CAPÍTULO 58
Theodore
No soy muy de celebraciones, pero los Bane se han empeñado en celebrar Año Nuevo como si este fuera a traer mejor suerte que el que dejamos atrás, el año en el que he muerto.
Me paseo por el comedor en el que han montado la enorme mesa mientras observo la decoración excesiva y los trajes y vestidos que todos llevan puestos. Todo es pomposidad, exceso, sonrisas y copas en la mano.
Llego hasta la chimenea, sobre cuya repisa han colocado una fotografía de Horace y otra de Cornelia, a quienes hemos perdido estos últimos meses, pero que igualmente nos acompañan esta noche.
—Tú me habrías ayudado a ver el lado bueno de todo esto, amigo —le digo a Horace.
—Al menos estás empezando a verlo. —Winnifred aparece a mi lado, con la misma mirada melancólica que debo de tener yo, mirando la fotografía de Cornelia, quien para ella era como una hermana. Compartían un vínculo muy similar al que yo tengo con Elías.
Lleva un vestido de brillos plateados que acompaña la claridad de su pelo rubio recogido en ondas cortas.
—Winnifred, estás preciosa.
—No están mal para ser las primeras palabras que me diriges desde Stormfort.
—Creí que no querrías hablar conmigo.
Han sido muchas las ocasiones que, desde el asalto a la prisión, he pensado en pasarme por su cuarto o detenerme por los pasillos cuando la he visto de camino a atender algún cliente, pero supongo que mi valentía me falló cuando más la necesitaba.
—La verdad es que al principio no quería —se sincera—. Cómo cambiaste, cómo actuaste cuando me cogiste y lo cerca que estuviste de...
—Ya... —digo para que no termine la frase. Ambos sabemos cómo termina, pero no puedo escucharlo de sus labios. No de alguien que considero familia.
—Tus ojos... No eras tú. Lo que me aterró fue no verte detrás de esos ojos inyectados en sangre.
Aparto la mirada y la llevo directa al fuego.
—Pero después volviste a aparecer —sigue Winnifred—. Yal principio no supe lo valioso que era eso, pero volviste a ti mismo. Pudiste frenarte en mitad de una caza para no acabar conmigo de postre. No todos los vampiros son capaces.
—No le des mérito a una acción deplorable, Winnifred. —Aprieto la mandíbula.
—No lo hago, de hecho, siento comunicarte que ya no me acercaré a ti en mitad de una misión jamás si no es con una bala Haren preparada. —Me clava el dedo índice en el pecho—. Creo que me habrías echado demasiado de menos.
—No sé yo... Muérete, a ver si lloro.
Winnifred ríe y me da un golpe en el brazo que yo disfruto con complicidad.
—Sé que tu pena nunca llega en forma de llanto, Theo; suele acompañarte de una manera mucho más... destructiva.
Me da un apretón en el mismo brazo y, tras sonreírme, me deja solo para acercarse a Gina y bombardearla a piropos por lo bien que le sienta el traje granate. Aunque yo la admiro poco. Ha aparecido alguien en la sala que capta la atención de todos mis sentidos por completo: Leah.
Su vestido negro ajustado realza cada una de sus curvas, y la raja que la falda larga abre hasta la cadera deja al descubierto parte de sus muslos mientras camina y hace rebotar las mismas carnes que yo estaría besando e idolatrando día y noche si me dejara.
Se ha recogido la melena cobriza en una larga coleta ondulada que le llega hasta la mitad de la espalda y que me tienta a tirar de ella para atraer su trasero hacia mi entrepierna.
Pero creo que no es ni el sitio ni el momento de hacerlo.
—¿Cuál de todas las depravaciones posibles que se te pueden ocurrir con este vestido te estás imaginando? —me pregunta cuando llega a mi lado. Sus labios, de un carmín oscuro, parecen tan jugosos como las moras negras.
—Todas las que ya hayas elucubrado tú y más. —La acerco mucho más delicadamente de lo que mis instintos me piden y le planto un beso en la frente—. Creí que la idea de estos días era mantener mi lado salvaje a raya. ¿Qué pretendes presentándote aquí con ese vestido?
—¿Una guerra no pudo con Theodore Leville y va a poder un trozo de tela? —Juguetea demasiado—. No querrás que seamos el espectáculo de esta noche.
—Os rogaría que no lo fuerais. —Abitha se acerca tan guapa como el resto, pero con un brillo especial que me recuerda los años en los que ella, papá y yo celebrábamos Año Nuevo solos en nuestra casa.
Leah se ríe, ocultando la vergüenza que le da que mi madre haya podido oír nuestra conversación incluso desde el otro extremo del comedor. Me da un beso en la mejilla y nos deja solos.
—Estás muy guapa —le digo.
Tiene el pelo castaño liso y un chal por encima del vestido que le da una elegancia antigua, exclusiva en la fiesta.
—Tú podrías haberte quitado ese pañuelo rojo y haberte puesto una pajarita —me reprocha.
Pero últimamente me aferro al característico pañuelo rojo de los Bane como si fuera parte de mí.
—Te sienta bien esta vida —añado. No solo refiriéndome a la opulencia y el lujo que ahora nos rodea, con camareros sirviendo copas y comida en una vajilla que sin duda debe de ser más cara que todos nuestros antiguos muebles. También hablo de su nueva persona, de ella como melhanäi.
—Me hace inmensamente feliz que pienses eso, hijo. —Me acaricia la mejilla a pesar de que mi primera reacción es alejarme de su mano—. Pero quiero que sepas que jamás fui tan feliz como cuando tu padre aún vivía y no éramos más que comerciantes. Él y tú sois lo que siempre he necesitado, nada más.
—Recuerdo el Año Nuevo en el que papá casi quema la casa entera para cocinar aquel cordero que había conseguido a buen precio.
La manera en la que Abitha sonríe y se lleva una mano a la frente me devuelve a mi infancia, a cuando mis misiones no involucraban muertes, robos y chantajes, cuando no consistían más que en hacerla sonreír de esta manera.
—Esa noche no fui especialmente feliz, he de reconocerlo. ¡Casi nos quedamos sin casa!
—Lo sé. —Me uno a sus risas.
—Theo, quiero que sepas que, aunque ahora tengas una condición que nunca quisiste, yo sigo viendo a ese dulce niño pequeño agarrado al Señor Orejitas cada vez que se te escapa alguna sonrisa que, por algún motivo, siempre intentas ocultar ante los demás.
Me mira como si fuera importante que supiera que está siendo sincera, para hacerme saber que incluso cuando nadie más me mira, ella lo hace.
—Aprendí a una edad muy temprana que una actitud seria te lleva bastante más lejos que una sonrisa.
—Y por ello me culpo. —Mi madre aparta los ojos, incapaz de mirarme por la culpa.
—No fue culpa tuya, madre. —Lo verbalizo por primera vez, aunque mi mente lo comprendió desde el momento en que la volví a ver—. Te mataron, e hiciste lo que creíste mejor para mí...
Ella me ha aceptado después de tantos años, aunque me haya convertido en alguien tan distinto del hijo que un día tuvo. Me aceptó como veterano, como criminal y asesino... Y,ahora, como vampiro. Yyo, infantil y caprichoso, le eché en cara que se transformara cuando ni siquiera fue su decisión.
—Está bien, Theo. —Aunque la lágrima que ahora se le escapa del ojo derecho deja claro lo mucho que agradece mi gesto—. Ese es el trabajo de cualquier madre.
Me abraza sin miramientos, sin estudiar mi postura y evaluar si me voy a apartar o no.
Ha sido la primera vez que la he llamado «madre» y eso parece calentarle el pecho más allá de cualquier actitud equivocada que yo pueda tomar.
Pero no lo hago, dejo que me abrace, porque si no yo no sería capaz de hacerlo.
Pongo mi brazo alrededor de sus hombros y me hundo en el calor que consigue irradiarme a pesar de lo fría que tiene la piel.
—¡A cenar! —grita Gina entusiasmada cuando los camareros empiezan a servir la carne al horno en los platos y a poner todo tipo de guarniciones en el centro de la mesa.
Elías me cede, como siempre, el sitio que preside la mesa. Él se sienta a mi lado. Leah al otro.
—Gracias por invitarme esta vez —le susurro a Elías.
—Seguiré sin invitarte a los eventos en los que mi cabeza o la de cualquier otro Bane corra peligro —me dice en el mismo tono bromista pero decidido.
—Por eso eres mi mano derecha. —Le aprieto y zarandeo ligeramente el hombro a modo de agradecimiento.
—¿Qué tal tu última misión? He escuchado que Edmund Cox apareció casi desangrado y con un tiro en La Brada después de una indiscreta, pero cara visita al burdel.
—Todo el mundo sabe lo peligroso que es caminar solo por esas callejuelas a altas horas de la madrugada...
—Pero todos nos beneficiaremos de su error. Ahora es su yerno el que quiere presentar su candidatura al Ayuntamiento de Wicksole.
—Eso me han dicho, sí. Seguro que en su carrera política tendrá tiempo para acordarse de los favores que nos debe.
Somos los únicos que conocemos su secretito, que sabemos cómo ha llegado al poder, así que, básicamente, lo tenemos cogido por los huevos.
—Me gusta.
—¿No te importa la manera en la que reuní a Edmund con la Muerte?
—Jamás te he dicho cómo hacer tu trabajo y no voy a empezar a hacerlo ahora, pero sí te pediré, por el bien de los lavanderos de esta fonda, ¡que aprendas a comer! La cantidad de camisas blancas que están teniendo que limpiar es inaudita. No dan abasto.
—Así que no me vas a decir cómo hacer mi trabajo, pero sí me vas a enseñar a comer.
—Mira, esta por mamá... —Pincha un trozo de carne de su plato y lo acerca a mi boca como un avioncito.
—Apártalo antes de que te haga tragar el tenedor.
Los dos acabamos riendo hasta que Rowland hace una de sus habituales entradas triunfales en el comedor, casi rompiendo las puertas y llamando la atención de todos los presentes, que volvemos la cabeza hacia el núcleo del caos.
—Toma asiento, Rowland —le digo.
Él lo hace, sentándose de tal manera que sus modales quedan demasiado lejos de él y su ropa harapienta.
Sigue trabajando en sus explosivos en el sótano de la fonda, y en alguna ocasión ha hecho temblar los cimientos de todo The Bane, pero él parece intacto a pesar de lo mucho que se expone a las explosiones de prueba, dejando su ropa y pelo más chamuscados que una fogata.
—Sigo necesitando ese estabilizador melhanäi, Theo —me recuerda.
—Lo sé, ya he concertado una cita con mi proveedor.
Me da las gracias con dos dedos en la frente y coge un trozo de mazorca que empieza a mordisquear antes de que cualquiera de los demás hayamos empezado a comer, aunque él haya llegado el último.
Con un ademán doy comienzo a la cena y las conversaciones cruzadas, las risas y las guarniciones van y vienen a lo largo de la mesa mientras a Abitha, a Leah y a mí nos sirven una copa de sangre que vamos rellenando conforme pasa la noche.
—Por un año lleno de sorpresas. —Leah acerca su silla a la mía y levanta su copa para que hagamos un brindis privado.
—Sorpresas, ¿eh? No es lo que se suele pedir.
Aunque a mí me hubiera sorprendido que Leah pidiera otra cosa, algo convencional.
—¿Y qué se suele pedir?
—Bienestar, prosperidad, felicidad...
—¿Y no se potencia todo eso cuando van de la mano del asombro y el desconcierto?
—Contigo sí. —Levanto también mi copa y la hago chocar con la de ella—. Año nuevo, vida nueva, Theo nuevo.
—¿Ya no crees ser el mismo de antes?
—Creo que por fin entiendo que no lo soy del todo..., pero que eso está bien.
Me sonríe y se acerca para besarme, pero, entonces, los buñuelos rellenos de nata que los camareros han repartido como postre estallan debido a los pequeños petardos que, al parecer, tenían dentro.
Todos acabamos con nata por la cara y el pelo, además de alguno al borde de un infarto. Rowland empieza a reírse a carcajadas.
—Venga... ¡Es gracioso!
—¡Podría haberme quedado sin mano! —se queja Gina, que apartó los dedos en el último momento, justo antes de coger un buñuelo.
—Estaba siendo una cena demasiado aburrida —explica entre risas—. Ha sido como ver nevar dentro del comedor.
—¡Rowland! —Elías podría apuntarle con su pistola solo por haber arruinado su traje.
—Creo que es momento de dar por terminada la cena y salir a celebrar los Fuegos Hieráticos —digo en alto—. Rowland, siento muchísimo que no puedas acompañarnos. Seguro que tienes mucho trabajo que adelantar después de haberte pasado todo el día rellenando los buñuelos con petardos.
—A sus órdenes, jefe. —Se pone en pie de manera errática y me saluda tal y como hacía en las trincheras. Aunque, antes de irse, llena un plato entero con los trozos de buñuelo que nadie más parece querer y se vuelve al sótano.
Todos parecemos quedarnos más tranquilos cuando desaparece.
—¿Qué son los Fuegos Hieráticos? —me pregunta Leah.
—Te van a encantar.