CAPÍTULO 53
Theodore
Cada vez que usamos las llaves que Lucrezia nos consiguió, desbloqueamos una cámara mucho más terrible que la anterior. Los altavoces de la prisión permanecen tranquilos, y no transmiten más que códigos de apertura de puertas o protocolos rutinarios entre los guardias.
El hedor aquí dentro es insoportable, una mezcla agria de humedad, sangre y putrefacción que se pega a la garganta como el salitre al tragar agua de mar.
Los pasillos son angostos y están iluminados por lámparas cuyos halógenos parpadean como si lucharan por no apagarse.
Las paredes sudan una sustancia oscura que quiero pensar que es la mezcla de la humedad aquí retenida y algún nitrato de las rocas.
Yel suelo, resbaladizo por la mugre, parece un campo de batalla de ratas y cucarachas.
Conforme avanzamos, las celdas se vuelven más pequeñas, más claustrofóbicas; y dentro de cada una de ellas hay fragmentos de vidas rotas: un hombre con los ojos abiertos, pero vacíos, meciéndose hacia delante y hacia atrás en movimientos que no tienen fin, una mujer que grita hasta desgarrarse la garganta, palabras ininteligibles que golpean los muros y vuelven como ecos deformados.
Hay sangre seca en las esquinas, pero también manchas frescas, como si el dolor aquí no hallara descanso.
Leah no puede evitar mirarme cada vez que nos cruzamos con alguno de estos rastros frescos, pero yo hago como que no me doy cuenta y sigo pendiente de mantener mi fachada delante de los guardias.
Los gritos se mezclan con sollozos y susurros que no debería entender, pero que de algún modo entiendo.
Algunos prisioneros nos observan pasar con ojos desorbitados, como si no recordaran haber visto rostros nuevos en años; otros no alzan la vista, perdidos en una locura que parece tan inmensa como la propia prisión.
Una figura al fondo de una celda está encorvada sobre algo que parece un cadáver.
En una celda cercana, un hombre golpea las paredes con las manos ensangrentadas, llorando y pidiendo perdón a algo o alguien que no está aquí.
Cuando llegamos a la cámara de celdas en la que supuestamente retienen a los humanos veteranos de guerra empezamos a escuchar jaleo a nuestra espalda.
Los tres guardias que hay en el habitáculo en el que estamos también lo escuchan y se acercan a la puerta para identificar a qué se deben los quejidos y los golpes secos que van callándolos.
—¡Alto ahí! —grita uno de ellos.
Cuando Elías aparece encabezando la pequeña partida de los Bane que ha despejado el camino de salida para salir corriendo en cuanto tengamos a Rowland, los guardias desenfundan sus armas y comienza un tiroteo que nos conviene muy poco; los presos se vuelven locos y el alboroto no hará más que atraer refuerzos.
La adrenalina que engulle de repente el lugar es mi pistoletazo de salida. Cuando los guardias disparan sus primeras balas, me invitan a jugar; sus corazones se aceleran y sus rostros enseguida se perlan con el sudor de la sorpresa y el miedo. No hay tiempo para pensar, el instinto toma el control.
Me lanzo sobre el primero, que reacciona rápido y es capaz de apuntarme mientras caigo sobre él, pero mis sentidos están afilados como cuchillas y me deslizo a un lado con una velocidad que me sorprende incluso a mí.
Atrapo su muñeca antes de que pueda reaccionar y, con un giro abrupto, su hueso cruje.
Su grito es como una melodía en mis oídos.
Algo oscuro despierta en mi interior, algo que pide más.
Así que le cojo el cuchillo que cuelga de su cinturón y le corto el cuello.
La riada de sangre que desciende por su garganta consigue caldear aún más el ambiente.
Mi mente se disocia de mi cuerpo y solo soy capaz de ver cómo los chorros escarlata comienzan a teñir la ropa del guardia mientras este se ahoga.
—¡Theo! —No sé si el grito de Leah es una bronca o una advertencia, pero me ayuda a ver al segundo guardia. No me da tregua, dispara sus balas Haren como si yo no fuera más que una piñata que agujerear, pero uso a su compañero como escudo y acaba siendo él quien recibe todos los tiros.
Cuando se queda sin balas y ve cómo suelto a su amigo en el suelo, viene hacia mí con su cuchillo, que brilla bajo la escasa luz de los halógenos que viene y va.
Bloqueo su golpe con el antebrazo, ignorando el dolor que deja la hoja al rasgar mi ropa y mi carne.
Mi sangre brota, mucho más fría que la suya cuando araño su rostro antes de tomar su cuello con mis manos.
Sus ojos se abren de par en par mientras lo alzo y lo estrello contra la pared como a un muñeco.
La sangre brota de su boca, salpicando mi rostro, y entonces sucede: pierdo el control por completo.
El olor metálico y embriagador de la sangre lo inunda todo.
Mi visión se tiñe de rojo y el hambre se desata sin remedio.
Un tercer guardia me golpea con una porra en la espalda, arrancándome de mi frenesí momentáneo.
Gruño, un sonido más animal que humano, y me giro para encararlo.
Clavo mis dientes en su cuello antes de que pueda gritar.
Su sangre es un río caliente y espeso que me llena con un poder eléctrico, frenético, que recorre mi cuerpo como fuego líquido.
Lo suelto después de vaciarlo por completo, tambaleándome mientras unos susurros oscuros me exigen más.
El aire está cargado con el eco de los últimos jadeos, con el olor de la muerte reciente y la sangre derramada. Mi corazón —si es que aún hay algo que late en mi pecho— golpea con una violencia que casi duele.
Noto a alguien a mi espalda que piensa que puede volver a sorprenderme, pero no lo permito; me doy la vuelta y lo agarro por el cuello para levantarlo del suelo.
Su cara está borrosa, apenas soy capaz de ver nada más allá de su corriente sanguínea, que se me aparece más clara que sus ojos.
Abro la boca para volver a morder. La sed es ya incontrolable.
Entonces recibo un tiro en la pierna con una bala Haren que me hace flaquear y plantar la rodilla en el suelo.
Sigo sin soltar a quien tengo por el cuello por mucho que me dé golpes en los brazos y me suplique que le suelte casi sin voz.
Otra bala se incrusta en mi estómago, peligrosamente cerca del pecho.
—Como no la sueltes, la siguiente irá al corazón —me dice quien me ha disparado.
Tengo que sacudir la cabeza y cerrar y abrir los ojos varias veces para entender que es Elías quien lo ha hecho, quien sigue apuntándome.
—¿Elías? —lo miro tan decepcionado como él me mira a mí—. ¿Qué...?
—Suéltala —me vuelve a pedir, mucho más autoritario de lo que me ha hablado jamás.
Sin siquiera entender qué me pide, me centro en quien tengo agarrado por el cuello y, más allá de mi mano, veo la cara de Winnifred, casi tan roja como la gema de odites de mi anillo.
—¡Winnifred! —La suelto como si su contacto supusiera una descarga eléctrica imposible de soportar—. Yo no... No he visto... No sabía...
Me intento excusar mientras ella solloza y se arrastra hacia atrás en el suelo sobre sus codos para alejarse de mí.
Su miedo de repente deja de ser delicioso, ya no me provoca, ya no me da pie a seguir cazando.
Las lágrimas en sus ojos y las marcas de su cuello solo consiguen que me derrumbe por completo ante la obviedad: casi la mato.
Miro a mi alrededor, al destrozo que he hecho con los cuerpos de los guardias, a la imagen macabra que he dejado grabada a sangre en las paredes y en la retina de quienes lo han presenciado.
—Quizás tendrías que haberme disparado al pecho —le digo a mi amigo.
—Quizás sí —secunda Elías.
Sus palabras me duelen en exceso porque sé que son sinceras.
Leah se interpone entre ambos con la tranquilidad y la parsimonia que la situación requiere.
—Eso ha sido épico —dice uno de los presos desde su celda—. Theodore Leville, el asesino de monstruos, ¿es ahora uno de ellos? La vida puede ser muy perra. —Se ríe de manera extravagante.
—O te callas o te dejamos ahí, Rowland —le advierte Lucrezia mientras acerca la llave a la cerradura de la celda desde la que habla.
—¿Habéis venido a por mí? —Su tono es muchísimo más sarcástico y cómico que melancólico—. Tenéis que estar de mierda hasta el cuello.
—¿Nos ayudarás o no? —le pregunta Gina, de las pocas personas capaces de estar pendiente de que yo no vuelva a perder la cabeza y de que Rowland se porte bien a la vez. Todos los demás siguen demasiado pendientes de mí—. Tendrás oportunidad de hacer volar algún que otro muro.
El rostro carcomido de Rowland, que antaño fue un hombre de espaldas anchas y buen fondo, se ilumina con este último dato.
—¿Boom? —Se lleva una mano a la boca mientras sus ojos castaños brillan y se aparta el flequillo rubio de la cara.
—Boom —afirma Gina, cansada ya de sus excentricidades.
—Está bien. Sácame de aquí —le dice a Lucrezia, que usa la llave de mala gana—. ¿Me has echado de menos, cosita? —Se apoya todo lo elocuentemente que puede en las rejas, ignorando lo sucio que va y la peste que desprende.
Hay miles de apodos que le pondría a Lucrezia, pero «cosita» desde luego no es uno de ellos.
—No me llames así. Ni siquiera me hables —le pide Lucrezia, dándole la espalda y volviendo con el resto.
—Vámonos —ordena Elías, mucho más entero que yo, que ahora no hago más que pensar en el pulso tan irregular de Winnifred. El mismo que casi paro con mis propias manos.
El camino está despejado gracias al buen trabajo de los Bane y nos es fácil salir de las cámaras de las celdas más protegidas.
Solo necesitamos la tapadera de Lucrezia en una ocasión, cuando dos guardias que no estaban en sus puestos de rotación aparecen por una zona en la que no deberían estar.
En cuanto reciben la petición de refuerzos en la otra punta de la prisión, salen disparados hacia donde los ha enviado Lucrezia.
—Tan manipuladora como siempre, según veo. —Rowland lo dice como si fuera un cumplido, como si fuera lo que más le gusta de ella. Parece embobado con cualquier cosa que hace Lucrezia.
—Uf —responde esta y pone los ojos en blanco.
Cuando estamos fuera, bajo la lluvia torrencial, comienza a sonar la alarma y los enormes focos de las torres buscan al fugitivo y a quienes lo ayudan a escapar.
Pero la risa de Rowland suena casi más alta que la sirena y solo nos tenemos que deshacer de un par de desdichados que se cruzan en nuestro camino a las lanchas.