Pedimos sangre, no perdón CAPÍTULO 50
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CAPÍTULO 50

Theodore

La noche se cierne sobre nosotros. Supongo que de una manera rutinaria, con la misma luna aburrida que corona el cielo cada veinticuatro horas, pero no puedo evitar que todo lo cotidiano hoy me parezca nuevo.

Aquí, en mitad del bosque, a orillas del río, la noche me envuelve a través de las copas de los árboles como un manto de terciopelo.

La siento en la piel como nunca antes. La luz de la luna es un filo de plata que atraviesa las sombras, cada destello parece llamar a mis ojos, reclamar mi atención.

Los propios árboles, que alguna vez fueron para mí simples maderas retorcidas, ahora son esculturas vivientes enredadas entre la penumbra y el brillo pálido de la luna.

Miro las estrellas; antes eran puntos de luz, ahora son fuegos remotos titilando con una intensidad que casi puedo saborear.

Todo palpita, todo parece tener un pulso propio, algo que late y vibra en sincronía con mis sentidos.

Me cuesta procesar esta nueva realidad, es como si el mundo se hubiera abierto en un abanico de detalles que antes no sabía que existían.

El aire está cargado de vida, y puedo olerlo, como si llevara consigo las historias de cada ser que lo respira y que se esconde de mí entre la maleza.

El susurro de las hojas al moverse es un eco agudo, casi hipnótico; y el zumbido de los insectos resuena en mis oídos como si estuvieran a escasos centímetros.

El hambre comienza a brotar, un deseo extraño que me quema desde dentro y que a cada minuto se me hace más difícil controlar.

—Encuéntralo —me repite Leah por tercera vez. Lo único que está consiguiendo es que pierda la paciencia más rápido de lo que suelo perderla—. No es tan difícil.

—No eres buena instructora, ¿lo sabías? —le reprocho.

—Tú solo... ¡concéntrate! Darás con un animal antes de lo que crees. —Se coloca detrás de mí y me agarra la cabeza como si fuera una bola de cristal y pudiera ver en su interior—. Aunos doscientos metros al suroeste.

—No me hables como si...

—¡Concéntrate! —me corta.

Solo se lo permito porque sé que su sangre no me alimentará, si no ya me habría lanzado a su cuello.

Cierro los ojos para aislarme del resto de estímulos visuales que me tienen atolondrado y me centro en escuchar en la dirección que me ha dicho Leah: unas hojas moviéndose en los árboles hasta caer, unas ramas rompiéndose por unas ardillas a las que estoy a punto de asaltar...

—No. —Leah me retiene cuando entiende por qué se me tensan los hombros—. No serán comida suficiente. Busca algo mejor.

Le refunfuño por no dejarme ir, pero mantengo mis instintos atados y vuelvo a intentarlo.

—Lo estás disfrutando, ¿verdad? —le reprocho.

—¿El qué? ¿Verte sufrir o darte órdenes?

—Ambas —le digo en un tono mucho menos juguetón que ella.

—Solo un poco. —Desliza sus dedos por encima de mi pecho, abrazándome desde atrás, pegando sus pechos a mi nuca.

—¿Quieres que me concentre o no?

—Tienes que ser capaz de hacerlo con cualquier estímulo a tu alrededor. —Sigue jugueteando.

—Eres el único ser que podría quitarme el hambre por completo.

Su risita no me pasa inadvertida.

—Con-cén-tra-te —me susurra en la oreja antes de rozarla con la punta de la lengua.

Vuelvo a focalizar mis sentidos en la dirección adecuada e intento que mi entrepierna no acapare más sangre de la necesaria. Un poco más adelante, cuando escucho el sonido de unos arándanos siendo arrancados de sus ramas, entiendo que hay algún tipo de herbívoro.

—Bien, lo tienes. —Leah me sigue reteniendo—. Dime qué es.

Ahora me centro en oler las ráfagas de aire que me vienen desde donde he localizado al animal y, por algún motivo, diferencio su olor del de las ardillas.

—Un ciervo. —Ni siquiera sé por qué sé cómo huelen los ciervos, pero su olor me dibuja a la perfección en la mente dónde, cómo y en qué estado está el ciervo. Mis colmillos asoman cuando escucho el latido de su corazón y siento el calor que desprende y que llega hasta mí.

—Ahora. —Leah me suelta y yo corro hasta el animal.

Me paro a escasos metros de él, detrás de un árbol, antes de que pueda notar mi presencia.

Me valgo de lo sigilosos que ahora son mis movimientos para observarlo sin asustarlo.

Él sigue comiéndose sus arándanos sin entender el peligro al que está expuesto.

Tan fuerte con esas hermosas astas como vulnerable a mi mordisco.

—Eres tú... —susurro. Es el mismo ciervo que vi hace lo que me parece una eternidad desde el puente que conecta con Elmbound.

Sigo mirándolo, asombrado de lo mucho que sigo viéndome reflejado en él. Yo también fui ingenuo ante la cantidad de colmillos que había a mi alrededor que podían quitarme la vida..., hasta que lo hicieron.

Miro al animal sabiendo que uno de nosotros dos ya no es el mismo.

No del todo. Yañoro la sensación de tranquilidad que una vez su imagen me otorgó.

Ahora solo soy capaz de escuchar el bombear de su sangre, ahora solo soy capaz de agarrarme al árbol para no devorarlo.

Pero el hambre es demasiado intensa y no puedo salir de este bosque sin haberme alimentado.

Salgo de mi escondite, consciente de que he de alimentarme de lo que antaño para mí fue la representación viva de la humanidad y la armonía.

El ciervo reacciona; sale corriendo entre los árboles, pero yo llego a él tan veloz como el viento.

Ycuando lo tengo entre las manos, cuando su pelaje me acaricia todo el cuerpo, agarro sus astas para conseguir que deje de dar bandazos antes de hincar mis colmillos en él.

—Bien. —Al poco, Leah llega a mi lado—. Pero no lo destroces, poco a poco.

—Se agacha junto a mí mientras voy dejando caer el peso del animal sobre mi regazo—.

Que no sufra. Te está dando el alimento que necesitas y, ante todo, le debes respeto.

La sangre también sabrá mejor si intentas que el animal no sufra, que su corazón se vaya parando poco a poco.

Absorbe en tragos grandes y serenos, no en sorbitos ansiosos.

El animal es enorme y hay comida de sobra para los dos, así que, aunque algo primitivo dentro de mí me pide que acapare al ciervo cuando Leah muestra sus colmillos, finalmente dejo que también le muerda en otro punto del cuello.

Ambos nos alimentamos de él mientras las estrellas titilan como velas que despiden la vida del animal.

Cuando me noto saciado, vuelvo a encajar mi mandíbula y la alejo del ciervo.

—Es increíble el respeto que tenéis por la naturaleza y los animales y el poco que tenéis por la vida humana —le digo a Leah cuando ella termina y deja al ciervo con la mayor de las delicadezas en el suelo.

Los dos agentes que mató en el callejón de La Brada vienen a mi memoria mucho más destrozados y humillados.

—En mi continente, el cuerpo de este ciervo nutriría la tierra, que después nutriría al lumiriate, que después me nutriría a mí. Es un círculo perfecto que hay que respetar —me explica antes de limpiarse con un pañuelo de tela la poca sangre que se le ha escapado por la comisura.

A mí me cae a chorros. Se me ha escapado muchísima más.

—Y por lo que me habéis contado de esa prisión, tampoco tiene pinta de que los humanos se preocupen mucho más por los suyos que nosotros —me dice—. ¿Tan horrible es?

—No he tenido el placer de visitarla, pero lo que cuentan los pocos fugitivos que han conseguido escapar de ella... No sé en qué estado nos encontraremos a quien vamos a buscar —reconozco.

—Rowland Baker —aclara.

Asiento.

—Ya era un chalado pirómano en la guerra, así que no sé si seguirá vivo... Lo arrestaron y encarcelaron poco después de volver de las trincheras porque, en una de sus idas de olla, acabó volando media calle.

—¿Y por qué arriesgarse por alguien así?

—Porque es el único capaz de sacar adelante el operativo contra el Dirigente.

Tendrías que haberle visto asaltar los castillos que nos íbamos encontrando en tu tierra.

—Lo cuento como una anécdota más entre veteranos, pero pronto me doy cuenta de cómo ella tuerce el gesto—. Lo que quiero decir es...

Una voz me corta a mitad de frase. Es un hombre que está arrastrando a una mujer a las profundidades del bosque sin su consentimiento.

—Mi padre me espera, Anthony, no puedo... No debemos... ¡Esto no está bien! Solo íbamos a dar un paseo —le va diciendo ella.

Pero él está tan obcecado en cumplir su cometido que no la escucha.

Siseo entre mis colmillos a pesar de lo lejos que se encuentran.

—Theo, no —me advierte Leah—. No quieres hacerlo. —Se pone a mitad de camino entre él y yo.

—Seguro que a tu padre no le importa que llegues un poco más tarde, sabe que estás a salvo conmigo, ya llevamos.

.. ¿Qué? ¿Cinco citas? Prácticamente está deseando que nos casemos —argumenta el sinvergüenza que consigue que, conforme su sangre se va calentando por imaginarse desnuda a la mujer que arrastra, mi hambre vuelva a despertar.

—Pues así lo haremos, Anthony, primero pídeme la mano y luego veré si quiero... esto. —Escucho un sonido de ramas que me da a entender que lo ha empujado.

—¿Es que ahora me vas a rechazar?

Puedo escuchar la tela de la manga del vestido de la mujer retorciéndose entre los dedos del hombre, puedo notar el terror que ahora emana de ella y el ansia que él rezuma. Mis sentidos se estimulan en exceso y no puedo hacer nada al respecto.

—Theo... —repite Leah.

Ya no la escucho. Me dejo llevar por la impulsividad que siempre me ha caracterizado, pero que ahora ni siquiera puedo reprimir, y me lanzo a través de la maleza hacia ellos.

Agarro al hombre por el cuello y lo alejo de un tirón de la mujer hasta estamparlo contra un árbol.

—La señorita te ha dicho que no —le digo entre dientes.

La mujer deja escapar un grito que podría despertar a toda la fauna del bosque y a los vecinos de las calles cercanas.

—¿Qué-qué quieres? —me pregunta Anthony.

—¿De ti? Nada merece la pena. —Lo miro de arriba abajo—. Solo una cosa. —Abro mi boca y mis colmillos brillan, mis ojos se oscurecen y las venas de alrededor se me marcan.

Anthony empieza a gritar en el momento exacto en el que Leah llega y le ordena a la mujer que se vaya. Esta no lo duda ni por un segundo, deja atrás al que podría haber sido su perdición para regresar a casa junto a su padre.

—¡Theo, espera! —me suplica Leah.

Pero es tarde... Mis dientes ya han traspasado la yugular de Anthony y comienzo a absorber su sangre sin importarme lo mucho que grita y me pega para alejarme de él.

Su corazón va a tal velocidad que mi boca no puede albergar toda la sangre que bombea hasta ella y me encuentro a mí mismo mordiendo una y otra vez su cuello, sin control alguno, para desgarrar la piel y tener mejor acceso al maravilloso líquido rojo que mi cuerpo entero me pide a gritos seguir bebiendo.

Cuando Anthony deja de patalear, su corazón se detiene y yo entiendo que ha muerto; su sangre deja de ser tan fluida como hace unos instantes. Así que la adrenalina se apaga y mis fuerzas fallan cuando doy el primer paso hacia atrás y dejo que su cuerpo caiga al suelo.

—¿Theo?

La voz de Leah no es más que un eco lejano que no permito que llegue a mí, solo soy capaz de mirar mis manos, tan llenas de sangre como mi pecho cuando miro hacia abajo.

—¿Qué he hecho? —pregunto en voz alta incluso sin necesidad de respuesta. Sé perfectamente lo que he hecho.

—Por desgracia estas cosas pasan al principio, Theo... —Leah intenta que no pierda aún más los nervios—. Este hombre no era bueno, él iba a...

—Me importa una mierda haberlo matado —le dejo claro a Leah, mirándola por encima de mi hombro—. Es mi falta de... control lo que me atormenta. Soy un animal.

Jamás he tenido reparos en acabar con la vida de aquellos que solo traían problemas a mi ciudad, pero de esta manera... Aunque quizás el problema no radica en el cómo, sino en el qué. Quizás es verdad que me convertí en un monstruo mucho antes de que me salieran colmillos.

—No se lo comentes a Elías ni a ningún Bane —le pido—. Lo tengo controlado.

Leah deja escapar un suspiro.

—Puede que no sea buena idea que mañana participes en el asalto a la prisión, Theo.

—Lo haré.

—Nadie te culparía. Al principio es complicado resistirse...

—Lo haré —le repito, dándome la vuelta por completo para mirarla directamente a los ojos—. Lo tengo controlado.