CAPÍTULO 59
Theodore
Salimos de The Bane con sigilo. Sabemos que las autoridades nos buscan, pero también que no arruinarán la noche de los Fuegos Hieráticos.
Ylo comprobamos cuando llegamos al corazón de Wicksole, a su plaza principal.
En cuanto los agentes nos ven, comienzan a hablar entre ellos y a hacerse señas para ordenarse unos a otros no quitarnos el ojo de encima, pero mantienen las distancias.
Ellos también saben que, a nosotros, en cambio, no nos importaría arruinar esta noche y acabar sacando las pistolas.
La plaza está viva, con cientos y cientos de personas, un latido brillante y caótico en medio de tanta oscuridad.
Los fuegos artificiales que muchos llevan en las manos pintan el cielo nocturno con pinceladas de oro y carmesí, mientras una lluvia de chispas cae desde las alturas, como si las estrellas estuvieran derritiéndose.
Las linternas de papel, suspendidas entre los edificios, oscilan al compás de un viento helado pero suave que huele a pólvora.
Los adoquines bajo mis pies resplandecen con reflejos danzantes, como si también ellos se hubieran contagiado del júbilo de la noche.
Yaunque el frío del último día de diciembre araña la piel, la calidez de las antorchas y la marea de risas lo potencian todo.
Especialmente la sonrisa de Leah, que va dos pasos por delante de mí sin soltarme la mano y sin dejar de mirar a un lado y a otro, maravillada por el espectáculo.
Por suerte, he comido demasiado y tengo el estómago tan lleno que la excitación y la euforia de los que me rodean apenas me afectan. Oigo con claridad los latidos de sus corazones acelerados y siento la calidez de su sangre al correr, pero consigo contenerme.
Caminamos entre la multitud, empujados suavemente por la corriente de cuerpos disfrazados y máscaras grotescas.
Los adultos, convertidos en todo tipo de monstruos y bestias, corretean tras los niños blandiendo las antorchas y los fuegos artificiales como si fueran armas sagradas de una cacería ridícula.
Los niños chillan y ríen al mismo tiempo, intentando escapar de los monstruos que fingen tropezar y caer.
—¿No es eso demasiado peligroso? —me pregunta Leah cuando ve cómo una de las bestias acerca demasiado uno de sus fuegos artificiales a un niño que no es muy hábil al correr.
—¡Qué va! —El niño acaba con la tela de la manga algo chamuscada y corre hasta su madre, que le recibe en un abrazo mientras ríe por lo sucedido—. Bueno, puede que un poco, pero es la tradición.
—Los humanos y sus tradiciones... —Eleva una ceja sarcástica cuando un hombre, disfrazado de licántropo, se pone a aullar a nuestro lado mientras interpreta su papel lo mejor que puede.
—Venga, desde hace siglos sois los malos, los que venís a matarnos.
—Puede que acabe matando a ese, desde luego. —Señala a otro hombre que, disfrazado de vampiro, con una máscara caricaturesca, va gritando a los niños que se beberá toda su sangre mientras los persigue con su antorcha.
—Los Fuegos Hieráticos son una manera de representar la huida de lo malo y la entrada en el nuevo año dejando atrás los miedos.
Pero es verdad que al final los que más lo disfrutan son los niños, así que acaban siendo ellos los perseguidos normalmente.
Los adultos venimos a beber y celebrar en comunidad.
—Dentro de su perversión, es hermoso. —Leah vuelve a mirar a su alrededor, al espectáculo de luces que nos rodea—.
Pero no puedo evitar pensar que es una lástima que los niños nos vean así.
—Señala los disfraces de monstruos y bestias.
Y,por primera vez en toda mi vida, los veo diferentes; ahora también me representan a mí.
—Es solo cuestión de saber mirar bien. —Abrazo a Leah por detrás y dirijo su mirada al rincón en el que una familia melhanäi disfruta con su pequeña ponzoñosa mientras esta ríe y corre delante de un hombre que, sin ningún tipo de disfraz, se ha ofrecido a perseguirla—. De buscar otro tipo de bestias.
La vuelvo a girar para que vea otro pequeño núcleo de familias melhanäis que animan a sus hijos a correr más rápido para que no los pille la mujer que les persigue con el fuego artificial por encima de su cabeza.
—Es una tradición antigua, con raíces asentadas, pero poco a poco va adaptándose —le explico.
—Eso sí que es hermoso. —Se da la vuelta, muchísimo más satisfecha ahora con la celebración de los Fuegos Hieráticos, y me roba un beso—. Puede que, a veces, todo lo que se necesite sea tener al monstruo indicado a tu espalda o debajo de la cama.
Me hundo en su reflexión como si de repente viera todos los horrores que me han perseguido toda mi vida como meros incentivos para ser más rápido, más fuerte, más ingenioso.
.. Mejor. Quizás tenga razón y ningún ser sobre la faz de la tierra sea capaz de alcanzar su potencial sin haber tenido miedos y monstruos que lo persiguieran.
—¡Bebidas! —grita Elías.
Gina, Winnifred y él nos traen vasos en los que han echado el ponche habitual de estas fiestas y que a mí me resulta tan empalagoso. Pero sigue siendo alcohol, así que le pego un buen trago en cuanto me coloca el vaso en la mano.
—¡Feliz Año Nuevo! —vuelve a gritar Elías, esta vez para que lo escuche toda la plaza.
—¿Cuántos ponches lleva ya? —le pregunto a Gina.
—Unos cuantos...
—Te quiero, hermano —me dice de repente Elías—. Aunque ahora seas un chupasangre. —Con dos dedos imita mis colmillos, tirándose medio vaso encima.
—Ya veo... —río sin remedio.
—¡Gifford! —celebra Elías entre risas ridículas cuando el mandatario se nos acerca.
Miro a Gina con los ojos más abiertos de lo normal y, con la cabeza, señalo el rincón al que quiero que se lleve a Elías.
Gina me obedece y, junto con Winnifred, se lo lleva lejos para que no pueda decir o hacer nada que provoque al mandatario.
Como el hecho de que ahora soy un vampiro, por ejemplo.
—Buenas noches, Gifford, ¿qué puedo hacer por usted? —le pregunto.
—Morirte —me responde, sin rodeos.
¿Se le pondrá dura si le digo que ya he muerto?
—En verdad no vengo a hablar contigo, sino con ella. —Señala a Leah con un movimiento de barbilla—. ¿Qué sabes de la muerte de Edmund Cox?
—Venga, mandatario, ¡estamos de celebración! ¿Es que no puede dejar el trabajo a un lado por una noche? —Intento desviar el tema, pero Gifford es como un maldito sabueso, una vez que tiene el rastro, no lo deja ir.
—Habla —le dice a Leah—. Tengo más de una razón para arrastrarte al calabozo, no me hagas hacerlo.
—Se quedaría sin la mano antes de tocarle un solo pelo, Gifford —le advierto.
Mantengo mis instintos asesinos, que no son pocos, a raya. Pero todo mi cuerpo me pide ser el primer monstruo de la noche en cometer un crimen de verdad.
—Tranquilo, Theo. —Leah me aprieta una mano, consciente de por qué de repente se me ha acelerado tantísimo el pecho—. Ni siquiera sé quién es ese tal Edward Hock.
—Edmund Cox —la corrige el mandatario.
—Ese. —Leah asiente—. Le aseguro, mandatario, que solo gasto mis energías en la calaña que conozco. —Tira un poco de la frágil cuerda que es la paciencia de Gifford, recordándole lo fácil que fue para ella envenenarlo en la gala que se celebró en honor del Dirigente.
—Y por eso un día te meteré entre rejas. —Da un paso adelante para encararse con Leah, pero yo me interpongo entre ellos y lo hago retroceder.
—Si eso es todo... —le digo.
—Por el momento —sonríe. Se aleja, perdiéndose entre la multitud y los fuegos artificiales que siguen cayendo sobre nosotros.
—Qué hombre más pesado —comento cuando por fin nos quedamos solos.
—Parece que no va a ser la única sorpresa de la noche. —Leah se queda petrificada mirando uno de los edificios que colinda con la plaza y me agarra el brazo aún más fuerte.
Sigo sus ojos hasta dar con la figura que está en uno de los balcones: Frederick. Sus ojos amarillos son casi como dos luciérnagas en la lejanía.
—Ese hijo de puta...
Leah no me deja avanzar, aprieta y me retiene a su lado.
—Theo, no —me suplica.
Ni siquiera entro a debatir. Sacudo mi brazo para liberarme y comienzo a caminar, apartando de mala manera a cualquiera que se pone en mi camino hacia la venganza que tanto llevo esperando.