Pedimos sangre, no perdón CAPÍTULO 54
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CAPÍTULO 54

Theodore

Ha sido un día de mierda.

La luna apenas ilumina mi camino, pero mis ojos lo ven todo con claridad.

Yno me refiero a los edificios de chimeneas enormes y las fábricas que se dibujan en el horizonte por encima de los árboles.

Tampoco a la belleza de este parque en mitad de una ciudad tan contaminada.

Tampoco a mis manos. Tiemblan. Intento no mirarlas, pero el olor a hierro sigue ahí, impregnado.

La sangre no sale del todo, aunque me haya frotado las manos hasta casi borrarlas.

¿Qué he hecho? , la pregunta me perfora el cerebro una y otra vez, como un clavo oxidado que no puedo arrancar. ¿Qué he estado a punto de hacer?

El rostro de Winnifred me asalta cuando cierro los ojos, se dibuja detrás de mis párpados demasiado asustado como para pararse a pensar en que yo jamás la lastimaría, porque... quizás lo habría hecho si Elías no me hubiera disparado.

He perdido la cuenta de cuántos cigarrillos he fumado ya.

Cuando termino la primera caja y la tiro al suelo, pienso, como un consuelo estúpido, que seguro que ya son más que los guardias que maté ayer.

De esos también perdí la cuenta... Pero el hambre.

.. Esa necesidad que de repente se prende como un incendio descontrolado. ..

Me detengo un momento, apoyándome en una farola cuya luz parpadea por encima de mi cabeza, y es como si me transportara a una de mis pesadillas, pero con los ojos abiertos: los gritos ahogados de los guardias, el calor de la sangre fluyendo por mi garganta, la expresión de terror en sus ojos.

Eran personas, maldita sea. Tenían una vida, nombres, sueños, seguramente familia.

.. Yahora, por mi culpa, solo son cuerpos fríos apilados en un rincón oscuro, olvidados por el mundo.

Jamás había visto la muerte desde esta perspectiva, jamás había sentido culpa. Los muertos que he ido dejando a mis espaldas siempre han sido enemigos míos o de la sociedad. Me odio. Pero, al mismo tiempo, lo deseo de nuevo. Eso es lo peor.

Un ruido me saca de mis pensamientos. Un susurro, quizás una risa en la distancia. Un humano. Yel hambre vuelve a golpearme con fuerza. Me aferro a la farola, cierro los ojos. No puedo. No debo. Pero el instinto es como una garra que me empuja a seguir, a cazar.

—No soy un monstruo —murmuro, pero mi propia voz suena vacía.

—¿Vas a comerte también a ese? —me pregunta Leah apareciendo de repente a mi lado. No sé cómo no la he sentido antes.

—¿No es eso lo que hacemos? —El esfuerzo por aferrarme a la farola me hace empezar a sudar.

—No, ya te he explicado cómo hacemos para alimentarnos sin despoblar una ciudad entera. ¿Es que no lo has entendido? Te creía terco, no estúpido, Theo.

Sé que me está hablando así para que desvíe mi atención del pobre hombre que está paseando a su perro, para que me centre en ella. Ylo está consiguiendo.

—Odio ser un vampiro —suelto.

—Es un avance... Deja salir todo lo que necesites para alimentarte de una vez y dejar de darte pena a ti mismo. —Me tira un par de bolsas de sangre al banco que está cerca de mi farola.

Llevo el día entero sin comer. Después de lo de ayer la sangre me produce algo muy diferente a la satisfacción... Pero ahora veo la bolsa de plástico y me parece el mejor de los manjares. Enseguida mi estómago me lo pide a gritos.

—En teoría, no debería sentirme culpable por ser un monstruo y matar.

.. Pero me siento más culpable por una noche de muertes de lo que me he sentido en toda una vida llena de ellas.

Mis amigos me tienen miedo, y con razón.

Nunca me lo han tenido antes, ni siquiera cuando hice de mi esencia el secuestro, la tortura y la muerte.

.. Ahora me odian por el simple hecho de alimentarme.

—Sabes que no es por eso, no es así de simple. No te victimices tanto. —Se sienta en el banco—. Perdiste el control, sí, pero seguro que también lo perdías en ocasiones siendo humano.

—Pero entonces no acababa con nadie muerto.

Me mira con una ceja pinzada.

«No te lo crees ni tú», es lo que me está diciendo.

—La mayoría de las veces —añado, cediendo un poco a su mirada.

—Joder, Theo, es increíble que ese hombre y su perro hayan podido volver esta noche a su casa.

—Señala por donde se han ido, y de pronto me doy cuenta de que he dejado de sudar—.

Tienes una fuerza de voluntad que ningún vampiro recién transformado muestra.

Tu problema no es el autocontrol, es la cabezonería.

—Cuando ve la cara que le pongo, me lo aclara—: La próxima vez que te diga que no estás preparado para algo, hazme caso.

Al menos en lo que respecta al mundo melhanäi y tu adaptación a él.

—¿Por qué me da a mí que lo que quieres es controlarme?

—Deja de engañarte, no hay humano ni melhanäi sobre la faz de los dos hemisferios que pueda hacer eso. —Coge una de las bolsas y me la ofrece después de haberme sentado a su lado.

—Entonces, ¿tú qué eres? Porque creo que tú podrías conseguirlo.

Seguramente sea la falta de alimento y el dolor de cabeza lo que me ha llevado a decir eso... Yo no suelo ser tan moñas.

Leah suelta una risilla nerviosa y agacha la cabeza.

—Pues no se me da demasiado bien, pero quiero que sepas que nunca estarás solo. Incluso los vampiros de cuna perdemos los estribos a veces por la sed...

—¿Tú?

—¿Qué? ¿Es que no me imaginas perdiendo el control?

—Creo que me lo imagino demasiado bien. ¿Cuál ha sido la peor?

—Diría que la masacre en tu burdel... Pero estaría feo recordártelo.

—Muy feo.

Leah mira la bolsa de sangre. No seguirá hablando si no bebo, así que hinco mis dientes en ella y absorbo para dejar que la satisfacción comience a llenar mi estómago y relajar hasta el último nervio de mi cuerpo.

—La noche que me enteré de que mi madre había muerto en combate.

—Sus ojos se vacían cuando mira a la nada—.

Acababa de caer la noche cuando un par de soldados del rey vinieron a casa a darnos la noticia a mi padre y a mí.

No entendía lo que había sucedido, por qué tenía que haber muerto ella.

.. Tampoco entendí el hambre que se apoderó de mí, no supe controlarla.

Salí espantada de casa y llegué a la plaza para seguir a un melhanäi alado que volvía tarde a su casa.

.. No hice nada más que tocarlo y ya estaba sobre él.

Lo destrocé, lo vacié. Piel, huesos, músculos y plumas, apenas quedó nada.

—Seguro que hay muertes peores, no deberías...

—No iba solo —me corta—. Le acompañaba su hijo.

.. —Desvía la mirada. El recuerdo le duele tanto como sus palabras—.

Era un niño tan pequeño... Tan pequeño..

. Apenas me proporcionó alimento, ¡y lo sabía!

¡Sabía que apenas me alimentaría, joder!

Pero lo hice igualmente... Corrió el mismo destino que su padre. ..

No sé qué decir. Es horrible. Así que me limito a frotar su espalda mientras ella sigue hablando:

—Y lo peor es que, durante días, no sentí culpa. Solo hambre; pena y hambre. No podía dormir, no podía mirarme al espejo. Pensé que nunca lo superaría. —Hace una pausa y me mira de nuevo; su expresión ahora es firme—. Pero aprendí. Ytú también lo harás.

Cuando analizo su expresión me pregunto cuán oscuras serán sus pesadillas y si serán peores que las mías.

—No sé si yo podré —murmuro, con la voz quebrada—. Siempre me refugio en mis sombras. Aveces ni siquiera quiero salir de ellas.

El peso de mis errores sigue aplastándome. Pero ella niega con la cabeza, decidida, y se acerca más a mí. Su mano encuentra la mía y entrelaza sus dedos.

—No dejaré que te pierdas en ellas.

Mis ojos se clavan en los suyos, atrapados por esa promesa que parece inquebrantable.

Por primera vez en todo el día me siento en paz. El peso sigue ahí, pero ya no es tan insoportable. Ella me sostiene con más fuerza y, por un instante, creo en sus palabras. Quizás no esté tan perdido como pensaba. Quizás, con ella a mi lado, todavía haya un mínimo de salvación para mí.