Pedimos sangre, no perdón CAPÍTULO 60
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CAPÍTULO 60

Theodore

Callejeo siguiendo a la sombra que salta de un edificio a otro hasta que estamos en una avenida lo suficientemente alejada de la plaza como para que por fin se deje ver.

—Eres difícil de matar, ¿te lo han dicho alguna vez? —me dice Frederick cuando salta del tejado más cercano y aterriza justo frente a mí.

—Alguna. Puede que sea lo único que tengamos en común.

Su cara, con el mismo gesto rimbombante de siempre, sale a la luz de las farolas que titilan alrededor.

—Yo diría que algo más... ¿Qué tal está nuestra querida Leah? —Juguetea con su lengua dentro de la boca, dándome aún más ganas de arrancársela para que deje de hablar de ella.

—Tú le suplicabas que se postrara ante ti; en cambio, es Leah quien me pide que me postre ante ella noche sí y noche también.

.. No. En ese tema no tenemos nada en común.

—Me enciendo un cigarrillo e incluso me permito apartar mi mirada de él, dándole a entender la poca amenaza que su presencia supone para mí.

Aprieta tanto la mandíbula que consigue retener su resentimiento, pero no disimularlo.

—Ambos somos ahora monstruos. —Él sigue con su táctica—. Aunque yo llevo años sin tener moral que sustentar. Pero, seamos sinceros, después de todo lo que has hecho y los principios que has roto solo para seguir vivo... ¿Cómo duermes por las noches?

Suelto el humo de la primera calada, y lo hago con tranquilidad.

—Muy a gustito. Al lado de Leah —respondo.

Frederick pinza el labio superior. No debería haber empezado una pelea que sabe que no puede ganar. Me ve como su competencia y ni siquiera me estoy esforzando.

—Pronto callaré ese piquito de oro que tienes —me amenaza.

—Venga, inténtalo. —Sigo disfrutando de mi cigarrillo—. Pero ¿por qué no lo has intentado antes, Frederick? ¿En qué has estado ocupado?

—Parece que ya sabes la respuesta.

—Me faltan detalles. Sé que eres un traidor, pero me falta saber cómo vas a seguir lamiéndole el culo ahora que vuestra organización está en peligro.

—¿En peligro? —Casi ríe—. ¿Por vosotros? Tenemos más seguridad y personal que nunca, y vosotros no sois más que una panda de criminales de tres al cuarto que no tiene nada que hacer frente a la noche en la que se cerrarán las ambiciones de los gobernantes de los dos continentes.

Reinterpreto sus palabras, agarrándome a una entre mil posibilidades, pero por cómo ha hablado...

—¿Ambos gobernantes? —Me es inevitable sonreír—. Así que la autoridad que vais a recibir en ese gran evento es el mismísimo rey melhanäi.

—Yo no he dicho tal cosa.

—Sí lo has hecho. —Lo señalo—. Será divertido hacer rodar su cabeza. Aunque creo que le dejaré ese placer a Leah. Con hacer rodar la tuya, me conformo.

Frederick, desesperado por hacerme callar, se prepara para atacar, haciendo todo un espectáculo mientras deja salir sus colmillos y oscurece sus ojos y prepara su cuerpo para la acción.

Yo no necesito tanto. Tiro mi cigarrillo al suelo y, antes de que se termine de consumir por completo, saco mi pistola de balas Haren y comienzo a dispararle con la renovada puntería que me proporciona la visión vampírica.

Todas las balas van directas al corazón, pero Frederick las sortea y salta de un lado a otro de la avenida hasta que me quedo sin munición.

—Eso ha sido trampa —se queja, agarrado a lo alto de una de las farolas.

—Jamás me ha gustado jugar sin ellas. Suelen facilitar la victoria. —Tiro la pistola al suelo y abro los brazos para recibir a Frederick cuando este salta sobre mí desde la farola.

Mi cuerpo, más veloz que cualquier pensamiento, choca con el suyo con una fuerza que aún no controlo.

Rodamos por el suelo empedrado y mi primer instinto es desgarrarle la garganta con mis colmillos.

Su sangre, espesa y ardiente, me inunda la boca.

El sabor me enferma; el asco de consumir parte de él casi me paraliza, pero no me detengo.

Su risa, ronca y gutural, me enfurece aún más.

—¿Eso es todo lo que tienes? Entiendo que usaras balas, entonces —gruñe, y sus manos, fuertes como garras de acero, me lanzan contra un muro cercano.

El impacto me deja sin aliento. Mis costillas crujen, pero no tengo tiempo para el dolor.

Desgarra mi rostro con sus uñas y la sangre tibia corre por mis mejillas.

—¡Me lo quitaste todo! —grito mientras le golpeo el rostro con toda la fuerza que mis nuevos brazos pueden reunir. Cada golpe resuena en mis huesos, pero él se ríe, con sus dientes bañados en sangre, disfrutando de mi rabia como si fuera un banquete.

—Planeé quitártelo todo, pero Leah se puso en mi camino.

.. Acabé dándote poder, y esto es lo que haces con él.

Patético. —Escupe antes de lanzarse de nuevo.

Sus colmillos se clavan en mi hombro, y un grito de dolor escapa de mis labios.

Succiona con voracidad, como si intentara arrebatarme la poca humanidad que me queda.

Pero no pienso dársela. Con un rugido, clavo mis uñas en su pecho y desgarro su carne hasta sentir el hueso. Su grito me llena de una satisfacción oscura. Lo empujo con fuerza, y ambos caemos al suelo, jadeantes y bañados en la sangre del otro.

Él intenta levantarse, pero ya no tiene la misma velocidad. Lo tomo por el pelo y lo arrastro hacia mí. Su rostro, por primera vez, se contrae en algo parecido al miedo.

—¿Crees que acabar conmigo te hará dejar de ser una bestia? —susurra.

—Siempre he sido una bestia.

Con un rugido, intento hundir mis colmillos en su cuello de nuevo, pero su brazo se interpone con una fuerza descomunal, empujándome hacia atrás. Sus ojos echan chispas con una furia tan potente como el puñetazo que me fractura las costillas.

Me tambaleo por el dolor, pero no caigo. Su mano se cierra en torno a mi cuello y me eleva del suelo como si no pesara nada. La presión en mi garganta es insoportable y, por un momento, la oscuridad amenaza con engullirme.

—¿Últimas palabras? —me pregunta.

—Me apetece un cigarrito —digo, para su desconcierto.

Rebusco entre mis bolsillos y doy con mi mechero, que enciendo tan cerca de su cara que le quemo un ojo. Grita y me suelta, echándose hacia atrás con ambas manos en el rostro mientras parte de la córnea se le derrite.

Caigo al suelo, jadeando y mareado. Pero, al poco, él ya está sobre mí de nuevo, mordiéndome y arañándome hasta el hueso.

El dolor es un fuego abrasador, pero me aferro a él.

Lo uso como combustible. Agarro un trozo roto de adoquín y se lo estrello en el cráneo una y otra vez.

El golpe lo hace retroceder. Sangre oscura mana de la herida abierta sobre su sien.

Su rostro se contorsiona en una mezcla de rabia y sorpresa.

Carga contra mí, y esta vez, ambos caemos juntos al suelo.

Rodamos entre golpes y mordiscos. Sus uñas se hunden en mi brazo, desgarrando el músculo.

Mi grito de dolor se mezcla con el suyo cuando logro hundir mis dientes en su hombro, arrancando un trozo de carne.

Su sangre baña mi rostro, caliente, repulsiva, pero no me detiene.

Lo golpeo con todas mis fuerzas, una y otra vez.

Él me agarra de las muñecas y, con un último esfuerzo, me lanza hacia un lado.

Ruedo por el suelo hasta que me estrello contra los barriles vacíos que el tabernero ha dejado fuera.

Cojo uno de los trozos de madera que he roto y me lanzo contra él con la punta por delante.

Yse la clavo. Clavo la madera esperando acercarme a lo que sea que Frederick tenga en el lugar del corazón.

Pero la euforia me dura poco; me agarra por los brazos y me atrae hacia sí de una manera tan agresiva que me ensarta en el otro extremo de la madera.

Los dos caemos de rodillas al suelo sin soltar al otro.

—Si yo muero, tú también —musita, soltando más sangre que palabras por la boca.

—Estoy dispuesto a ello. —Comienzo a gritar mientras la madera se clava más y más dentro de mí, pero con el movimiento consigo, a su vez, hundirla más en su esternón.

—¡Theo! —Gina llega la primera, seguida de Winnifred; y ambas comienzan a disparar sus balas Haren a quemarropa sobre Frederick, que tiene que soltarme para huir.

—Nos volveremos a ver —me dice antes de empujar todo su cuerpo hacia atrás y dejar un enorme charco de sangre donde antes estaba.

—Theo... —Leah se arrodilla ante mí y agarra la madera que tengo atravesada en el estómago—. Ala de tres. Una, dos... —No llega al tres y me saca la madera de manera bruta y precipitada.

—Es que no me puedo fiar de ti. —Caigo de lado sobre los adoquines.

—Lo harás cuando yo pueda empezar a fiarme de tu instinto de supervivencia. ¿En qué estabas pensando? —Sé que comienza a echarme la bronca, pero la inmensa cantidad de sangre que he perdido no me permite seguir el ritmo de sus palabras, todo se vuelve negro cuando cierro los ojos.