CAPÍTULO 61
Leah
A la mañana siguiente, parece mentira que unas cuantas horas antes Theo tuviera un agujero en su estómago del tamaño de dos puños.
Se levanta con la vitalidad que las curas de lumiriate y las bolsas de sangre han conseguido inyectarle pese al hecho de haber estado durante horas tirado en la cama mientras el curandero de la fonda le extraía una a una las astillas de madera que se habían quedado entre piel, músculos y tejidos.
El curandero procuraba que Theo no muriera y yo procuraba que Theo no matara al curandero cada vez que extraía una astilla. Una manera maravillosa de empezar el año.
—¿Qué? —me pregunta cuando ve cómo lo miro a través del espejo ante el que se viste.
—La noche acabó siendo muy diferente a lo que me habías prometido —me quejo, señalo la cantidad de sangre seca que hay en su lado de la cama.
—¿Y qué te había prometido yo exactamente? —Se acerca a mí con la camisa aún abierta y puede que solo por esta imagen merezca la pena seguir tomándole el pelo.
—No lo recuerdo bien —me hago la tonta—, pero tenía alguna relación con mi vestido, ese que al final me tuve que quitar yo solita.
—Alégrate. Si te lo hubiera quitado yo, estaría hecho harapos en el suelo.
El calor me sube irremediablemente desde la entrepierna hasta el espinazo cuando se apoya en el colchón y deja sus brazos a ambos lados de mi cadera.
—De todos modos, no puedes ir por ahí rompiendo tu palabra como el criminal honrado que eres.
—Tienes toda la razón, sería un despropósito, ¿qué dirían de mí? —Me sigue el juego—. ¿Cómo puedo compensarte?
Se inclina sobre mi cuerpo y, tras subirme el camisón, le da pequeños mordisquitos a mis muslos.
—Vas a tener que ponerte creativo, siempre cobro las deudas con intereses —le digo cuando los primeros mordiscos me devuelven el aliento después de habérmelo arrebatado.
Solo veo la mitad de la sonrisa de Theo antes de que se hunda por completo entre mis piernas y lo pierda de vista tras mis pechos. Sigue mordisqueando el interior de mis muslos mientras va subiendo el camisón hasta que mi ropa interior queda al descubierto.
—Veamos qué se me ocurre. —El roce de sus dedos cuando coge mi ropa interior para apartarla hace que mi cuerpo entero se excite de la expectación.
—¡Llegaremos tarde! —Rowland irrumpe en la habitación sin llamar. Abre la puerta de par en par y no se molesta en apartar la mirada—. Vaya.
—¡Rowland! —le grito.
Theo me tapa con la manta y, en cuestión de dos segundos, está de pie agarrándolo de la pechera.
—Como vuelvas a irrumpir así en mi cuarto te mato.
Cualquier criatura le pediría perdón a Theo, incluso le besaría los pies para que la dejara salir con todos los dientes en su sitio, pero Rowland tiene su manera particular de enfrentarse a la vida:
—Tampoco pensé que fuera a importarte tanto, capitán. —Se encoge de hombros—. En las trincheras todos nos sentíamos solos en alguna ocasión, y era normal que, de vez en cuando...
—¡Rowland! —Theo le advierte, pero él parece no entenderlo.
—Solo digo que no pareció importarte tanto todas las veces que te vi en compañía de alguna soldado.
—¿Todas las veces? —pregunto yo.
—Sí, aquí nuestro capitán —le da dos golpecitos en el pecho con ambas manos— era todo un empotr...
—¡Rowland! —le vuelve a gritar; y esta vez consigue detenerlo—. Deja de hablar. —Lo lanza fuera de la habitación—. Ydeja de llamarme capitán.
Cierra la puerta con tal fuerza que podría haber invertido el sentido de las bisagras y, aun así, Rowland sigue murmurando al otro lado de la puerta que tenemos que irnos.
—Lo detesto —dice Theo, frotándose los ojos.
—Yo le estoy empezando a coger cariño —le contradigo, consiguiendo que me mire como si hubiera dicho lo más descabellado que me ha oído decir jamás—. Creo que Rowland y yo tenemos más de una conversación pendiente acerca de cierto capitán.
—Negaré todo lo que te cuente.
—Lo cual solo constatará que dice la verdad.
Salgo de la cama de un salto cuando Theo se lanza a ella, dispuesto a atarme al cabecero para que no hable con él jamás. Correteo por la habitación sin parar de reír hasta encerrarme en el baño para cambiarme.
Unos cuantos minutos más tarde de lo que a Rowland le habría gustado, llegamos al punto de encuentro que Theo acordó con los proveedores: The Midnight Song, el burdel más conocido de Elmbound.
—¿Por qué aquí? —le pregunto.
—Nunca está de más conocer a la competencia.
No creo que venga solo a analizar, seguro que ya está buscando la manera de joderle el negocio y atraer a su clientela a The Silver Siren.
—Y que ya es difícil que los proveedores crucen a Wicksole, la situación es demasiado inestable y ninguno se quiere jugar el pellejo —añade.
Frente al local hay una pequeña plaza. Su fuente tiene una preciosa escultura tallada en piedra que representa a varios hombres y mujeres portando escopetas y uniformes militares.
Entonces leo la placa que la acompaña: «En conmemoración de los veteranos que dieron su vida en La Guerra de las Treinta y Siete Lunas».
—¡Por fin! —celebra Lucrezia cuando sale de detrás de la fuente.
—¿Lucrezia? —Theo se sorprende tanto como yo.
—Si me vas a citar, al menos preséntate a la hora que tú mismo propones.
—Yo no te he citado.
—Te aseguro que no he perdido la cabeza, Leville.
—Le tira un trozo de papel a la cara—. Solo he venido porque parecía urgente, ¡pero no me hace ni puta gracia tener que salvaros el culo otra vez!
La última vez me metisteis en la prisión más peligrosa de todo Salrath y me usasteis para sacar a un psicópata.
—Técnicamente fuiste tú la que se unió a nosotros —aclaro.
A ella no parece gustarle y me mira con los ojos entrecerrados.
—Esta no es mi letra —dice Theo—. Yo no he... —Suelta un enorme suspiro, baja los hombros y pone los ojos en blanco antes de darse la vuelta y mirar a Rowland, que hasta el momento se escondía a su espalda, jugando con el maletín que Theo le ha confiado.
—¡¿Has sido tú?! —Lucrezia nos aparta a Theo y a mí de en medio para llegar hasta él. Lo señala con un dedo más que acusatorio.
—Tenía ganas de verte —responde con la inocencia típica de un niño que no sabe lo que ha hecho.
—¿Y tenías que poner en la carta que era cuestión de vida o muerte? —Aún le acerca más el dedo.
—Es que podía morirme si pasaba un día más sin verte, cosita. —Le lanza un beso.
Theo podría vomitar, pero yo tengo que taparme la boca para no reírme. Lucrezia abre y cierra los dedos cerca del cuello de Rowland, sopesando si es buena idea matar a un miembro de los Bane delante de su líder.
—Por mí no te cortes —le dice Theo.
—No-me-llames-así —le dice Lucrezia a Rowland, sacando paciencia de donde puede.
Rowland se escurre entre los demás y abre la puerta de The Midnight Song. Lo seguimos de cerca, incluso Lucrezia, que no deja de balbucear las mil posibles maneras de matarlo.
Cruzo el umbral y la penumbra me envuelve al instante: un azul profundo. El aire está espeso, casi pegajoso. Huele a mar, a sal mezclada con alcohol y sustancias que mi pituitaria prefiere no esforzarse por reconocer.
Lo primero que me atrapa no son los bailarines, ni los borrachos, ni los clientes que van escaleras arriba; a eso ya estoy acostumbrada.
Lo primero que me atrapa es el acuario. Ocupa toda la pared tras la barra.
Es todo un océano contenido en cristal. Varias sirenas nadan dentro, y sus escamas brillan bajo las luces como las cuchillas que en verdad son.
Nos miran tan dulces como crueles, como si supieran qué clase de secretos pueden comprar de nosotros o arrebatarnos sin permiso con solo empezar a cantar.
—Condenadas sirenas...
—¿No son de tu agrado? Son melhanäis. —Theo parece sorprendido.
—Hasta hace poco Lucrezia y tú erais los dos humanos y estabais dispuestos a volaros los sesos el uno al otro —le recuerdo—. Son seres egoístas, sanguinarios y repugnantes.
—Sí, muy muy repugnantes —dice Rowland, intentando que no se le caiga la baba.
—¿Theodore Leville? —Un hombre con el cuello de la gabardina casi tan alto como su sombrero lo llama desde la mesa de un rincón.
—El mismo.
Ambos se estrechan la mano.
—Este es mi socio. —Señala a un hombre que está sentado a su lado. Sujeta un maletín gigantesco.
—Veamos la mercancía. —Theo señala el maletín.
—Veamos primero el pago. —El hombre estira el brazo y, con una mano hacia arriba, pide que le dé el dinero acordado. Pero Theo ni se inmuta, se queda mirando la mano—. ¿Mitad del pago ahora y la otra mitad cuando hayáis comprobado que la mercancía está bien?
Theo le hace una señal a Rowland, que se acerca a él con su maletín.
—No será necesario. Ahí está todo el pago —le dice Theo—. Si la mercancía está mal, te encontraré y acabarás sin dinero y sin cabeza.
El proveedor, a pesar de sus pintas de tío duro y misterioso, traga todo el respeto que se le ha acumulado en la garganta y que no le deja respirar con normalidad cuando vuelve a mirar a Theo.
—Se escuchan rumores —se atreve a decir—. El temido Theodore Leville, el héroe de guerra, el matamonstruos... convertido en uno.
—¿Eso se rumorea? —Theo se enciende un cigarrillo—. ¿Ycambia en algo la percepción que se tiene de mí ante estos negocios?
—Un hombre que falta así a sus principios no es de fiar.
Puedo ver el momento exacto en el que a Theo le da un tic en el ojo antes de aparecer a escasos centímetros del proveedor y cogerlo por el cuello.
—¿Por eso querías hacer el intercambio en un sitio público? ¿Porque no soy de fiar? —Aprieta sus dedos, dejando claro que le importa una mierda ejecutarlo en público.
Mientras el proveedor se ahoga, los borrachos de alrededor se ríen.
Doy un paso hacia delante, pero mantengo cierta distancia cuando veo que es capaz de controlar la salida de sus colmillos.
—Lo que no es de fiar es tu instinto de supervivencia, que parece no ser consciente de a quién tiene delante —sigue Theo.
—A un vam-vampiro —dice a duras penas, cuando ya se está poniendo rojo.
—A Theodore Leville —lo corrige—. Yhumano o melhanäi me mostrarás el respeto que dicho nombre merece.
—Sí. —Asiente con la cabeza lo poco que puede—. Lo... lo siento.
Theo lo suelta en el momento exacto en que sus ojos comenzaban a oscurecerse. Se da la vuelta para acompasar su respiración y centrarse en cualquier cosa que no sea lo acelerado que el proveedor tiene ahora mismo el pulso.
—Se lo dirás a cualquier insensato que tenga los cojones de presentarse delante de mí y cuestionar mi autoridad —termina Theo.
El proveedor sigue en el suelo, tosiendo y escupiendo mientras recupera el aliento que Theo casi le arrebata para siempre. Asiente mientras levanta una mano, pidiéndole piedad.
—Lo haré, lo haré —asegura.
—Rowland, comprueba la mercancía —le ordena.
Rowland pasa por encima del proveedor deleitándose con su sufrimiento y le arrebata el maletín a su socio.
Se apoya en la mesa para abrirlo con cuidado, pues sabe que lo que está dentro no son precisamente juguetes, sino estabilizadores hechos de diferentes sustancias melhanäi que, además de aumentar el radio de las explosiones, harán que estallen en el momento exacto en que él lo desee.
Rowland sonríe cuando abre el maletín y los reflejos morados de la sustancia encapsulada le dan en la cara. Parece satisfecho.
—Ha sido un placer hacer negocios con usted —se despide Theo del proveedor antes de darse la vuelta.
Todos lo seguimos. Las sirenas han comenzado a entonar canciones que tenemos que obviar para salir del burdel mientras los demás clientes comienzan a consumir en exceso, a subir las escaleras como zombis de la mano de diferentes señoritas y a desperdiciar sus monedas y billetes en las tarimas.
—El cabrón que haya montado esto tiene visión —reconoce Theo una vez que estamos fuera.
—Si alguien tenía que admirar el poder de la mentira y la manipulación ibas a ser tú. —Niego con la cabeza.
Rowland está más feliz que en todos estos días mientras abraza el maletín.
—Supongo que después de dos ocasiones en las que os he salvado el culo, me debéis una —dice Lucrezia.
—Por favor, explícame en qué mundo eso ha sido salvarme el culo. —Theo señala el burdel con un pulgar por encima de su hombro mientras termina el cigarrillo.
—Haz los cálculos que quieras, pero lo de Stormfort cuenta lo suficiente como para pedirte lo que me venga en gana —rebate.
—Pero si no lo hubieras hecho, yo no estaría aq.
.. —Rowland intenta acercarse de nuevo a Lucrezia, pero esta le planta la mano en la cara y lo empuja hacia atrás—.
Mis contactos en el puerto de Elmbound me informaron ayer de que en un par de noches llegará una comitiva importante del continente melhanäi para el evento del Dirigente.
—Algo comentaron las superiores de la rebelión —comento.
—En esa comitiva va el rey melhanäi —dice Theo.
—¿Qué? ¿El rey? ¿Cómo lo sabes?
—A pesar de lo triste que le ponga, la cosa más larga que tiene Frederick es la lengua.
Todo mi ser desconecta del momento presente para centrarse en recrear la imagen que recuerda del joven rey melhanäi que se vendió al Dirigente humano; el mismo que tiró por la borda años de sacrificio de su gente y que deshonró la muerte de todos aquellos que habían participado en la guerra de su padre.
—Si los detenemos en el puerto, no habrá presentación y habremos ganado tiempo para hacernos con esas cápsulas —dice Lucrezia.
—Bonita manera de decir que quieres hacer del puerto de Elmbound un baño de sangre. —Theo tira el cigarrillo consumido al suelo—. ¿Por qué los Steelson necesitáis a los Bane? ¿Es que no podéis con unos cuantos politicuchos y sus guardias?
—La llegada de la comitiva está pensada estratégicamente para resultar infranqueable... Es dentro de dos noches. Será luna llena —explica Lucrezia.
—Licántropos —Theo chista.
La Guerra de las Treinta y Siete Lunas habla de treinta y siete ciclos lunares, treinta y siete lunas llenas que Theo y el resto de humanos tuvieron que sobrevivir en nuestro continente. Por lo que entiendo la angustia y la desesperación que de repente se han hecho con su cuerpo.
—Reuniré toda la ayuda posible de lo que queda de la rebelión —les aseguro—. Estaremos preparados. El primer pie que el rey ponga en este continente será el último paso que dé.