Pedimos sangre, no perdón CAPÍTULO 55
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CAPÍTULO 55

Leah

Se me hace raro entrar en The Silver Siren.

Parece que hace una eternidad desde la última vez que vi sus espejos, los barrotes de los bailarines y la barra, siempre pegajosa.

Los Bane y los constructores han hecho un buen trabajo.

Apenas parece que haya habido una masacre.

Todo está impecable, mucho más de lo que lo estará en unas horas, cuando el sol haya caído y los clientes comiencen a llegar.

Thalia, que ha recuperado su trabajo como encargada del burdel, da la bienvenida a mis acompañantes, y solo lo hace porque Elías es uno de ellos y él es quien tiene el poder en ausencia de Theo.

Amí ni siquiera me mira, no sé si por lo traicionada que aún se siente o por el trauma que tuvo que ser verme acabar bocado a bocado con toda su clientela.

Cuando llegamos a la trastienda, las superiores de la revolución que aún están en pie se sientan en círculo en las sillas que Thalia y sus chicas han dispuesto para nosotros.

Tras la traición y el ataque de Frederick y sus acólitos, dos miembros del cónclave fueron asesinados —el alado y el licántropo—, por lo que ya solo quedan la melhanäi ponzoñosa —que sigue mirándome como si no se fiara de mí, aunque quizás sea solo cosa de sus ojos de lagarto, no sabría decirlo—, Rosaly —la ninfa a la que todo sigue pareciéndole un juego; se mete en la trastienda como si fuera un mundo mágico por descubrir— y Abitha, que ocupa el lugar de Frederick.

Elías se queda a un lado, deseando que esto acabe cuanto antes para volver a controlar la fonda, que se le puede ir de las manos en cualquier momento con Rowland y sus experimentos explosivos de por medio.

Solo está aquí porque está de acuerdo conmigo en una cosa: a Theo no le vendría bien estar.

Cuanto menos lo expongamos ahora mismo, mejor.

—¿Y bien? —comienza la ponzoñosa, impaciente, dirigiéndose directamente a Lucrezia.

—Los Bane consiguieron sacar con éxito de Stormfort a un antiguo veterano de guerra que será útil para llegar hasta el Dirigente en su gran presentación —les explica ella, haciendo gala de su capacidad diplomática al hablar de Rowland.

—Las cápsulas —recuerda Rosaly. Abitha les puso al tanto de los avances científicos de la central eléctrica y los riesgos que suponen para todos nosotros—. Cada vez son más los cargamentos que llegan al puerto de Wicksole marcados con la espiral despuntada.

—Porque han descubierto que pueden contrarrestar la contaminación de este suelo y su aire con más sangre me­lhanäi. No dejarán de llegar sacrificios si no lo detenemos —Abitha parece la más concienciada de las tres superiores.

—¿Qué proponéis? —pregunta la ponzoñosa, que ahora me mira a mí.

—¿Nosotros? —Nos señalo a Elías, a Lucrezia y a mí—. ¡Sois vosotras las que tenéis que reaccionar! Pero claro... Miraos, casi dais pena ahí sentadas. No sois líderes de nada, solo las migajas de un engaño del mismísimo rey.

—No te atrevas a... —La ponzoñosa se levanta y me apunta con un dedo.

—¿Sabes lo que sí podríais hacer? Mover el culo y ayudar de verdad por una vez. Es ahí —señalo a la puerta, refiriéndome al exterior—, en la calle, donde se pierden las vidas.

—No te atrevas a hablarme de la exposición a la muerte —me dice—. Yo participé en la guerra. ¿Dónde estuviste tú? ¿Escondida bajo las faldas de mamá?

Me pongo muy seria y doy un paso hacia ella para acercarme aún más.

—Yo, al menos, bajo sus faldas, le suplicaba que me dejara unirme a la batalla.

Tú has estado bajo las faldas de un rey traidor con la única misión de lamerle el culo.

—Hablo con los dientes apretados—. No te dio responsabilidad, no te dio poder, no te dio nada.

Solo te envió aquí porque eres lo suficientemente estúpida como para no darte cuenta de que Frederick era un traidor y de que nuestro continente sigue siendo expoliado.

—¿Cómo te atreves? —Se vuelve a sentar con un tono mucho más dramático del necesario.

Lucrezia, a mi espalda, se cubre medio rostro con el puño para no dejar ver ante las demás lo muchísimo que está disfrutando.

De mi mente ha desaparecido cualquier noción de jerarquía. No hay corona que las respalde.

Lo único que lamento es no haberme enterado de todo esto antes, haber permitido que Frederick me maltratara por miedo a que la corona melhanäi desacreditara mi apellido y se llevara los méritos de mis padres.

Detesto recordar sus dedos recorriéndome el mentón, los labios, la clavícula mientras me apartaba el pelo para obligarme a morder a algún humano adicto o sus amenazas con la peor de las condenas por mi falta de profesionalidad, dando a entender que, si le daba lo que quería, me liberaría de cualquier castigo.

Pero jamás cedí, no del todo. Jamás le di lo que realmente quería de mí: un polvo.

—Tenemos que asumir que la rebelión fue destrozada el día que Frederick desveló su verdadera cara y que aquí ya no hay nadie que dé órdenes a los demás. Trabajamos juntos o morimos juntos —añado—. La elección es vuestra.

Abitha, que tanto cariño parece haberme cogido estas últimas semanas, me mira y asiente con una sonrisa. Después, mira a sus compañeras.

—Creo que la respuesta es clara —les dice—. Reunid a todos los efectivos que podáis. Estaremos pendientes para actuar cuando nos informen del plan. Tendremos que hablar con los clanes descabezados: los alados y los licántropos.

—Esos últimos serán difíciles de convencer —se queja la ponzoñosa.

—Llévales un hueso, verás como mueven su colita. —Rosaly se ríe en ese tono agudo y ansioso que le sale.

—Yo suelo preferir otros métodos —Theo irrumpe en la trastienda con pasos fuertes y decididos; y ahora somos todos los demás los que metemos el rabo entre las piernas—.

Métodos que bien podría enseñaros a todos aquí mismo por haberos reunido en mi local sin mi consentimiento. —Mira a Elías con especial dureza.

—Tengo motivos para ocupar tu lugar —le dice este.

—¿Y cuáles son? ¿Crees que voy a perder la cabeza?

—¿Lo vas a hacer? —Se aparta la gabardina para dejar asomar su pistola de balas Haren.

Me duele verlos tan distantes. Desde el incidente con Winnifred han alzado un puente levadizo entre ambos y ninguno de los dos parece dispuesto a bajar su plataforma.

—Señores. —Abitha los para antes de que monten un espectáculo. Ella también es incapaz de ver a los dos hermanos discutir.

—No pensamos que esta reunión fuera a interesarte —le digo a Theo para que centre su atención en mí.

—Y no me interesa, no me importa una mierda, pero siguen siendo mi ciudad y mis reglas. —Se gira para dejárselo claro con una sola mirada a las tres superiores.

—¿Y tú sigues siendo el mismo, Theodore Leville? —Rosaly le apunta al dedo donde lleva el anillo de odites.

—Si la transición ha hecho algo en mí, solo ha sido aumentar mis ganas de derramar sangre, lo cual se podría considerar ya incluso un derroche.

—Qué interesante... —Rosaly se da toquecitos en los labios con un dedo mientras mira a Elías, quien deja claro con su rostro que piensa que Theo ha cambiado más de lo que dice.

—Responderéis a mi pregunta y os iréis de mi local —Theo termina el jueguecito de la ninfa—: ¿Dónde está Frederick?

—Sabemos que se está reuniendo con otros melhanäis que tienen contactos en los puertos de Wicksole y Elmbound, por lo que suponemos que está participando en los preparativos de la presentación de la nueva cápsula energética —nos cuenta Abitha—.

Creemos que están reforzando la seguridad ante la llegada de alguien importante del continente melhanäi.

—¿Quién?

—No lo sabemos... Alguien en representación del rey. Puede ser desde un alto cargo del ejército hasta alguno de los científicos que ayudaron con el desarrollo del lumiriate durante la guerra.

—Pero ¿ dónde está Frederick? —insiste Theo.

—Le perdimos el rastro... —dice la melhanäi ponzoñosa.

—¿Cómo que le perdisteis el rastro?

—Significa que no sabemos dónde está —aclara Rosaly.

Theo pone los ojos en blanco antes de volver a hablar, no está para aguantar tonterías.

—Sois vosotros quienes lo trajisteis aquí, por lo que es vuestra responsabilidad dar con él —les exige Theo.

—Daremos con él, descuida. Y,cuando lo hagamos, le haremos pagar su traición —la melhanäi ponzoñosa se relame.

—No.

—¿No?

—Me lo entregaréis a mí. Seré yo quien lo mate.

—Por muchos crímenes que haya cometido, jamás dejaríamos la condena de uno de los nuestros a manos de un humano.

—Se te olvida una cosa. —Theo eleva la mano y vuelve a mostrar su anillo.

—Una gema de odites no te convierte en melhanäi —le rebate—. Solo esto. —Planta la yema de su dedo derecho en la sien—. Ycreo que eso nunca lo tendrás.

—Pues entonces sí que no me servís para nada. —Se enciende un cigarrillo y se sienta descompuesto en una silla—. Fuera de aquí. Todos. —Nos mira con el rabillo del ojo a Elías, a Lucrezia y a mí.

—Theo... —Intento razonar con él.

—Todos fuera de mi burdel —repite. Yal rato me susurra a mí—: Conque confiabas en mí, ¿eh?

El calor de nuestra comunión en el parque se diluye, dejando mis preocupaciones y estrategias para controlarlo al descubierto.

—Está bien.

Todos tenemos en mente lo acordado antes de la llegada de Theo y vamos dejando la sala uno a uno hasta que yo, la última, lo dejo solo, fumando en esa silla oxidada bajo la luz de la única lámpara encendida.

La venganza es un veneno que le hace arder la sangre cada vez que recuerda a Frederick. No seré yo quien le diga que no cruce ese umbral, pero no puedo mirar a Theo y fingir que no pone su vida en peligro.