CAPÍTULO 52
Theodore
El barcucho en el que nos meten transporta a la peor calaña de toda la región.
Miro a mi alrededor y no veo más que humanos y melhanäis que han aceptado su cadena perpetua y miran hacia delante con la mirada tan perdida como su futuro.
Otros, con un destino mucho más oscuro, siguen suplicándole a cualquier guardia con el que se encuentran que les dejen salir de aquí, no quieren enfrentarse a la muerte.
Los humanos serán fusilados, a las ninfas les arrancarán las alas para que se desangren, a los licántropos les despojarán de sus garras y colmillos antes de inyectarles plata, y a los vampiros los expondrán a la luz del sol. Condenas de muerte lentas y dolorosas.
El barco entero es una mezcla de sensaciones y sentimientos que puedo oler, casi palpar. Me aturden cuando paso demasiado cerca de algún humano sollozante.
Leah y yo nos movemos de un lado a otro después de que el barco salga de puerto y comience a sortear las enormes olas que la tormenta está desatando.
Los guardias no sueltan sus rifles ni siquiera cuando el oleaje casi les hace caer.
—Son muchísimos —musita Leah, contando casi más guardias que prisioneros en el barco.
—Y eso son balas Haren. —Señalo con la barbilla la munición que uno de ellos lleva colgada del hombro—. Debemos tener cuidado. No me gustaría morir después de haber renunciado a todos mis principios.
—¿Y qué sugieres que hagamos? No contábamos con tantísima vigilancia.
—Desde los disturbios en La Brada por la sobrecarga de energía han tenido que pensar que cualquier seguridad es poca.
—Vosotros dos, callaos y sentaos —nos dice de mala manera una guardia que se acerca con su rifle en ristre.
Me agarra de la hombrera de mi camisa destrozada y me sienta bruscamente junto a los demás presos. Leah se sienta a mi lado.
—No vuelvas a... —comienzo a decir.
—Ni tú a contestarle a una guardia de seguridad de la prisión regional de Stormfort, vampiro.
—Ese tono de voz, la chulería con la que cree que puede hablarme, se me hace demasiado familiar.
Elevo la vista para ver más allá del uniforme y el rifle y ahí está Lucrezia, con sus rastas y sus trencitas recogidas en un enorme moño debajo del ridículo gorrito que llevan todos los guardias—. La próxima vez te sentaré de un tiro.
—¿Puedo decir lo bien que le sienta ese gorrito? —Acentúo mi ironía todo lo que puedo.
Lucrezia eleva el rifle y me da con la culata en la cara sin reparo alguno. Aprovecha el movimiento y las risas de los demás guardias para dejar caer la llave maestra de la prisión que le ha debido de quitar al titular del uniforme.
Me guardo la llave entre las dobleces de mi camisa, a la altura de la cadera, mientras me masajeo ligeramente la mandíbula y noto cómo, en cuestión de segundos, la herida que se ha abierto en mi pómulo comienza a sanar.
—La madre que la...
—Piensa que solo es una tapadera —dice Leah cuando ambos vemos cómo Lucrezia alardea delante de ellos de cómo me ha puesto en mi sitio.
—Ya... Seguro que solo me ha partido la cara por la tapadera.
Cuando el barco llega a su destino, se zarandea tantísimo que sabemos que hemos llegado a las rocas del peñón sobre el que está construida la prisión. Los marineros anclan el barco como pueden y los guardias nos van haciendo salir.
Stormfort se alza frente a mí como una abominación esculpida a mano por la mismísima Muerte.
Sus muros, negros y carcomidos por el salitre, se confunden con las sombras que se arremolinan en el cielo oscuro.
La tormenta hace que todo parezca más tenebroso, cada piedra pulida por el tiempo sigue desgastándose bajo la lluvia que nos empapa y los relámpagos que desgarran la negrura.
El mar se estrella contra las rocas con fiereza, levantando columnas de espuma que se mezclan con la llovizna, envolviendo el peñón en una niebla espesa que huele a hierro, sal y descomposición.
Los gritos se arrastran desde el fondo de la prisión y, a pesar de la distancia, los oigo con claridad.
Son gritos de agonía, de almas que ya no reconocen el límite entre la realidad y el tormento que les imponen.
Son hombres y mujeres que han cruzado algún límite, como yo, solo que yo me he topado con un castigo diferente por mis crímenes, uno que me lleva a oler, incluso desde aquí, la sangre que emana de los muros de la prisión.
«¿Estás bien?», me pregunta Leah con una mirada rápida por encima de su hombro cuando ella también puede oler la sangre.
Yo asiento, aparentando más seguridad de la que en realidad siento.
Los olores, las sensaciones de los humanos que me rodean, el miedo, la incertidumbre.
.. Son demasiados factores que me animan a la caza.
Pero consigo mantener mis impulsos a raya por el momento, hay demasiadas balas Haren a mi alrededor dispuestas a incrustarse en mi pecho.
Los guardias comienzan a separarnos en grupos de humanos y melhanäis, y Lucrezia se asegura de ir con el pelotón que nos acompaña a nosotros entre las vallas y los muros que nos meten de lleno en la prisión.
—Vosotros, por ahí. Tú y tú, llevad a ese grupo al ala este, por ahí. —Un hombre que nos espera en el enorme portón que da al interior va redirigiendo a sus guardias.
Lucrezia y otro guardia se encargan de llevar a nuestro grupo al ala este.
—¿Y ahora? —me susurra Lucrezia.
—Necesitamos llegar a la sala de controles —le digo.
—¿Alguna idea?
—Varias..., pero solo una que me guste especialmente. —Empujo a Lucrezia sin previo aviso contra la pared y enseguida Leah salta sobre mi espalda para inmovilizarme.
—¿Qué haces? —musita.
—Ganar tiempo. —Me zarandeo y gruño y siseo entre mis colmillos como un perro rabioso.
Lucrezia se pone en pie y me apunta con su rifle.
—Estate quieto —me ordena—. ¡Quieto!
El guardia que acompañaba a Lucrezia se pone nervioso al no saber si apoyar a su compañera o seguir escoltando al resto del grupo de melhanäis que, desde luego, no deberían campar a sus anchas por la prisión.
Entonces Lucrezia acaba con sus dudas y mis zarandeos: dispara y me incrusta una bala en el hombro, y yo me tiro al suelo.
—Lo tengo controlado —le dice Lucrezia al guardia mientras apunta a Leah, que levanta los brazos en ademán inocente—. Sigue con el resto del grupo. Llamaré para pedir que se lleven a este desgraciado a su tumba.
El guardia parece aliviado de no tener que tomar él las decisiones y comienza a empujar al resto de melhanäis del grupo hacia sus celdas. Cuando mi olfato detecta que está lo bastante lejos, me incorporo y me quedo sentado.
—Serás hija de puta. —Me meto los dedos por el orificio por el que ha entrado la bala Haren en mi hombro izquierdo y la saco para que mi cuerpo pueda empezar a sanar.
—Tú me empujaste primero. —Me ofrece la mano para levantarme.
—No, tú me diste un golpe con el rifle primero —le recuerdo.
—Dejadlo ya, parecéis dos hermanos pequeños —nos dice Leah—. Según los planos que Gina consiguió de la prisión y que estuvimos estudiando, la sala de controles está en lo alto de la torre central de vigilancia. —Señala dicha torre, una sala acristalada en la última planta.
—Pues vamos.
Caminamos Leah y yo por delante con Lucrezia apuntándonos por detrás y dándonos algún que otro empujón con el cañón cuando nos encontramos con algún guardia en el camino. Yuna vez que llegamos a la torre de vigilancia, subimos las escaleras hasta llegar a la puerta.
Leah se pega un poco a la hoja para escuchar.
—Cuatro hombres —nos informa.
Voy a preguntarle cómo lo sabe, pero entonces me concentro tanto como ella y, a los pocos segundos, soy capaz de escuchar cuatro latidos diferentes.
—Dentro de poco tres —digo cuando distingo que uno es débil e irregular. Quien sea, está a punto de morir por un problema cardiaco.
Leah y yo nos hacemos a un lado y Lucrezia llama a la puerta, que se abre solo un poco para dejar asomar un ojo curioso que la observa.
—Hola, compañero —saluda Lucrezia.
—¿Qué quieres? —le pregunta él, mucho menos agradable que ella.
—Que me abras la puerta.
Leah la abre del todo con una patada y deja al guardia inconsciente contra la pared.
Ante el ruido inesperado y la entrada de dos vampiros en la sala, otro de ellos, el más escuchimizado, pega un grito y se lleva las manos al pecho.
Mientras tanto, Leah y yo nos encargamos de los otros dos, dejándolos inconscientes junto al primero con sendos golpes secos en la nuca.
Cuando vamos a encargarnos del escuchimizado, este ya está con los ojos abiertos y la mirada perdida en su asiento.
—¿La ha palmado de verdad? —pregunto.
Lucrezia le zarandea un poco el hombro para comprobarlo, pero solo consigue tirarlo al suelo.
— Ups .
Leah se sienta en su silla y comienza a toquetear los botones que fue su labor aprender para manejar el acceso por las vallas traseras de la prisión.
Me acerco a la ventana y, con la ayuda de una linterna, hago señales intermitentes hacia el oscuro y bravo mar en el que espero que estén las lanchas del resto de los Bane.
Si nuestro barco ha sobrevivido a duras penas al trayecto, no quiero ni imaginarme cómo estará Winnifred: agarrada con las uñas a la lancha sin luces y quejándose de su pelo y maquillaje bajo la lluvia torrencial.
—Vallas abiertas —nos informa Leah.
Arranco los cables de la radio. Aunque estos tres se despierten, no tendrán manera de contactar con los suyos. Salimos de la sala de control y Leah usa una de las sillas para atrancar la puerta desde fuera.
—Los echarán en falta en algún momento, pero habremos ganado tiempo —dice.
—¿Y ahora? —pregunto.
—Ahora solo queda encontrar y sacar de aquí al pirómano más explosivo de todos.
—Dime que no es verdad. —Lucrezia destensa por completo sus hombros en un gesto de desesperación que casi la lleva a soltar el rifle—. No me habías dicho que veníamos a por ese cabrón.
—No preguntaste.
—¿Estáis locos?
—Lo necesitamos, Lucrezia.
—O sea que queréis que todo Salrath salte por los aires. Eso es lo que me estáis diciendo.
—No, con que nos abra un boquete en la antigua fortificación dentro de un par de semanas será suficiente.
—Por los dos continentes...
—¿También lo conoces? —pregunta Leah cuando comenzamos a bajar las escaleras.
Pero Lucrezia no responde.
—Rowland era un operativo de misiones especiales en la unidad de la que Lucrezia era capitana, pero cometió diferentes actos de insumisión y lo cambiaron de pelotón. Trasladaron a Rowland a las trincheras, con nosotros —le explico yo.
—Era un puto loco —añade Lucrezia.
—También lo era en la cama, según he escuchado...
Lucrezia se da la vuelta para darme un golpe en el estómago con el rifle, pero lo paro a tiempo.
—¿Tú y Rowland...? —Leah está más que metida en el salseo y parece ahora tener muchas más ganas de encontrar al loco pirómano.
—Todas cometemos estupideces —se excusa—. Mira con quién estás tú.
—¡Sin ofender! —le digo.
Cuando llegamos a los pasillos principales, Lucrezia nos vuelve a pastorear desde atrás, pero esta vez se ensaña más con mi espalda y los empujones fortuitos con el cañón de su rifle mientras nos adentramos en las entrañas de las celdas que ya empiezan a rezumar sudor, miedo y. .. sangre. Mucha sangre.