CAPÍTULO 56
Theodore
Después de varios días dándole vueltas a la idea de volver al trabajo, salgo de la fonda por la puerta de atrás; no me apetece que la comitiva de espías que el mandatario Gifford ha vuelto a poner frente a The Bane comience a seguirme.
No esta noche. Esta noche tengo un encargo.
Esta noche no soy más que Theodore Leville, el cabecilla de la banda criminal más peligrosa de Wicksole.
Esta noche seré dueño de mis acciones, derramaré sangre como antes.
Yme siento libre cuando el aire frío de la noche me azota la cara.
Las risas de los niños que juegan con la nieve que ha comenzado a cuajar alrededor de las farolas me recuerdan lo cerca que estamos de Año Nuevo; a dos días.
Las chimeneas de las familias ya destilan los olores de las copiosas cenas que están preparando para la ocasión, y la felicidad parece inundar la ciudad entera.
Una felicidad que no le durará a todo el mundo.
Desde luego no a Edmund Cox, el hombre al que el cliente que he atendido esta mañana le ha puesto una diana en la cabeza.
Edmund es un hombre importante en Wicksole, forma parte del Ayuntamiento; uno de los peces gordos que toma decisiones económicas en la ciudad.
Yno hay que ser un genio para saber que está haciendo un trabajo de mierda.
Cada vez hay más vagabundos por La Brada y más de una familia tiene problemas para hacerse con un buen trozo de carne para Año Nuevo.
Mi cliente, su yerno, asegura que, además de gastarse los impuestos que las autoridades recaudan en putas y alcohol, le debe dinero; y no encuentra una manera, que no sea una muerte fortuita, con la que les puedan indemnizar a él y su mujer.
Así que ahí entro yo: el salvador de su economía que le hará pagar casi la mitad de su indemnización por un asesinato que él no se atreve a llevar a cabo.
A veces me pregunto si el precio de la muerte lo ponemos nosotros o nuestro miedo. Aunque mientras a mí me sigan pagando por esquivarla y presentársela a otros, me vale.
Esta sensación me es tan familiar que casi vuelvo a ser el Theo de antes, el que no tenía colmillos, pero sí las mismas ganas de hacer un buen trabajo. La sensación es un viaje al pasado que mi nuevo yo necesitaba para sentirse en paz.
Un cosquilleo en la nuca me hace girarme y mirar hacia atrás cuando la sensación de que alguien me sigue me invade, pero no veo nada, solo el humo que sueltan las alcantarillas y por el que asoma, de vez en cuando, algún borracho o alguna pareja de camino a un hotel.
Me sacudo la sensación de encima y continúo avanzando por La Brada hasta llegar al burdel que me ha mencionado mi cliente: The Hungry Bunny. El cabrón que le puso el nombre también merece morir.
Me quedo en una esquina terminando el cigarrillo que me he encendido a mitad de camino. Una pelea que se desata entre dos hombres en la puerta de un bar cercano capta mi atención. El camarero los ha echado fuera y ambos luchan consigo mismos por mantenerse en pie frente al otro.
—¡Te he dicho que es mía! —El primero lanza un puñetazo, pero de lo borracho que está no llega a acertar y el intento acaba en una pirueta bastante ridícula.
—Tú tuviste la última, ¡esta es mía! —El segundo le da un empujón que lo tira al suelo.
¿Hablarán de mujeres o de cervezas?
—¡No! —Por fin el primero acierta en la nariz del otro.
Para mi desgracia, este empieza a sangrar y enseguida detecto el olor metálico de la sangre por encima de cualquier otro de La Brada. Me tenso y me termino el cigarrillo de una sola calada enorme que espero que meta tanto humo en mis pulmones que no me deje respirar ninguna otra cosa.
Los dos hombres siguen forcejeando y, a cada golpe que aciertan, se abren alguna herida que solo consigue ponerme más a prueba.
Me agarro a las piedras que sobresalen de la esquina para evitar correr hasta ellos y mostrarles lo que es sangrar de verdad.
Casi me dan pena con sus golpes torpes y sus quejidos infantiles.
Entonces suena algo por encima de mi cabeza, por los tejados. Yme distrae lo suficiente como para desviar la mirada de los borrachos e inspeccionar el edificio que queda por encima de mi cabeza. Pero sigo sin ver nada, solo es esa sensación extraña de nuevo.
Para cuando la sensación ha pasado, la puerta del burdel se abre y por ella sale Edmund, que salva sin saberlo a los dos borrachos a los que casi me como más por insoportables que por su sangre.
Consigo avanzar en dirección contraria a la sangre para comenzar a seguir a Edmund por las callejuelas de La Brada.
Oculta su rostro con el cuello alto de su gabardina y el sombrero de copa que lleva calado hasta el fondo, pero no puede esconder lo demás: el miedo a ser descubierto, la rabia de no tener más tiempo para pasarlo entre las piernas de alguna mujer que no sea su esposa.
Huele a podrido y ni siquiera está aún muerto.
—Conque es verdad —le digo cuando lo intercepto en una esquina en las profundidades del barrio. Edmund se da la vuelta, sobresaltado, afilando sus ojos para intentar verme mejor entre el humo—. Te gastas el dinero de los impuestos que le recaudáis a la población en putas y alcohol.
—¿Qué...? ¿Cómo...? ¿Quién eres?
—El que hace las preguntas. —Salgo del humo y me quedo lo bastante cerca de él para que pueda verme bien la cara.
—Theodore Leville, ¿verdad? —Cree que no me doy cuenta, pero puedo incluso escuchar cómo traga la saliva que se le ha acumulado.
—Bien. Que me conozcas hace mi trabajo aún más fácil.
—¿Quién te ha contratado? —El miedo y la desesperación se hacen con el control de su mirada—. Te pagaré el doble.
—Lo dudo mucho, Edmund, dicen que estás hasta arriba de deudas.
—¡Puedo pagarte! —Rebusca entre sus bolsillos y saca varios billetes que me pone delante de la cara—. Te pagaré el resto esta misma semana.
—Hmm. —Los cojo y me los guardo en el bolsillo.
—Entonces, ¿ya está? ¿Puedo irme? —Hay un tono de alivio en su voz que me resulta incluso cómico.
—No.
No sé cuál de los dos mira al otro más desconcertado.
—Sabes cómo funciona un soborno, ¿no? Yo te pago y tú no me matas —me explica.
—Ah, ¿para eso eran esos billetes? Pensé que me pagabas solo para que tu muerte sea lo más rápida e indolora posible.
Edmund comienza a retroceder y, sin darse cuenta, se arrincona contra la esquina mientras yo avanzo hacia él.
—No puedes manchar tus manos de sangre de esta manera y pretender seguir siendo un ciudadano más. —Ahora parece un viejo sabio cuando no es más que un ladrón bien vestido—. ¡Actúas como si esto no te afectara en nada!
—Yo no actúo.
El ritmo frenético de su pulso, su respiración acelerada y la manera en la que comienza a sudar alejan mi mano de la pistola que tenía preparada y comienzan a avivar la bestia que hay en mí.
—¿Es que la vida de otros no vale nada para ti?
—En verdad sí. Aunque muchísimo más que esos billetes que me has dado.
—Eres un desalmado. —Se choca con el muro.
—Lo he sido siempre.
Cuando mis colmillos salen sin remedio y mis ojos se vuelven rojos, el grito de Edmund es lo que mi cuerpo entero necesitaba para atacar. Sin delicadeza ninguna, uso ambas manos para despejar su yugular, donde hinco los dientes y comienzo a absorber.
La necesidad de sangre humana que he reprimido desde el conflicto de los borrachos en el bar se junta con el hambre que de repente ha tomado el control de mi cuerpo, y estrujo a Edmund contra mí incluso cuando ya ha dejado de gritar y solo puede gemir de dolor cada vez que una nueva sorbida le saca casi medio litro de sangre que también se derrama por mi mentón y esternón.
El torrente de sangre se mueve con tal violencia en su cuerpo para llegar a mi boca que pronto no puede ni siquiera mover las manos con las que ha intentado alejarme sin éxito. Ya solo mueve los ojos, mirando al cielo, esperando algún milagro que venga a salvarlo mientras yo sigo drenándolo.
Cuando noto que su corazón está a punto de pararse, lo separo bruscamente, empujándolo contra un muro por el que se resbala hasta caer al suelo. Él se retuerce de dolor.
—He sido capaz de parar —musito, celebrando yo solo esta pequeña victoria—. No estoy saciado del todo y, aun así, he conseguido parar.
Lo he conseguido. He sido dueño de mis acciones, dueño del derramamiento de sangre, de cómo se va a imponer la muerte esta noche.
—¿Eso significa que no me vas a matar? —Edmund tiene una mano puesta en las heridas de su cuello.
A mí se me escapa una carcajada mientras saco mi pistola y le disparo en la cabeza sin pensarlo dos veces.
—¿Te ha gustado el espectáculo? —le pregunto a la sombra que se vuelve a mover a mi espalda cuando la sensación de estar siendo vigilado vuelve a asaltarme.
Cuando escucho dos pasos detrás de mi espalda, entiendo que mi perseguidor por fin se ha dejado ver, así que me giro bruscamente y lo cojo por el cuello hasta tenerlo contra la pared. Aunque es un cuello que conozco bien, uno que he querido estrujar tantas veces como besar.
—En verdad sí, me has sorprendido. —Leah parece divertida—. Pensé que no serías capaz de controlarte. Yesta noche lo has hecho dos veces seguidas. —Juguetea con un par de dedos por el brazo con el que la tengo agarrada.
—¿Apruebas entonces que me alimente de los objetivos de mis clientes? —Aprieto a Leah contra la pared con mi cadera.
—Llevas matándolos toda una vida, ¿qué más da si ahora lo haces con colmillos en vez de con pistolas? Puede ser un buen método para mantener los demás instintos a raya. —Se muerde el labio inferior cuando nota lo duro que estoy.
—No sé si te pone estar hablando de muerte, el hecho de que te esté reteniendo contra la pared o que haya conseguido controlarme.
—Definitivamente no es la última, me gustas más cuando te descontrolas conmigo.
—¿Y hasta qué punto se me permite descontrolarme esta noche? —Hundo mi cabeza en su pelo para susurrarle al oído.
No hace falta que me responda, lo sé bien; la risita que deja escapar me lo deja claro.
Así que, sin soltar su cuello, la atraigo hacia mí y comienzo a devorar sus labios con la misma ansia con la que me he alimentado.
Ella me proporciona un tipo de sustento diferente, pero tan necesario como la propia sangre.