mayor de los esfuerzos por mirarle sin cerrar los ojos por la mezcla de placer y tensión punzante que ya tiene todo mi cuerpo.
Sonríe como pocas veces se deja ver sonreír: con la boca amplia y el pecho tan henchido que se puede ver a través de sus ojos.
—Buena chica.
—Eres un...
No me deja terminar, acelera sus movimientos hasta que mis gemidos se convierten en gritos y mis respiraciones en convulsiones.