CAPÍTULO 62
Theodore
Cuando la luna de la segunda noche nos ilumina desde lo más alto del cielo —enorme, redonda y demasiado amarilla— es cuando el barco melhanäi llega al puerto.
Estamos escondidos entre los edificios contiguos y los contenedores apilados que hasta mañana no cargarán en otros barcos; estamos tan preparados como Frederick y su comitiva, que miran a un lado y a otro, pendientes de que todo vaya según lo planeado.
Lucrezia me hace señas con las manos desde su escondite que interpreto a la perfección, pero con las que no estoy de acuerdo, no me gusta su plan.
Le respondo de la misma manera, diciéndole lo que realmente tendríamos que hacer, pero a ella tampoco parece gustarle cómo quiero plantear el ataque, así que vuelve a responderme, ante la mirada impaciente de nuestros subordinados, que nos miran esperando la orden definitiva.
La única que se atreve a intervenir es Leah, que, sin entender nada de lo que estamos diciendo, se asoma por detrás de mi madre y se planta entre los dos para hacernos una peineta a cada uno. Eso lo entiende todo el mundo.
Me anoto mentalmente el castigo que le daré después por haberme dejado en evidencia, pero ahora no tengo más remedio que asentir y dar mi brazo a torcer por la mirada desquiciada que me dedica.
La expectativa se rompe cuando del barco comienzan a bajar licántropos que no parecen muy contentos de tener que hacer de niñeras... Aunque creo que siempre están de mal humor cuando están transformados. Supongo que el exceso de pelo en el culo y las garrapatas tendrán algo que ver.
Caminan a dos patas. Su cuerpo es extraño, sus rostros siguen pareciendo humanos, pero los rasgos se han deformado para adaptarse estéticamente a los extraños ángulos que ahora tienen sus extremidades, que combinan los movimientos animales con la coordinación humana.
Detrás de ellos, el que supongo que es el rey melhanäi camina con aires de grandilocuencia.
—Bienvenido, majestad. —Frederick hace una reverencia.
—¿Cómo habéis sido capaces de adaptaros a esto? —El soberano saca un pañuelo de tela y se tapa la nariz y la boca mientras tose—. El aire aquí...
—Ojalá se acostumbre pronto.
Por los ojos verdes de pupila alargada y las escamas que le asoman por el rostro y en casi todas las articulaciones entiendo que el rey es un melhanäi ponzoñoso. Pero no me apetece averiguar qué hace su veneno; sin necesidad de usarlo miles de personas de los dos continentes han muerto.
—¿Es que no estoy trayendo suficiente lumiriate aquí? —Se lleva la mano al pecho y arruga su nariz puntiaguda—. ¿Qué están haciendo esos humanos inútiles? ¡Apenas puedo respirar!
—Hacemos lo que podemos. —El mandatario Gifford aparece junto con el mandatario de Elmbound y le responde con toda la amabilidad que puede.
Creo que ese chirrido que oigo a lo lejos son sus dientes—.
Le pido disculpas si está disconforme, pero dele una oportunidad al proyecto del Dirigente y entienda que aquí la tierra es mucho más difícil de nutrir que en su continente.
—No juzgaré sus avances aún, entonces. —El rey sigue andando rodeado de licántropos y haciendo que los pocos trabajadores del puerto que se encuentran a estas horas bajen la mirada.
Desde aquí veo al viejo verde que trató a Leah como basura mientras la sobaba el día de la operativa de Stormfort. Con ella no bajó la mirada.
Leah y Lucrezia asienten a la vez mientras me miran. Los mandatarios y el rey se aproximan a la salida del puerto.
«Ahora», digo con la cabeza.
Desde lo alto de los edificios contiguos al puerto, los tiradores de nuestro bando nos hacen la cobertura con los rifles de balas Haren mientras salimos de nuestros escondites para hacer frente a nuestros enemigos.
Un licántropo que se pone delante del rey cae muerto después de una ráfaga de balas, junto con el mandatario de Elmbound, que no ha sido tan rápido como Gifford refugiándose detrás de algún licántropo.
Aprovecho el caos del momento para llegar hasta el viejo verde y darle un puñetazo en la cara que le hace perder varios dientes y retroceder unos cuantos metros.
—¿Por qué has hecho eso? —me pregunta Elías cuando él, Lucrezia y Leah llegan a mi lado.
Detrás de nosotros, otros tantos valientes se posicionan con sus pistolas, estacas y cadenas en mano.
—Porque siempre cumplo mis promesas.
No me entiende, pero tampoco insiste, sabe que no merece la pena y que ahora no tenemos tiempo que perder.
—No te podías estar quietecito —me dice Frederick.
—Leville, ¿ahora eres un mald...? —Gifford tiene que cerrar la boca, pues está rodeado de melhanäis que lo protegen—.
¿Ahora eres un melhanäi? —Intenta burlarse tanto del viejo al que he desdentado como de mí—.
No empeores las cosas... ¿Crees que no sé que fuiste tú el que la lio en Stormfort?
Pensé que lo del desangramiento habría sido cosa de su amiguita —señala a Leah con el mentón—, pero ya no lo tengo tan claro.
—¿Y qué vas a hacer al respecto? Nunca has sido capaz de pillarme y no lo serás ahora que para mí hueles a beicon. Abeicon podrido, pero beicon al fin y al cabo.
El mandatario parece ofendido, pero el rey melhanäi no deja que siga rebajándose a mi nivel, y lo corta cuando va a replicar:
—¿Quién es?
—Un placer saludarle, majestad. —Inclino la cabeza—. Soy quien acabará con su vida.
—No si lo hago yo antes. —Leah da un paso al frente.
—Eres la hija de la general y el profesor Heaton, ¿no? —le dice a Leah, que sisea de inmediato.
—¡Sáquenos de aquí, Frederick! —le ordena el mandatario Gifford.
El vampiro de ojos amarillos da la orden de poner al rey y al mandatario a salvo mientras otros melhanäis se ponen de barrera.
De repente el puerto se queda quieto, demasiado quieto, como si las olas hubieran decidido mantenerse al margen de lo que está por venir y detuvieran su movimiento bajo los barcos.
Las primeras figuras peludas emergen de las sombras. Son grandes, por supuesto. Los licántropos siempre lo son. Todo músculo, dientes y gruñidos intimidantes. Pero, afortunadamente, yo juego en un nivel diferente.
—El aliento te huele fatal —le digo cuando me gruñe a la cara. Ahora mismo, cuando son más animales que humanos, no pueden entender el sarcasmo, lo sé, pero me gusta pensar que les irrita de todos modos.
Salta hacia mí con la gracia de un hipopótamo en celo.
Los licántropos también son algo brutos, lentos y torpes.
Lo esquivo con un movimiento fluido, casi elegante, y dejo que aterrice de bruces contra el suelo, para después, de una patada, estamparlo contra un contenedor de chapa que acaba deformado.
La pelea ha comenzado, y no pasan más de unos segundos hasta que los gruñidos, los desgarros, los gritos, los tiros y el olor a sangre y humo se hacen con el puerto de Elmbound mientras los Steelson y los Bane se enfrentan a los melhanäis.
Lucrezia usa las cadenas de plata incluso mejor que las pistolas.
Les da vueltas en su torso, pecho y cuello para darles impulso y que acaben coleteando de la manera que necesita para amarrar o hacer retroceder a los licántropos, quemando el pelo y la piel con la que la plata entra en contacto.
—Lo sé, es impresionante —me dice entre quejidos mientras aprieta la cadena alrededor del cuello de un licántropo.
—Yo tampoco diría impresionante... —Me corta a media frase cuando le hace el daño suficiente para que el licántropo baje la guardia, y enrolla las cadenas de tal manera que le rompe el cuello—. Vale, quizás un poco.
—Tu unidad se enfrentó a muchos vampiros, la mía tomó el este del continente, donde hay grandes poblados de licántropos.
—Entonces juegas con ventaja, no vale.
—¿Ventaja, yo? Tú eres el asesino experto ahora inmortal con una velocidad y fuerza sobrehumana.
Eso no sé cómo rebatírselo. Tiene razón, soy impresionante.
Un segundo licántropo, más listo o simplemente menos torpe que el primero, me acorrala. Pero sigo siendo más rápido.
—Buu —le susurro antes de saltar sobre él e hincar mis dedos en su garganta para sacarle la tráquea. Ambos caemos al suelo, yo consigo aterrizar de pie.
—No puedes evitarlo, ¿eh? Te encanta el dramatismo —me dice Elías, que ha aparecido a mi lado después de esquivar el ataque de un vampiro al que ha podido dejar fuera de juego con una bala Haren.
Antes de responderle, otro licántropo me deja claro que no todo es diversión y juegos, que tengo que estar más atento si quiero ganar esta batalla. Logra darme un zarpazo en el costado.
—¡Theo! —grita Elías, consciente de que la cantidad de sangre que brota de mis heridas sería suficiente para que cualquier mortal muriera.
Ahora gruño yo, mirando al licántropo con una mezcla de furia y admiración; pocos seres han sido capaces de darme una lección.
Mis pulmones palpitan como tambores de guerra, pero la regeneración ya está haciendo su magia.
Lo miro y, por un breve momento, me siento casi humano otra vez: vulnerable, frágil.
.. Vivo. La posibilidad de morir siendo inmortal me produce un subidón.
Sacudo la cabeza y dejo que mi lado vampírico tome el control: más frío, más calculador.
La pelea se intensifica cuando otro licántropo se une al que me ha abatido.
El primero se lanza hacia mí otra vez, pero esta vez lo estoy esperando.
Lo esquivo, dándole un puñetazo en el pecho.
El segundo me coge por el torso y, mientras me fuerza a quedarme de rodillas, agarra mi cabeza y la intenta retorcer sobre su eje mientras la piel de mi cuello empieza a tirar.
Elías me lanza una pistola y le planto el cañón bajo el mentón al licántropo. Solo dejo que me mire un segundo y sea consciente de lo que está a punto de pasar antes de apretar el gatillo y, con dos balas, hacer que sus sesos vuelen por los aires.
Elías me ofrece una mano para levantarme.
—Me debes cincuenta monedas —le digo mientras ambos recuperamos el aliento.
—¿Perdona?
—Hicimos una apuesta. Si esto no es el comienzo de una nueva guerra, dime qué lo es.
—Dije una nueva guerra contra los melhanäis —puntualiza—. Yahora mismo tú eres un melhanäi.
—Eso no es...
Leah se interpone en el camino del último licántropo que queda en pie y que venía corriendo hacia nosotros.
Enrolla su pierna alrededor de su brazo para agarrarse a su torso y, con la mano que le queda libre, le atraviesa el pecho para sacar un enorme corazón aún palpitante.
Cuando el licántropo cae a nuestros pies, Leah aún tiene el corazón en la mano y mira a lo lejos cómo una comitiva dirigida por Frederick hace que sus vampiros se lleven lejos a su rey y al mandatario Gifford para ponerlos a salvo.
—Se nos han escapado. —Estruja el corazón y la sangre corre por su brazo hasta gotear de su codo al suelo.
—No está todo perdido. —Lucrezia, que está llena de arañazos, moretones y sangre, deja caer al mandatario de Elmbound, medio moribundo, cerca de nosotros.
—Sigue vivo. —Se sorprende Elías.
—No por mucho tiempo si no lo ve un médico. —Señalo la cantidad de sangre que está perdiendo.
—Yo lo llevaré a la fonda —se ofrece mi madre, a quien me alivia ver—. Mañana podremos interrogarle.
Todo alrededor son cadáveres, demasiadas bajas tanto de un bando como del otro. Dejo a un lado la curiosa sensación que me produce que los Bane estén en el mismo bando que los Steelson y me pregunto cuántas muertes se sumarán a las que ya perdimos innecesariamente en la guerra.
—Podríamos haber terminado esto hoy... —Leah tira el corazón al suelo y desaparece del puerto.