Pedimos sangre, no perdón CAPÍTULO 57
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CAPÍTULO 57

Theodore

El aliento de Leah se mezcla con el mío, y ambos, con el humo de las chimeneas que nos envuelve en la azotea a la que la he traído de un salto.

Tiro mi abrigo al suelo a modo de colchón y me tumbo encima de ella mientras las estrellas titilan y nos saludan desde el cielo, asomándose curiosas entre la humareda para ver cómo mis labios la besan hasta consumir su insolencia.

—¿Cuánto tiempo has estado siguiéndome, Leah? —murmuro contra su boca, entreabriendo los ojos lo suficiente para ver su sonrisa.

Es una sonrisa que no admite culpa, pero tampoco disculpa. Es como un desafío, y me enciende más de lo que debería.

—El tiempo suficiente, Theo —responde con esa voz aterciopelada que usa para enmascarar sus mentiras. Sus dedos se deslizan por mi nuca y tiran un poco de mi pelo. Quiere provocarme. Siempre quiere.

—Estoy harto de que me sigas —digo, separándome apenas un centímetro, lo suficiente para mirarla a los ojos.

Ella se ríe.

—Alguien tenía que asegurarse de que no fueras dejando un reguero de cadáveres.

—Pensé que ya te fiabas de mí... Ah, no, espera... No lo haces. Concertaste una reunión en mi local sin mi permiso, y sin mí.

—No me negarás que esas estiradas líderes de la rebelión serían capaces de sacarte de tus casillas hasta hacerte perder los nervios. ¡No quería que tu burdel sufriera una segunda masacre!

—Qué noble eres —replico con un sarcasmo que corta como un filo de plata.

Ella me coge por los hombros y nos cambia de posición en menos de un segundo.

Está sentada a horcajadas sobre mí y me ataca con un beso voraz, como si pudiera cerrarme la boca con sus labios.

Lo consigue por un instante, porque, por mucho que quiera ganar esta guerra, mi cuerpo es su campo de batalla. Pero no voy a ceder.

Me separo otra vez, mi frente contra la suya, nuestras respiraciones entremezcladas en un juego en el que nos desafiamos con la mirada mientras nos seguimos quitando la ropa.

—Dime, ¿te divierte esto? Jugar a ser mi sombra. Mi carcelera. Mi maldita conciencia.

Ella ladea la cabeza, y sus labios apenas rozan los míos mientras sonríe, tan calmada como una tormenta antes de desatarse.

Mis manos encuentran su cintura, la seda de su vestido es un obstáculo innecesario que empiezo a apartar con impaciencia.

Ella no se queda atrás. Sus dedos recorren mi pecho, deshaciendo los botones de mi camisa con la misma precisión con la que destroza mis defensas. Sus uñas se clavan en mi piel cuando la atrapo con más fuerza contra mí.

—No lo hago por diversión. Aunque debo admitir —su lengua roza mi labio inferior y mi garganta se cierra de frustración— que verte revolcarte en tu indignación tiene un encanto único.

La sangre me hierve, pero no me da tiempo a responder. Me toma por la nuca y me besa otra vez, más profundamente, con la intensidad de quien sabe que lleva la ventaja y disfruta cada segundo de ella.

Trato de recuperar el control, de llevar el beso hacia mi terreno, pero sus dientes rozan mi labio. Un mordisco sutil, una amenaza. Es como si estuviera riéndose de mi intento.

—Eres una maldita espina —gruño contra su boca, sin apartarme ni un milímetro.

—De tu rosal, Leville. No soy más que parte de tu paisaje.

Su respuesta me arranca una carcajada oscura, cargada de furia y deseo.

—Si sigues así, Leah, no te prometo que esta conversación termine con palabras —le digo en el momento en el que tengo mi miembro rozando el hueco de su entrepierna.

El frío de la noche combate por acercarse a nosotros a través de las columnas de humo, pero no lo sentimos ni cuando nuestra piel queda totalmente al descubierto.

—¿A ti te da la impresión de que yo quiero que acabe con palabras? —responde ella, deslizando sus uñas por mi cuello mientras vuelve a besarme con un hambre empatada con la mía.

La furia se mezcla con la pasión y por un momento no sé si estoy ganando o perdiendo. En la guerra siempre lo supe. Con ella nunca lo tengo claro.

Sus labios no se apartan de los míos, y cada roce, cada mordisco delicado, me arrastra más hacia el abismo en el que solo Leah puede hacerme caer mientras me meto en ella, llegando profundo cuando se sienta después de haber descendido por mí y haber despertado hasta el último nervio que ahora me obliga a esforzarme para mantener los ojos abiertos.

Planto los codos en el suelo para estirar el cuello y seguir besándola, pero ella me agarra el cuello con una mano y niega con la cabeza mientras sigue subiendo y bajando encima de mí.

—¿Estás disfrutando de tu control? —logro murmurar entre jadeos.

—Siempre lo hago, Theo.

Algo en mí cede. Otal vez se rompe. Mis labios abandonan los suyos para trazar un camino por su cuello, su clavícula, esa piel fría que arde bajo mi toque.

Pero ella no está dispuesta a ser solo receptora.

Sus manos vuelven a subir a mi pelo y tiran de él, obligándome a mirarla.

Sus ojos me atraviesan, me desnudan más que cualquier gesto.

—¿A qué estás esperando? —susurra, y es más una orden que una invitación.

No necesito más. Mi boca encuentra su cuello, y mis colmillos perforan su piel.

La primera gota de su sangre cae sobre mi lengua, y es como si el universo entero se detuviera.

El sabor es una mezcla de recuerdos y emociones; el regusto me inunda: su rabia, su deseo, su dolor, su amor.

Todo lo que es Leah está contenido en esa esencia, y yo la devoro como un hombre que nunca ha llegado a saciarse.

Leah me dijo una vez que alimentarse por placer es un momento vulnerable e íntimo que jamás había compartido con nadie.

Ahora lo entiendo. La tengo dentro de mí de una manera en la que jamás he tenido a ninguna otra mujer, de una manera en la que soy capaz de conocer sus rincones más oscuros sin necesidad de hablar.

Ella tiembla contra mí, pero no es miedo.

Es éxtasis, puro y salvaje. Sus uñas se hunden en mi espalda mientras arquea su cuerpo hacia el mío, como si quisiera fundirse conmigo.

Pero no se queda inmóvil. Con un movimiento inesperado, sujeta mi rostro y me obliga a apartarme.

La sangre aún mancha mis labios cuando me lanza una mirada de desafío, de rendición mutua, y su boca encuentra mi cuello con una voracidad que me hace soltar un gruñido cuando sus movimientos de caderas aumentan su velocidad.

Cuando sus colmillos me atraviesan, el dolor inicial ya me es familiar: un relámpago que se disuelve rápidamente en un placer tan intenso que no sé dónde termina el tormento y dónde comienza la gloria.

Mi respiración se entrecorta, mis manos buscan su piel con desesperación, y cada gota que ella toma de mí me vacía y me llena al mismo tiempo.

Es un lazo que va más allá de lo físico.

Y cuando sus labios se despegan, no puedo evitar buscar los suyos otra vez. Este beso ya no es una batalla, sino una tregua.

—Creo que soy aún más caos cuando estoy contigo —susurro, todavía sintiendo el eco de su mordida en mi cuello, el latir de algo que me expande dentro de ella.

Con el siguiente zarandeo de su cadera le es imposible detener ya los temblores y gemidos, lo cual libera mi tensión dentro de ella mientras ambos gritamos por encima del horizonte de Wicksole, con las estrellas de testigos.