CAPÍTULO 51
Theodore
Leah lleva todo el maldito día sin quitarme los ojos de encima.
Yno es que no me guste que me mire; es que no me gusta que me controlen.
Yeso es lo que lleva haciendo desde que nos hemos levantado.
Cada vez que me he alimentado de alguna bolsa de sangre y todas las horas que los Bane y yo nos hemos tirado perfeccionando el golpe de esta noche.
Sobre todo, desde que los rumores sobre la muerte del joven adinerado Anthony cerca del río han comenzado a revolotear tanto dentro como fuera de la fonda cuando ha llegado la tarde.
—¿Lo has oído? —me pregunta ahora Elías en la armería de The Bane, preparándonos para el asalto a la prisión.
Todos se están surtiendo de armas blancas y pistolas suficientes como para sobrevivir a una noche en las trincheras del continente melhanäi. Sabemos a lo que nos vamos a enfrentar.
—¿El qué? —Me hago el loco.
—Lo del hombre ese cerca del río...
Leah me mira con mucho menos disimulo de lo que debería y le devuelvo una mirada de reproche por delatarme delante de mi amigo.
—Sí, una tragedia. —No lo miro cuando le respondo—. Debe de ser otro de los cadáveres de la fábrica.
—Ya... Eso mismo he pensado yo... —O eso dice, pero no me pasa inadvertido cómo hace saltar sus ojos de Leah a mí. Intuye más de lo que deja caer.
—De acuerdo. —Llamo la atención del grupo de diez personas reunido por Elías para la misión—. Esta noche no puede haber errores. Cada equipo conoce su objetivo y movimientos. Apesar de ser trabajos independientes, dependemos unos de otros para salir de allí con Rowland... Ycon vida.
Gina y Winnifred asienten y se giran para empezar a coordinar sus pequeños grupos de trabajo.
—¿Estaréis bien vosotros dos? —nos pregunta Elías a Leah y a mí.
La muy pérfida vuelve a dejarme con el culo al aire y no responde, me mira con una ceja en alto.
—Estaremos bien —le aseguro a Elías.
—Contamos con vosotros. —Me pone la mano en el hombro y, a pesar de lo rápido que la quita por lo tenso que me pongo al sentir su muñeca llena de venas tan cerca de mi cara, agradezco que se sienta con la confianza suficiente como para hacerlo. Es el primer contacto que tenemos en días.
Asiento y salgo el primero de la fonda junto con Leah; ambos desarmados. Nos valemos de nuestra velocidad sobrenatural bajo las nubes que comienzan a tronar y llegamos a Elmbound, donde pasamos más desapercibidos debido a los harapos que nos hemos puesto como ropa.
—Más vale que ningún Steelson me vea así —le digo a Leah cuando dejamos de correr y empezamos a buscar la mejor ruta a través del puerto para llegar al barco que transporta a los prisioneros de toda Salrath a la prisión regional de Stormfort.
—¿Por qué?
—No necesitarían ninguna excusa para partirme la cara...
—No eres nadie sin tu traje.
—Atrévete a decirme eso la próxima vez que me desnudes —le susurro.
A pesar del rubor que sé que le está subiendo por las mejillas, Leah me pone una mano en la boca.
—Shhh.
—No pensé que fueras a hacerlo inmediatamente, pero creo que podemos retrasar nuestra subida a ese barco unos pocos minutos. —La agarro de la cadera y la acerco más a mí mientras hablo entre sus dedos.
—¡Shhh! —me repite.
Entonces, un pequeño pero potente foco de luz aparece al final de la callejuela y nos ilumina de lleno. Unos tacones se acercan poco a poco, impidiéndonos ver quién se oculta detrás de la luz. Pero yo lo aguanto poco, el misterio no es algo que lleve bien si no soy yo quien lo mantiene.
—Apártame eso de la cara —le pido de mala manera a quien sea que está detrás de la linterna, al tiempo que coloco a Leah detrás de mí.
—Está bien. —Aparta la linterna y la sustituye por una pistola—. ¿Mejor?
Tengo que parpadear un par de veces para dejar de verlo todo blanco y vislumbrar el cañón que me apunta directamente entre los ojos.
—Lucrezia. —Leah es la primera en tranquilizarse y saludarla—. ¿Qué haces aquí?
—El consejo de superiores de la rebelión quiere estar al tanto de lo que estáis haciendo, así que me temo que os tocará contar conmigo esta noche.
—¿La rebelión sigue viva? —Es lo primero que digo mientras aparto su cañón de mi frente con un manotazo.
—Más que nunca.
—Pensé que, entre la corrupción dentro del núcleo de superiores con los simpatizantes de los nuevos acuerdos, el hecho de que el rey melhanäi sea un hijo de puta traidor a su propio pueblo y el ataque que acabó arrasando medio consejo, se os habrían quitado las ganas de ser héroes —digo.
—¿A ti se te han quitado ahora que eres melhanäi? —me pregunta Lucrezia, tan directa como lo ha sido siempre, tan poco acertada.
Es la primera vez que alguien me dice esas palabras y, aunque yo ya me haya torturado con ellas, suenan muy diferentes cuando salen de una garganta ajena: «Ahora eres melhanäi».
—Cuidado con lo que dices, Lucrezia.
—Solo vengo a hacer mi trabajo. —Ella usa el mismo tono de voz que yo.
—No puedes subir a ese barco. Nosotros nos infiltraremos como prisioneros melhanäi, un par de criminales a los que nadie hará caso. ¿Ytú?
—Ah, de ahí las pintas de toxicómanos callejeros. —Me señala de arriba abajo con un movimiento despectivo—. No es que ser un chupasangre te haya atrofiado el sentido de la moda.
Gruño en respuesta.
—Me las apañaré para subir sin que me vean —asegura Lucrezia.
—Necesitamos hacernos con la llave maestra de alguno de los guardias antes de llegar a Stormfort —explica Leah.
—Será fácil —dice a pesar del jaleo que se está montando a nuestro alrededor cuando el vehículo que transporta a los prisioneros llega al puerto—. Os buscaré en el barco.
Lucrezia desaparece tan fácilmente como ha aparecido.
—Solo nos entorpecerá —me quejo mientras Leah y yo nos movemos para situarnos junto con el resto de prisioneros.
—Un par de manos más nunca vienen mal.
—Siempre que no nos las eche al cuello...
—Siempre que no hagas que nos las eche al cuello, querrás decir.
—Que pienses que tengo tal poder de influencia sobre los demás me halaga.
Nos movemos estratégicamente entre el vehículo de presos y los guardias de prisión que mantienen sus posiciones alrededor de ellos para escabullirnos antes de que comiencen a darles paso al muelle del puerto.
A cada uno de los prisioneros les van preguntando el nombre e identificando el rostro, y bajo la vista al suelo de inmediato para que mi rostro quede oculto en lo posible entre mi pelo despeinado y el carbón que hemos usado para mancharnos la piel.
Cuando llegamos a la valla, el que lleva el registro coge a Leah por el pelo y tira de él hacia atrás para dejar su cara y su escote al descubierto. El guardia se toma su tiempo en recorrer cada centímetro de sus curvas.
Doy un paso adelante con mi interior ardiendo en cólera, pero una mirada rápida de Leah me pide que me quede donde estoy.
—Nombre y motivo, por favor.
Juro que volveré de la prisión solo para dejarle sin dientes.
—Almyra Laura Price —contesta Leah de inmediato—. Melhanäi. Asesinato.
—Una pena. —Vuelve a tirar de su pelo y la lanza al suelo cuando la deja pasar al muelle, donde otro guardia la ayuda a levantarse.
A este paso este capullo va a tener que aprender a vivir sin dientes y sin dedos.
—Nombre y motivo.
—Emmett Belcher. —Casi hago rechinar mis dientes al hablar; a mí no parece prestarme ni la mitad de atención que a Leah—. Melhanäi. —Ignoro la puñalada que yo mismo me acabo de dar—. Asesinato.
—Ya veo... —Entonces sí se fija en mí y, cuando va a darme la autorización para pasar, me detiene—.
Un momento. —Me coge del mentón y me aprieta mientras mueve mi cara de un lado a otro, estudiando cada uno de mis ángulos—.
¡Larry! —Llama a un compañero que llega enseguida—.
¿No dirías que este cabronazo es Theodore Leville?
Dejo salir mis colmillos para que las venas oscurezcan mi rostro y siseo. Ellos dan un paso atrás.
—Imposible... Es un chupasangre —dice el que acaba de llegar.
Todo Salrath se acabará enterando de mi transición, pero todo a su debido tiempo, no al menos mientras mi doble identidad me siga valiendo para situaciones como esta.
—Ojalá te pudras en esa cárcel —me dice como despedida el viejo verde.
Mientras Leah y yo somos arrastrados con el resto de criminales al barco no puedo dejar de pensar en el resto de los Bane.
Vamos todos de camino al único sitio de toda la región de Salrath del que no tenemos asegurado salir.
El mandatario Gifford lleva demasiado tiempo queriéndonos meter ahí y se lo estamos poniendo fácil.